Cuando, a mediados de marzo, a Borna Naimi le sacaron a trompicones de la ‘suite de la muerte’, le taparon el rostro con una tosca capucha, le subieron a un taburete y le pusieron una soga alrededor del cuello, estaba convencido de que había llegado su fin . Quizá sintió un cierto alivio después de días encerrado en aquel cubículo de apenas dos por dos metros, sin luz ni ventilación que le permitieran distinguir el día de la noche, tras sufrir fuertes golpes en los costados, el pecho y la espalda y descargas eléctricas tan intensas que le habían causado quemaduras en las piernas. Pero, tras varias patadas al endeble taburete que impedía que su cuerpo pendiera de la soga, le bajaron y le devolvieron a la celda.Se trataba de un simulacro de ejecución, otra de las formas de tortura con las que las autoridades policiales iraníes presionan a los presos políticos para arrancarles la confesión del crimen que les imputan, aunque esa acusación, como en este caso, sea falsa. Borna Naimi es un joven de 29 años, de la minoría bahaí, la confesión no musulmana más importante en Irán, perseguida desde sus inicios como apóstata del islam por sostener la llegada del Mahdi, una figura de carácter mesiánico que reformula e incluso invalida la ley islámica derivada de Mahoma. Con Borna, detenido el 1 de marzo en su lugar de trabajo por seis agentes enmascarados de la Organización de Inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), la coacción psicológica fue incluso más sofisticada: le trasladaron en varias ocasiones a lugares cercanos a su domicilio, donde vive junto a su esposa y su hija, y le amenazaron con enviar a la pequeña a un orfanato estatal si no cooperaba.Noticia relacionada No No Irán antes y después del 79: la represión de la mujer por bandera Ryma SheermohammadiEl objetivo de las autoridades iraníes con la detención de Borna Naimi era arrancarle una confesión en la que se implicara a sí mismo y a su primo, Peyvand Naimi, también bahaí, en el asesinato de guardias del Basij (la fuerza paramilitar que respalda internamente al régimen de los ayatolás) en las protestas prodemocráticas del 8 de enero. Pese a que la Policía iraní, también mediante torturas y ejecuciones simuladas, había conseguido arrancarle una autoinculpación, la acusación era inverosímil. Peyvand había sido detenido en la mañana de ese 8 de enero, por lo que ya estaba en prisión cuando se produjeron las revueltas. Borna tampoco participó. Su familia asegura que ese día se encontraba junto a ellos y ha presentado varias pruebas para demostrarlo.Una realidad que poco pareció importarles a las autoridades del país, que «utilizan de forma sistemática a los bahaíes como chivos expiatorios en el contexto de la crisis interna iraní», según denuncian desde la Comunidad Bahaí de España . También Amnistía Internacional, que ha emitido una acción urgente a favor de ambos jóvenes, reconoce que los agentes de seguridad «los sometieron a tortura y otros malos tratos, incluyendo palizas, simulacros de ejecución y descargas eléctricas para forzar ‘confesiones’, además de negarles acceso a asistencia letrada y atención médica». La ONG ha iniciado una campaña para instar a la ciudadanía a dirigir cartas al jefe del poder judicial iraní, Gholamhossein Mohseni Ejei, para solicitar la liberación inmediata de los dos primos.La minoría bahaí, perseguidaLa presión internacional –tras la dura represión a las revueltas de enero, que causó más de 30.000 muertes– llevó a las autoridades iraníes a liberar a algunos presos políticos, pero ignoró a los bahaíes. Más tarde, tras los ataques de Estados Unidos e Israel, la comunidad bahaí vio cómo aumentaba sobre ella la presión, en especial entre los más jóvenes. Shohreh Rezaie, bahaí iraní que lleva décadas viviendo en España, conoce a la familia de Peyvand Naimi. «Antes de que cortaran internet, hablé con su madre, que es amiga nuestra. Con mucha angustia me dijo que su hijo es inocente y me pidió: ‘Por favor, recen por él’», explica a ABC. «En una de las visitas, cuando su madre intentó darle esperanza, él le dijo que ya no podía soportar más. Con una profunda desesperación les dijo: ‘Si quieren matarme, que lo hagan’. Luego agradeció a sus padres todo lo que habían hecho por él durante sus 30 años de vida», detalla Shohreh Rezaie sobre lo que ha podido conocer desde Irán. «Sus palabras sonaban como una despedida», concluye angustiada, con la certeza de que su vida y la de su primo Borna corren peligro.En las últimas semanas, los esfuerzos de la comunidad bahaí para denunciar la situación de Borna y Peyvand se han multiplicado. «Duele verlo y apartamos la mirada, pero este es precisamente el momento de prestar atención», afirma la declaración conjunta con la que los actores de Hollywood Mark Ruffalo, Penn Badgley y Rainn Wilson exigen la liberación de los dos primos, sumándose así a las acciones de Amnistía Internacional. También han llevado la denuncia ante congresistas estadounidenses, el Parlamento Europeo y las autoridades de Canadá, Australia y diversos países europeos.En España, representantes de la Comunidad Bahaí, junto a una delegación de la diáspora iraní, mantuvieron el pasado 9 de mayo una reunión con la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, para «exponer la grave situación» de los prisioneros bahaíes en Irán, en riesgo de ser ejecutados, y la de cientos de presos de conciencia que todavía siguen en las cárceles iraníes. También han buscado el apoyo de varias cámaras autonómicas, como la valenciana y la canaria.«Son víctimas de una persecución religiosa prolongada: no se les persigue por lo que han hecho, sino por lo que son» Simin Fahandej Representante Bahaí ante Naciones Unidas«La extraordinaria oleada mundial de apoyo a Peyvand y Borna envía un mensaje claro al Gobierno iraní: la comunidad internacional está unida en defensa de estos dos jóvenes inocentes, que no han cometido delito alguno», ha explicado Simin Fahandej, representante de la comunidad religiosa ante Naciones Unidas. «Son víctimas de una persecución religiosa prolongada: no se les persigue por lo que han hecho, sino por lo que son», añadía en una nota de prensa en la que explicitaba estos apoyos.Su denuncia iba más allá al recordar cómo «Irán intenta cometer sus abusos en la oscuridad, tras los muros de las prisiones, para que los detenidos se sientan solos y sin voz». Y lo cierto es que, mientras la comunidad internacional se moviliza, Borna y Peyvand en alguna prisión iraní escuchan inquietos cada noche el sonido de los pasos que se acercan por el pasillo, sin saber si les traerán de nuevo el dolor en forma de tortura o si esta vez la muerte dejará de ser un simulacro.
Cuando, a mediados de marzo, a Borna Naimi le sacaron a trompicones de la ‘suite de la muerte’, le taparon el rostro con una tosca capucha, le subieron a un taburete y le pusieron una soga alrededor del cuello, estaba convencido de que había llegado … su fin. Quizá sintió un cierto alivio después de días encerrado en aquel cubículo de apenas dos por dos metros, sin luz ni ventilación que le permitieran distinguir el día de la noche, tras sufrir fuertes golpes en los costados, el pecho y la espalda y descargas eléctricas tan intensas que le habían causado quemaduras en las piernas. Pero, tras varias patadas al endeble taburete que impedía que su cuerpo pendiera de la soga, le bajaron y le devolvieron a la celda.
Se trataba de un simulacro de ejecución, otra de las formas de tortura con las que las autoridades policiales iraníes presionan a los presos políticos para arrancarles la confesión del crimen que les imputan, aunque esa acusación, como en este caso, sea falsa. Borna Naimi es un joven de 29 años, de la minoría bahaí, la confesión no musulmana más importante en Irán, perseguida desde sus inicios como apóstata del islam por sostener la llegada del Mahdi, una figura de carácter mesiánico que reformula e incluso invalida la ley islámica derivada de Mahoma.
Con Borna, detenido el 1 de marzo en su lugar de trabajo por seis agentes enmascarados de la Organización de Inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), la coacción psicológica fue incluso más sofisticada: le trasladaron en varias ocasiones a lugares cercanos a su domicilio, donde vive junto a su esposa y su hija, y le amenazaron con enviar a la pequeña a un orfanato estatal si no cooperaba.
El objetivo de las autoridades iraníes con la detención de Borna Naimi era arrancarle una confesión en la que se implicara a sí mismo y a su primo, Peyvand Naimi, también bahaí, en el asesinato de guardias del Basij (la fuerza paramilitar que respalda internamente al régimen de los ayatolás) en las protestas prodemocráticas del 8 de enero. Pese a que la Policía iraní, también mediante torturas y ejecuciones simuladas, había conseguido arrancarle una autoinculpación, la acusación era inverosímil. Peyvand había sido detenido en la mañana de ese 8 de enero, por lo que ya estaba en prisión cuando se produjeron las revueltas. Borna tampoco participó. Su familia asegura que ese día se encontraba junto a ellos y ha presentado varias pruebas para demostrarlo.
Una realidad que poco pareció importarles a las autoridades del país, que «utilizan de forma sistemática a los bahaíes como chivos expiatorios en el contexto de la crisis interna iraní», según denuncian desde la Comunidad Bahaí de España. También Amnistía Internacional, que ha emitido una acción urgente a favor de ambos jóvenes, reconoce que los agentes de seguridad «los sometieron a tortura y otros malos tratos, incluyendo palizas, simulacros de ejecución y descargas eléctricas para forzar ‘confesiones’, además de negarles acceso a asistencia letrada y atención médica». La ONG ha iniciado una campaña para instar a la ciudadanía a dirigir cartas al jefe del poder judicial iraní, Gholamhossein Mohseni Ejei, para solicitar la liberación inmediata de los dos primos.
La minoría bahaí, perseguida
La presión internacional –tras la dura represión a las revueltas de enero, que causó más de 30.000 muertes– llevó a las autoridades iraníes a liberar a algunos presos políticos, pero ignoró a los bahaíes. Más tarde, tras los ataques de Estados Unidos e Israel, la comunidad bahaí vio cómo aumentaba sobre ella la presión, en especial entre los más jóvenes.
Shohreh Rezaie, bahaí iraní que lleva décadas viviendo en España, conoce a la familia de Peyvand Naimi. «Antes de que cortaran internet, hablé con su madre, que es amiga nuestra. Con mucha angustia me dijo que su hijo es inocente y me pidió: ‘Por favor, recen por él’», explica a ABC. «En una de las visitas, cuando su madre intentó darle esperanza, él le dijo que ya no podía soportar más. Con una profunda desesperación les dijo: ‘Si quieren matarme, que lo hagan’. Luego agradeció a sus padres todo lo que habían hecho por él durante sus 30 años de vida», detalla Shohreh Rezaie sobre lo que ha podido conocer desde Irán. «Sus palabras sonaban como una despedida», concluye angustiada, con la certeza de que su vida y la de su primo Borna corren peligro.
En las últimas semanas, los esfuerzos de la comunidad bahaí para denunciar la situación de Borna y Peyvand se han multiplicado. «Duele verlo y apartamos la mirada, pero este es precisamente el momento de prestar atención», afirma la declaración conjunta con la que los actores de Hollywood Mark Ruffalo, Penn Badgley y Rainn Wilson exigen la liberación de los dos primos, sumándose así a las acciones de Amnistía Internacional. También han llevado la denuncia ante congresistas estadounidenses, el Parlamento Europeo y las autoridades de Canadá, Australia y diversos países europeos.
En España, representantes de la Comunidad Bahaí, junto a una delegación de la diáspora iraní, mantuvieron el pasado 9 de mayo una reunión con la presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, para «exponer la grave situación» de los prisioneros bahaíes en Irán, en riesgo de ser ejecutados, y la de cientos de presos de conciencia que todavía siguen en las cárceles iraníes. También han buscado el apoyo de varias cámaras autonómicas, como la valenciana y la canaria.
«Son víctimas de una persecución religiosa prolongada: no se les persigue por lo que han hecho, sino por lo que son»
Simin Fahandej
Representante Bahaí ante Naciones Unidas
«La extraordinaria oleada mundial de apoyo a Peyvand y Borna envía un mensaje claro al Gobierno iraní: la comunidad internacional está unida en defensa de estos dos jóvenes inocentes, que no han cometido delito alguno», ha explicado Simin Fahandej, representante de la comunidad religiosa ante Naciones Unidas. «Son víctimas de una persecución religiosa prolongada: no se les persigue por lo que han hecho, sino por lo que son», añadía en una nota de prensa en la que explicitaba estos apoyos.
Su denuncia iba más allá al recordar cómo «Irán intenta cometer sus abusos en la oscuridad, tras los muros de las prisiones, para que los detenidos se sientan solos y sin voz». Y lo cierto es que, mientras la comunidad internacional se moviliza, Borna y Peyvand en alguna prisión iraní escuchan inquietos cada noche el sonido de los pasos que se acercan por el pasillo, sin saber si les traerán de nuevo el dolor en forma de tortura o si esta vez la muerte dejará de ser un simulacro.
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