Latía la tensión en la plaza con una exigente corrida de Dolores Aguirre. Todo el mundo pendiente del toro, del que humillaba y del que cogía la matrícula más rápido que un guardia civil de tráfico. Qué tensión. ¡Bum-bum, bum-bum! De taquicardia algunos momentos, con el público volcado con la divisa. Contaba Isabel Lipperheide a ‘Los torileros’ en la víspera que no estaba muy contenta: se le habían estropeado en el campo dos de los mejores toros -siempre se pelean los guapos- y le quedaban «seis raspaditos», sin opciones de sobreros. No hubo que tirar de remiendos, y eso que el quinto, tan mal castigado en varas y con ese volatinazo en la lidia, fue candidato al verde. No merecía el conjunto ese borrón del colorado tumbado en la arena negra. Más de ciento veinte kilos separaban este voluminoso animal, de 652 kilos, del primero, de 528. Variado el encierro, con complicaciones, a medio camino entre la casta y la mansedumbre. Ferrera, con el capote a una mano, en el saludo al primero EfeBueno había sido el pitón derecho del serio Burgalés. al que Antonio Ferrera recibió con su capote verde a una mano. Metió los riñones el de Dolores en la primera vara, pero luego salió manseando en los tres encuentros. Como alma que lleva el diablo tras el primer muletazo, fue de esos que llaman mansos encastados. Cuando lo cosió soberbiamente en redondo, sin dejarle ver nada más que tela, respondió con transmisión y el rabo enhiesto al técnico pulso ferrerista. Lo empujaba para delante el maestro, que se adornó con un molinete y dos de pecho antes de tomar la senda zurda. Por ahí al 37 -a menos- le costaba más, y el torero no se apretó. Desafinada la espada en una tarde de viajes caídos en el mano a mano con Damián Castaño, que dio dos vueltas al ruedo con la gente a favor. Menos agradables estuvieron con el extremeño, con mucho ‘enterao’ que lo pitó hasta cuando ejercía su papel de director de lidia, un papel en el que pocos hay que lo tosan. Cero suerte tendría luego con los otros dos de su lote. Largo como un cohiba lancero Pitillito, en el que tuvo que rectificar el piquero tras clavar en la paletilla. Ferrera, que había devuelto a Castaño su gesto del brindis, se topó con un animal imposible. Si complicado era por el derecho, infumable se antojaba por el izquierdo. Lo mejor que podía hacer era machetearlo y enviarlo a otra vida. Algún listo se enfadó cuando abrevió: ¡qué cosas! Y más le vocearían cuando el quinto, tan pesador como justo de cara, se desplomó.«¡Vaya tanque de caballo!», gritaron en el tercio de varas segundo, de pobre presencia y sangrando hasta la pezuña. ¡Cómo se movió el tal Belmontino! Qué transmisión la suya: obedecía al toque, pero tenía ese picante, esa fiereza, que no lo ponía fácil. Había que apostar y, a la vez, tener agilidad de piernas, porque no paraba quieto y no se le podía perder la cara. Recto se le había venido por el zurdo, por donde humillaba. «¡Vamos los toreros con bragueta!», dijo un partidario. Y el de Castilla y León le enjaretó una tanda apasionada, sin grandes estrecheces, que la cosa no estaba para ponerse bonito en las cercanías. Tras un pinchazo y una estocada defectuosa, se tragó la muerte el encastado animal. Largamente, una eternidad, y la plaza eternizó el aplauso. Hasta que dobló Belmontino entre aplausos y enhorabuenas a la ganadera. Por su cuenta se marcaría una vuelta al ruedo el matador.Otra vez paseó el anillo en el sexto. Profuso el tercio de varas, con algunos aficionados (sic) enfadándose con Ferrera por hacer lo que le correspondía perfectamente. Y perfecta la lidia de Curro Javier al tal Cigarrero, que cazaba moscas. Otra vez se fue a la guerra Damián, tragando en un capítulo de lexatin. Había que ganarle la acción en aquel toma y daca, con el toro venciéndose. Con habilidad enterró el acero y asomaron algunos pañuelos. Corridas Generales de Bilbao Coso de Vista Alegre Martes, 25 de agosto de 2026. Segundo festejo. Algo más de un cuarto de entrada. Toros de Dolores Aguirre, desiguales y de variado juego; con las complicaciones de la casta y con matices mansos; destacó el 2º. Antonio Ferrera, de carmín y oro: pinchazo y estocada baja (saludos); estocada caída (silencio); estocada caída (algunos pitos). Damián Castaño, de buganvilla y azabache: pinchazo y estocada caída (vuelta al ruedo); tres pinchazos y descabello (saludos tras aviso); estocada atravesada (petición y vuelta al ruedo). El de Castilla y León había lucido con generosa distancia al cuarto en un ovacionado tercio de Javier Martín. Todo iba viento en popa, con Curro Javier y Toñete desmonterados. Y con ella calada citó Castaño a Botero en una vibrante tanda con la derecha, bajando la mano. Cambió a la zocata, con destacados naturales y con el animal abriéndose. Mucho lo oxigenó entre serie y serie. «¡Toma este!», le decía mientras se abandonaba en un estupendo zurdazo. En la mismísima cara le dejó las telas para enredar un interminable redondo mientras el animal metía la testa. Lástima que se rajara, porque aquello prometía. No hubo triunfo, pero la emoción se paseó por el ruedo desde que salió Burgalés y hasta que se arrastró Cigarrero, con la pasión por Dolores desatada con Belmontino. Latía la tensión en la plaza con una exigente corrida de Dolores Aguirre. Todo el mundo pendiente del toro, del que humillaba y del que cogía la matrícula más rápido que un guardia civil de tráfico. Qué tensión. ¡Bum-bum, bum-bum! De taquicardia algunos momentos, con el público volcado con la divisa. Contaba Isabel Lipperheide a ‘Los torileros’ en la víspera que no estaba muy contenta: se le habían estropeado en el campo dos de los mejores toros -siempre se pelean los guapos- y le quedaban «seis raspaditos», sin opciones de sobreros. No hubo que tirar de remiendos, y eso que el quinto, tan mal castigado en varas y con ese volatinazo en la lidia, fue candidato al verde. No merecía el conjunto ese borrón del colorado tumbado en la arena negra. Más de ciento veinte kilos separaban este voluminoso animal, de 652 kilos, del primero, de 528. Variado el encierro, con complicaciones, a medio camino entre la casta y la mansedumbre. Ferrera, con el capote a una mano, en el saludo al primero EfeBueno había sido el pitón derecho del serio Burgalés. al que Antonio Ferrera recibió con su capote verde a una mano. Metió los riñones el de Dolores en la primera vara, pero luego salió manseando en los tres encuentros. Como alma que lleva el diablo tras el primer muletazo, fue de esos que llaman mansos encastados. Cuando lo cosió soberbiamente en redondo, sin dejarle ver nada más que tela, respondió con transmisión y el rabo enhiesto al técnico pulso ferrerista. Lo empujaba para delante el maestro, que se adornó con un molinete y dos de pecho antes de tomar la senda zurda. Por ahí al 37 -a menos- le costaba más, y el torero no se apretó. Desafinada la espada en una tarde de viajes caídos en el mano a mano con Damián Castaño, que dio dos vueltas al ruedo con la gente a favor. Menos agradables estuvieron con el extremeño, con mucho ‘enterao’ que lo pitó hasta cuando ejercía su papel de director de lidia, un papel en el que pocos hay que lo tosan. Cero suerte tendría luego con los otros dos de su lote. Largo como un cohiba lancero Pitillito, en el que tuvo que rectificar el piquero tras clavar en la paletilla. Ferrera, que había devuelto a Castaño su gesto del brindis, se topó con un animal imposible. Si complicado era por el derecho, infumable se antojaba por el izquierdo. Lo mejor que podía hacer era machetearlo y enviarlo a otra vida. Algún listo se enfadó cuando abrevió: ¡qué cosas! Y más le vocearían cuando el quinto, tan pesador como justo de cara, se desplomó.«¡Vaya tanque de caballo!», gritaron en el tercio de varas segundo, de pobre presencia y sangrando hasta la pezuña. ¡Cómo se movió el tal Belmontino! Qué transmisión la suya: obedecía al toque, pero tenía ese picante, esa fiereza, que no lo ponía fácil. Había que apostar y, a la vez, tener agilidad de piernas, porque no paraba quieto y no se le podía perder la cara. Recto se le había venido por el zurdo, por donde humillaba. «¡Vamos los toreros con bragueta!», dijo un partidario. Y el de Castilla y León le enjaretó una tanda apasionada, sin grandes estrecheces, que la cosa no estaba para ponerse bonito en las cercanías. Tras un pinchazo y una estocada defectuosa, se tragó la muerte el encastado animal. Largamente, una eternidad, y la plaza eternizó el aplauso. Hasta que dobló Belmontino entre aplausos y enhorabuenas a la ganadera. Por su cuenta se marcaría una vuelta al ruedo el matador.Otra vez paseó el anillo en el sexto. Profuso el tercio de varas, con algunos aficionados (sic) enfadándose con Ferrera por hacer lo que le correspondía perfectamente. Y perfecta la lidia de Curro Javier al tal Cigarrero, que cazaba moscas. Otra vez se fue a la guerra Damián, tragando en un capítulo de lexatin. Había que ganarle la acción en aquel toma y daca, con el toro venciéndose. Con habilidad enterró el acero y asomaron algunos pañuelos. Corridas Generales de Bilbao Coso de Vista Alegre Martes, 25 de agosto de 2026. Segundo festejo. Algo más de un cuarto de entrada. Toros de Dolores Aguirre, desiguales y de variado juego; con las complicaciones de la casta y con matices mansos; destacó el 2º. Antonio Ferrera, de carmín y oro: pinchazo y estocada baja (saludos); estocada caída (silencio); estocada caída (algunos pitos). Damián Castaño, de buganvilla y azabache: pinchazo y estocada caída (vuelta al ruedo); tres pinchazos y descabello (saludos tras aviso); estocada atravesada (petición y vuelta al ruedo). El de Castilla y León había lucido con generosa distancia al cuarto en un ovacionado tercio de Javier Martín. Todo iba viento en popa, con Curro Javier y Toñete desmonterados. Y con ella calada citó Castaño a Botero en una vibrante tanda con la derecha, bajando la mano. Cambió a la zocata, con destacados naturales y con el animal abriéndose. Mucho lo oxigenó entre serie y serie. «¡Toma este!», le decía mientras se abandonaba en un estupendo zurdazo. En la mismísima cara le dejó las telas para enredar un interminable redondo mientras el animal metía la testa. Lástima que se rajara, porque aquello prometía. No hubo triunfo, pero la emoción se paseó por el ruedo desde que salió Burgalés y hasta que se arrastró Cigarrero, con la pasión por Dolores desatada con Belmontino. RSS de noticias de cultura
Latía la tensión en la plaza con una exigente corrida de Dolores Aguirre. Todo el mundo pendiente del toro, del que humillaba y del que cogía la matrícula más rápido que un guardia civil de tráfico. Qué tensión. ¡Bum-bum, bum-bum! De taquicardia algunos … momentos, con el público volcado con la divisa. Contaba Isabel Lipperheide en la víspera que no estaba muy contenta: se le habían estropeado en el campo dos de los mejores toros -siempre se pelean los guapos- y le quedaban «seis raspaditos», sin opciones de sobreros. No hubo que tirar de remiendos, y eso que el quinto, tan mal castigado en varas y con ese volatinazo en la lidia, fue candidato al verde. No merecía el conjunto ese borrón del colorado tumbado en la arena negra. Más de ciento veinte kilos separaban este voluminoso animal, de 652 kilos, del primero, de 528. Variado el encierro, con complicaciones, a medio camino entre la casta y la mansedumbre.

(Efe)
Bueno había sido el pitón derecho del serio Burgalés. al que Antonio Ferrera recibió con su capote verde a una mano. Metió los riñones el de Dolores en la primera vara, pero luego salió manseando en los tres encuentros. Como alma que lleva el diablo tras el primer muletazo, fue de esos que llaman mansos encastados. Cuando lo cosió soberbiamente en redondo, sin dejarle ver nada más que tela, respondió con transmisión y el rabo enhiesto al técnico pulso ferrerista. Lo empujaba para delante el maestro, que se adornó con un molinete y dos de pecho antes de tomar la senda zurda. Por ahí al 37 -a menos- le costaba más, y el torero no se apretó. Desafinada la espada en una tarde de viajes caídos en el mano a mano con Damián Castaño, que dio dos vueltas al ruedo con la gente a favor.
Menos agradables estuvieron con el extremeño, con mucho ‘enterao’ que lo pitó hasta cuando ejercía su papel de director de lidia, un papel en el que pocos hay que lo tosan. Cero suerte tendría luego con los otros dos de su lote. Largo como un cohiba lancero Pitillito, en el que tuvo que rectificar el piquero tras clavar en la paletilla. Ferrera, que había devuelto a Castaño su gesto del brindis, se topó con un animal imposible. Si complicado era por el derecho, infumable se antojaba por el izquierdo. Lo mejor que podía hacer era machetearlo y enviarlo a otra vida. Algún listo se enfadó cuando abrevió: ¡qué cosas! Y más le vocearían cuando el quinto, tan pesador como justo de cara, se desplomó.
«¡Vaya tanque de caballo!», gritaron en el tercio de varas segundo, de pobre presencia y sangrando hasta la pezuña. ¡Cómo se movió el tal Belmontino! Qué transmisión la suya: obedecía al toque, pero tenía ese picante, esa fiereza, que no lo ponía fácil. Había que apostar y, a la vez, tener agilidad de piernas, porque no paraba quieto y no se le podía perder la cara. Recto se le había venido por el zurdo, por donde humillaba. «¡Vamos los toreros con bragueta!», dijo un partidario. Y el de Castilla y León le enjaretó una tanda apasionada, sin grandes estrecheces, que la cosa no estaba para ponerse bonito en las cercanías. Tras un pinchazo y una estocada defectuosa, se tragó la muerte el encastado animal. Largamente, una eternidad, y la plaza eternizó el aplauso. Hasta que dobló Belmontino entre aplausos y enhorabuenas a la ganadera. Por su cuenta se marcaría una vuelta al ruedo el matador.
Otra vez paseó el anillo en el sexto. Profuso el tercio de varas, con algunos aficionados (sic) enfadándose con Ferrera por hacer lo que le correspondía perfectamente. Y perfecta la lidia de Curro Javier al tal Cigarrero, que cazaba moscas. Otra vez se fue a la guerra Damián, tragando en un capítulo de lexatin. Había que ganarle la acción en aquel toma y daca, con el toro venciéndose. Con habilidad enterró el acero y asomaron algunos pañuelos.
Corridas Generales de Bilbao
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Coso de Vista Alegre
Martes, 25 de agosto de 2026. Segundo festejo. Algo más de un cuarto de entrada. Toros de Dolores Aguirre, desiguales y de variado juego; con las complicaciones de la casta y con matices mansos; destacó el 2º.
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Antonio Ferrera,
de carmín y oro: pinchazo y estocada baja (saludos); estocada caída (silencio); estocada caída (algunos pitos). -
Damián Castaño,
de buganvilla y azabache: pinchazo y estocada caída (vuelta al ruedo); tres pinchazos y descabello (saludos tras aviso); estocada atravesada (petición y vuelta al ruedo).
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El de Castilla y León había lucido con generosa distancia al cuarto en un ovacionado tercio de Javier Martín. Todo iba viento en popa, con Curro Javier y Toñete desmonterados. Y con ella calada citó Castaño a Botero en una vibrante tanda con la derecha, bajando la mano. Cambió a la zocata, con destacados naturales y con el animal abriéndose. Mucho lo oxigenó entre serie y serie. «¡Toma este!», le decía mientras se abandonaba en un estupendo zurdazo. En la mismísima cara le dejó las telas para enredar un interminable redondo mientras el animal metía la testa. Lástima que se rajara, porque aquello prometía. No hubo triunfo, pero la emoción se paseó por el ruedo desde que salió Burgalés y hasta que se arrastró Cigarrero, con la pasión por Dolores desatada con Belmontino.
