En 1917, Pablo Picasso escribía al poeta Guillerme Apollinaire una sentida carta en que hacía balance de su vida hasta el momento: «Las emociones más puras las experimenté a los 16 años, en un gran bosque de España, cuando me retiré a pintar ». Se refería al verano de 1898, cuando su compañero de la escuela de pintura de la Llotja, Manuel Pallarés , le invitó a pasar el mes de julio con su familia en la pequeña localidad de Horta de Sant Joan, Tarragona. Esos días se refugió con su amigo en una especie de cueva dentro de un gran parque natural y allí; «lo aprendí absolutamente todo».Hay momentos clave en todas las vidas, y en la de Picasso se concentran en esos calurosos días de verano. Por supuesto, el artista ya estaba considerado una especie de niño prodigio y a nadie se le escapaba su potencial, pero fue la experiencia de esos días solo frente a la naturaleza, después de años en Málaga, Barcelona, A Coruña y Madrid donde sólo experimentó la vida urbana, los que le abrieron los ojos a una nueva forma de vivir y pintar. En definitiva, no hay Picasso sin Horta de Sant Joan.La razón de su llegada a este pequeño pueblo no es tan azarosa como pudiese parecer. En 1897 abandona Barcelona para instalarse en Madrid y estudiar en la Academia de San Fernando . Desencantado por su formación clásica, poco a poco se aísla y pierde la emoción, hasta que en la primavera de 1898 enferma de escarlatina, que le provoca fiebres muy altas, sarpullidos en la piel, enrojecimiento y escalofríos. En aquella época todavía no existen los antibióticos y su situación se agrava. Su hermana llega para cuidarlo y al final vuelve a Barcelona para restablecerse.La propuesta de Pallarés de que venga con él en verano llega en el mejor momento. Un clima húmedo, rodeado de naturaleza, parece la mejor opción para superar la enfermedad y sus padres dan el visto bueno. Al llegar, no se siente muy a gusto en la casa familiar y Pallarés le ofrece una alternativa. La propuesta de apartarse de todo, encerrarse en una especie de cueva en el parque natural de Les Ports , y vivir de forma simple y primitiva, sin hacer otra cosa que pintar, le parece la mejor idea que le han dado nunca. La decisión está tomada, y el mes de julio de 1898 comienza su encierro. «Llegó a Horta como aprendiz. Pronto dejó de ser Pablo Ruiz para convertirse en Picasso», comenta Elías Gastón Membrado, presidente del Centre Picasso de la Horta de Sant Joan, donde se documenta el paso del pintor por la localidad tarraconense.Horta de Sant Joan el lugar donde nació el genio de PicassoSus días pasan volando. Pallarés y él se levantan temprano, colocan sus caballetes y empiezan a realizar bocetos al carbón. Documenta todo lo que pasa por su lado. Dibuja pastores, cabras, campesinos trabajando en sus huertos, niños paseando . También hay veces que bajan al pueblo y allí hace retratos infantiles con sus madres, momentos de las fiestas y pequeñas escenas cotidianas. La mayoría de estos trabajos los custodia el Museo Picasso de Barcelona. Poco a poco se ve cómo abandona cierto academicismo realista y prueba pequeñas variaciones que muchos consideran como la génesis del cubismo.El pintor se siente tan bien en ese entorno que no abandonará Horta de Sant Joan hasta el febrero de 1899, ya totalmente recuperado y con mil ideas nuevas en la cabeza. El artista abandona su infancia y empieza a crecer dentro suyo la urgencia de la genialidad. Vuelve a Barcelona, pero ya ha establecido una identidad propia muy fuerte y rechaza volver a la Llotja para continuar con su formación académica. Ahora sólo quiere vivir. Tiene 17 años y comienzan los años de la bohemia, de la Barcelona canalla y las noches en ‘Els quatre gats’ .1909: El regreso del hijo pródigoA pesar de todas las extraordinarias vivencias que vendrían después, nunca se olvidará de Horta de Sant Joan (en aquel momento bautizada como Horta del Ebro). En el verano de 1909 regresará junto a su compañera Fernande Olivier. Allí realizará su célebre serie de paisajes cubistas analíticos de un pueblo convertido en tótem para él. Obras como ‘Fábrica de Horta de Ebro’ , hoy en el Hermitage de San Petersburgo; o ‘La balsa de Horta’ y ‘Casas en la colina’, en el MoMA de Nueva York, las pintó durante esas jornadas que se alargarían hasta el mes de octubre. En 1917, Pablo Picasso escribía al poeta Guillerme Apollinaire una sentida carta en que hacía balance de su vida hasta el momento: «Las emociones más puras las experimenté a los 16 años, en un gran bosque de España, cuando me retiré a pintar ». Se refería al verano de 1898, cuando su compañero de la escuela de pintura de la Llotja, Manuel Pallarés , le invitó a pasar el mes de julio con su familia en la pequeña localidad de Horta de Sant Joan, Tarragona. Esos días se refugió con su amigo en una especie de cueva dentro de un gran parque natural y allí; «lo aprendí absolutamente todo».Hay momentos clave en todas las vidas, y en la de Picasso se concentran en esos calurosos días de verano. Por supuesto, el artista ya estaba considerado una especie de niño prodigio y a nadie se le escapaba su potencial, pero fue la experiencia de esos días solo frente a la naturaleza, después de años en Málaga, Barcelona, A Coruña y Madrid donde sólo experimentó la vida urbana, los que le abrieron los ojos a una nueva forma de vivir y pintar. En definitiva, no hay Picasso sin Horta de Sant Joan.La razón de su llegada a este pequeño pueblo no es tan azarosa como pudiese parecer. En 1897 abandona Barcelona para instalarse en Madrid y estudiar en la Academia de San Fernando . Desencantado por su formación clásica, poco a poco se aísla y pierde la emoción, hasta que en la primavera de 1898 enferma de escarlatina, que le provoca fiebres muy altas, sarpullidos en la piel, enrojecimiento y escalofríos. En aquella época todavía no existen los antibióticos y su situación se agrava. Su hermana llega para cuidarlo y al final vuelve a Barcelona para restablecerse.La propuesta de Pallarés de que venga con él en verano llega en el mejor momento. Un clima húmedo, rodeado de naturaleza, parece la mejor opción para superar la enfermedad y sus padres dan el visto bueno. Al llegar, no se siente muy a gusto en la casa familiar y Pallarés le ofrece una alternativa. La propuesta de apartarse de todo, encerrarse en una especie de cueva en el parque natural de Les Ports , y vivir de forma simple y primitiva, sin hacer otra cosa que pintar, le parece la mejor idea que le han dado nunca. La decisión está tomada, y el mes de julio de 1898 comienza su encierro. «Llegó a Horta como aprendiz. Pronto dejó de ser Pablo Ruiz para convertirse en Picasso», comenta Elías Gastón Membrado, presidente del Centre Picasso de la Horta de Sant Joan, donde se documenta el paso del pintor por la localidad tarraconense.Horta de Sant Joan el lugar donde nació el genio de PicassoSus días pasan volando. Pallarés y él se levantan temprano, colocan sus caballetes y empiezan a realizar bocetos al carbón. Documenta todo lo que pasa por su lado. Dibuja pastores, cabras, campesinos trabajando en sus huertos, niños paseando . También hay veces que bajan al pueblo y allí hace retratos infantiles con sus madres, momentos de las fiestas y pequeñas escenas cotidianas. La mayoría de estos trabajos los custodia el Museo Picasso de Barcelona. Poco a poco se ve cómo abandona cierto academicismo realista y prueba pequeñas variaciones que muchos consideran como la génesis del cubismo.El pintor se siente tan bien en ese entorno que no abandonará Horta de Sant Joan hasta el febrero de 1899, ya totalmente recuperado y con mil ideas nuevas en la cabeza. El artista abandona su infancia y empieza a crecer dentro suyo la urgencia de la genialidad. Vuelve a Barcelona, pero ya ha establecido una identidad propia muy fuerte y rechaza volver a la Llotja para continuar con su formación académica. Ahora sólo quiere vivir. Tiene 17 años y comienzan los años de la bohemia, de la Barcelona canalla y las noches en ‘Els quatre gats’ .1909: El regreso del hijo pródigoA pesar de todas las extraordinarias vivencias que vendrían después, nunca se olvidará de Horta de Sant Joan (en aquel momento bautizada como Horta del Ebro). En el verano de 1909 regresará junto a su compañera Fernande Olivier. Allí realizará su célebre serie de paisajes cubistas analíticos de un pueblo convertido en tótem para él. Obras como ‘Fábrica de Horta de Ebro’ , hoy en el Hermitage de San Petersburgo; o ‘La balsa de Horta’ y ‘Casas en la colina’, en el MoMA de Nueva York, las pintó durante esas jornadas que se alargarían hasta el mes de octubre. RSS de noticias de cultura
En 1917, Pablo Picasso escribía al poeta Guillerme Apollinaire una sentida carta en que hacía balance de su vida hasta el momento: «Las emociones más puras las experimenté a los 16 años, en un gran bosque de España, cuando me retiré a pintar». … Se refería al verano de 1898, cuando su compañero de la escuela de pintura de la Llotja, Manuel Pallarés, le invitó a pasar el mes de julio con su familia en la pequeña localidad de Horta de Sant Joan, Tarragona. Esos días se refugió con su amigo en una especie de cueva dentro de un gran parque natural y allí; «lo aprendí absolutamente todo».
Hay momentos clave en todas las vidas, y en la de Picasso se concentran en esos calurosos días de verano. Por supuesto, el artista ya estaba considerado una especie de niño prodigio y a nadie se le escapaba su potencial, pero fue la experiencia de esos días solo frente a la naturaleza, después de años en Málaga, Barcelona, A Coruña y Madrid donde sólo experimentó la vida urbana, los que le abrieron los ojos a una nueva forma de vivir y pintar. En definitiva, no hay Picasso sin Horta de Sant Joan.
La razón de su llegada a este pequeño pueblo no es tan azarosa como pudiese parecer. En 1897 abandona Barcelona para instalarse en Madrid y estudiar en la Academia de San Fernando. Desencantado por su formación clásica, poco a poco se aísla y pierde la emoción, hasta que en la primavera de 1898 enferma de escarlatina, que le provoca fiebres muy altas, sarpullidos en la piel, enrojecimiento y escalofríos. En aquella época todavía no existen los antibióticos y su situación se agrava. Su hermana llega para cuidarlo y al final vuelve a Barcelona para restablecerse.
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La propuesta de Pallarés de que venga con él en verano llega en el mejor momento. Un clima húmedo, rodeado de naturaleza, parece la mejor opción para superar la enfermedad y sus padres dan el visto bueno. Al llegar, no se siente muy a gusto en la casa familiar y Pallarés le ofrece una alternativa. La propuesta de apartarse de todo, encerrarse en una especie de cueva en el parque natural de Les Ports, y vivir de forma simple y primitiva, sin hacer otra cosa que pintar, le parece la mejor idea que le han dado nunca. La decisión está tomada, y el mes de julio de 1898 comienza su encierro. «Llegó a Horta como aprendiz. Pronto dejó de ser Pablo Ruiz para convertirse en Picasso», comenta Elías Gastón Membrado, presidente del Centre Picasso de la Horta de Sant Joan, donde se documenta el paso del pintor por la localidad tarraconense.
Horta de Sant Joan el lugar donde nació el genio de Picasso
Sus días pasan volando. Pallarés y él se levantan temprano, colocan sus caballetes y empiezan a realizar bocetos al carbón. Documenta todo lo que pasa por su lado. Dibuja pastores, cabras, campesinos trabajando en sus huertos, niños paseando. También hay veces que bajan al pueblo y allí hace retratos infantiles con sus madres, momentos de las fiestas y pequeñas escenas cotidianas. La mayoría de estos trabajos los custodia el Museo Picasso de Barcelona. Poco a poco se ve cómo abandona cierto academicismo realista y prueba pequeñas variaciones que muchos consideran como la génesis del cubismo.
El pintor se siente tan bien en ese entorno que no abandonará Horta de Sant Joan hasta el febrero de 1899, ya totalmente recuperado y con mil ideas nuevas en la cabeza. El artista abandona su infancia y empieza a crecer dentro suyo la urgencia de la genialidad. Vuelve a Barcelona, pero ya ha establecido una identidad propia muy fuerte y rechaza volver a la Llotja para continuar con su formación académica. Ahora sólo quiere vivir. Tiene 17 años y comienzan los años de la bohemia, de la Barcelona canalla y las noches en ‘Els quatre gats’.
1909: El regreso del hijo pródigo
A pesar de todas las extraordinarias vivencias que vendrían después, nunca se olvidará de Horta de Sant Joan (en aquel momento bautizada como Horta del Ebro). En el verano de 1909 regresará junto a su compañera Fernande Olivier. Allí realizará su célebre serie de paisajes cubistas analíticos de un pueblo convertido en tótem para él. Obras como ‘Fábrica de Horta de Ebro’, hoy en el Hermitage de San Petersburgo; o ‘La balsa de Horta’ y ‘Casas en la colina’, en el MoMA de Nueva York, las pintó durante esas jornadas que se alargarían hasta el mes de octubre.

