Mercedes Pinto, la ‘señora’ a la que el dictador Primo de Rivera expulsó de España por defender el divorcio en una conferencia

«¿Es usted la señorita que ha dado esta semana una conferencia sobre el divorcio en la Universidad Central?» En el ministerio de Gobernación, el mismísimo Miguel Primo de Rivera, al frente de un directorio militar golpista desde hacía apenas tres meses, increpaba a una joven poeta canaria (San Cristóbal de La Laguna, 1883), firma habitual en la prensa madrileña, que el 25 de noviembre de 1923, gracias a la ayuda de su amiga la periodista Carmen de Burgos, Colombine, había cerrado un ciclo académico con una conferencia titulada ‘El divorcio como medida higiénica‘. La propia autora relató el encuentro con el dictador en un texto recogido por Alicia Llarena en ‘Geografía sentimental’ (Gobierno de Canarias, 2009). «Sí, señor’, respondí serenamente. ‘Sólo que soy señora y con hijos’. ‘¿Y no sabe usted’, continuó en voz más alta, ‘que España tiene un concordato con el Vaticano?’ ‘No señor, no lo sabía’. ‘España es católica’, gritó, ‘y no se puede consentir, porque otros seguirán hablando de cosas, cada vez más prohibidas…’ Comprendí, con su silencio repentino, que no tenía nada más que decirme, y me despedí con un leve saludo, marchándome convencida de que aquella sería mi primera y última entrevista con el que era el dueño de los destinos ¡y de la voz de España!».

 Novelista, dramaturga, poeta, periodista y activista en favor de los derechos de la mujer, la canaria Mercedes Pinto (1883-1976) tuvo que exiliarse en 1923 tras dar una conferencia en la Universidad Central de Madrid en defensa del divorcio  

«¿Es usted la señorita que ha dado esta semana una conferencia sobre el divorcio en la Universidad Central?» En el ministerio de Gobernación, el mismísimo Miguel Primo de Rivera, al frente de un directorio militar golpista desde hacía apenas tres meses, increpaba a una joven poeta canaria (San Cristóbal de La Laguna, 1883), firma habitual en la prensa madrileña, que el 25 de noviembre de 1923, gracias a la ayuda de su amiga la periodista Carmen de Burgos, Colombine, había cerrado un ciclo académico con una conferencia titulada ‘El divorcio como medida higiénica‘. La propia autora relató el encuentro con el dictador en un texto recogido por Alicia Llarena en ‘Geografía sentimental’ (Gobierno de Canarias, 2009). «Sí, señor’, respondí serenamente. ‘Sólo que soy señora y con hijos’. ‘¿Y no sabe usted’, continuó en voz más alta, ‘que España tiene un concordato con el Vaticano?’ ‘No señor, no lo sabía’. ‘España es católica’, gritó, ‘y no se puede consentir, porque otros seguirán hablando de cosas, cada vez más prohibidas…’ Comprendí, con su silencio repentino, que no tenía nada más que decirme, y me despedí con un leve saludo, marchándome convencida de que aquella sería mi primera y última entrevista con el que era el dueño de los destinos ¡y de la voz de España!».

Poco después, aconsejada por sus amistades, partía rumbo a un exilio que le mantendría alejada de su país y del mundo intelectual que la había acogido en Madrid el resto de su vida, salvo esporádicas estancias que le fueron autorizados por el régimen franquista a partir de los años 50 y 60 para visitar a sus hijos. Antes de dirigirse a Uruguay, su nuevo destino, aprovechó, explica Fran Garcerá en la edición de algunos de sus textos combativos y feministas que publicó la editorial Torremozas en 2019, para detenerse en una ciudad fronteriza de Francia y formalizar su nuevo matrimonio con el abogado Rubén Rojo, con quien había tenido un hijo en 1922, pese a seguir unida legalmente con Juan de Foronda.

Capitán de la Marina Mercante y catedrático de la Escuela Náutica de Canarias, De Foronda, relata Garcerá, había sometido a su esposa, prácticamente desde su boda en 1909, «a episodios de maltrato físico y psicológico que sumieron a la autora en una violenta atmósfera conyugal». Diagnosticado de «paranoia celotípica», Pinto luchó para que el padre de sus tres hijos (Francisco, María de las Mercedes, Pituka, y Ana María) fuese ingresado en el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Ante las dificultades para retenerlo allí encerrado y la imposibilidad legal de divorciarse, decidió irse a Madrid en 1921. «Será en la capital de España», detalla Alicia Llarena en ‘Al Volar’ (Renacimiento, 2021), «donde vivirá los acontecimientos más decisivos de su existencia»: publica Brisas del Teide, su primer poemario, y comienza la redacción de su primera novela, Él (que Buñuel llevaría al cine años después), conoce a Rubén Rojo, «traba a mistad con los intelectuales más notables del momento, entre ellos Ortega y Gasset, Cristóbal de Castro, o Carmen de Burgos, que la recomiendan a la prensa de Madrid y Barcelona (Prensa Gráfica, La Acción, La Esfera, Lecturas, La Moda)».

Y, por supuesto, la publicación de la conferencia que tanto molestó a Primo de Rivera. Inspirada en su propia experiencia , Pinto exponía: «Yo vengo aquí sin pretensiones de ningún género; vengo como una mujer cristiana y sencilla que ha llorado y ha visto llorar, y recogiendo mi dolor y el dolor de otras mujeres que se han cruzado conmigo en el camino de la vida [propongo] un divorcio rápido, que basado en un certificado radical de doctores especializados evite el nacimiento de nuevos seres, o la muerte violenta de la esposa«.

«La creencia absurda, totalmente errónea, y denigrante además para la mujer, de que esta no debe tener más porvenir que la maternidad, está por desventura extendida entre los retrógrados, que desean anular a la mujer, asignándole un papel puramente procreador y lactante»

Pero Mercedes Pinto no defendía sólo el derecho de la mujer a divorciarse, sino a rehacer su vida. Y a ello se dedicó con firme determinación hasta su muerte en México en 1976. Gracias a la modernidad de sus planteamientos (centrados en la defensa de los derechos de la mujer al voto, al divorcio y al aborto, en las nuevas tendencias pedagógicas y en su pasión por el cine) y a su facilidad para dirigirse al público (desde la radio, las tribunas académicas y la prensa), en Uruguay se convirtió en una figura intelectual indiscutible e inevitable, sobre todo, cuenta Garcerá, gracias a la creación de La Casa del Estudiante, «un lugar influido por las corrientes que propugnaban una democratización de la cultura» y donde recibió la visita de personalidades como Tagore, Pirandello, Gómez de la Serna, Gregorio Martínez Sierra o Alfonsina Storni.

ED. RENACIMIENTO

De Montevideo pasó a Paraguay, a Argentina, a Bolivia, a Chile y luego, en 1935, a Cuba, donde recibió la ayuda de Fulgencio Batista y lideró, entre otras, la infructuosa campaña «para que Cuba permitiese el desembarco de 930 judíos a bordo del barco ‘San Luis’«, explica Garcerá, «por el que la comunidad judía le dedicó con su nombre un bosque de más de 2.000 árboles en Israel en 1978«.

Tras la consolidación del régimen franquista, en 1943, perdida ya la esperanza de regresar definitivamente a España, fija su residencia en la capital mexicana. Allí, continuará publicando ensayos, novelas, poemasy artículos periodísticos hasta el final de sus días. En su epitafio pueden leerse los versos que le dedicó Pablo Neruda: «Mercedes Pinto vive en el viento de la tempestad./ Con el corazón frente al aire./ Enérgicamente sola./ Urgentemente viva./ Segura de aciertos e invocaciones./ Temible y amable en su trágica vestidura de luz y llamas«.

 LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón

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