En un verano de eclipses, en el que la luz y su ausencia, la coincidencia y la fatalidad articulan su argumentario, coinciden algunas fechas musicales que no deberían olvidarse: los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y los noventa del asesinato de Federico García Lorca . La España cainita mató al segundo y rompió la vida del primero, y en ese momento el país se hundió en una oscuridad lamentable y ruinosa. Las programaciones musicales españolas han estado poco atentas a unas fechas que son mucho más que un simple aniversario, pues ambas explican la esencia de un territorio que ha dado talentos universales. Tocó recordar la muerte de Lorca y muchas noticias durante el día de la efeméride explicaban la trascendencia de su obra en manos de artistas urbanos, de raperos y grafiteros olvidando que la anécdota panderetera es un espejismo frente a la dimensión visionaria de su legado con eco en cientos de libros, tesis, artículos, obras dramáticas y artísticas asombrosas, incluyendo las musicales. Se acerca la conmemoración de Falla, en el mes de noviembre, y, durante la espera, se están escuchando un puñado de partituras evidentes frente a la diversidad de un catálogo, concentrado y esencial, que interpela y deslumbra por su inventiva.Ha sido necesario cruzar el Bidasoa y entrar en Francia para encontrar en la localidad de Saint-Jean-de-Luz un instante de seriedad. El Festival Ravel quiere ser, según ha explicado a ABC su director, Bertrand Chamayou, «una narración musical que toma como figura central a Manuel de Falla, explora la música española y una cierta visión de España a través de la mirada inicial de Maurice Ravel». En ese contexto se ha celebrado un concierto emocionante, capaz de sumergir al oyente en la fascinación dolorosa sobre la que se construye la obra de Lorca. El ‘Hommage à García Lorca’ tenía como culminación las ‘Ancient voices of children’ del americano George Crumb, compositor vinculado a la poesía lorquiana a lo largo de unos veinticinco años, desde comienzos de los años sesenta hasta mediados de los ochenta. Crumb no hablaba español con fluidez, pero quedó fascinado por la sonoridad, las imágenes y el imaginario simbólico de Lorca. La fuerza oscura y telúrica ligada a la muerte y a la intensidad expresiva, se convirtió en sus partituras en silencios, timbres inusuales, técnicas extendidas y una teatralidad protocolaria.Chamayou señala que «García Lorca surgió a partir de una idea que tuve en determinado momento. Todo empezó con George Crumb, que había compuesto varios ciclos sobre sus poemas. Y pensé que sería interesante no hacer únicamente, Falla, Turina, Mompou y Albéniz, ni tampoco limitarse a músicos franceses como Debussy y Ravel, que escribieron música española. Fue entonces cuando hablé con Barbara Hannigan. Ella dijo que quería cantar ‘Ancient Voices of Children». Al punto de partida se une la estrecha relación entre Chamayou y la soprano y también directora de orquesta canadiense. Ambos llevan varios años formando dúo con actuaciones por todo el mundo y grabaciones de referencia como ‘Infinite Voyage’ junto al Emerson String Quartet y el disco publicado en 2024 con música de Olivier Messiaen en que se incluyen los ‘Chants de terre et de ciel’ y ‘Poèmes pour Mi’, y donde colaboran el tenor Charles Sy y la violinista Vilde Frang.’Ancient Voices of children’ es lo que Chamayou ha llamado el ‘plato principal del concierto’. La obra pone música a fragmentos de varios poemas de Lorca, entre ellos ‘El niño mudo’, ‘Gacela del amor imprevisto’ y otros textos breves, organizados en cinco movimientos vocales con dos interludios instrumentales que funcionan como bisagras. A la soprano se une una voz infantil -cantada en el Festival Ravel por la soprano Arson Marin-, oboe, mandolina, arpa, piano amplificado con piano de juguete, y tres percusionistas que además de tocar deben cantar, hablar o susurrar en determinados momentos. Todos estuvieron dirigidos con detalle por Alphonse Cemin. Pero es la soprano quien convierte su parte en una hazaña fantástica, que Hannigan traduce milimétricamente con una afinación muy precisa, un timbre claro y un dominio excepcional de técnicas vocales extendidas que incluyen susurros, glissandos, cuasi-habla, efectos tímbricos poco convencionales que provoca desde el interior de la caja del piano para que las cuerdas resuenen por simpatía y el sonido vocal se transforme en algo casi electrónico.La intervención requiere una coordinación muy particular entre cantante y pianista, asegurada en este caso por relación Chamayou-Hannigan. En pocas ocasiones, una interpretación apunta directamente a la conciencia de la obra; son escasas aquellas en las que un grupo de intérpretes suena con tanta minuciosidad y exactitud a partir de un montaje escénico previsto por Crumb con el fin de determinar la posición espacial de las fuentes. Los detalles son infinitos y van desde las intervenciones del pianista en el interior del instrumento hasta la traducción de las anotaciones gráficas de la partitura en un ritual que, en la iglesia de Saint-Vincent de Ciboure , alcanzó una dimensión irreal. «Y entonces surgió la pregunta: ¿qué podríamos hacer alrededor de eso? -reflexiona Chamayou durante la conversación en el Centre Culturel Peyuco Duhart–Tanka de Saint-Jean-de-Luz, lugar donde se imparten las clases de la Académie Ravel-. Consulté los textos de García Lorca y descubrí la conferencia en la que habla de las nanas infantiles donde los versos no son algo destinado únicamente a los niños; también son la memoria de aquello que se crea en cada alma, también en los adultos. Aparecieron entonces algunas canciones de cuna españolas, especialmente para piano. Pero también incluí algunas que no son españolas». Se refiere a ‘La berceuse d’Aitacho Enia’ firmada por el compositor polaco Karol Szymanowski en Saint-Jean-de-Luz en 1925, que Chamayou interpretó junto a la violinista Moira Cauzzo. Y junto a ella obras de Turina, Mompou, ‘Ciudad sin sueño’ de Francisco Coll de la que se ofreció una interpretación cargada de profunda sinceridad. Y la muy interesante recuperación del ‘Canto de cuna para los huérfanos de España’ del injustamente poco explorado Joaquín Nin. Un aspecto singular de la obra de Crumb es que funciona como una arquitectura casi palindrómica, con ecos y simetrías entre el principio y el final, dando la sensación de un círculo que se cierra sobre sí mismo, en torno a las ideas de pérdida, muerte y renacimiento tan propias de la poesía lorquiana. Su colocación al final de programa vino anticipada al principio por ‘Ancient Sounds’ de Álvaro Pérez Sánchez (1999) alumno de Ramón Lazkano -que el año pasado estrenó en el Festival Ravel su ópera ‘La main gauche’- y premio de composición de la Académie Ravel en 2025. Lo refinado del timbre y la esencialidad de los materiales se unen a la inversión escénica del último movimiento de la obra de Crumb, con el oboe sonando fuera y dentro. El ‘Hommage à García Lorca’ ha sido un proyecto complejo: ‘sudamos la gota gorda, ya sabes, tratando de reunir todo lo necesario’, dice Chamayou, pero los intérpretes principales y los solistas de la Académie Ravel dieron una lección de rigor y efervescencia musical.Sigue, mientras, el Festival ofreciendo otras propuestas musicales hasta el 5 de septiembre. Estos días ha tenido lugar el concierto de la Orchestre des Champs-Élysées dirigida por el también violonchelista Nicolas Altstaedt con la soprano Anna-Lena Elbert y la participación solista del guitarrista Enrike Solinís. Bajo el título de ‘Fandango! Boccherini et Haydn à la Cour d’Espagne’ se escucharon obras de estos autores y una leve y glosada referencia guitarrística a Domenico Scarlatti. La tensión y el acaloramiento marcaron el carácter de la sesión que Altstaedt convirtió en una especie de duelo personal del que salió empapado de sudor y exhausto, sin acabar de encontrar la medida entre el deber y el placer. Más centrado y sólido fue el concierto del grupo vocal Les Métaboles que dirige Léo Warynski. En este caso, varias obras de Alessadro y Domenico Scarlatti se vincularon a ‘Da Pacem Domine’ de Arvo Pärt escrita tras los atentados de Madrid en 2004 y a ‘Da Pacem Domine’ del francés Philippe Hersant (1948), compuesta sobre una complaciente armonía. La cohesión vocal y la seguridad del grupo se impuso en un concierto integrado en el proyecto narrativo del festival. Tratando de explicar su razón de ser y sobre la base del inquietante estado general en el que se mantiene la financiación cultural en Francia y España, Bertrand Chamayou lo define como un proyecto de resistencia. En un verano de eclipses, en el que la luz y su ausencia, la coincidencia y la fatalidad articulan su argumentario, coinciden algunas fechas musicales que no deberían olvidarse: los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y los noventa del asesinato de Federico García Lorca . La España cainita mató al segundo y rompió la vida del primero, y en ese momento el país se hundió en una oscuridad lamentable y ruinosa. Las programaciones musicales españolas han estado poco atentas a unas fechas que son mucho más que un simple aniversario, pues ambas explican la esencia de un territorio que ha dado talentos universales. Tocó recordar la muerte de Lorca y muchas noticias durante el día de la efeméride explicaban la trascendencia de su obra en manos de artistas urbanos, de raperos y grafiteros olvidando que la anécdota panderetera es un espejismo frente a la dimensión visionaria de su legado con eco en cientos de libros, tesis, artículos, obras dramáticas y artísticas asombrosas, incluyendo las musicales. Se acerca la conmemoración de Falla, en el mes de noviembre, y, durante la espera, se están escuchando un puñado de partituras evidentes frente a la diversidad de un catálogo, concentrado y esencial, que interpela y deslumbra por su inventiva.Ha sido necesario cruzar el Bidasoa y entrar en Francia para encontrar en la localidad de Saint-Jean-de-Luz un instante de seriedad. El Festival Ravel quiere ser, según ha explicado a ABC su director, Bertrand Chamayou, «una narración musical que toma como figura central a Manuel de Falla, explora la música española y una cierta visión de España a través de la mirada inicial de Maurice Ravel». En ese contexto se ha celebrado un concierto emocionante, capaz de sumergir al oyente en la fascinación dolorosa sobre la que se construye la obra de Lorca. El ‘Hommage à García Lorca’ tenía como culminación las ‘Ancient voices of children’ del americano George Crumb, compositor vinculado a la poesía lorquiana a lo largo de unos veinticinco años, desde comienzos de los años sesenta hasta mediados de los ochenta. Crumb no hablaba español con fluidez, pero quedó fascinado por la sonoridad, las imágenes y el imaginario simbólico de Lorca. La fuerza oscura y telúrica ligada a la muerte y a la intensidad expresiva, se convirtió en sus partituras en silencios, timbres inusuales, técnicas extendidas y una teatralidad protocolaria.Chamayou señala que «García Lorca surgió a partir de una idea que tuve en determinado momento. Todo empezó con George Crumb, que había compuesto varios ciclos sobre sus poemas. Y pensé que sería interesante no hacer únicamente, Falla, Turina, Mompou y Albéniz, ni tampoco limitarse a músicos franceses como Debussy y Ravel, que escribieron música española. Fue entonces cuando hablé con Barbara Hannigan. Ella dijo que quería cantar ‘Ancient Voices of Children». Al punto de partida se une la estrecha relación entre Chamayou y la soprano y también directora de orquesta canadiense. Ambos llevan varios años formando dúo con actuaciones por todo el mundo y grabaciones de referencia como ‘Infinite Voyage’ junto al Emerson String Quartet y el disco publicado en 2024 con música de Olivier Messiaen en que se incluyen los ‘Chants de terre et de ciel’ y ‘Poèmes pour Mi’, y donde colaboran el tenor Charles Sy y la violinista Vilde Frang.’Ancient Voices of children’ es lo que Chamayou ha llamado el ‘plato principal del concierto’. La obra pone música a fragmentos de varios poemas de Lorca, entre ellos ‘El niño mudo’, ‘Gacela del amor imprevisto’ y otros textos breves, organizados en cinco movimientos vocales con dos interludios instrumentales que funcionan como bisagras. A la soprano se une una voz infantil -cantada en el Festival Ravel por la soprano Arson Marin-, oboe, mandolina, arpa, piano amplificado con piano de juguete, y tres percusionistas que además de tocar deben cantar, hablar o susurrar en determinados momentos. Todos estuvieron dirigidos con detalle por Alphonse Cemin. Pero es la soprano quien convierte su parte en una hazaña fantástica, que Hannigan traduce milimétricamente con una afinación muy precisa, un timbre claro y un dominio excepcional de técnicas vocales extendidas que incluyen susurros, glissandos, cuasi-habla, efectos tímbricos poco convencionales que provoca desde el interior de la caja del piano para que las cuerdas resuenen por simpatía y el sonido vocal se transforme en algo casi electrónico.La intervención requiere una coordinación muy particular entre cantante y pianista, asegurada en este caso por relación Chamayou-Hannigan. En pocas ocasiones, una interpretación apunta directamente a la conciencia de la obra; son escasas aquellas en las que un grupo de intérpretes suena con tanta minuciosidad y exactitud a partir de un montaje escénico previsto por Crumb con el fin de determinar la posición espacial de las fuentes. Los detalles son infinitos y van desde las intervenciones del pianista en el interior del instrumento hasta la traducción de las anotaciones gráficas de la partitura en un ritual que, en la iglesia de Saint-Vincent de Ciboure , alcanzó una dimensión irreal. «Y entonces surgió la pregunta: ¿qué podríamos hacer alrededor de eso? -reflexiona Chamayou durante la conversación en el Centre Culturel Peyuco Duhart–Tanka de Saint-Jean-de-Luz, lugar donde se imparten las clases de la Académie Ravel-. Consulté los textos de García Lorca y descubrí la conferencia en la que habla de las nanas infantiles donde los versos no son algo destinado únicamente a los niños; también son la memoria de aquello que se crea en cada alma, también en los adultos. Aparecieron entonces algunas canciones de cuna españolas, especialmente para piano. Pero también incluí algunas que no son españolas». Se refiere a ‘La berceuse d’Aitacho Enia’ firmada por el compositor polaco Karol Szymanowski en Saint-Jean-de-Luz en 1925, que Chamayou interpretó junto a la violinista Moira Cauzzo. Y junto a ella obras de Turina, Mompou, ‘Ciudad sin sueño’ de Francisco Coll de la que se ofreció una interpretación cargada de profunda sinceridad. Y la muy interesante recuperación del ‘Canto de cuna para los huérfanos de España’ del injustamente poco explorado Joaquín Nin. Un aspecto singular de la obra de Crumb es que funciona como una arquitectura casi palindrómica, con ecos y simetrías entre el principio y el final, dando la sensación de un círculo que se cierra sobre sí mismo, en torno a las ideas de pérdida, muerte y renacimiento tan propias de la poesía lorquiana. Su colocación al final de programa vino anticipada al principio por ‘Ancient Sounds’ de Álvaro Pérez Sánchez (1999) alumno de Ramón Lazkano -que el año pasado estrenó en el Festival Ravel su ópera ‘La main gauche’- y premio de composición de la Académie Ravel en 2025. Lo refinado del timbre y la esencialidad de los materiales se unen a la inversión escénica del último movimiento de la obra de Crumb, con el oboe sonando fuera y dentro. El ‘Hommage à García Lorca’ ha sido un proyecto complejo: ‘sudamos la gota gorda, ya sabes, tratando de reunir todo lo necesario’, dice Chamayou, pero los intérpretes principales y los solistas de la Académie Ravel dieron una lección de rigor y efervescencia musical.Sigue, mientras, el Festival ofreciendo otras propuestas musicales hasta el 5 de septiembre. Estos días ha tenido lugar el concierto de la Orchestre des Champs-Élysées dirigida por el también violonchelista Nicolas Altstaedt con la soprano Anna-Lena Elbert y la participación solista del guitarrista Enrike Solinís. Bajo el título de ‘Fandango! Boccherini et Haydn à la Cour d’Espagne’ se escucharon obras de estos autores y una leve y glosada referencia guitarrística a Domenico Scarlatti. La tensión y el acaloramiento marcaron el carácter de la sesión que Altstaedt convirtió en una especie de duelo personal del que salió empapado de sudor y exhausto, sin acabar de encontrar la medida entre el deber y el placer. Más centrado y sólido fue el concierto del grupo vocal Les Métaboles que dirige Léo Warynski. En este caso, varias obras de Alessadro y Domenico Scarlatti se vincularon a ‘Da Pacem Domine’ de Arvo Pärt escrita tras los atentados de Madrid en 2004 y a ‘Da Pacem Domine’ del francés Philippe Hersant (1948), compuesta sobre una complaciente armonía. La cohesión vocal y la seguridad del grupo se impuso en un concierto integrado en el proyecto narrativo del festival. Tratando de explicar su razón de ser y sobre la base del inquietante estado general en el que se mantiene la financiación cultural en Francia y España, Bertrand Chamayou lo define como un proyecto de resistencia. RSS de noticias de cultura
En un verano de eclipses, en el que la luz y su ausencia, la coincidencia y la fatalidad articulan su argumentario, coinciden algunas fechas musicales que no deberían olvidarse: los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y los noventa del asesinato … de Federico García Lorca. La España cainita mató al segundo y rompió la vida del primero, y en ese momento el país se hundió en una oscuridad lamentable y ruinosa. Las programaciones musicales españolas han estado poco atentas a unas fechas que son mucho más que un simple aniversario, pues ambas explican la esencia de un territorio que ha dado talentos universales.
Tocó recordar la muerte de Lorca y muchas noticias durante el día de la efeméride explicaban la trascendencia de su obra en manos de artistas urbanos, de raperos y grafiteros olvidando que la anécdota panderetera es un espejismo frente a la dimensión visionaria de su legado con eco en cientos de libros, tesis, artículos, obras dramáticas y artísticas asombrosas, incluyendo las musicales. Se acerca la conmemoración de Falla, en el mes de noviembre, y, durante la espera, se están escuchando un puñado de partituras evidentes frente a la diversidad de un catálogo, concentrado y esencial, que interpela y deslumbra por su inventiva.
Ha sido necesario cruzar el Bidasoa y entrar en Francia para encontrar en la localidad de Saint-Jean-de-Luz un instante de seriedad. El Festival Ravel quiere ser, según ha explicado a ABC su director, Bertrand Chamayou, «una narración musical que toma como figura central a Manuel de Falla, explora la música española y una cierta visión de España a través de la mirada inicial de Maurice Ravel». En ese contexto se ha celebrado un concierto emocionante, capaz de sumergir al oyente en la fascinación dolorosa sobre la que se construye la obra de Lorca. El ‘Hommage à García Lorca’ tenía como culminación las ‘Ancient voices of children’ del americano George Crumb, compositor vinculado a la poesía lorquiana a lo largo de unos veinticinco años, desde comienzos de los años sesenta hasta mediados de los ochenta. Crumb no hablaba español con fluidez, pero quedó fascinado por la sonoridad, las imágenes y el imaginario simbólico de Lorca. La fuerza oscura y telúrica ligada a la muerte y a la intensidad expresiva, se convirtió en sus partituras en silencios, timbres inusuales, técnicas extendidas y una teatralidad protocolaria.
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Alberto González Lapuente
Chamayou señala que «García Lorca surgió a partir de una idea que tuve en determinado momento. Todo empezó con George Crumb, que había compuesto varios ciclos sobre sus poemas. Y pensé que sería interesante no hacer únicamente, Falla, Turina, Mompou y Albéniz, ni tampoco limitarse a músicos franceses como Debussy y Ravel, que escribieron música española. Fue entonces cuando hablé con Barbara Hannigan. Ella dijo que quería cantar ‘Ancient Voices of Children». Al punto de partida se une la estrecha relación entre Chamayou y la soprano y también directora de orquesta canadiense. Ambos llevan varios años formando dúo con actuaciones por todo el mundo y grabaciones de referencia como ‘Infinite Voyage’ junto al Emerson String Quartet y el disco publicado en 2024 con música de Olivier Messiaen en que se incluyen los ‘Chants de terre et de ciel’ y ‘Poèmes pour Mi’, y donde colaboran el tenor Charles Sy y la violinista Vilde Frang.
‘Ancient Voices of children’ es lo que Chamayou ha llamado el ‘plato principal del concierto’. La obra pone música a fragmentos de varios poemas de Lorca, entre ellos ‘El niño mudo’, ‘Gacela del amor imprevisto’ y otros textos breves, organizados en cinco movimientos vocales con dos interludios instrumentales que funcionan como bisagras. A la soprano se une una voz infantil -cantada en el Festival Ravel por la soprano Arson Marin-, oboe, mandolina, arpa, piano amplificado con piano de juguete, y tres percusionistas que además de tocar deben cantar, hablar o susurrar en determinados momentos. Todos estuvieron dirigidos con detalle por Alphonse Cemin. Pero es la soprano quien convierte su parte en una hazaña fantástica, que Hannigan traduce milimétricamente con una afinación muy precisa, un timbre claro y un dominio excepcional de técnicas vocales extendidas que incluyen susurros, glissandos, cuasi-habla, efectos tímbricos poco convencionales que provoca desde el interior de la caja del piano para que las cuerdas resuenen por simpatía y el sonido vocal se transforme en algo casi electrónico.
La intervención requiere una coordinación muy particular entre cantante y pianista, asegurada en este caso por relación Chamayou-Hannigan. En pocas ocasiones, una interpretación apunta directamente a la conciencia de la obra; son escasas aquellas en las que un grupo de intérpretes suena con tanta minuciosidad y exactitud a partir de un montaje escénico previsto por Crumb con el fin de determinar la posición espacial de las fuentes. Los detalles son infinitos y van desde las intervenciones del pianista en el interior del instrumento hasta la traducción de las anotaciones gráficas de la partitura en un ritual que, en la iglesia de Saint-Vincent de Ciboure, alcanzó una dimensión irreal.
«Y entonces surgió la pregunta: ¿qué podríamos hacer alrededor de eso? -reflexiona Chamayou durante la conversación en el Centre Culturel Peyuco Duhart–Tanka de Saint-Jean-de-Luz, lugar donde se imparten las clases de la Académie Ravel-. Consulté los textos de García Lorca y descubrí la conferencia en la que habla de las nanas infantiles donde los versos no son algo destinado únicamente a los niños; también son la memoria de aquello que se crea en cada alma, también en los adultos. Aparecieron entonces algunas canciones de cuna españolas, especialmente para piano. Pero también incluí algunas que no son españolas». Se refiere a ‘La berceuse d’Aitacho Enia’ firmada por el compositor polaco Karol Szymanowski en Saint-Jean-de-Luz en 1925, que Chamayou interpretó junto a la violinista Moira Cauzzo. Y junto a ella obras de Turina, Mompou, ‘Ciudad sin sueño’ de Francisco Coll de la que se ofreció una interpretación cargada de profunda sinceridad. Y la muy interesante recuperación del ‘Canto de cuna para los huérfanos de España’ del injustamente poco explorado Joaquín Nin.
Un aspecto singular de la obra de Crumb es que funciona como una arquitectura casi palindrómica, con ecos y simetrías entre el principio y el final, dando la sensación de un círculo que se cierra sobre sí mismo, en torno a las ideas de pérdida, muerte y renacimiento tan propias de la poesía lorquiana. Su colocación al final de programa vino anticipada al principio por ‘Ancient Sounds’ de Álvaro Pérez Sánchez (1999) alumno de Ramón Lazkano -que el año pasado estrenó en el Festival Ravel su ópera ‘La main gauche’- y premio de composición de la Académie Ravel en 2025. Lo refinado del timbre y la esencialidad de los materiales se unen a la inversión escénica del último movimiento de la obra de Crumb, con el oboe sonando fuera y dentro. El ‘Hommage à García Lorca’ ha sido un proyecto complejo: ‘sudamos la gota gorda, ya sabes, tratando de reunir todo lo necesario’, dice Chamayou, pero los intérpretes principales y los solistas de la Académie Ravel dieron una lección de rigor y efervescencia musical.
Sigue, mientras, el Festival ofreciendo otras propuestas musicales hasta el 5 de septiembre. Estos días ha tenido lugar el concierto de la Orchestre des Champs-Élysées dirigida por el también violonchelista Nicolas Altstaedt con la soprano Anna-Lena Elbert y la participación solista del guitarrista Enrike Solinís. Bajo el título de ‘Fandango! Boccherini et Haydn à la Cour d’Espagne’ se escucharon obras de estos autores y una leve y glosada referencia guitarrística a Domenico Scarlatti. La tensión y el acaloramiento marcaron el carácter de la sesión que Altstaedt convirtió en una especie de duelo personal del que salió empapado de sudor y exhausto, sin acabar de encontrar la medida entre el deber y el placer.
Más centrado y sólido fue el concierto del grupo vocal Les Métaboles que dirige Léo Warynski. En este caso, varias obras de Alessadro y Domenico Scarlatti se vincularon a ‘Da Pacem Domine’ de Arvo Pärt escrita tras los atentados de Madrid en 2004 y a ‘Da Pacem Domine’ del francés Philippe Hersant (1948), compuesta sobre una complaciente armonía. La cohesión vocal y la seguridad del grupo se impuso en un concierto integrado en el proyecto narrativo del festival. Tratando de explicar su razón de ser y sobre la base del inquietante estado general en el que se mantiene la financiación cultural en Francia y España, Bertrand Chamayou lo define como un proyecto de resistencia.

