Sánchez siempre ha pretendido que su proyecto no era una aventura personalista. Desde que accedió a la secretaría general del partido, el líder del PSOE fue probando distintos perfiles -distintas máscaras, si se quiere- que trascendieran aquello de lo que lo acusaban sus críticos. Según el momento ha adoptado discursos socioliberales, europeístas y regeneracionistas, así como otros más típicos del populismo de izquierdas, reforzados con un antitrumpismo progresista y con las versiones dominantes en nuestro tiempo del feminismo y el ecologismo. Los escándalos de los últimos años han ido desdibujando estos perfiles. Auto a auto, escándalo tras escándalo, todas las máscaras han sido arrancadas. No solo del presente; también del pasado.
«Auto a auto, escándalo tras escándalo, todas las máscaras han sido arrancadas. No solo del presente; también del pasado»
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Sánchez siempre ha pretendido que su proyecto no era una aventura personalista. Desde que accedió a la secretaría general del partido, el líder del PSOE fue probando distintos perfiles -distintas máscaras, si se quiere- que trascendieran aquello de lo que lo acusaban sus críticos. Según el momento ha adoptado discursos socioliberales, europeístas y regeneracionistas, así como otros más típicos del populismo de izquierdas, reforzados con un antitrumpismo progresista y con las versiones dominantes en nuestro tiempo del feminismo y el ecologismo. Los escándalos de los últimos años han ido desdibujando estos perfiles. Auto a auto, escándalo tras escándalo, todas las máscaras han sido arrancadas. No solo del presente; también del pasado.
Los casos de Ábalos, Cerdán y Leire, así como los que salpican a su entorno familiar, destruyeron la pretensión de que el sanchismo hubiese sido alguna vez un proyecto regeneracionista, un impulso de limpieza institucional. La amnistía, por su parte, arrasó la idea de que el sanchismo hubiese tenido un plan sincero para reconducir la crisis catalana, y no solo una estrategia de cesiones cuyo primer y último objetivo era permitir al PSOE mantenerse en el poder. Ahora, la imputación de Zapatero está dinamitando la imagen del sanchismo como una cruzada moral progresista, un anhelo de justicia e igualdad universales cuyo silencio ante los crímenes del chavismo y afinidad con los intereses de la dictadura china eran pura casualidad.
Por el camino han quedado también -ya porque se marchasen, porque cayeran en desgracia o porque se achicharraran en defensa del jefe- todas aquellas figuras que en algún momento sirvieron para reforzar los distintos perfiles del sanchismo. Calviño y Ribera están en Europa, Marlaska y Robles pulverizaron el prestigio que alguna vez tuvieron, Redondo e Iglesias demuestran con cada nueva intervención o entrevista que lo asombroso no es que salieran del Gobierno de España, sino que alguna vez entraran en él… y esto sin contar a los escuderos que están en la cárcel, o en libertad provisional, o citados para declarar ante un juez. Si sumamos a ese panorama la incapacidad para aprobar unos presupuestos, o para remontar en las encuestas, o para resultar mínimamente competitivo en las últimas elecciones autonómicas, también se desvanece la pretensión de que el sanchismo, en cualquiera de sus perfiles, tenga detrás algo parecido a una mayoría social.
A la altura de mayo de 2026, lo único que va quedando del sanchismo es lo que siempre hubo: la figura de Pedro Sánchez, el proyecto personal de Pedro Sánchez. Esto sigue siendo mucho, si es que no lo es todo. Quienes se preguntan cómo puede aguantar el presidente en la situación actual también podrían preguntarse cómo pudo armar una moción de censura con unos partidos que acababan de montar una declaración unilateral de independencia, y cuyos líderes estaban entonces huidos o en prisión preventiva. La respuesta en ambos casos será la misma. En el centro de esta fase crepuscular del sanchismo, en fin, se encuentra lo mismo que en todas las anteriores. Una vez más la pregunta es cuántos querrán creer que esto va de otra cosa.
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