Diego Poncelet es un tipo curioso. Cuando se le pregunta qué siente a 130 kilómetros por hora sobre su monopatín, bajando una carretera de montaña sin frenos, con el viento amenazando con descoyuntarle si se atreve a levantarse de golpe, lo que elige contestar es «tranquilidad». Ni adrenalina, ni vértigo, ni tan siquiera velocidad. «Es algo parecido a una meditación profunda. Tienes que estar en el momento. Sientes cierta calma. Si tienes claro lo que quieres, todo va a ir bien», cuenta a EL MUNDO después de proclamarse dos veces campeón del mundo de downhill skate.
El español, dos veces campeón del mundo de la modalidad, busca el récord mundial de velocidad. «Es el acto máximo de confianza en uno mismo», admite
Diego Poncelet es un tipo curioso. Cuando se le pregunta qué siente a 130 kilómetros por hora sobre su monopatín, bajando una carretera de montaña sin frenos, con el viento amenazando con descoyuntarle si se atreve a levantarse de golpe, lo que elige contestar es «tranquilidad». Ni adrenalina, ni vértigo, ni tan siquiera velocidad. «Es algo parecido a una meditación profunda. Tienes que estar en el momento. Sientes cierta calma. Si tienes claro lo que quieres, todo va a ir bien», cuenta a EL MUNDO después de proclamarse dos veces campeón del mundo de downhill skate.
Su deporte es fácil de resumir: cuatro intrépidos se lanzan cuesta abajo y el primero que llega gana. «Es la Fórmula 1 del skate», dice Poncelet, aunque, al contrario que a Max Verstappen o a Fernando Alonso, no le protege ningún chasis. Viste un traje similar al de los pilotos de motos y lleva casco, pero una caída duele sí o sí.
- El riesgo es innegable.
- Hay que confiar en uno mismo. Si hago un cálculo del riesgo y decido que puedo conseguirlo, entonces todos mis instintos, todas mis emociones, mis impulsos tienen que estar encaminados hacia ese objetivo. Sin ninguna duda. Es el acto máximo de confianza en uno mismo. Y confiar no solo en tus habilidades, sino también en ese cálculo de riesgo. Eso es aún más importante.
- Pero… ¿cómo frena?
- Levantándome, pero por partes. Si voy a 130 kilómetros por hora y me levanto de golpe, salgo volando directamente. Primero tengo que levantar las manos, después los brazos, subir un poco el pecho y así, poco a poco, ponerme de pie para generar resistencia al viento.
Poncelet habla con acento extraño porque acumula nacionalidades. Es de todas partes y de ninguna. Nació en México, de madre española y padre belga, y cuando era niño se mudó a Lausana, en Suiza, donde ocurrió todo. En una cuesta empinada de la ciudad alpina, un patinador pasó a toda velocidad frente a él y desapareció de su campo de visión en un instante. Con ocho años, corrió hasta la rotonda de más abajo esperando encontrar el desastre. Pero no había nada. El patinador había frenado sin frenos, había sobrevivido a la física. «Aquello me pareció increíble. Que alguien pudiera dominar así un skate», recuerda sobre su momento de revelación. Décadas después vive en Mallorca y ha alcanzado tal dominio en su especialidad que ya no compite. ¿Para qué disputar otro Mundial, otra competición? Ahora solo busca los límites.
Abre Google Maps, localiza las carreteras más empinadas del mundo, investiga el estado del asfalto, consulta la normativa local y viaja para lanzarse cuesta abajo. El objetivo puede ser superar su récord de velocidad punta -ya en 131 kilómetros por hora-, batir la plusmarca mundial -146 kilómetros por hora- o simplemente dar a conocer su deporte. «Después de ser campeón dos veces, me di cuenta de que te vuelves algo defensivo. Si tu sueño es ser campeón del mundo y lo consigues, solo puedes defender ese sueño, solo puedes repetirlo. Yo tengo una noción de la ambición que no depende del logro en sí, de tener la copa en casa para verla, sino de seguir empujándome cada vez más allá», declara quien se ve a sí mismo como un pionero. Ya es más explorador que deportista.
El descenso en monopatín no es un deporte con décadas de historia ni una federación internacional detrás; todavía está naciendo, y alguien tiene que hacer ese trabajo. De hecho, Poncelet, como todos los practicantes de la especialidad, no fue a ninguna escuela a aprenderlo. Fue a una cuesta, encontró a otros que bajaban y así fue evolucionando. Hoy sigue construyendo comunidad en la Serra de Tramuntana, donde cuenta con compañeros que le avisan de los coches que vienen de frente durante sus descensos y donde, hace unos años, conoció a un coach muy singular.
- Le ayuda un monje budista.
- Lo conocí en Mallorca porque también patinaba, y fue una suerte. Me demuestra que puedo ser la persona que quiera ser, que no me hace falta ajustarme a ningún molde y que debo desarrollar mi propio carácter. Ahora vive en un monasterio de Estrasburgo y, siempre que puede, pide permiso para venir a patinar conmigo.
Noticias de Deportes



