Stella di Goia ignoraba por completo el recibimiento que la esperaba en el aeropuerto de Barajas. No se trataba de un control fronterizo, como el que este verano se practica de forma aleatoria a sus compatriotas por el conflicto diplomático abierto entre España e Italia tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Al contrario. A esta maestra italiana de 27 años, que viajaba a nuestro país en luna de miel, la aguardaba una calurosa bienvenida, con ramo de flores y tuna incluida. Para su sorpresa, los fotógrafos y periodistas que vio desde la ventanilla al pie del avión y que pensó que acechaban la llegada de alguna celebridad se arremolinaron a su alrededor en cuanto pisó tierra junto a su marido. No lo sabía, pero la famosa que ocuparía las portadas de los periódicos al día siguiente sería ella.La señora De Alegría (en su apellido en castellano) era la ‘turista quince millones’ que recibía España en 1968. Y en esos años de promoción del turismo, la icónica cifra alcanzada por primera vez en 1966 se festejaba por todo lo alto. Representantes del Ministerio de Información y Turismo de Manuel Fraga le dieron la bienvenida en la pista de aterrizaje y le hicieron entrega de numerosos regalos, como el citado ramo, una antología del cante flamenco o un juego de maletas. «Ya había oído hablar del colorido y la cordialidad de España, pero nunca pude pensar que llegase hasta tal punto», dijo impresionada la joven que, tras unos días en Madrid, planeaba pasar el resto de su viaje de novios en Tenerife.Un vendedor de cerámica con unas jóvenes turistas en bikini, mirando un botijo, en Mallorca en 1966. ABCPese a su insólito recibimiento como la ‘turista quince millones’, para el conde de los Andes tal vez Stella di Goia no debió haber sido llamada así. Como tampoco gran parte de los 96 millones de visitantes que recibió España el año pasado, a tenor de la ‘ Disquisición sobre el turismo ‘ que este político y escritor publicó en ABC en 1972. Francisco Moreno y Herrera constataba que a muchos de los que vienen a nuestras costas a disfrutar del veraneo «les importa poco ver el paisaje que tienen ante sus ojos ni saber algo de las personas y las cosas que les rodean». Él sostenía que los verdaderos turistas son los que van a otro lugar «a ver», como Solón cuando viajó a Egipto. Este sabio griego fue «sin duda», a su juicio, el primer turista. Julio Camba defendía, sin embargo, que el turismo, como el ‘roast-beef’, se inventó en Inglaterra y que el auténtico turista era el inglés. Lo era, además, por naturaleza. «Yo he conocido en París ingleses que llevaban allí doce años y que seguían de turistas, hablando inglés, llamando la atención y haciendo el primo como si acabaran de llegar», decía. El inglés no sólo viajaba más kilómetros, se hospedaba en más hoteles y consumía más guías de viaje y tarjetas postales. También era el hombre con más capacidad para admirar las ruinas, los museos, las catedrales, las tumbas célebres… «Lo admira todo sin cansarse, con una resistencia para la admiración que no tiene ningún otro turista», aseveraba el cronista gallego. Aunque, eso sí, le gustaba sentirse allí donde fuera como en su casa, con su té de las cinco. «El inglés en el extranjero es tan inglés como en Inglaterra. Es inglés siempre; es siempre turista», sostenía Camba. Wenceslao Fernández-Flórez, por su parte, reconoció no saber quién había sido el primer turista, pero apuntó en 1925 «un precioso detalle» para fechar su existencia: «Apareció al mismo tiempo que la primera lata de sardinas en aceite» porque, «cuando el hombre pudo aprisionar de tan sustanciosa manera media docena de sardinas, pensó en ir a devorarlas a un lugar ameno». Prueba de ello era que «no hay en el mundo ningún lugar ameno donde no se encuentre algún bote vacío de sardinas». Aunque el turista hubiera ido complicando sus apetencias con el tiempo, el hecho ahí quedó, «inconmoviblemente señalado», sentenció con humor el escritor. Stella di Goia ignoraba por completo el recibimiento que la esperaba en el aeropuerto de Barajas. No se trataba de un control fronterizo, como el que este verano se practica de forma aleatoria a sus compatriotas por el conflicto diplomático abierto entre España e Italia tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Al contrario. A esta maestra italiana de 27 años, que viajaba a nuestro país en luna de miel, la aguardaba una calurosa bienvenida, con ramo de flores y tuna incluida. Para su sorpresa, los fotógrafos y periodistas que vio desde la ventanilla al pie del avión y que pensó que acechaban la llegada de alguna celebridad se arremolinaron a su alrededor en cuanto pisó tierra junto a su marido. No lo sabía, pero la famosa que ocuparía las portadas de los periódicos al día siguiente sería ella.La señora De Alegría (en su apellido en castellano) era la ‘turista quince millones’ que recibía España en 1968. Y en esos años de promoción del turismo, la icónica cifra alcanzada por primera vez en 1966 se festejaba por todo lo alto. Representantes del Ministerio de Información y Turismo de Manuel Fraga le dieron la bienvenida en la pista de aterrizaje y le hicieron entrega de numerosos regalos, como el citado ramo, una antología del cante flamenco o un juego de maletas. «Ya había oído hablar del colorido y la cordialidad de España, pero nunca pude pensar que llegase hasta tal punto», dijo impresionada la joven que, tras unos días en Madrid, planeaba pasar el resto de su viaje de novios en Tenerife.Un vendedor de cerámica con unas jóvenes turistas en bikini, mirando un botijo, en Mallorca en 1966. ABCPese a su insólito recibimiento como la ‘turista quince millones’, para el conde de los Andes tal vez Stella di Goia no debió haber sido llamada así. Como tampoco gran parte de los 96 millones de visitantes que recibió España el año pasado, a tenor de la ‘ Disquisición sobre el turismo ‘ que este político y escritor publicó en ABC en 1972. Francisco Moreno y Herrera constataba que a muchos de los que vienen a nuestras costas a disfrutar del veraneo «les importa poco ver el paisaje que tienen ante sus ojos ni saber algo de las personas y las cosas que les rodean». Él sostenía que los verdaderos turistas son los que van a otro lugar «a ver», como Solón cuando viajó a Egipto. Este sabio griego fue «sin duda», a su juicio, el primer turista. Julio Camba defendía, sin embargo, que el turismo, como el ‘roast-beef’, se inventó en Inglaterra y que el auténtico turista era el inglés. Lo era, además, por naturaleza. «Yo he conocido en París ingleses que llevaban allí doce años y que seguían de turistas, hablando inglés, llamando la atención y haciendo el primo como si acabaran de llegar», decía. El inglés no sólo viajaba más kilómetros, se hospedaba en más hoteles y consumía más guías de viaje y tarjetas postales. También era el hombre con más capacidad para admirar las ruinas, los museos, las catedrales, las tumbas célebres… «Lo admira todo sin cansarse, con una resistencia para la admiración que no tiene ningún otro turista», aseveraba el cronista gallego. Aunque, eso sí, le gustaba sentirse allí donde fuera como en su casa, con su té de las cinco. «El inglés en el extranjero es tan inglés como en Inglaterra. Es inglés siempre; es siempre turista», sostenía Camba. Wenceslao Fernández-Flórez, por su parte, reconoció no saber quién había sido el primer turista, pero apuntó en 1925 «un precioso detalle» para fechar su existencia: «Apareció al mismo tiempo que la primera lata de sardinas en aceite» porque, «cuando el hombre pudo aprisionar de tan sustanciosa manera media docena de sardinas, pensó en ir a devorarlas a un lugar ameno». Prueba de ello era que «no hay en el mundo ningún lugar ameno donde no se encuentre algún bote vacío de sardinas». Aunque el turista hubiera ido complicando sus apetencias con el tiempo, el hecho ahí quedó, «inconmoviblemente señalado», sentenció con humor el escritor. RSS de noticias de cultura
Stella di Goia ignoraba por completo el recibimiento que la esperaba en el aeropuerto de Barajas. No se trataba de un control fronterizo, como el que este verano se practica de forma aleatoria a sus compatriotas por el conflicto diplomático abierto entre España e Italia … tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Al contrario. A esta maestra italiana de 27 años, que viajaba a nuestro país en luna de miel, la aguardaba una calurosa bienvenida, con ramo de flores y tuna incluida. Para su sorpresa, los fotógrafos y periodistas que vio desde la ventanilla al pie del avión y que pensó que acechaban la llegada de alguna celebridad se arremolinaron a su alrededor en cuanto pisó tierra junto a su marido. No lo sabía, pero la famosa que ocuparía las portadas de los periódicos al día siguiente sería ella.
La señora De Alegría (en su apellido en castellano) era la ‘turista quince millones’ que recibía España en 1968. Y en esos años de promoción del turismo, la icónica cifra alcanzada por primera vez en 1966 se festejaba por todo lo alto. Representantes del Ministerio de Información y Turismo de Manuel Fraga le dieron la bienvenida en la pista de aterrizaje y le hicieron entrega de numerosos regalos, como el citado ramo, una antología del cante flamenco o un juego de maletas. «Ya había oído hablar del colorido y la cordialidad de España, pero nunca pude pensar que llegase hasta tal punto», dijo impresionada la joven que, tras unos días en Madrid, planeaba pasar el resto de su viaje de novios en Tenerife.

(ABC)
Pese a su insólito recibimiento como la ‘turista quince millones’, para el conde de los Andes tal vez Stella di Goia no debió haber sido llamada así. Como tampoco gran parte de los 96 millones de visitantes que recibió España el año pasado, a tenor de la ‘Disquisición sobre el turismo‘ que este político y escritor publicó en ABC en 1972. Francisco Moreno y Herrera constataba que a muchos de los que vienen a nuestras costas a disfrutar del veraneo «les importa poco ver el paisaje que tienen ante sus ojos ni saber algo de las personas y las cosas que les rodean». Él sostenía que los verdaderos turistas son los que van a otro lugar «a ver», como Solón cuando viajó a Egipto. Este sabio griego fue «sin duda», a su juicio, el primer turista.
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Julio Camba defendía, sin embargo, que el turismo, como el ‘roast-beef’, se inventó en Inglaterra y que el auténtico turista era el inglés. Lo era, además, por naturaleza. «Yo he conocido en París ingleses que llevaban allí doce años y que seguían de turistas, hablando inglés, llamando la atención y haciendo el primo como si acabaran de llegar», decía. El inglés no sólo viajaba más kilómetros, se hospedaba en más hoteles y consumía más guías de viaje y tarjetas postales. También era el hombre con más capacidad para admirar las ruinas, los museos, las catedrales, las tumbas célebres… «Lo admira todo sin cansarse, con una resistencia para la admiración que no tiene ningún otro turista», aseveraba el cronista gallego. Aunque, eso sí, le gustaba sentirse allí donde fuera como en su casa, con su té de las cinco. «El inglés en el extranjero es tan inglés como en Inglaterra. Es inglés siempre; es siempre turista», sostenía Camba.
Wenceslao Fernández-Flórez, por su parte, reconoció no saber quién había sido el primer turista, pero apuntó en 1925 «un precioso detalle» para fechar su existencia: «Apareció al mismo tiempo que la primera lata de sardinas en aceite» porque, «cuando el hombre pudo aprisionar de tan sustanciosa manera media docena de sardinas, pensó en ir a devorarlas a un lugar ameno». Prueba de ello era que «no hay en el mundo ningún lugar ameno donde no se encuentre algún bote vacío de sardinas». Aunque el turista hubiera ido complicando sus apetencias con el tiempo, el hecho ahí quedó, «inconmoviblemente señalado», sentenció con humor el escritor.

