Torerillos

La carátula de la primera edición reproduce el dibujo de Andrés Martínez de León: Juan volteado por los aires, el toro que lo campanea en su derrote, la dehesa cubierta por el manto de estrellas. Al campo de Tablada se echaba a chaquetear toros la «tropilla desaforada» de torerillos desafiando la ley y los preceptos de la tauromaquia. «Como toreábamos con una simple chaqueta, había que llevar al toro muy ceñido y toreado». Ahí, declara Belmonte, habría nacido su estilo de torear.«¡Qué revelación maravillosa aquella del toreo!». Cuánta ansia de ser en ese coraje prístino de ponerse delante del toro y de ir a por todas. Tremendo sino también como refiere Basilio Martín Patino: maletillas desangelados, con su «muerte pequeña» a cuestas, en pos del sueño inalcanzable de la torería. Zuloaga los estilizó en una atmósfera de ocres, azules y plata. En su brillo opaco y en sus ademanes chulescos, estos «torerillos de pueblo» reflejan lo que Ortega y Gasset llamó «esfuerzo puro».Qué lejos queda esta heroicidad sin empleo de las grandes tardes en las que la Fiesta se cumple en todo su esplendor. Qué contraria parece incluso. Sin embargo, encierra el secreto de la vocación. La cual puede dar lugar, con el concurso de la valía y de la suerte, a la profesión. Es lo que Chaves Nogales cuenta de Belmonte: cómo se llega a ser el que se es, matador de toros.Pero el torerillo no es simplemente el torero que aún no es. Bien mirado, ni siquiera es su promesa. Diríase que es su remedo. De ahí la perturbación que en otro tiempo causaba el espontáneo en las plazas. Porque recordaba oscuramente, en su desmaña, el mismo fondo del que proviene el diestro hecho y derecho, pero que este envuelve en el artificio de sus luces. Verdad desnuda del hombre que expone su vida en nombre de lo que José Bergamín denominó «significación torera» de la vida. La que encarnaba esa mítica pandilla de siete torerillos toreando en la dehesa de Tablada a la luz de la luna. La carátula de la primera edición reproduce el dibujo de Andrés Martínez de León: Juan volteado por los aires, el toro que lo campanea en su derrote, la dehesa cubierta por el manto de estrellas. Al campo de Tablada se echaba a chaquetear toros la «tropilla desaforada» de torerillos desafiando la ley y los preceptos de la tauromaquia. «Como toreábamos con una simple chaqueta, había que llevar al toro muy ceñido y toreado». Ahí, declara Belmonte, habría nacido su estilo de torear.«¡Qué revelación maravillosa aquella del toreo!». Cuánta ansia de ser en ese coraje prístino de ponerse delante del toro y de ir a por todas. Tremendo sino también como refiere Basilio Martín Patino: maletillas desangelados, con su «muerte pequeña» a cuestas, en pos del sueño inalcanzable de la torería. Zuloaga los estilizó en una atmósfera de ocres, azules y plata. En su brillo opaco y en sus ademanes chulescos, estos «torerillos de pueblo» reflejan lo que Ortega y Gasset llamó «esfuerzo puro».Qué lejos queda esta heroicidad sin empleo de las grandes tardes en las que la Fiesta se cumple en todo su esplendor. Qué contraria parece incluso. Sin embargo, encierra el secreto de la vocación. La cual puede dar lugar, con el concurso de la valía y de la suerte, a la profesión. Es lo que Chaves Nogales cuenta de Belmonte: cómo se llega a ser el que se es, matador de toros.Pero el torerillo no es simplemente el torero que aún no es. Bien mirado, ni siquiera es su promesa. Diríase que es su remedo. De ahí la perturbación que en otro tiempo causaba el espontáneo en las plazas. Porque recordaba oscuramente, en su desmaña, el mismo fondo del que proviene el diestro hecho y derecho, pero que este envuelve en el artificio de sus luces. Verdad desnuda del hombre que expone su vida en nombre de lo que José Bergamín denominó «significación torera» de la vida. La que encarnaba esa mítica pandilla de siete torerillos toreando en la dehesa de Tablada a la luz de la luna.  RSS de noticias de cultura

La carátula de la primera edición reproduce el dibujo de Andrés Martínez de León: Juan volteado por los aires, el toro que lo campanea en su derrote, la dehesa cubierta por el manto de estrellas. Al campo de Tablada se echaba a chaquetear toros la « … tropilla desaforada» de torerillos desafiando la ley y los preceptos de la tauromaquia. «Como toreábamos con una simple chaqueta, había que llevar al toro muy ceñido y toreado». Ahí, declara Belmonte, habría nacido su estilo de torear.

 

Noticias Similares

  • El origen de todo

  • El Picasso niño y el verano de 1898 en que se refugió en una cueva para aprenderlo todo

  • Julio Camba, antes de ser el solitario del Palace

  • Un vestido de Margarita Nuez