A Max Aub (1903-1972) le preocupó siempre la falta de resonancia de su obra en el interior de España. Pese que a sus libros se publicaban regularmente en el exilio mexicano en el que permanecía instalado desde comienzos de la década de 1940, el autor ansiaba poder entrar en contacto con los lectores españoles, de los que le separaba, además del océano, la férrea barrera de la censura. No poder ser leído en el país que había asumido como propio desde su traslado a los once años desde su Francia natal –confirmando que, como señaló en una de sus más célebres frases, uno es de donde hace el Bachillerato– implicaba no poder dirigirse a su público natural, el único capaz de entender en su totalidad la monumental reconstrucción literaria del pasado reciente con la que pretendió reivindicar el legado republicano y subvertir la interpretación histórica que el franquismo trataba de imponer.Coincidiendo con su propia biografía, la Guerra Civil , los campos de concentración franceses y el exilio vertebraron ese proyecto rememorador –tal y como ponen de manifiesto los relatos y novelas de ‘El laberinto mágico’–, lo que fue no fue óbice para que también evocase otras épocas pretéritas. Así lo demuestra ‘La calle de Valverde’, una novela ambientada en Madrid cuya acción discurre en sus años de juventud, entre 1926 y 1927, marcados por la dictadura de Primo de Rivera, el auge de los movimientos obreros o el desarrollo de las primeras vanguardias.Novela de vida literariaCompuesta a través de un complejo andamiaje que incluye alteraciones de la linealidad temporal, cambios de escenario y multiplicidad de personajes, la novela se estructura a partir de las interacciones de un heterogéneo conglomerado formado por obreros, médicos, políticos, prostitutas, porteras, artistas, intelectuales, etc. A través de una estructura de «vidas cruzadas» , la narración se va deteniendo en sus peripecias, que en algún momento pasan por una casa de huéspedes de la calle a la que se alude en el título, situada en el centro de la capital, en uno de los costados de la Gran Vía. Con un toque costumbrista y una especial habilidad para captar el habla popular en los diálogos –salpicados por constantes alusiones a la situación política y al sempiterno «tema de España», y repletos de socarronería–, se va conformando un fresco de época tan verista como atrayente.No obstante, pese a su pretensión global, la obra presta especial atención al mundo intelectual y artístico , al que pertenecen los cinco protagonistas que logran despegarse del gran retrato colectivo. Presentados como aprendices de escritores, estos personajes –en cuya configuración pueden detectarse no pocos ecos del propio autor y de muchos de sus compañeros de generación, que iniciaban por aquel momento su andadura literaria– se mueven por ambientes literarios como las tertulias del Café Regina o de La Granja del Henar y las redacciones de medios de la época como ‘La Voz’, ‘La Libertad’ o ‘Revista de Occidente’ al tiempo que se relacionan con referentes reales como Ramón Mª del Valle-Inclán, Enrique Díez-Canedo, Manuel Azaña, Juan José Domenchina, los hermanos Cossío o, en uno de los múltiples juegos metatextuales de la obra, el propio Max Aub. Autores de diferentes generaciones, sensibilidades e ideologías conviven en la trama, que dibuja una suerte de «edad dorada» de la cultura española que el desgarro de la guerra y el exilio terminó por romper, provocando así que la lectura adquiera un valor casi ucrónico que lleva a pensar cuál hubiera podido ser el devenir de la historia literaria si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Junto a esa reflexión, hay una actitud eminentemente reivindicativa, pues también puede entenderse como uno más de los empeños de Aub en recordar y dignificar la memoria de los autores republicanos que, después de compartir con él un efervescente ambiente intelectual, fueron relegados al olvido tras marchar el exilio.La obsesión por EspañaAub acabó de escribir la novela a finales de la década de 1950. Pese a que en aquel momento los exiliados tropezaban una y otra vez con la censura, el autor, siempre obsesionado con regresar –literaria y físicamente–, intentó publicarla en España. Primero, urdió un plan –que resultó finalmente infructuoso– por el que pretendía presentarla a los premios Nadal y Biblioteca Breve bajo un pseudónimo femenino. Una vez descartada la idea, probó suerte con la censura, que rechazó la publicación por los aparentes descuidos morales de la obra, que, según rezaba el preceptivo informe, «denotaba ingenio y desvergüenza». La noticia llenó de desazón al escritor, que, quizá en un exceso de ingenuidad o de esperanza, creía que la falta de referencias directas a la guerra o a la situación de la España del franquismo podrían inducir al dictamen favorable.Sin embargo, la evolución del franquismo y el ligero aperturismo que trajo consigo la Ley Fraga de 1966 cambiarían las cosas para la literatura del exilio, que comenzó a introducirse con cuentagotas en España, llegando a conseguir hitos como la concesión del Premio Planeta en 1969 a una novela de Ramón J. Sender. Ese nuevo contexto, unido al impulso que para la carrera de Aub en el interior supuso el inicio de su colaboración con la agencia de Carmen Balcells, propició que ‘La calle de Valverde’ pudiera ser finalmente autorizada –con ciertas supresiones, eso sí– para su publicación en 1968 por la editorial Delos-Aymá. En la actualidad, pese a poder leerse ya sin las restricciones de la censura y a estar presente en catálogos de indudable prestigio como el de la editorial Cátedra y a gozar de la atención del ámbito académico, la novela sigue siendo, en general, desconocida para el público masivo. Sin embargo, es necesario recuperarla y otorgarle el lugar que se merece entre las grandes narraciones sobre Madrid , en la estirpe de ‘Fortunata y Jacinta’ o ‘La colmena’. Leerla no solo implica hacer justicia con Max Aub, y darle el póstumo placer del reconocimiento que tanto ansió en vida, sino también disfrutar de una reconstrucción extraordinaria, tan innovadora y compleja como ingeniosa y lúcida, de la vida de hace exactamente un siglo. A Max Aub (1903-1972) le preocupó siempre la falta de resonancia de su obra en el interior de España. Pese que a sus libros se publicaban regularmente en el exilio mexicano en el que permanecía instalado desde comienzos de la década de 1940, el autor ansiaba poder entrar en contacto con los lectores españoles, de los que le separaba, además del océano, la férrea barrera de la censura. No poder ser leído en el país que había asumido como propio desde su traslado a los once años desde su Francia natal –confirmando que, como señaló en una de sus más célebres frases, uno es de donde hace el Bachillerato– implicaba no poder dirigirse a su público natural, el único capaz de entender en su totalidad la monumental reconstrucción literaria del pasado reciente con la que pretendió reivindicar el legado republicano y subvertir la interpretación histórica que el franquismo trataba de imponer.Coincidiendo con su propia biografía, la Guerra Civil , los campos de concentración franceses y el exilio vertebraron ese proyecto rememorador –tal y como ponen de manifiesto los relatos y novelas de ‘El laberinto mágico’–, lo que fue no fue óbice para que también evocase otras épocas pretéritas. Así lo demuestra ‘La calle de Valverde’, una novela ambientada en Madrid cuya acción discurre en sus años de juventud, entre 1926 y 1927, marcados por la dictadura de Primo de Rivera, el auge de los movimientos obreros o el desarrollo de las primeras vanguardias.Novela de vida literariaCompuesta a través de un complejo andamiaje que incluye alteraciones de la linealidad temporal, cambios de escenario y multiplicidad de personajes, la novela se estructura a partir de las interacciones de un heterogéneo conglomerado formado por obreros, médicos, políticos, prostitutas, porteras, artistas, intelectuales, etc. A través de una estructura de «vidas cruzadas» , la narración se va deteniendo en sus peripecias, que en algún momento pasan por una casa de huéspedes de la calle a la que se alude en el título, situada en el centro de la capital, en uno de los costados de la Gran Vía. Con un toque costumbrista y una especial habilidad para captar el habla popular en los diálogos –salpicados por constantes alusiones a la situación política y al sempiterno «tema de España», y repletos de socarronería–, se va conformando un fresco de época tan verista como atrayente.No obstante, pese a su pretensión global, la obra presta especial atención al mundo intelectual y artístico , al que pertenecen los cinco protagonistas que logran despegarse del gran retrato colectivo. Presentados como aprendices de escritores, estos personajes –en cuya configuración pueden detectarse no pocos ecos del propio autor y de muchos de sus compañeros de generación, que iniciaban por aquel momento su andadura literaria– se mueven por ambientes literarios como las tertulias del Café Regina o de La Granja del Henar y las redacciones de medios de la época como ‘La Voz’, ‘La Libertad’ o ‘Revista de Occidente’ al tiempo que se relacionan con referentes reales como Ramón Mª del Valle-Inclán, Enrique Díez-Canedo, Manuel Azaña, Juan José Domenchina, los hermanos Cossío o, en uno de los múltiples juegos metatextuales de la obra, el propio Max Aub. Autores de diferentes generaciones, sensibilidades e ideologías conviven en la trama, que dibuja una suerte de «edad dorada» de la cultura española que el desgarro de la guerra y el exilio terminó por romper, provocando así que la lectura adquiera un valor casi ucrónico que lleva a pensar cuál hubiera podido ser el devenir de la historia literaria si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Junto a esa reflexión, hay una actitud eminentemente reivindicativa, pues también puede entenderse como uno más de los empeños de Aub en recordar y dignificar la memoria de los autores republicanos que, después de compartir con él un efervescente ambiente intelectual, fueron relegados al olvido tras marchar el exilio.La obsesión por EspañaAub acabó de escribir la novela a finales de la década de 1950. Pese a que en aquel momento los exiliados tropezaban una y otra vez con la censura, el autor, siempre obsesionado con regresar –literaria y físicamente–, intentó publicarla en España. Primero, urdió un plan –que resultó finalmente infructuoso– por el que pretendía presentarla a los premios Nadal y Biblioteca Breve bajo un pseudónimo femenino. Una vez descartada la idea, probó suerte con la censura, que rechazó la publicación por los aparentes descuidos morales de la obra, que, según rezaba el preceptivo informe, «denotaba ingenio y desvergüenza». La noticia llenó de desazón al escritor, que, quizá en un exceso de ingenuidad o de esperanza, creía que la falta de referencias directas a la guerra o a la situación de la España del franquismo podrían inducir al dictamen favorable.Sin embargo, la evolución del franquismo y el ligero aperturismo que trajo consigo la Ley Fraga de 1966 cambiarían las cosas para la literatura del exilio, que comenzó a introducirse con cuentagotas en España, llegando a conseguir hitos como la concesión del Premio Planeta en 1969 a una novela de Ramón J. Sender. Ese nuevo contexto, unido al impulso que para la carrera de Aub en el interior supuso el inicio de su colaboración con la agencia de Carmen Balcells, propició que ‘La calle de Valverde’ pudiera ser finalmente autorizada –con ciertas supresiones, eso sí– para su publicación en 1968 por la editorial Delos-Aymá. En la actualidad, pese a poder leerse ya sin las restricciones de la censura y a estar presente en catálogos de indudable prestigio como el de la editorial Cátedra y a gozar de la atención del ámbito académico, la novela sigue siendo, en general, desconocida para el público masivo. Sin embargo, es necesario recuperarla y otorgarle el lugar que se merece entre las grandes narraciones sobre Madrid , en la estirpe de ‘Fortunata y Jacinta’ o ‘La colmena’. Leerla no solo implica hacer justicia con Max Aub, y darle el póstumo placer del reconocimiento que tanto ansió en vida, sino también disfrutar de una reconstrucción extraordinaria, tan innovadora y compleja como ingeniosa y lúcida, de la vida de hace exactamente un siglo. RSS de noticias de cultura
A Max Aub (1903-1972) le preocupó siempre la falta de resonancia de su obra en el interior de España. Pese que a sus libros se publicaban regularmente en el exilio mexicano en el que permanecía instalado desde comienzos de la década de 1940, … el autor ansiaba poder entrar en contacto con los lectores españoles, de los que le separaba, además del océano, la férrea barrera de la censura. No poder ser leído en el país que había asumido como propio desde su traslado a los once años desde su Francia natal –confirmando que, como señaló en una de sus más célebres frases, uno es de donde hace el Bachillerato– implicaba no poder dirigirse a su público natural, el único capaz de entender en su totalidad la monumental reconstrucción literaria del pasado reciente con la que pretendió reivindicar el legado republicano y subvertir la interpretación histórica que el franquismo trataba de imponer.
Coincidiendo con su propia biografía, la Guerra Civil, los campos de concentración franceses y el exilio vertebraron ese proyecto rememorador –tal y como ponen de manifiesto los relatos y novelas de ‘El laberinto mágico’–, lo que fue no fue óbice para que también evocase otras épocas pretéritas. Así lo demuestra ‘La calle de Valverde’, una novela ambientada en Madrid cuya acción discurre en sus años de juventud, entre 1926 y 1927, marcados por la dictadura de Primo de Rivera, el auge de los movimientos obreros o el desarrollo de las primeras vanguardias.
Novela de vida literaria
Compuesta a través de un complejo andamiaje que incluye alteraciones de la linealidad temporal, cambios de escenario y multiplicidad de personajes, la novela se estructura a partir de las interacciones de un heterogéneo conglomerado formado por obreros, médicos, políticos, prostitutas, porteras, artistas, intelectuales, etc. A través de una estructura de «vidas cruzadas», la narración se va deteniendo en sus peripecias, que en algún momento pasan por una casa de huéspedes de la calle a la que se alude en el título, situada en el centro de la capital, en uno de los costados de la Gran Vía. Con un toque costumbrista y una especial habilidad para captar el habla popular en los diálogos –salpicados por constantes alusiones a la situación política y al sempiterno «tema de España», y repletos de socarronería–, se va conformando un fresco de época tan verista como atrayente.
No obstante, pese a su pretensión global, la obra presta especial atención al mundo intelectual y artístico, al que pertenecen los cinco protagonistas que logran despegarse del gran retrato colectivo. Presentados como aprendices de escritores, estos personajes –en cuya configuración pueden detectarse no pocos ecos del propio autor y de muchos de sus compañeros de generación, que iniciaban por aquel momento su andadura literaria– se mueven por ambientes literarios como las tertulias del Café Regina o de La Granja del Henar y las redacciones de medios de la época como ‘La Voz’, ‘La Libertad’ o ‘Revista de Occidente’ al tiempo que se relacionan con referentes reales como Ramón Mª del Valle-Inclán, Enrique Díez-Canedo, Manuel Azaña, Juan José Domenchina, los hermanos Cossío o, en uno de los múltiples juegos metatextuales de la obra, el propio Max Aub.
Autores de diferentes generaciones, sensibilidades e ideologías conviven en la trama, que dibuja una suerte de «edad dorada» de la cultura española que el desgarro de la guerra y el exilio terminó por romper, provocando así que la lectura adquiera un valor casi ucrónico que lleva a pensar cuál hubiera podido ser el devenir de la historia literaria si no hubiera ocurrido lo que ocurrió. Junto a esa reflexión, hay una actitud eminentemente reivindicativa, pues también puede entenderse como uno más de los empeños de Aub en recordar y dignificar la memoria de los autores republicanos que, después de compartir con él un efervescente ambiente intelectual, fueron relegados al olvido tras marchar el exilio.
La obsesión por España
Aub acabó de escribir la novela a finales de la década de 1950. Pese a que en aquel momento los exiliados tropezaban una y otra vez con la censura, el autor, siempre obsesionado con regresar –literaria y físicamente–, intentó publicarla en España. Primero, urdió un plan –que resultó finalmente infructuoso– por el que pretendía presentarla a los premios Nadal y Biblioteca Breve bajo un pseudónimo femenino. Una vez descartada la idea, probó suerte con la censura, que rechazó la publicación por los aparentes descuidos morales de la obra, que, según rezaba el preceptivo informe, «denotaba ingenio y desvergüenza». La noticia llenó de desazón al escritor, que, quizá en un exceso de ingenuidad o de esperanza, creía que la falta de referencias directas a la guerra o a la situación de la España del franquismo podrían inducir al dictamen favorable.
Sin embargo, la evolución del franquismo y el ligero aperturismo que trajo consigo la Ley Fraga de 1966 cambiarían las cosas para la literatura del exilio, que comenzó a introducirse con cuentagotas en España, llegando a conseguir hitos como la concesión del Premio Planeta en 1969 a una novela de Ramón J. Sender. Ese nuevo contexto, unido al impulso que para la carrera de Aub en el interior supuso el inicio de su colaboración con la agencia de Carmen Balcells, propició que ‘La calle de Valverde’ pudiera ser finalmente autorizada –con ciertas supresiones, eso sí– para su publicación en 1968 por la editorial Delos-Aymá.
En la actualidad, pese a poder leerse ya sin las restricciones de la censura y a estar presente en catálogos de indudable prestigio como el de la editorial Cátedra y a gozar de la atención del ámbito académico, la novela sigue siendo, en general, desconocida para el público masivo. Sin embargo, es necesario recuperarla y otorgarle el lugar que se merece entre las grandes narraciones sobre Madrid, en la estirpe de ‘Fortunata y Jacinta’ o ‘La colmena’. Leerla no solo implica hacer justicia con Max Aub, y darle el póstumo placer del reconocimiento que tanto ansió en vida, sino también disfrutar de una reconstrucción extraordinaria, tan innovadora y compleja como ingeniosa y lúcida, de la vida de hace exactamente un siglo.
