Los migrantes retratan la desidia de Marruecos ante la avalancha del jueves: «Había 3-4 gendarmes y sólo nos echaban hacia el mar»

«Amigo, pan, leche, galletas, por favor, hermano. Llevamos tres días sin comer», se queja un marroquí sentado sobre unas rocas cercanas a la carretera que conduce al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta. Son las siete y media de la tarde de ayer. Un furgón de la Policía Nacional, con varios agentes a pie custodiándolo, ha ido echando de los alrededores de la puerta de acceso al recinto a cientos de personas que se agolpaban para poder ingresar en él.

 Miles de migrantes esperan hambrientos a las puertas de las instalación, sin saber si serán expulsados iniciarán los trámites para el asilo o recibirán permisos de residencia  

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«Amigo, pan, leche, galletas, por favor, hermano. Llevamos tres días sin comer», se queja un marroquí sentado sobre unas rocas cercanas a la carretera que conduce al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta. Son las siete y media de la tarde de ayer. Un furgón de la Policía Nacional, con varios agentes a pie custodiándolo, ha ido echando de los alrededores de la puerta de acceso al recinto a cientos de personas que se agolpaban para poder ingresar en él.

Los agentes consiguen dispersar a los inmigrantes de la entrada al CETI, pero el bosque colindante y la parte inferior de la carretera están llenas de jóvenes. Muchos de ellos duermen en el suelo. Otros deambulan por las laderas próximas a este centro de acogida para adultos. Hay mujeres, pero son pocas. También algún menor que no sabe a quién acudir para recibir asistencia de los servicios de acogida de la ciudad autónoma. Han llegado de medio mundo: además de los marroquíes, que son mayoría, hay argelinos, sudaneses, malienses, afganos, palestinos, libios, chadianos…

Es imposible estimar una cifra de cuántos son. Probablemente, más de un millar. Los que no han conseguido registrarse para acceder al CETI cuando se haya reducido su ocupación actual -muy por encima de las 512 plazas que dispone- reclaman al periodista algo de comer y preguntan qué han de hacer para entrar a la instalación. Si lo consiguen algún día, temporalmente podrán tener una cama en la que dormir y comida a diario. Según la situación personal de cada uno, serán expulsados, iniciarán los trámites para el asilo o recibirán permisos de residencia si existe arraigo familiar, entre otras posibilidades administrativas.

Adam es un chico de Tetuán (Marruecos) que se encuentra en los alrededores del CETI desde el pasado jueves. Accedió en mitad de esa cadena humana de más de 50.000 personas que irrumpió en Ceuta a través del espigón que separa la ciudad del país vecino.

El chico viste una camiseta descolorida de Achraf Hakimi, el futbolista marroquí del PSG y una de las estrellas de la selección de su país. En broma, recuerda que Hakimi nació en Madrid, pero que es marroquí de ascendencia y que decidió jugar con el país del que proceden sus padres. «Somos todos hermanos, amigo», dice. «Tú y yo hermanos».

-¿Cómo sucedió todo el otro día?, pregunta el reportero.

-Yo llegué en autobús con un grupo de amigos hasta Castillejos [la población marroquí al otro lado de la frontera]. A algunos no los he vuelto a ver. No sé si llegaron a cruzar, si han muerto… Quiero entrar al CETI, pero nadie nos hace caso.

-En Marruecos, ¿alguien os frenó con contundencia para que os marcháseis de allí?

-Había tres cuatro gendarmes por aquí, por allá… Lanzaban piedras a la gente. Nos pegaban con las porras. Nos echaban a los perros encima. Lo único que no querían era que entráramos por la frontera a pie. Nos echaban hacia el agua. Por ahí les daba igual que entrásemos a Ceuta o que nos ahogásemos.

-¿No os ha echado la Policía, la Guardia Civil ni los militares de Ceuta?

-Creo que he tenido suerte. Llegué aquí nada más cruzar la frontera. Me trajo en moto un amigo que vive en Ceuta. Le llamé y le dije que había cruzado. La mayoría de la gente que conozco ya está en Marruecos. He dormido por aquí cerca desde entonces. De noche hace frío porque esto es un monte. Todo el mundo tiene hambre. Ha habido algunas peleas. La gente no aguanta mucho más.

Otro joven corrobora las palabras de Adam. Él es sudanés. Pide que no aparezca su nombre en este reportaje a cambio de hablar con EL MUNDO. «I don’t want to have problems with anyone», dice [«no quiero tener problemas con nadie].

-Había miles de personas -dice el chico-. Parecía una manifestación. Era imposible contener a tanta gente. Marruecos no hizo nada para frenarnos. Querían que entrásemos por el agua. Sólo podrían haberlo hecho echando a la gente a muchos kilómetros de allí, pero en las carreteras y caminos de Castillejos no había controles.

A los pies del monte donde se ubica el Centro de Internamiento Temporal de Inmigrantes hay una playa. Alrededor de dos centenares de inmigrantes subsaharianos se concentraban allí, sobre la arena. Algunos se remojaban bajo las duchas. Otros se habían subido al techo de unos baños de madera. Unos pocos dormían y un puñado de ellos se bañaban en esas mismas aguas que les vieron llegar a nado.

Una decena de agentes de la Policía Nacional custodiaban la zona, que se mantuvo acordonada durante toda la jornada. Los uniformados tuvieron que llamar a una ambulancia porque uno de los inmigrantes se desmayó y empezó a sufrir leves convulsiones. Sus compañeros lo evacuaron con sus manos desde la playa hasta una acera, a la espera de la llegada de los efectivos médicos. Desde la terraza de su chalet, a unos 50 metros de distancia de allí, una mujer observaba la escena con gesto de lástima. «Ya no aguantan más. Están cansados, apenas están comiendo ni bebiendo», comenta un taxista.

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