En la casa de Andrés Trapiello (La Vega de Manzaneda, León, 1953) hay memoria y memorabilia, papeles, libros, bustos, fotografías, libretas, lápices, luz, madera y ese desorden como de estar siempre escribiendo algo: diríase que todo esto –los trastos, las sensaciones, las ideas que flotan en su aire– son las piezas de un puzle que podría ser su biografía, su vida contada, su vida recordada o recreada. Hace casi cuarenta años, Trapiello decidió convertirse en el protagonista de su literatura, y aún no ha cambiado de opinión. Acaba de publicar ‘De todo tiene’ (Ediciones del Arrabal), el vigesimoquinto tomo de su ‘Salón de pasos perdidos’, donde rescata fragmentos de aquel lejano 2011 y les saca brillo: su empeño siempre ha sido transformar su diario en una novela en marcha. —¿Aún recuerda cómo empezó esto?—Perfectamente, claro. Yo tenía muchísima ilusión por escribir una novela como las que me gustan, como las del siglo XIX, esas novelas de gran calado que son como un buque, lentas pero seguras. Pero eso es muy difícil. Ni me veía con talento ni me veía con fuerzas ni me veía con la imaginación suficiente para poner a flote un armatoste de estos. Pero en cambio me hice un razonamiento bastante elemental y pedestre, que era: las novelas que me gustan tratan de vidas, y yo tengo una vida.—Insiste en que no son unos diarios, sino una novela en marcha.—No es lo mismo hacer una crónica de ti mismo o un reportaje de ti mismo o una autobiografía o unas memorias que una novela. Porque la novela se caracteriza por tener un sentido. En cambio, las vidas, como tal, no lo tienen. Nosotros no tenemos un argumento, a veces ni siquiera tenemos trama. Las nuestras son vidas muy descacharradas y muy zarandeadas, pero partiendo de estos mimbres tan escasos yo tomé mi vida y decidí dotarla de sentido. Siempre dentro de la obra literaria, dentro de lo que era el libro. Así que escogí fragmentos de mi vida y decidí intervenir en ellos desde muchos puntos de vista. Aquí [en el libro] hay mucha fantasía, cosas de la imaginación. —¿Y ya pensaba al principio en un proyecto largo o es que se le ha ido de las manos?—No solamente lo pensé, es que ese era el proyecto. El proyecto solo se entendía si había como mínimo más de diez tomos. Sabía que solamente se entendería de esta manera, con esta distancia. Aunque alguna gente me ha invitado a dejar de escribirlo muchas veces. —[Risas].—Dicen: bueno, qué rollo, otra vez lo mismo. Y otros dicen que ha llegado el momento de cerrarlo: ya tienes una gran obra, es mejor cerrarla aquí porque todo lo que venga después será una reiteración. Yo creo que no han entendido el proyecto. El proyecto es así porque nadie quiere acortar la vida, nadie se quita la vida por el hecho de que ya ha vivido diez años muy intensos. Al contrario. Con estos libros, sean novelas, sean diarios, sean novelarios o diavelas o como lo llamen, ocurre como con la vida: cuanto más, mejor. Cuanto más pudiera extender esto, mejor. Porque la ambición que tiene es tomar el pulso de una vida, que es la mía. Y que sea lo más fiel posible a esa vida. —La literatura tiene sentido, al contrario que la vida. ¿Diría que la vida de los diarios es más bella que la vida real?—Diría más bien que la vida de los diarios es una vida ordenada. Una vida un poco más ordenada y por tanto mejorada, en el sentido de que se eliminan de ella muchos momentos vacíos o sórdidos o tristes o anodinos, que son la inmensa mayoría de nuestros momentos al cabo del día. Vivimos, por fortuna, anodinamente. Pero todo esto está eliminado. El reencuentro con esa vida es en cierto modo el reencuentro con el orden que no tenemos nosotros. Que es un poco lo que hacemos como lectores de novelas. Vamos buscando en las novelas el argumento, el sentido o la historia, la aventura que no tienen las nuestras, ¿no? Es decir, intentamos con esos libros vivir doblemente.«La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural»—Es lo que decía Tarkovsky del cine: la gente va ahí a buscar el tiempo fugado, perdido o aún no obtenido.—Eso es: va a multiplicar por dos su vida. Recuerdo que cuando iba al cine de niño y salía de una película que me gustaba mucho, tenía la sensación de que habían transcurrido en esa hora y pico de cine unos diez años. Salía como a otro mundo diferente. Y si a esto añadimos, que era una cosa bastante frecuente en León, que tú entrabas en el cine por la tarde y con luz y salías dos horas después ya de noche, nevado, como me ocurrió bastantes veces, la sensación de fantasmagoría o de fantasía era enorme. Porque habías entrado en el cine siendo uno y salías a una ciudad que era otra. —¿No le ha condicionado la vida la disciplina de esta novela?—No la condiciona en absoluto. Al final terminas conviviendo con los diarios. En mi familia hacen bromas, como en fin de año o al principio del año, porque saben que esos momentos saldrán en el libro. Pero excepto eso, no condiciona nada. Quiero decir que la vida viene condicionada por muchas cosas, como hacer tres comidas al día o llamar a tus padres o trabajar. Y esta es una cosa más que está incorporada a tu rutina. Una persona medianamente sana cuando camina hace lo mismo, ¿no? O sea, no va diciéndose: ahora un pie, ahora otro pie, ahora otro pie. Lo haces de una manera muy natural, de eso se trata. Y ese es el único principio estético que sí he tenido bastante claro, el de la naturalidad. Aquello que decía Juan Ramón, que yo he repetido hasta la saciedad: quien escribe como se habla llegará en lo porvenir y será más leído y hablado que quien escribe como se escribe. Esto es importantísimo. La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural. —¿Tiene alguna ley más en sus diarios?—He intentado atenerme a un principio que no siempre se consigue, porque es muy difícil, que es el de no presumir ni quejarte. De algunas cosas me precio, y entre ellas ha sido de circular un aforismo de Gracián que dice: la queja trae descrédito. —Pues hay una literatura que vive de la queja, de la lamentación.—Al diario tiene que llegar uno ya llorado. Es como aquello tan famoso de Ortega de que la claridad es la cortesía del filósofo: yo creo que el estoicismo es la cortesía del diarista. Siempre digo que sólo se puede leer con entusiasmo y sólo se puede escribir con escepticismo o con estoicismo. Es todo lo contrario en general de lo que suele ocurrir: la gente lee con enorme escepticismo, todo le parece mediocre, pero en cuanto se ponen a escribir empiezan a hablar con enorme entusiasmo de sus males, de sus rupturas, les parece que son todas apoteósicas, que nadie ha sufrido como ellos, que nadie ha vivido como ellos. —¿Cómo es el escritor de diarios?—El escritor de diarios es básicamente una persona desplazada, que está aquejada por el espíritu de la escalera: cuando tú sales de un sitio, cuando ya te vas marchando por las escaleras, te empiezas a decir «es que tenía que haberle dicho esto, es que tenía que haber hecho…». Y esto nos ocurre a todos. El diarista va a su diario a tomarse una revancha con la vida, a darse una segunda oportunidad puramente ficticia, porque la vida ya ha corrido. Pero hay más, también vas a los diarios a buscar un cierto consuelo, no porque estés desconsolado, no porque seas un desdichado, sino porque crees que la vida es lo bastante hermosa como para que tú puedas reconstruirla y que eso sirva para ti mismo como un retiro que te conviene. Acudes al diario sencillamente porque necesitas pensar, y cuando escribes piensas mucho más. La vida no tiene sentido, pero sí tenemos la obligación de buscárselo.Trapiello, durante la entrevista con ABC Ignacio Gil—¿Escribir la vida ayuda a vivirla más intensamente, a sentirla más intensamente?—Con eso hay que tener un cierto cuidado. Lo decía Unamuno respecto de los diarios de Amiel: ojo con los que llevan diarios, porque a veces empiezan un diario para anotar lo que sucede en la vida y terminan viviendo solamente para anotar en el diario. Eso es importante tenerlo en cuenta, pero sí, escribir te ayuda a eso, te ayuda a estar más atento. Si no llevara diario muchas veces la vida se evaporaría. —Ha sido cronista también de grandes trifulcas literarias: tengo la sensación de que cada vez hay menos…—Ha habido una polémica última muy importante, que es la de Uclés y la Guerra Civil. Cíclicamente hay algunas polémicas, pero lo que ocurre es que los escritores en general y los intelectuales están a otras cosas, están a sus carreras… Está todo tan atomizado que es muy difícil hacer coincidir a la gente en temas generales. El problema que tenemos ahora es que está todo tan partido, los intereses son tan diferentes, que es muy difícil incluso poner de acuerdo a gente para que discuta. Hasta eso es difícil, porque la gente ha perdido el interés por la discusión intelectual, por la discusión literaria. Lo que impera es una especie de «déjame en paz que no tengo tiempo». La gente no tiene tanto tiempo como para sosegadamente discutir de nada. —En sus diarios no narra grandes aventuras, sino aventuras cotidianas.—A veces sí que hay sucesos extraordinarios, incluso para mí mismo, como conocer a alguien excepcional, pero incluso lo excepcional está tratado como una cosa muy natural. Rilke decía en uno de sus diarios que lo más extraordinario es aquello que es natural. Y de hecho, cuando alguien tiene un jamacuco muy grande, cuando alguien ha tenido un accidente o ha sobrevivido a algo realmente traumático, lo primero que quiere es conquistar la normalidad. Lo que quieren son hechos normales. Alguien que ha salido de un batacazo enorme no quiere viajar a Samarcanda, lo que quiere es ir al quiosco de la esquina o volver a bajar al bar de siempre y tomarse una cerveza fría sentado. Yo lo que quiero es que cada una de estas páginas le devuelva un minuto de naturalidad a quien lo lea, y que lo valore como algo realmente único, a pesar de que es una cosa muy corriente.—Viendo su obra diríase que está todo el día escribiendo. ¿Cuándo vive?—No tanto, no creas. Cuando estoy en el campo, por ejemplo, atiendo muchísimos trabajos serviles, como los llama mi amigo Eloy Sánchez Rosillo: que si los olivos, que si hacer leña, que si podar, que si un motor que se estropea, otro que se estropea, las perras, el veterinario, el albañil… Hay muchísimas interrupciones. Lo que ocurre es que el tiempo da para mucho si no se pierde. La vida da para mucho. A mí me encanta perder el tiempo, pero no despilfarrarlo. Me da pena tirar el tiempo a la basura, sobre todo a partir de cierta edad, cuando ya lo tienes mucho más tasado. Ni se me pasa por la cabeza. En la casa de Andrés Trapiello (La Vega de Manzaneda, León, 1953) hay memoria y memorabilia, papeles, libros, bustos, fotografías, libretas, lápices, luz, madera y ese desorden como de estar siempre escribiendo algo: diríase que todo esto –los trastos, las sensaciones, las ideas que flotan en su aire– son las piezas de un puzle que podría ser su biografía, su vida contada, su vida recordada o recreada. Hace casi cuarenta años, Trapiello decidió convertirse en el protagonista de su literatura, y aún no ha cambiado de opinión. Acaba de publicar ‘De todo tiene’ (Ediciones del Arrabal), el vigesimoquinto tomo de su ‘Salón de pasos perdidos’, donde rescata fragmentos de aquel lejano 2011 y les saca brillo: su empeño siempre ha sido transformar su diario en una novela en marcha. —¿Aún recuerda cómo empezó esto?—Perfectamente, claro. Yo tenía muchísima ilusión por escribir una novela como las que me gustan, como las del siglo XIX, esas novelas de gran calado que son como un buque, lentas pero seguras. Pero eso es muy difícil. Ni me veía con talento ni me veía con fuerzas ni me veía con la imaginación suficiente para poner a flote un armatoste de estos. Pero en cambio me hice un razonamiento bastante elemental y pedestre, que era: las novelas que me gustan tratan de vidas, y yo tengo una vida.—Insiste en que no son unos diarios, sino una novela en marcha.—No es lo mismo hacer una crónica de ti mismo o un reportaje de ti mismo o una autobiografía o unas memorias que una novela. Porque la novela se caracteriza por tener un sentido. En cambio, las vidas, como tal, no lo tienen. Nosotros no tenemos un argumento, a veces ni siquiera tenemos trama. Las nuestras son vidas muy descacharradas y muy zarandeadas, pero partiendo de estos mimbres tan escasos yo tomé mi vida y decidí dotarla de sentido. Siempre dentro de la obra literaria, dentro de lo que era el libro. Así que escogí fragmentos de mi vida y decidí intervenir en ellos desde muchos puntos de vista. Aquí [en el libro] hay mucha fantasía, cosas de la imaginación. —¿Y ya pensaba al principio en un proyecto largo o es que se le ha ido de las manos?—No solamente lo pensé, es que ese era el proyecto. El proyecto solo se entendía si había como mínimo más de diez tomos. Sabía que solamente se entendería de esta manera, con esta distancia. Aunque alguna gente me ha invitado a dejar de escribirlo muchas veces. —[Risas].—Dicen: bueno, qué rollo, otra vez lo mismo. Y otros dicen que ha llegado el momento de cerrarlo: ya tienes una gran obra, es mejor cerrarla aquí porque todo lo que venga después será una reiteración. Yo creo que no han entendido el proyecto. El proyecto es así porque nadie quiere acortar la vida, nadie se quita la vida por el hecho de que ya ha vivido diez años muy intensos. Al contrario. Con estos libros, sean novelas, sean diarios, sean novelarios o diavelas o como lo llamen, ocurre como con la vida: cuanto más, mejor. Cuanto más pudiera extender esto, mejor. Porque la ambición que tiene es tomar el pulso de una vida, que es la mía. Y que sea lo más fiel posible a esa vida. —La literatura tiene sentido, al contrario que la vida. ¿Diría que la vida de los diarios es más bella que la vida real?—Diría más bien que la vida de los diarios es una vida ordenada. Una vida un poco más ordenada y por tanto mejorada, en el sentido de que se eliminan de ella muchos momentos vacíos o sórdidos o tristes o anodinos, que son la inmensa mayoría de nuestros momentos al cabo del día. Vivimos, por fortuna, anodinamente. Pero todo esto está eliminado. El reencuentro con esa vida es en cierto modo el reencuentro con el orden que no tenemos nosotros. Que es un poco lo que hacemos como lectores de novelas. Vamos buscando en las novelas el argumento, el sentido o la historia, la aventura que no tienen las nuestras, ¿no? Es decir, intentamos con esos libros vivir doblemente.«La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural»—Es lo que decía Tarkovsky del cine: la gente va ahí a buscar el tiempo fugado, perdido o aún no obtenido.—Eso es: va a multiplicar por dos su vida. Recuerdo que cuando iba al cine de niño y salía de una película que me gustaba mucho, tenía la sensación de que habían transcurrido en esa hora y pico de cine unos diez años. Salía como a otro mundo diferente. Y si a esto añadimos, que era una cosa bastante frecuente en León, que tú entrabas en el cine por la tarde y con luz y salías dos horas después ya de noche, nevado, como me ocurrió bastantes veces, la sensación de fantasmagoría o de fantasía era enorme. Porque habías entrado en el cine siendo uno y salías a una ciudad que era otra. —¿No le ha condicionado la vida la disciplina de esta novela?—No la condiciona en absoluto. Al final terminas conviviendo con los diarios. En mi familia hacen bromas, como en fin de año o al principio del año, porque saben que esos momentos saldrán en el libro. Pero excepto eso, no condiciona nada. Quiero decir que la vida viene condicionada por muchas cosas, como hacer tres comidas al día o llamar a tus padres o trabajar. Y esta es una cosa más que está incorporada a tu rutina. Una persona medianamente sana cuando camina hace lo mismo, ¿no? O sea, no va diciéndose: ahora un pie, ahora otro pie, ahora otro pie. Lo haces de una manera muy natural, de eso se trata. Y ese es el único principio estético que sí he tenido bastante claro, el de la naturalidad. Aquello que decía Juan Ramón, que yo he repetido hasta la saciedad: quien escribe como se habla llegará en lo porvenir y será más leído y hablado que quien escribe como se escribe. Esto es importantísimo. La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural. —¿Tiene alguna ley más en sus diarios?—He intentado atenerme a un principio que no siempre se consigue, porque es muy difícil, que es el de no presumir ni quejarte. De algunas cosas me precio, y entre ellas ha sido de circular un aforismo de Gracián que dice: la queja trae descrédito. —Pues hay una literatura que vive de la queja, de la lamentación.—Al diario tiene que llegar uno ya llorado. Es como aquello tan famoso de Ortega de que la claridad es la cortesía del filósofo: yo creo que el estoicismo es la cortesía del diarista. Siempre digo que sólo se puede leer con entusiasmo y sólo se puede escribir con escepticismo o con estoicismo. Es todo lo contrario en general de lo que suele ocurrir: la gente lee con enorme escepticismo, todo le parece mediocre, pero en cuanto se ponen a escribir empiezan a hablar con enorme entusiasmo de sus males, de sus rupturas, les parece que son todas apoteósicas, que nadie ha sufrido como ellos, que nadie ha vivido como ellos. —¿Cómo es el escritor de diarios?—El escritor de diarios es básicamente una persona desplazada, que está aquejada por el espíritu de la escalera: cuando tú sales de un sitio, cuando ya te vas marchando por las escaleras, te empiezas a decir «es que tenía que haberle dicho esto, es que tenía que haber hecho…». Y esto nos ocurre a todos. El diarista va a su diario a tomarse una revancha con la vida, a darse una segunda oportunidad puramente ficticia, porque la vida ya ha corrido. Pero hay más, también vas a los diarios a buscar un cierto consuelo, no porque estés desconsolado, no porque seas un desdichado, sino porque crees que la vida es lo bastante hermosa como para que tú puedas reconstruirla y que eso sirva para ti mismo como un retiro que te conviene. Acudes al diario sencillamente porque necesitas pensar, y cuando escribes piensas mucho más. La vida no tiene sentido, pero sí tenemos la obligación de buscárselo.Trapiello, durante la entrevista con ABC Ignacio Gil—¿Escribir la vida ayuda a vivirla más intensamente, a sentirla más intensamente?—Con eso hay que tener un cierto cuidado. Lo decía Unamuno respecto de los diarios de Amiel: ojo con los que llevan diarios, porque a veces empiezan un diario para anotar lo que sucede en la vida y terminan viviendo solamente para anotar en el diario. Eso es importante tenerlo en cuenta, pero sí, escribir te ayuda a eso, te ayuda a estar más atento. Si no llevara diario muchas veces la vida se evaporaría. —Ha sido cronista también de grandes trifulcas literarias: tengo la sensación de que cada vez hay menos…—Ha habido una polémica última muy importante, que es la de Uclés y la Guerra Civil. Cíclicamente hay algunas polémicas, pero lo que ocurre es que los escritores en general y los intelectuales están a otras cosas, están a sus carreras… Está todo tan atomizado que es muy difícil hacer coincidir a la gente en temas generales. El problema que tenemos ahora es que está todo tan partido, los intereses son tan diferentes, que es muy difícil incluso poner de acuerdo a gente para que discuta. Hasta eso es difícil, porque la gente ha perdido el interés por la discusión intelectual, por la discusión literaria. Lo que impera es una especie de «déjame en paz que no tengo tiempo». La gente no tiene tanto tiempo como para sosegadamente discutir de nada. —En sus diarios no narra grandes aventuras, sino aventuras cotidianas.—A veces sí que hay sucesos extraordinarios, incluso para mí mismo, como conocer a alguien excepcional, pero incluso lo excepcional está tratado como una cosa muy natural. Rilke decía en uno de sus diarios que lo más extraordinario es aquello que es natural. Y de hecho, cuando alguien tiene un jamacuco muy grande, cuando alguien ha tenido un accidente o ha sobrevivido a algo realmente traumático, lo primero que quiere es conquistar la normalidad. Lo que quieren son hechos normales. Alguien que ha salido de un batacazo enorme no quiere viajar a Samarcanda, lo que quiere es ir al quiosco de la esquina o volver a bajar al bar de siempre y tomarse una cerveza fría sentado. Yo lo que quiero es que cada una de estas páginas le devuelva un minuto de naturalidad a quien lo lea, y que lo valore como algo realmente único, a pesar de que es una cosa muy corriente.—Viendo su obra diríase que está todo el día escribiendo. ¿Cuándo vive?—No tanto, no creas. Cuando estoy en el campo, por ejemplo, atiendo muchísimos trabajos serviles, como los llama mi amigo Eloy Sánchez Rosillo: que si los olivos, que si hacer leña, que si podar, que si un motor que se estropea, otro que se estropea, las perras, el veterinario, el albañil… Hay muchísimas interrupciones. Lo que ocurre es que el tiempo da para mucho si no se pierde. La vida da para mucho. A mí me encanta perder el tiempo, pero no despilfarrarlo. Me da pena tirar el tiempo a la basura, sobre todo a partir de cierta edad, cuando ya lo tienes mucho más tasado. Ni se me pasa por la cabeza. RSS de noticias de cultura
En la casa de Andrés Trapiello (La Vega de Manzaneda, León, 1953) hay memoria y memorabilia, papeles, libros, bustos, fotografías, libretas, lápices, luz, madera y ese desorden como de estar siempre escribiendo algo: diríase que todo esto –los trastos, las sensaciones, las ideas que flotan … en su aire– son las piezas de un puzle que podría ser su biografía, su vida contada, su vida recordada o recreada. Hace casi cuarenta años, Trapiello decidió convertirse en el protagonista de su literatura, y aún no ha cambiado de opinión. Acaba de publicar ‘De todo tiene’ (Ediciones del Arrabal), el vigesimoquinto tomo de su ‘Salón de pasos perdidos’, donde rescata fragmentos de aquel lejano 2011 y les saca brillo: su empeño siempre ha sido transformar su diario en una novela en marcha.
—¿Aún recuerda cómo empezó esto?
—Perfectamente, claro. Yo tenía muchísima ilusión por escribir una novela como las que me gustan, como las del siglo XIX, esas novelas de gran calado que son como un buque, lentas pero seguras. Pero eso es muy difícil. Ni me veía con talento ni me veía con fuerzas ni me veía con la imaginación suficiente para poner a flote un armatoste de estos. Pero en cambio me hice un razonamiento bastante elemental y pedestre, que era: las novelas que me gustan tratan de vidas, y yo tengo una vida.
—Insiste en que no son unos diarios, sino una novela en marcha.
—No es lo mismo hacer una crónica de ti mismo o un reportaje de ti mismo o una autobiografía o unas memorias que una novela. Porque la novela se caracteriza por tener un sentido. En cambio, las vidas, como tal, no lo tienen. Nosotros no tenemos un argumento, a veces ni siquiera tenemos trama. Las nuestras son vidas muy descacharradas y muy zarandeadas, pero partiendo de estos mimbres tan escasos yo tomé mi vida y decidí dotarla de sentido. Siempre dentro de la obra literaria, dentro de lo que era el libro. Así que escogí fragmentos de mi vida y decidí intervenir en ellos desde muchos puntos de vista. Aquí [en el libro] hay mucha fantasía, cosas de la imaginación.
—¿Y ya pensaba al principio en un proyecto largo o es que se le ha ido de las manos?
—No solamente lo pensé, es que ese era el proyecto. El proyecto solo se entendía si había como mínimo más de diez tomos. Sabía que solamente se entendería de esta manera, con esta distancia. Aunque alguna gente me ha invitado a dejar de escribirlo muchas veces.
—[Risas].
—Dicen: bueno, qué rollo, otra vez lo mismo. Y otros dicen que ha llegado el momento de cerrarlo: ya tienes una gran obra, es mejor cerrarla aquí porque todo lo que venga después será una reiteración. Yo creo que no han entendido el proyecto. El proyecto es así porque nadie quiere acortar la vida, nadie se quita la vida por el hecho de que ya ha vivido diez años muy intensos. Al contrario. Con estos libros, sean novelas, sean diarios, sean novelarios o diavelas o como lo llamen, ocurre como con la vida: cuanto más, mejor. Cuanto más pudiera extender esto, mejor. Porque la ambición que tiene es tomar el pulso de una vida, que es la mía. Y que sea lo más fiel posible a esa vida.
—La literatura tiene sentido, al contrario que la vida. ¿Diría que la vida de los diarios es más bella que la vida real?
—Diría más bien que la vida de los diarios es una vida ordenada. Una vida un poco más ordenada y por tanto mejorada, en el sentido de que se eliminan de ella muchos momentos vacíos o sórdidos o tristes o anodinos, que son la inmensa mayoría de nuestros momentos al cabo del día. Vivimos, por fortuna, anodinamente. Pero todo esto está eliminado. El reencuentro con esa vida es en cierto modo el reencuentro con el orden que no tenemos nosotros. Que es un poco lo que hacemos como lectores de novelas. Vamos buscando en las novelas el argumento, el sentido o la historia, la aventura que no tienen las nuestras, ¿no? Es decir, intentamos con esos libros vivir doblemente.
«La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural»
—Es lo que decía Tarkovsky del cine: la gente va ahí a buscar el tiempo fugado, perdido o aún no obtenido.
—Eso es: va a multiplicar por dos su vida. Recuerdo que cuando iba al cine de niño y salía de una película que me gustaba mucho, tenía la sensación de que habían transcurrido en esa hora y pico de cine unos diez años. Salía como a otro mundo diferente. Y si a esto añadimos, que era una cosa bastante frecuente en León, que tú entrabas en el cine por la tarde y con luz y salías dos horas después ya de noche, nevado, como me ocurrió bastantes veces, la sensación de fantasmagoría o de fantasía era enorme. Porque habías entrado en el cine siendo uno y salías a una ciudad que era otra.
—¿No le ha condicionado la vida la disciplina de esta novela?
—No la condiciona en absoluto. Al final terminas conviviendo con los diarios. En mi familia hacen bromas, como en fin de año o al principio del año, porque saben que esos momentos saldrán en el libro. Pero excepto eso, no condiciona nada. Quiero decir que la vida viene condicionada por muchas cosas, como hacer tres comidas al día o llamar a tus padres o trabajar. Y esta es una cosa más que está incorporada a tu rutina. Una persona medianamente sana cuando camina hace lo mismo, ¿no? O sea, no va diciéndose: ahora un pie, ahora otro pie, ahora otro pie. Lo haces de una manera muy natural, de eso se trata. Y ese es el único principio estético que sí he tenido bastante claro, el de la naturalidad. Aquello que decía Juan Ramón, que yo he repetido hasta la saciedad: quien escribe como se habla llegará en lo porvenir y será más leído y hablado que quien escribe como se escribe. Esto es importantísimo. La literatura no es escribir bien. La literatura es sobre todo escribir natural.
—¿Tiene alguna ley más en sus diarios?
—He intentado atenerme a un principio que no siempre se consigue, porque es muy difícil, que es el de no presumir ni quejarte. De algunas cosas me precio, y entre ellas ha sido de circular un aforismo de Gracián que dice: la queja trae descrédito.
—Pues hay una literatura que vive de la queja, de la lamentación.
—Al diario tiene que llegar uno ya llorado. Es como aquello tan famoso de Ortega de que la claridad es la cortesía del filósofo: yo creo que el estoicismo es la cortesía del diarista. Siempre digo que sólo se puede leer con entusiasmo y sólo se puede escribir con escepticismo o con estoicismo. Es todo lo contrario en general de lo que suele ocurrir: la gente lee con enorme escepticismo, todo le parece mediocre, pero en cuanto se ponen a escribir empiezan a hablar con enorme entusiasmo de sus males, de sus rupturas, les parece que son todas apoteósicas, que nadie ha sufrido como ellos, que nadie ha vivido como ellos.
—¿Cómo es el escritor de diarios?
—El escritor de diarios es básicamente una persona desplazada, que está aquejada por el espíritu de la escalera: cuando tú sales de un sitio, cuando ya te vas marchando por las escaleras, te empiezas a decir «es que tenía que haberle dicho esto, es que tenía que haber hecho…». Y esto nos ocurre a todos. El diarista va a su diario a tomarse una revancha con la vida, a darse una segunda oportunidad puramente ficticia, porque la vida ya ha corrido. Pero hay más, también vas a los diarios a buscar un cierto consuelo, no porque estés desconsolado, no porque seas un desdichado, sino porque crees que la vida es lo bastante hermosa como para que tú puedas reconstruirla y que eso sirva para ti mismo como un retiro que te conviene. Acudes al diario sencillamente porque necesitas pensar, y cuando escribes piensas mucho más. La vida no tiene sentido, pero sí tenemos la obligación de buscárselo.

(Ignacio Gil)
—¿Escribir la vida ayuda a vivirla más intensamente, a sentirla más intensamente?
—Con eso hay que tener un cierto cuidado. Lo decía Unamuno respecto de los diarios de Amiel: ojo con los que llevan diarios, porque a veces empiezan un diario para anotar lo que sucede en la vida y terminan viviendo solamente para anotar en el diario. Eso es importante tenerlo en cuenta, pero sí, escribir te ayuda a eso, te ayuda a estar más atento. Si no llevara diario muchas veces la vida se evaporaría.
—Ha sido cronista también de grandes trifulcas literarias: tengo la sensación de que cada vez hay menos…
—Ha habido una polémica última muy importante, que es la de Uclés y la Guerra Civil. Cíclicamente hay algunas polémicas, pero lo que ocurre es que los escritores en general y los intelectuales están a otras cosas, están a sus carreras… Está todo tan atomizado que es muy difícil hacer coincidir a la gente en temas generales. El problema que tenemos ahora es que está todo tan partido, los intereses son tan diferentes, que es muy difícil incluso poner de acuerdo a gente para que discuta. Hasta eso es difícil, porque la gente ha perdido el interés por la discusión intelectual, por la discusión literaria. Lo que impera es una especie de «déjame en paz que no tengo tiempo». La gente no tiene tanto tiempo como para sosegadamente discutir de nada.
—En sus diarios no narra grandes aventuras, sino aventuras cotidianas.
—A veces sí que hay sucesos extraordinarios, incluso para mí mismo, como conocer a alguien excepcional, pero incluso lo excepcional está tratado como una cosa muy natural. Rilke decía en uno de sus diarios que lo más extraordinario es aquello que es natural. Y de hecho, cuando alguien tiene un jamacuco muy grande, cuando alguien ha tenido un accidente o ha sobrevivido a algo realmente traumático, lo primero que quiere es conquistar la normalidad. Lo que quieren son hechos normales. Alguien que ha salido de un batacazo enorme no quiere viajar a Samarcanda, lo que quiere es ir al quiosco de la esquina o volver a bajar al bar de siempre y tomarse una cerveza fría sentado. Yo lo que quiero es que cada una de estas páginas le devuelva un minuto de naturalidad a quien lo lea, y que lo valore como algo realmente único, a pesar de que es una cosa muy corriente.
—Viendo su obra diríase que está todo el día escribiendo. ¿Cuándo vive?
—No tanto, no creas. Cuando estoy en el campo, por ejemplo, atiendo muchísimos trabajos serviles, como los llama mi amigo Eloy Sánchez Rosillo: que si los olivos, que si hacer leña, que si podar, que si un motor que se estropea, otro que se estropea, las perras, el veterinario, el albañil… Hay muchísimas interrupciones. Lo que ocurre es que el tiempo da para mucho si no se pierde. La vida da para mucho. A mí me encanta perder el tiempo, pero no despilfarrarlo. Me da pena tirar el tiempo a la basura, sobre todo a partir de cierta edad, cuando ya lo tienes mucho más tasado. Ni se me pasa por la cabeza.
