Kike Maíllo y la rocambolesca historia de la falsa superviviente del 11-S: «La sociedad necesitaba una heroína»

Hay historias tan increíbles que la ficción se les queda pequeña. Por eso, cuando al ganador del Goya Kike Maíllo se le acercó Markos Goikolea con un proyecto de una miniserie sobre la historia de Tania Head, decidió que solo podría ser un documental. Así nació ‘La superviviente’, un ambicioso trabajo de tres años para contar el caso de Tania Head, una víctima del 11-S que durante años fue la voz y el rostro de los 30.000 supervivientes de los atentados de las Torres Gemelas. Su historia era tan descarnada, emotiva y apabullante que solo podía ser mentira. Maíllo y Goikolea hablan durante su investigación con las víctimas reales que estuvieron más cerca de Tania Head (que en realidad se llamaba Alicia Esteve y era de Barcelona), con su psiquiatra y con los periodistas del ‘New York Times’ desvelaron la mentira de la mujer que escapó de la Torre Sur y cuyo marido murió en la Torre Norte. La única que no sale en ‘La superviviente’ es la impostora. No porque no hablaran con ella, sino porque, cuenta Maíllo, no querían añadir más peso a los hombros de una mujer que, en el fondo, nunca se lucró de su vida ficticia. Es más, peleó (lo cuentan los supervivientes) para que pasaran de ser los «afortunados» que se escaparon de las torres y a los que ni invitaban a los homenajes oficiales a ser considerados como unas víctimas de pleno derecho con unos traumas imposibles de sanar. -¿Desde el principio el plan era no contar con el testimonio de Tania?-Nosotros buscamos a Alicia (Alicia Esteve Head, nombre real de la impostora Tania Head) desde el primer momento. Teníamos claro que no podía ser un documental en el que ella fuera la protagonista como testimonio, pero sí que su aparición podría ser reveladora. Y cuando la conocimos, y eso fue con el transcurso de bastante tiempo, vimos que por fin había conseguido tener estabilidad tras años de bandazos fruto de aquel error. Ahí nos dimos cuenta de que no podíamos tenerla porque no era bueno para ella ni para su cabeza. -¿Incluirla en el montaje final, imagino, fue un dilema?-La tenemos rodada. Pero ves los montajes y dices: «Este no es nuestro camino, es amarillismo». ¿Para qué quieres destrozarle la vida de nuevo a alguien? Nosotros vinimos a explicar por qué se puede dar un caso así, tanto desde quien miente como desde la sociedad que escucha y se beneficia de la mentira. Ella llegó a presidir una asociación de 30.000 personas porque su historia y su energía funcionaban como faro y guía de superación.-Ese faro lo tenía porque, al igual que Enric Marco, no había sufrido la oscuridad real de las víctimas. ¿Ha cambiado el mensaje que querían contar con el documental durante los años de trabajo?-Son casos muy parejos; los dos son buenos narradores, aptos para contar historias con la distancia suficiente para centrarse en la narración y no en la emoción. Ambos son como los actores, parten de una herida personal, un trauma al que puedan apelar para que esa emoción tiña el papel que están interpretando. Es como lo hacen los actores. Es puro método. Nosotros sabíamos que con todo lo publicado ya se señaló y canceló a la «pecadora», pero eso era la mitad del documental. Lo que queríamos era entender los porqués. Ahí entra la voluntad del público: igual que cuando la gente va al cine acepta que lo que pasa en pantalla es «real», con estas víctimas hay un acuerdo tácito mucho más subconsciente de una audiencia que necesitaba a una heroína. Tras el 11-S la sociedad necesitaba alguien que les hiciera ver que lo imposible era posible, querían creer a aquella mujer que consiguió bajar de esa torre y que, pese a que se le murió el marido, nos dice que vamos a salir adelante. -¿Cómo fue acercarse a las víctimas reales para hablar de una persona que les pudo hacer tanto daño?-Los americanos tienen un dominio apabullante del discurso y hablan con un ritmo cinematográfico. En general, estaban abiertos a hablar de aquel día, ya que el trauma se ha ido curando al socializarlo. Sin embargo, con Tania había reticencias. Los periodistas del ‘New York Times’ nos advirtieron de entrada que no responderían preguntas sobre ella. Las víctimas con las que hablamos, que les hicimos entrevistas muy extensas, nos reconocieron que con el paso del tiempo el perdón es más sencillo. Muchos admiten que se sintieron traicionados, sobre todo los que fueron amigos más íntimos, pero reconocen que ella impulsó la asociación. En aquel momento había una jerarquía del sufrimiento y los supervivientes eran víctimas de tercera. Ella lideró la asociación, consiguió ayudas y visibilizó sus secuelas.-¿Qué encontraron en el entorno de Tania?-Durante los años de investigación vimos que es un caso muy envuelto en la vergüenza, en familias rotas, en gentes que no quieren revisitar esos momentos. Los supervivientes con los que hablamos eran muy reacios a asociar la memoria de la catástrofe con una falseadora de la realidad, por decirlo así. Y en el caso más patrio, vimos algo muy complejo porque la familia está rota y nadie quería volver a hablar de ello, ni rememorarlo. Eso lo complejizó todo. Hay un juego evidente en el documental y es que usáis a una actriz para representar el papel de una impostora. ¿Cual era el objetivo de este juego de espejos sobre las vidas de ficción?-Teníamos poquísimas imágenes suyas, pero sí muchos testimonios. Como ella fabrica un personaje de ficción interpretado por sí misma, decidimos recoger ese personaje e «impostar a la impostora». Los momentos cinematográficos más vibrantes son cuando ves a la actriz ensayar en el documental y no sabes si es Alicia ensayando para su propio personaje.-¿Ha llegado a entender por qué la gente ficciona su propia vida?-Tiene algo que ver con gente que no está muy feliz con la vida que lleva, porque nuestras vidas son alienantes y rutinarias. Hay gente que busca salir de la rutina acometiendo deportes de aventura, otros cambiando de casa, algunos teniendo muchas parejas… y otros cambiando de máscara. Es, salvando la distancia, lo que ves en las redes sociales de que hay gente que parece que vive viajando y sonriendo y es mentira. Es una máscara. Construimos nuestra propia realidad a partir de lo que proyectamos, pero hay algo interesantísimo en la idea de que nuestra identidad tiene que ver también con cómo los otros nos perciben. Hay un narcisismo positivo que consiste en tirarse el rollo y hay un narcisismo doliente para victimizarse y asociarse al evento más mediático que ha existido, como es el 11-S. Inventarse que fue una de las 18 personas de las plantas superiores al impacto que sobrevivieron es rocambolesco, pero en el fondo es también tirarse el rollo. Esencialmente he aprendido que necesitamos una máscara que nos realice y me resulta magnético el contraste entre lo moral y lo inmoral: cómo alguien usa malas artes para conseguir cosas buenas o que la gente quiera comprar una mentira. Hay historias tan increíbles que la ficción se les queda pequeña. Por eso, cuando al ganador del Goya Kike Maíllo se le acercó Markos Goikolea con un proyecto de una miniserie sobre la historia de Tania Head, decidió que solo podría ser un documental. Así nació ‘La superviviente’, un ambicioso trabajo de tres años para contar el caso de Tania Head, una víctima del 11-S que durante años fue la voz y el rostro de los 30.000 supervivientes de los atentados de las Torres Gemelas. Su historia era tan descarnada, emotiva y apabullante que solo podía ser mentira. Maíllo y Goikolea hablan durante su investigación con las víctimas reales que estuvieron más cerca de Tania Head (que en realidad se llamaba Alicia Esteve y era de Barcelona), con su psiquiatra y con los periodistas del ‘New York Times’ desvelaron la mentira de la mujer que escapó de la Torre Sur y cuyo marido murió en la Torre Norte. La única que no sale en ‘La superviviente’ es la impostora. No porque no hablaran con ella, sino porque, cuenta Maíllo, no querían añadir más peso a los hombros de una mujer que, en el fondo, nunca se lucró de su vida ficticia. Es más, peleó (lo cuentan los supervivientes) para que pasaran de ser los «afortunados» que se escaparon de las torres y a los que ni invitaban a los homenajes oficiales a ser considerados como unas víctimas de pleno derecho con unos traumas imposibles de sanar. -¿Desde el principio el plan era no contar con el testimonio de Tania?-Nosotros buscamos a Alicia (Alicia Esteve Head, nombre real de la impostora Tania Head) desde el primer momento. Teníamos claro que no podía ser un documental en el que ella fuera la protagonista como testimonio, pero sí que su aparición podría ser reveladora. Y cuando la conocimos, y eso fue con el transcurso de bastante tiempo, vimos que por fin había conseguido tener estabilidad tras años de bandazos fruto de aquel error. Ahí nos dimos cuenta de que no podíamos tenerla porque no era bueno para ella ni para su cabeza. -¿Incluirla en el montaje final, imagino, fue un dilema?-La tenemos rodada. Pero ves los montajes y dices: «Este no es nuestro camino, es amarillismo». ¿Para qué quieres destrozarle la vida de nuevo a alguien? Nosotros vinimos a explicar por qué se puede dar un caso así, tanto desde quien miente como desde la sociedad que escucha y se beneficia de la mentira. Ella llegó a presidir una asociación de 30.000 personas porque su historia y su energía funcionaban como faro y guía de superación.-Ese faro lo tenía porque, al igual que Enric Marco, no había sufrido la oscuridad real de las víctimas. ¿Ha cambiado el mensaje que querían contar con el documental durante los años de trabajo?-Son casos muy parejos; los dos son buenos narradores, aptos para contar historias con la distancia suficiente para centrarse en la narración y no en la emoción. Ambos son como los actores, parten de una herida personal, un trauma al que puedan apelar para que esa emoción tiña el papel que están interpretando. Es como lo hacen los actores. Es puro método. Nosotros sabíamos que con todo lo publicado ya se señaló y canceló a la «pecadora», pero eso era la mitad del documental. Lo que queríamos era entender los porqués. Ahí entra la voluntad del público: igual que cuando la gente va al cine acepta que lo que pasa en pantalla es «real», con estas víctimas hay un acuerdo tácito mucho más subconsciente de una audiencia que necesitaba a una heroína. Tras el 11-S la sociedad necesitaba alguien que les hiciera ver que lo imposible era posible, querían creer a aquella mujer que consiguió bajar de esa torre y que, pese a que se le murió el marido, nos dice que vamos a salir adelante. -¿Cómo fue acercarse a las víctimas reales para hablar de una persona que les pudo hacer tanto daño?-Los americanos tienen un dominio apabullante del discurso y hablan con un ritmo cinematográfico. En general, estaban abiertos a hablar de aquel día, ya que el trauma se ha ido curando al socializarlo. Sin embargo, con Tania había reticencias. Los periodistas del ‘New York Times’ nos advirtieron de entrada que no responderían preguntas sobre ella. Las víctimas con las que hablamos, que les hicimos entrevistas muy extensas, nos reconocieron que con el paso del tiempo el perdón es más sencillo. Muchos admiten que se sintieron traicionados, sobre todo los que fueron amigos más íntimos, pero reconocen que ella impulsó la asociación. En aquel momento había una jerarquía del sufrimiento y los supervivientes eran víctimas de tercera. Ella lideró la asociación, consiguió ayudas y visibilizó sus secuelas.-¿Qué encontraron en el entorno de Tania?-Durante los años de investigación vimos que es un caso muy envuelto en la vergüenza, en familias rotas, en gentes que no quieren revisitar esos momentos. Los supervivientes con los que hablamos eran muy reacios a asociar la memoria de la catástrofe con una falseadora de la realidad, por decirlo así. Y en el caso más patrio, vimos algo muy complejo porque la familia está rota y nadie quería volver a hablar de ello, ni rememorarlo. Eso lo complejizó todo. Hay un juego evidente en el documental y es que usáis a una actriz para representar el papel de una impostora. ¿Cual era el objetivo de este juego de espejos sobre las vidas de ficción?-Teníamos poquísimas imágenes suyas, pero sí muchos testimonios. Como ella fabrica un personaje de ficción interpretado por sí misma, decidimos recoger ese personaje e «impostar a la impostora». Los momentos cinematográficos más vibrantes son cuando ves a la actriz ensayar en el documental y no sabes si es Alicia ensayando para su propio personaje.-¿Ha llegado a entender por qué la gente ficciona su propia vida?-Tiene algo que ver con gente que no está muy feliz con la vida que lleva, porque nuestras vidas son alienantes y rutinarias. Hay gente que busca salir de la rutina acometiendo deportes de aventura, otros cambiando de casa, algunos teniendo muchas parejas… y otros cambiando de máscara. Es, salvando la distancia, lo que ves en las redes sociales de que hay gente que parece que vive viajando y sonriendo y es mentira. Es una máscara. Construimos nuestra propia realidad a partir de lo que proyectamos, pero hay algo interesantísimo en la idea de que nuestra identidad tiene que ver también con cómo los otros nos perciben. Hay un narcisismo positivo que consiste en tirarse el rollo y hay un narcisismo doliente para victimizarse y asociarse al evento más mediático que ha existido, como es el 11-S. Inventarse que fue una de las 18 personas de las plantas superiores al impacto que sobrevivieron es rocambolesco, pero en el fondo es también tirarse el rollo. Esencialmente he aprendido que necesitamos una máscara que nos realice y me resulta magnético el contraste entre lo moral y lo inmoral: cómo alguien usa malas artes para conseguir cosas buenas o que la gente quiera comprar una mentira.  RSS de noticias de cultura

Hay historias tan increíbles que la ficción se les queda pequeña. Por eso, cuando al ganador del Goya Kike Maíllo se le acercó Markos Goikolea con un proyecto de una miniserie sobre la historia de Tania Head, decidió que solo podría ser un documental. Así … nació ‘La superviviente’, un ambicioso trabajo de tres años para contar el caso de Tania Head, una víctima del 11-S que durante años fue la voz y el rostro de los 30.000 supervivientes de los atentados de las Torres Gemelas. Su historia era tan descarnada, emotiva y apabullante que solo podía ser mentira. Maíllo y Goikolea hablan durante su investigación con las víctimas reales que estuvieron más cerca de Tania Head (que en realidad se llamaba Alicia Esteve y era de Barcelona), con su psiquiatra y con los periodistas del ‘New York Times’ desvelaron la mentira de la mujer que escapó de la Torre Sur y cuyo marido murió en la Torre Norte. La única que no sale en ‘La superviviente’ es la impostora. No porque no hablaran con ella, sino porque, cuenta Maíllo, no querían añadir más peso a los hombros de una mujer que, en el fondo, nunca se lucró de su vida ficticia. Es más, peleó (lo cuentan los supervivientes) para que pasaran de ser los «afortunados» que se escaparon de las torres y a los que ni invitaban a los homenajes oficiales a ser considerados como unas víctimas de pleno derecho con unos traumas imposibles de sanar.

 

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