Wanda Sykes. Es fácil reconocer a esta cómica estadounidense, pues ha hecho cine, televisión, teatro, monólogos y todo lo que abarca el entretenimiento. Secundaria de lujo en ‘Curb Your Enthusiasm’, voz en ‘Futurama’ o ‘Bojack Horseman’, presentó la gala de los Oscar junto a Amy Schumer y Regina Hall el año del tortazo de Will Smith. Sykes, afroamericana y lesbiana, tiene un chiste legendario que compara estas dos realidades. «Es más difícil ser gay que ser negra. No tuve que salir del armario como negra. No tuve que sentar a mis padres y confesarles mi negritud. ‘Mamá, papá, os tengo que confesar algo, espero que me sigáis queriendo… soy negra’. ‘¿Qué? ¡¿Qué acabas de decir?! ¡No Dios, Jesucristo, no, lo que sea menos negra, dale cáncer!’. ‘Mamá, soy negra, es lo que es’. ‘No, es porque pasas mucho tiempo con gente negra. Y te han convencido de que eres negra’. ‘Que no, mamá, que es como soy’. ‘¿Qué he hecho yo? ¿Ha sido por dejarte ver ‘Soul train’?’».Del chiste de Sykes, como de cualquier buen chiste, se abren muchísimos temas de los que poder hablar, pero yo siempre me quedo pensando en los padres. En los suyos, en los de todos. En cómo nos marcan. Porque algo que nos une y que ningún ser humano podrá jamás evitar es ser hijo. Es hijo Fernando, un amigo que no ve a su padre hace años. Se casa en septiembre y no le ha invitado a la boda. También es hija Nina, amiga de la adolescencia, que tiene que programar sus vacaciones con cautela, porque su madre está enferma. Es hija única Ginebra, una chica que conocí el otro día y me explicaba que da los buenos días y las buenas noches todos los días a sus padres por el grupo de WhatsApp. Esto puede que no parezca tan grave comparado con los otros ejemplos, pero a mí me parece una cárcel espantosa de stickers de la que huir lo antes posible.Tus padres te joden. Puede que no sea su intención, pero lo hacen. Te llenan de los defectos que ellos tenían y te añaden algunos más, solo para ti. Eso recitaba Philip Larkin (poema que escuché en ‘Succession’, gran serie sobre pecados de familia). A Wanda le podrían haber hecho la vida más fácil. Hay quien diría que entonces no habría sacado ese chiste. Creo que ella habría preferido una madre que reaccionase mejor a la revelación de quién era realmente. Porque la indiferencia o la crueldad son actitudes de las que cualquiera es capaz, pero se tornan particularmente difíciles de entender entre aquellos que tienen todo para llevarse bien, para completarse y amarse. Sé que hay buenos padres y buenas madres. Estoy seguro de que se habla de ellos ahora mismo en otra columna, de otro periódico. También sé que hay padres leyendo esto, quizás molestos, olvidando que, antes de serlo, fueron hijos. Qué movida, los padres. No hay vidas lo suficientemente largas para escapar de su impronta. Todo se puede explicar a través de ellos. Donald Trump, Decathlon, la gonorrea y Bad Bunny. También a mí, imagino. Yo estudié Comunicación Audiovisual, pero antes hice un año de Derecho. Salí del bachillerato sin demasiado rumbo fijo, así que bueno, no había nota de corte, y ahí que fui. Casi no pasé por clase. En el examen de derecho romano me escapé a Madrid para hacer un casting. Mientras tanto, mentía en casa y mi padre comenzaba a sospechar. Un día me dijo que, como las notas las colgaban en la secretaría de la facultad, íbamos a ir juntos a verlas. Entré en pánico y falsifiqué nuevos documentos, fui a secretaría horas antes, coloqué las versiones en las que aprobaba y oculté aquellas en las que suspendía. Al llegar con mi padre, él se quedó en la puerta y me dijo que entrase a mirar cómo me había ido, que confiaba en mí. No tengo claro qué recuerdo pesa más de todo aquello, si esa confianza espontánea final o el miedo previo. Pero desde aquí pedir disculpas a la facultad de Derecho de Oviedo por el lío. Wanda Sykes. Es fácil reconocer a esta cómica estadounidense, pues ha hecho cine, televisión, teatro, monólogos y todo lo que abarca el entretenimiento. Secundaria de lujo en ‘Curb Your Enthusiasm’, voz en ‘Futurama’ o ‘Bojack Horseman’, presentó la gala de los Oscar junto a Amy Schumer y Regina Hall el año del tortazo de Will Smith. Sykes, afroamericana y lesbiana, tiene un chiste legendario que compara estas dos realidades. «Es más difícil ser gay que ser negra. No tuve que salir del armario como negra. No tuve que sentar a mis padres y confesarles mi negritud. ‘Mamá, papá, os tengo que confesar algo, espero que me sigáis queriendo… soy negra’. ‘¿Qué? ¡¿Qué acabas de decir?! ¡No Dios, Jesucristo, no, lo que sea menos negra, dale cáncer!’. ‘Mamá, soy negra, es lo que es’. ‘No, es porque pasas mucho tiempo con gente negra. Y te han convencido de que eres negra’. ‘Que no, mamá, que es como soy’. ‘¿Qué he hecho yo? ¿Ha sido por dejarte ver ‘Soul train’?’».Del chiste de Sykes, como de cualquier buen chiste, se abren muchísimos temas de los que poder hablar, pero yo siempre me quedo pensando en los padres. En los suyos, en los de todos. En cómo nos marcan. Porque algo que nos une y que ningún ser humano podrá jamás evitar es ser hijo. Es hijo Fernando, un amigo que no ve a su padre hace años. Se casa en septiembre y no le ha invitado a la boda. También es hija Nina, amiga de la adolescencia, que tiene que programar sus vacaciones con cautela, porque su madre está enferma. Es hija única Ginebra, una chica que conocí el otro día y me explicaba que da los buenos días y las buenas noches todos los días a sus padres por el grupo de WhatsApp. Esto puede que no parezca tan grave comparado con los otros ejemplos, pero a mí me parece una cárcel espantosa de stickers de la que huir lo antes posible.Tus padres te joden. Puede que no sea su intención, pero lo hacen. Te llenan de los defectos que ellos tenían y te añaden algunos más, solo para ti. Eso recitaba Philip Larkin (poema que escuché en ‘Succession’, gran serie sobre pecados de familia). A Wanda le podrían haber hecho la vida más fácil. Hay quien diría que entonces no habría sacado ese chiste. Creo que ella habría preferido una madre que reaccionase mejor a la revelación de quién era realmente. Porque la indiferencia o la crueldad son actitudes de las que cualquiera es capaz, pero se tornan particularmente difíciles de entender entre aquellos que tienen todo para llevarse bien, para completarse y amarse. Sé que hay buenos padres y buenas madres. Estoy seguro de que se habla de ellos ahora mismo en otra columna, de otro periódico. También sé que hay padres leyendo esto, quizás molestos, olvidando que, antes de serlo, fueron hijos. Qué movida, los padres. No hay vidas lo suficientemente largas para escapar de su impronta. Todo se puede explicar a través de ellos. Donald Trump, Decathlon, la gonorrea y Bad Bunny. También a mí, imagino. Yo estudié Comunicación Audiovisual, pero antes hice un año de Derecho. Salí del bachillerato sin demasiado rumbo fijo, así que bueno, no había nota de corte, y ahí que fui. Casi no pasé por clase. En el examen de derecho romano me escapé a Madrid para hacer un casting. Mientras tanto, mentía en casa y mi padre comenzaba a sospechar. Un día me dijo que, como las notas las colgaban en la secretaría de la facultad, íbamos a ir juntos a verlas. Entré en pánico y falsifiqué nuevos documentos, fui a secretaría horas antes, coloqué las versiones en las que aprobaba y oculté aquellas en las que suspendía. Al llegar con mi padre, él se quedó en la puerta y me dijo que entrase a mirar cómo me había ido, que confiaba en mí. No tengo claro qué recuerdo pesa más de todo aquello, si esa confianza espontánea final o el miedo previo. Pero desde aquí pedir disculpas a la facultad de Derecho de Oviedo por el lío. RSS de noticias de cultura
Wanda Sykes. Es fácil reconocer a esta cómica estadounidense, pues ha hecho cine, televisión, teatro, monólogos y todo lo que abarca el entretenimiento. Secundaria de lujo en ‘Curb Your Enthusiasm’, voz en ‘Futurama’ o ‘Bojack Horseman’, presentó la gala de los Oscar junto a Amy … Schumer y Regina Hall el año del tortazo de Will Smith. Sykes, afroamericana y lesbiana, tiene un chiste legendario que compara estas dos realidades. «Es más difícil ser gay que ser negra. No tuve que salir del armario como negra. No tuve que sentar a mis padres y confesarles mi negritud. ‘Mamá, papá, os tengo que confesar algo, espero que me sigáis queriendo… soy negra’. ‘¿Qué? ¡¿Qué acabas de decir?! ¡No Dios, Jesucristo, no, lo que sea menos negra, dale cáncer!’. ‘Mamá, soy negra, es lo que es’. ‘No, es porque pasas mucho tiempo con gente negra. Y te han convencido de que eres negra’. ‘Que no, mamá, que es como soy’. ‘¿Qué he hecho yo? ¿Ha sido por dejarte ver ‘Soul train’?’».
Del chiste de Sykes, como de cualquier buen chiste, se abren muchísimos temas de los que poder hablar, pero yo siempre me quedo pensando en los padres. En los suyos, en los de todos. En cómo nos marcan. Porque algo que nos une y que ningún ser humano podrá jamás evitar es ser hijo. Es hijo Fernando, un amigo que no ve a su padre hace años. Se casa en septiembre y no le ha invitado a la boda. También es hija Nina, amiga de la adolescencia, que tiene que programar sus vacaciones con cautela, porque su madre está enferma. Es hija única Ginebra, una chica que conocí el otro día y me explicaba que da los buenos días y las buenas noches todos los días a sus padres por el grupo de WhatsApp. Esto puede que no parezca tan grave comparado con los otros ejemplos, pero a mí me parece una cárcel espantosa de stickers de la que huir lo antes posible.
Tus padres te joden. Puede que no sea su intención, pero lo hacen. Te llenan de los defectos que ellos tenían y te añaden algunos más, solo para ti. Eso recitaba Philip Larkin (poema que escuché en ‘Succession’, gran serie sobre pecados de familia). A Wanda le podrían haber hecho la vida más fácil. Hay quien diría que entonces no habría sacado ese chiste. Creo que ella habría preferido una madre que reaccionase mejor a la revelación de quién era realmente.
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Porque la indiferencia o la crueldad son actitudes de las que cualquiera es capaz, pero se tornan particularmente difíciles de entender entre aquellos que tienen todo para llevarse bien, para completarse y amarse. Sé que hay buenos padres y buenas madres. Estoy seguro de que se habla de ellos ahora mismo en otra columna, de otro periódico. También sé que hay padres leyendo esto, quizás molestos, olvidando que, antes de serlo, fueron hijos.
Qué movida, los padres. No hay vidas lo suficientemente largas para escapar de su impronta. Todo se puede explicar a través de ellos. Donald Trump, Decathlon, la gonorrea y Bad Bunny. También a mí, imagino. Yo estudié Comunicación Audiovisual, pero antes hice un año de Derecho. Salí del bachillerato sin demasiado rumbo fijo, así que bueno, no había nota de corte, y ahí que fui. Casi no pasé por clase. En el examen de derecho romano me escapé a Madrid para hacer un casting. Mientras tanto, mentía en casa y mi padre comenzaba a sospechar. Un día me dijo que, como las notas las colgaban en la secretaría de la facultad, íbamos a ir juntos a verlas. Entré en pánico y falsifiqué nuevos documentos, fui a secretaría horas antes, coloqué las versiones en las que aprobaba y oculté aquellas en las que suspendía. Al llegar con mi padre, él se quedó en la puerta y me dijo que entrase a mirar cómo me había ido, que confiaba en mí. No tengo claro qué recuerdo pesa más de todo aquello, si esa confianza espontánea final o el miedo previo. Pero desde aquí pedir disculpas a la facultad de Derecho de Oviedo por el lío.

