–Meteremos insultos en los estribillos –le dijo, con el cigarrillo en la boca, Charly a Juan. –¿Qué dices? –contesté yo, mientras cerraba el estuche de la armónica.Teníamos bolo esa noche. Solíamos dejarlo todo organizado el día anterior, pero la víspera nos habíamos liado y ya íbamos jodidos. Parecía que, como éramos jóvenes, podíamos permitírnoslo, pero no. Entonces no lo sabíamos. Como no sabíamos que ya no había nada que hacer. Creíamos, por supuesto, que sí. Hoy, años después, recuerdo aquel verano, el del año en el que perdimos, como el mejor de nuestra vida. En cualquier caso, nosotros demostramos que no nos rendimos. Luchamos hasta el final con lo que teníamos: dos guitarras, un bajo, una batería y una armónica. Y muchas ganas de seguir haciendo música en directo. Por eso, recuerdo a la perfección la conversación aquella mañana.–Claro, la IA no incluye palabrotas en sus canciones –nos dijo Charly. Le encantaba hacer como que sabía todo del nuevo universo musical–. Así cuando alguien la escuche sabrá que, al menos la letra, es humana. Compuesta por humanos y no por maquinitas cursilitas…Pero Juan no sólo no lo creyó. Como siempre, quiso ponerlo a prueba: –Comprueba eso de que la IA no dice cabrón, mamarracho o a tomar por culo. Si se lo pides, te lo da… Está a tus órdenes, capullo.–¡Ni se te ocurra entrar a mirar nada! Un pacto es un pacto. Vamos sin ella. Ni para comprobar ni para corregir. Menudos rebeldes de mierda estáis hechos –les interrumpí yo. Me divertía ver como mis chicos, mis músicos, por entonces mi todo, se enzarzaban en cualquier discusión.–Tronca, la boca –señaló Juan. –Soy humana tío, me comunico así –les dije.–La vocalista de la lengua limpia –concluyó Charly.Con todo dentro en la furgoneta, salimos hacia el pueblo que nos había contratado. Estaba a unos 70 kilómetros de nuestra ciudad, pero el navegador pronosticaba dos horas de viaje. Carreteras comarcales, nos encantaban. A los últimos rebeldes de la canción del verano nos ponían las curvas y no encontrar puntos de recarga eléctrica. Quedarte sin batería en medio de la meseta española a 40 grados en pleno verano se había convertido en nuestro destino. Nos esforzábamos por calcular bien el kilometraje de nuestra furgo eléctrica, pero por alguna razón, siempre fallábamos. Nos prometimos escribir una canción sobre eso. Sobre una banda de pop-rock, rebelde contra la música compuesta por la IA que, en un mundo de conciertos modo holograma, todavía tocaba en directo las viejas canciones del verano. Soñábamos con componer la nuestra propia. ¿Por qué no una sobre cómo sobrevivir cuando la tecnología te deja tirado? ‘Náufragos de las comarcales’, queríamos titularla. Muy country. Hacernos famosos, que a nuestros conciertos vinieran más de 100 personas, las que no tenían otra cosa mejor que hacer esa noche. Pero no había talento para tanto. Sólo estábamos llenos de rebeldía y, sobre todo, no entendíamos cómo los grandes grupos exitosos, esos sí, se habían vendido a la IA. Por eso aceptábamos tocar en pequeños pueblos a cuatro duros. Éramos casi casi una antigüedad rodante, condenados a morir. Pero nos resistíamos, y mientras tanto, nos lo pasábamos bien. A veces los sueños se hacen realidad. No como uno quiere. No sin dolor. Aquel sábado, de nuevo, calculamos mal la carga de la batería. La furgo se paró a mitad de una recta de seis kilómetros. ¿Hay rectas de seis kilómetros en la España interior? Sí, aquella. Se nos veía, varados en aquel desierto de viñas y olivos, desde ambos lados del inicio de la recta. Alguien nos ayudaría enseguida, pensamos, mientras llamábamos a la grúa. Hora y media, avisaron. No fue el aburrimiento. Fueron las ganas. La resaca también un poco. Pero decidimos ponernos a componer o a tocar, o todo a la vez en mitad de aquella carretera. Total, no pasaba nadie.Nos salió la canción. «Náufragos de las comarcales, desertores de la IA. Dejad, vendidos, de bailar el algoritmo…». En el primer coche venía un matrimonio de unos cincuenta años. Antes de ofrecerse a remolcarnos, nos pidieron que volviéramos a tocar el tema. Aquella improvisada canción, compuesta y escrita en el arcén de una comarcal. Yo me vine arriba, Charly y Juan también y cuando apareció la grúa, teníamos más gente que en cualquiera de nuestros bolos pagados. Así que seguimos. Nunca nos habíamos sentido tan verdaderamente músicos como esa mañana, 40 grados, en aquella cremallera de alquitrán entre cultivos.Cómo nos aplaudieron. La tocamos, recomponiendo letra y música sobre la marcha, tantas veces… Cuando aquel público improvisado, tráfico sin prisa de una comarca agrícola, comenzó a irse, todo el mundo prometió acudir a nuestro concierto esa noche.Sonamos como nunca. No había ni escenario. Solo tres focos y unas guirnaldas de papel. Pero nos sentimos estrellas de la música. ‘Náufragos de las comarcales’ fue, de nuevo, el temazo.Nunca nos quedábamos a dormir en los pueblos. Nuestro caché no daba para tanto. Pero el dueño del hostal del pueblo nos ofreció habitaciones gratis y, por supuesto, las aceptamos. Vimos amanecer con los vecinos, sorbiendo carajillos en el bar de la plaza. Así acabó la noche más feliz de nuestra vida: lo habíamos hecho. Estábamos seguros de que aquello era el principio de algo. Nunca el final. Nunca algo aislado.Lo supimos al subir de nuevo a la furgo. En el pueblo se encargaron de que estuviera bien cargada. Llegaríamos del tirón. Sin parones por irresponsables. Pero tuvimos que hacerlo. Fue cuando empezó a sonar en la radio ‘Náufragos de las comarcales’. Nuestra canción. Pero no la cantábamos nosotros. El locutor señaló que se trataba del último éxito de una banda de IA española y que el tema había sido lanzado la semana anterior. Brujuleamos en la red. La información era correcta. Aparecían hasta conciertos, videoclips… Escuchamos una y otra vez la composición: no era la nuestra. O sí, pero mejor.Nunca llegamos a dudar de lo que pasó. Nos planteamos acudir a los tribunales. ¿Plagio? ¿robo? ¿qué narices había pasado? Fue nuestro último concierto. Nuestra última canción. Nuestro regalo a la IA. Y, joder, la mejor noche de nuestra vida. –Meteremos insultos en los estribillos –le dijo, con el cigarrillo en la boca, Charly a Juan. –¿Qué dices? –contesté yo, mientras cerraba el estuche de la armónica.Teníamos bolo esa noche. Solíamos dejarlo todo organizado el día anterior, pero la víspera nos habíamos liado y ya íbamos jodidos. Parecía que, como éramos jóvenes, podíamos permitírnoslo, pero no. Entonces no lo sabíamos. Como no sabíamos que ya no había nada que hacer. Creíamos, por supuesto, que sí. Hoy, años después, recuerdo aquel verano, el del año en el que perdimos, como el mejor de nuestra vida. En cualquier caso, nosotros demostramos que no nos rendimos. Luchamos hasta el final con lo que teníamos: dos guitarras, un bajo, una batería y una armónica. Y muchas ganas de seguir haciendo música en directo. Por eso, recuerdo a la perfección la conversación aquella mañana.–Claro, la IA no incluye palabrotas en sus canciones –nos dijo Charly. Le encantaba hacer como que sabía todo del nuevo universo musical–. Así cuando alguien la escuche sabrá que, al menos la letra, es humana. Compuesta por humanos y no por maquinitas cursilitas…Pero Juan no sólo no lo creyó. Como siempre, quiso ponerlo a prueba: –Comprueba eso de que la IA no dice cabrón, mamarracho o a tomar por culo. Si se lo pides, te lo da… Está a tus órdenes, capullo.–¡Ni se te ocurra entrar a mirar nada! Un pacto es un pacto. Vamos sin ella. Ni para comprobar ni para corregir. Menudos rebeldes de mierda estáis hechos –les interrumpí yo. Me divertía ver como mis chicos, mis músicos, por entonces mi todo, se enzarzaban en cualquier discusión.–Tronca, la boca –señaló Juan. –Soy humana tío, me comunico así –les dije.–La vocalista de la lengua limpia –concluyó Charly.Con todo dentro en la furgoneta, salimos hacia el pueblo que nos había contratado. Estaba a unos 70 kilómetros de nuestra ciudad, pero el navegador pronosticaba dos horas de viaje. Carreteras comarcales, nos encantaban. A los últimos rebeldes de la canción del verano nos ponían las curvas y no encontrar puntos de recarga eléctrica. Quedarte sin batería en medio de la meseta española a 40 grados en pleno verano se había convertido en nuestro destino. Nos esforzábamos por calcular bien el kilometraje de nuestra furgo eléctrica, pero por alguna razón, siempre fallábamos. Nos prometimos escribir una canción sobre eso. Sobre una banda de pop-rock, rebelde contra la música compuesta por la IA que, en un mundo de conciertos modo holograma, todavía tocaba en directo las viejas canciones del verano. Soñábamos con componer la nuestra propia. ¿Por qué no una sobre cómo sobrevivir cuando la tecnología te deja tirado? ‘Náufragos de las comarcales’, queríamos titularla. Muy country. Hacernos famosos, que a nuestros conciertos vinieran más de 100 personas, las que no tenían otra cosa mejor que hacer esa noche. Pero no había talento para tanto. Sólo estábamos llenos de rebeldía y, sobre todo, no entendíamos cómo los grandes grupos exitosos, esos sí, se habían vendido a la IA. Por eso aceptábamos tocar en pequeños pueblos a cuatro duros. Éramos casi casi una antigüedad rodante, condenados a morir. Pero nos resistíamos, y mientras tanto, nos lo pasábamos bien. A veces los sueños se hacen realidad. No como uno quiere. No sin dolor. Aquel sábado, de nuevo, calculamos mal la carga de la batería. La furgo se paró a mitad de una recta de seis kilómetros. ¿Hay rectas de seis kilómetros en la España interior? Sí, aquella. Se nos veía, varados en aquel desierto de viñas y olivos, desde ambos lados del inicio de la recta. Alguien nos ayudaría enseguida, pensamos, mientras llamábamos a la grúa. Hora y media, avisaron. No fue el aburrimiento. Fueron las ganas. La resaca también un poco. Pero decidimos ponernos a componer o a tocar, o todo a la vez en mitad de aquella carretera. Total, no pasaba nadie.Nos salió la canción. «Náufragos de las comarcales, desertores de la IA. Dejad, vendidos, de bailar el algoritmo…». En el primer coche venía un matrimonio de unos cincuenta años. Antes de ofrecerse a remolcarnos, nos pidieron que volviéramos a tocar el tema. Aquella improvisada canción, compuesta y escrita en el arcén de una comarcal. Yo me vine arriba, Charly y Juan también y cuando apareció la grúa, teníamos más gente que en cualquiera de nuestros bolos pagados. Así que seguimos. Nunca nos habíamos sentido tan verdaderamente músicos como esa mañana, 40 grados, en aquella cremallera de alquitrán entre cultivos.Cómo nos aplaudieron. La tocamos, recomponiendo letra y música sobre la marcha, tantas veces… Cuando aquel público improvisado, tráfico sin prisa de una comarca agrícola, comenzó a irse, todo el mundo prometió acudir a nuestro concierto esa noche.Sonamos como nunca. No había ni escenario. Solo tres focos y unas guirnaldas de papel. Pero nos sentimos estrellas de la música. ‘Náufragos de las comarcales’ fue, de nuevo, el temazo.Nunca nos quedábamos a dormir en los pueblos. Nuestro caché no daba para tanto. Pero el dueño del hostal del pueblo nos ofreció habitaciones gratis y, por supuesto, las aceptamos. Vimos amanecer con los vecinos, sorbiendo carajillos en el bar de la plaza. Así acabó la noche más feliz de nuestra vida: lo habíamos hecho. Estábamos seguros de que aquello era el principio de algo. Nunca el final. Nunca algo aislado.Lo supimos al subir de nuevo a la furgo. En el pueblo se encargaron de que estuviera bien cargada. Llegaríamos del tirón. Sin parones por irresponsables. Pero tuvimos que hacerlo. Fue cuando empezó a sonar en la radio ‘Náufragos de las comarcales’. Nuestra canción. Pero no la cantábamos nosotros. El locutor señaló que se trataba del último éxito de una banda de IA española y que el tema había sido lanzado la semana anterior. Brujuleamos en la red. La información era correcta. Aparecían hasta conciertos, videoclips… Escuchamos una y otra vez la composición: no era la nuestra. O sí, pero mejor.Nunca llegamos a dudar de lo que pasó. Nos planteamos acudir a los tribunales. ¿Plagio? ¿robo? ¿qué narices había pasado? Fue nuestro último concierto. Nuestra última canción. Nuestro regalo a la IA. Y, joder, la mejor noche de nuestra vida. RSS de noticias de cultura
–Meteremos insultos en los estribillos –le dijo, con el cigarrillo en la boca, Charly a Juan.
–¿Qué dices? –contesté yo, mientras cerraba el estuche de la armónica.
Teníamos bolo esa noche. Solíamos dejarlo todo organizado el día anterior, pero la víspera nos habíamos … liado y ya íbamos jodidos. Parecía que, como éramos jóvenes, podíamos permitírnoslo, pero no. Entonces no lo sabíamos. Como no sabíamos que ya no había nada que hacer. Creíamos, por supuesto, que sí. Hoy, años después, recuerdo aquel verano, el del año en el que perdimos, como el mejor de nuestra vida. En cualquier caso, nosotros demostramos que no nos rendimos. Luchamos hasta el final con lo que teníamos: dos guitarras, un bajo, una batería y una armónica. Y muchas ganas de seguir haciendo música en directo. Por eso, recuerdo a la perfección la conversación aquella mañana.
–Claro, la IA no incluye palabrotas en sus canciones –nos dijo Charly. Le encantaba hacer como que sabía todo del nuevo universo musical–. Así cuando alguien la escuche sabrá que, al menos la letra, es humana. Compuesta por humanos y no por maquinitas cursilitas…
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Pero Juan no sólo no lo creyó. Como siempre, quiso ponerlo a prueba:
–Comprueba eso de que la IA no dice cabrón, mamarracho o a tomar por culo. Si se lo pides, te lo da… Está a tus órdenes, capullo.
–¡Ni se te ocurra entrar a mirar nada! Un pacto es un pacto. Vamos sin ella. Ni para comprobar ni para corregir. Menudos rebeldes de mierda estáis hechos –les interrumpí yo. Me divertía ver como mis chicos, mis músicos, por entonces mi todo, se enzarzaban en cualquier discusión.
–Tronca, la boca –señaló Juan.
–Soy humana tío, me comunico así –les dije.
–La vocalista de la lengua limpia –concluyó Charly.
Con todo dentro en la furgoneta, salimos hacia el pueblo que nos había contratado. Estaba a unos 70 kilómetros de nuestra ciudad, pero el navegador pronosticaba dos horas de viaje. Carreteras comarcales, nos encantaban. A los últimos rebeldes de la canción del verano nos ponían las curvas y no encontrar puntos de recarga eléctrica. Quedarte sin batería en medio de la meseta española a 40 grados en pleno verano se había convertido en nuestro destino. Nos esforzábamos por calcular bien el kilometraje de nuestra furgo eléctrica, pero por alguna razón, siempre fallábamos. Nos prometimos escribir una canción sobre eso. Sobre una banda de pop-rock, rebelde contra la música compuesta por la IA que, en un mundo de conciertos modo holograma, todavía tocaba en directo las viejas canciones del verano. Soñábamos con componer la nuestra propia. ¿Por qué no una sobre cómo sobrevivir cuando la tecnología te deja tirado? ‘Náufragos de las comarcales’, queríamos titularla. Muy country. Hacernos famosos, que a nuestros conciertos vinieran más de 100 personas, las que no tenían otra cosa mejor que hacer esa noche. Pero no había talento para tanto. Sólo estábamos llenos de rebeldía y, sobre todo, no entendíamos cómo los grandes grupos exitosos, esos sí, se habían vendido a la IA. Por eso aceptábamos tocar en pequeños pueblos a cuatro duros. Éramos casi casi una antigüedad rodante, condenados a morir. Pero nos resistíamos, y mientras tanto, nos lo pasábamos bien.
A veces los sueños se hacen realidad. No como uno quiere. No sin dolor. Aquel sábado, de nuevo, calculamos mal la carga de la batería. La furgo se paró a mitad de una recta de seis kilómetros. ¿Hay rectas de seis kilómetros en la España interior? Sí, aquella. Se nos veía, varados en aquel desierto de viñas y olivos, desde ambos lados del inicio de la recta. Alguien nos ayudaría enseguida, pensamos, mientras llamábamos a la grúa. Hora y media, avisaron. No fue el aburrimiento. Fueron las ganas. La resaca también un poco. Pero decidimos ponernos a componer o a tocar, o todo a la vez en mitad de aquella carretera. Total, no pasaba nadie.
Nos salió la canción. «Náufragos de las comarcales, desertores de la IA. Dejad, vendidos, de bailar el algoritmo…». En el primer coche venía un matrimonio de unos cincuenta años. Antes de ofrecerse a remolcarnos, nos pidieron que volviéramos a tocar el tema. Aquella improvisada canción, compuesta y escrita en el arcén de una comarcal. Yo me vine arriba, Charly y Juan también y cuando apareció la grúa, teníamos más gente que en cualquiera de nuestros bolos pagados. Así que seguimos. Nunca nos habíamos sentido tan verdaderamente músicos como esa mañana, 40 grados, en aquella cremallera de alquitrán entre cultivos.
Cómo nos aplaudieron. La tocamos, recomponiendo letra y música sobre la marcha, tantas veces… Cuando aquel público improvisado, tráfico sin prisa de una comarca agrícola, comenzó a irse, todo el mundo prometió acudir a nuestro concierto esa noche.
Sonamos como nunca. No había ni escenario. Solo tres focos y unas guirnaldas de papel. Pero nos sentimos estrellas de la música. ‘Náufragos de las comarcales’ fue, de nuevo, el temazo.
Nunca nos quedábamos a dormir en los pueblos. Nuestro caché no daba para tanto. Pero el dueño del hostal del pueblo nos ofreció habitaciones gratis y, por supuesto, las aceptamos. Vimos amanecer con los vecinos, sorbiendo carajillos en el bar de la plaza. Así acabó la noche más feliz de nuestra vida: lo habíamos hecho. Estábamos seguros de que aquello era el principio de algo. Nunca el final. Nunca algo aislado.
Lo supimos al subir de nuevo a la furgo. En el pueblo se encargaron de que estuviera bien cargada. Llegaríamos del tirón. Sin parones por irresponsables. Pero tuvimos que hacerlo. Fue cuando empezó a sonar en la radio ‘Náufragos de las comarcales’. Nuestra canción. Pero no la cantábamos nosotros. El locutor señaló que se trataba del último éxito de una banda de IA española y que el tema había sido lanzado la semana anterior. Brujuleamos en la red. La información era correcta. Aparecían hasta conciertos, videoclips… Escuchamos una y otra vez la composición: no era la nuestra. O sí, pero mejor.
Nunca llegamos a dudar de lo que pasó. Nos planteamos acudir a los tribunales. ¿Plagio? ¿robo? ¿qué narices había pasado? Fue nuestro último concierto. Nuestra última canción. Nuestro regalo a la IA. Y, joder, la mejor noche de nuestra vida.

