Ceuta intenta resurgir de la peor avalancha migratoria de su historia: «Ha pasado lo peor, pero no ha pasado todo»

Hace apenas media hora que Carlos ha levantado la persiana de su tienda en el Paseo Alcalde Sánchez Prados, la arteria principal de Ceuta, después de que toda la ciudad cerrase durante 24 horas tras la avalancha de inmigrantes -más de 60.000 llegados entre el jueves y el viernes- que sumió a la ciudad en el caos.

 Policías y militares peinan calles y plazas para «convencer», a veces con la ‘ayuda’ de locales, a los magrebíes que aún quedan en la ciudad de que regresen a su país  

Hace apenas media hora que Carlos ha levantado la persiana de su tienda en el Paseo Alcalde Sánchez Prados, la arteria principal de Ceuta, después de que toda la ciudad cerrase durante 24 horas tras la avalancha de inmigrantes -más de 60.000 llegados entre el jueves y el viernes- que sumió a la ciudad en el caos.

A la entrada del negocio -donde vende un poco de todo-, se apilan lotes de botellas de agua mineral, que durante este confinamiento han sido uno de los productos más buscados. Sobre todo por los magrebíes que llegaron a la orilla de la playa del Tarajal con poco más que lo puesto y, en no pocos casos, con menores a los que alimentar y dar de beber.

Dice Carlos, barcelonés emigrado a Ceuta hace décadas, que «lo único malo es que eran muchos» y que fue eso, y la imprevisión por parte de las autoridades, lo que obligó a paralizar la ciudad durante un día entero.

Vivió también la crisis migratoria de 2021 en el mismo sitio, «pero lo de estos días no tiene nada que ver, esto es exagerado» y no le ahorra críticas a la gestión, especialmente, del Gobierno y del presidente, Pedro Sánchez. «Ha sido un desastre total», clama, sin paliativos.

Antonio y Margot apuran, a unos metros de la tienda de Carlos, el desayuno en una cafetería que también ha reabierto este sábado. No son todos los comercios los que han abierto, algunos permanecen clausurados y otros atienden con alguna medida de seguridad extra, como la persiana medio bajada.

«Ésta no va a ser la última vez», augura el matrimonio, jubilados ambos, él con la bolsa de deportes para ir a continuación a practicar natación.

La sensación es la misma se pregunte a quien se pregunte en los bares y tiendas que se han atrevido a abrir. «La situación ha mejorado mucho, ha pasado lo peor, pero no ha pasado todo», describe Carlos, ya no se ven marabuntas de inmigrantes por las calles, pero los ceutíes tienen la lección bien aprendida y saben que «esto puede volver a pasar en cualquier momento», como dice Antonio cuando se levanta ya camino de la piscina.

Ceuta lo ha pasado mal en estos últimos días. Han sido 24 horas, dicen sus vecinos, de angustia e incertidumbre, de impotencia ante un drama humanitario que, literalmente, golpeaba sus puertas y no la mayoría de sus vecinos han podido hacer poco, salvo ser testigos.

Ali y Amal, que atienden en la farmacia ubicada al final del Paseo de la Marina Española, sí pudieron hacer algo. Cuentan que el negocio, como todas las farmacias de la ciudad, no cerró, solo bajó la persiana y atendieron por la ventanilla de los servicios de guardia. A la suya se acercaron por decenas los inmigrantes llegados por el Tarajal.

«Había madres con sus hijos, enfermos de diabetes, heridos que pedían vendas y Betadine y la mayoría, pagaron lo que se llevaron, a otros se lo dimos», relatan aún impresionadas por una experiencia que ninguna de las dos, coinciden, va a poder olvidar en mucho tiempo.

Ceuta recuperó ayer el pulso y una normalidad relativa cuando todavía quedaban en la ciudad cientos, miles, de los magrebíes (y algunos subsaharianos) que entraron en tromba, a nado la mayoría.

Ocultos en los parques, en los juegos infantiles, detrás de balaustradas del Paseo de la Marina o más a la vista en las cornisas de la carretera que lleva a la frontera o en los barrios algo más alejados del centro. Como el marroquí Adam, 17 años, que aseguraba en una plaza del Polígono Virgen de África a EL MUNDO que no piensa volver, que «quiero trabajar aquí, en España».

O Como Jean Jacques, de Costa de Marfil, que trataba de pasar desapercibido, solo, en la Plaza de la Constitución, decidido a resistir la operación retorno que ha impulsado el Ministerio del Interior.

Patrullas de policías locales, de policías nacionales y militares peinaban ayer Ceuta calle a calle, plaza a plaza, barrio a barrio, con el objetivo de «convencer» a los inmigrantes de que emprendiesen el camino de vuelta.

En ocasiones, grupos de locales ayudaban a las fuerzas de seguridad. Como un grupo de jóvenes de veintitantos años que recorrió durante la mañana el Paseo de la Marina gritando y persiguiendo a todo inmigrantes que encontraban. «Pero sin violencia», se justificaban. O las patrullas de barrio que se formaron en algunas zonas, como El Polígono o Villa Jovita, para mantener la tranquilidad durante la noche. Enrique (no es su verdadero nombre) estuvo hasta las tres de la madrugada vigilando su calle con tres amigos porque «la Policía está saturada», dice con el enfado que, superado lo peor de la crisis, se extiende por toda Ceuta en el día después.

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