En 1977, el credo de la Misa Campesina era el número uno de las listas españolas. Apenas habían pasado dos años de la muerte de Franco. «Creo en vos, Cristo obrero, / luz de luz y verdadero / unigénito de Dios (…) / El romano imperialista, / puñetero desalmado, / que lavándose las manos / quiso borrar el error (…) / Creo en vos, / arquitecto, ingeniero, / artesano, carpintero, / albañil y armador».
La cantante hispanocubana separada de Valerio Lazarov encabezó la listas de éxitos con El Cristo de Palacagüina, la canción que de la misa que compuso Carlos Mejía Godoy en el auge de la expansión de la Teología de la Liberación. Hoy se resigna a haber perdido la vista.
En 1977, el credo de la Misa Campesina era el número uno de las listas españolas. Apenas habían pasado dos años de la muerte de Franco. «Creo en vos, Cristo obrero, / luz de luz y verdadero / unigénito de Dios (…) / El romano imperialista, / puñetero desalmado, / que lavándose las manos / quiso borrar el error (…) / Creo en vos, / arquitecto, ingeniero, / artesano, carpintero, / albañil y armador».
No era la versión que Carlos Mejía Godoy había hecho con Los de Palacagüina -imagínense a alguien que canta al Cristo obrero y luego eso de «son tus perjúmenes, mujer, los que me sulibeyan»- que importó el padre Victoriano Aritzi, sino una mujer de voz clara que hacía que la teología de la liberación en verso -«ella va a lavar muy humildemente la ropa que goza la mujer hermosa del terrateniente»- sonara sofisticada y que penetrara en las izquierdas, pero también en los oídos más recatados. De ahí que la dueña de esa voz, Elsa Baeza (Bayamo, 1947), una hispanocubana pasada por La Sorbona, se convirtiera en una indispensable de esa España que transicionaba al socialismo de González y Ana Belén. La convidaban a fiestas en embajadas, a recitales… Era normal. Intercalaba el deje caribeño con una belleza discreta y delicada, fruto sin duda de la impronta genética de su padre, el poeta chileno Alberto Baeza Flores.
Resultó que Elsa recibió muchas ofertas para caer en el destape que se estilaba, pero se salió con El Cristo de Palacagüina y la Misa Campesina nicaragüense, el producto de la teología de la liberación que se gestó a la sombra del Vaticano II y que acabaría cuestionando Juan Pablo II en Libertatis nuntius (1984), aunque matizara su condena en Libertatis conscientia (1986). Decían algunos perfiles de la época que Baeza se adscribía a esa teología.
Para cuando empezó a mandar en las listas de éxitos con el credo obrero, Elsa Baeza llevaba ya cuatro años separada de Valerio Lazarov, con el que tan solo estuvo tres tras contraer matrimonio civil en Miami y tener un hijo que hoy es piloto. Lo había conocido cuando la dirigió en el programa Especial Pop de TVE. Al mismo tiempo alternaba la televisión con el teatro y el cine. No se saben exactamente los motivos por los que lo suyo con Lazarov no siguió. Muchos años después confesaría que el genio de la televisión había sido «su gran amor» y que, pese a no seguir casados, «se quisieron y respetaron como amigos hasta el último día». El de Lazarov fue el 11 de agosto de 2009.
En 1976, un año antes de su éxito musical, Baeza ya estaba casada con Joaquín Kremel (un gran actor aunque los profanos le recuerden como el objeto amoroso de Lina Morgan en Hostal Royal Manzanares), con el que tendría a su hija Natalia Bosch Baeza. También se separarían. Después, dicen los papeles, estuvo con el maestro de yoga José Rafael Estrada, también de origen chileno. También con el abogado de familia Luis Zarraluqui.
Hace algunos años, el apellido volvió a la palestra: su hija Natalia fue jefa de prensa -y pareja- de Jesús Sepúlveda, el polémico alcalde de Pozuelo, 23 años mayor que ella. Estuvieron juntos hasta que en 2009 se destapó la trama Gürtel. Pero eso son detalles que hoy carecen de importancia, pues ella se volvió a enamorar y tuvo una familia. Ninguna de las insinuaciones que se hicieron sobre ella fructificó.
Para entonces Baeza se había retirado de la primera línea, tras algunos años de apariciones puntuales en televisión. En 2003 regresó con un programa, Vivo cantando, con relativo éxito de audiencia. Era una especie de Operación Triunfo con artistas ya pasados de rosca que presentaba Jesús Vázquez.
De Elsa Baeza solo nos quedaban la música y el recuerdo. Este año se supo que una negligencia médica en la clínica que la había intervenido de una degeneración macular la había dejado ciega. Desde entonces, aquellos ojos tan expresivos solo pueden ver bultos y algunos colores. No se obró el milagro de Bartimeo en Jericó; solo la voluntad de seguir adelante. «Tenía dos posibilidades: deprimirme o estar feliz«, aseguró, muy entera, en televisión. «Esto me ha costado darme muchos golpes y romper muchos platos (…). Me siento una privilegiada a pesar de haber pasado por este trago tan duro. He dejado de hacer muchas cosas, pero he aprendido a hacer otras».
A los españoles de esa biutiful que empezó a brotar («España es el país en donde más rápido se puede hacer uno rico», Solchaga dixit) les enseñó que rezar en comunista podía ser un ejercicio espiritual de las clases pudrientes. Desde luego, las canciones de la Misa Campesina eran más bonitas que las de Hakuna, aunque nadie deba opinar de la fe de nadie. Eso sí, Carlos Mejía Godoy tuvo que salir huyendo de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo en 2018. De nada le había servido cantar al Cristo obrero. Le dijeron que su vida corría peligro. Desde entonces vive en EEUU. «María sueña que el hijo, igual que el tata, sea carpintero, / pero el cipotillo piensa: mañana quiero ser guerrillero».
LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón
