Hubo un Thyssen que fue noble, bon vivant y gaucho a la vez. Un Thyssen argentino que un día podía estar en Egipto, al día siguiente en Saint-Tropez y al otro en Curuzú Cuatiá, en su enorme campo en la provincia argentina de Corrientes. Un Thyssen que se casó cuatro veces, tuvo seis hijos, se hizo adicto a un opioide y guardaba en su casa una estatua de mármol romano que terminó siendo subastada como la más cara de la historia.
El sobrino nieto de nuestro barón Thyssen vivió tres vidas, se hizo adicto a los opiáceos y tenía en su mansión el mármol romano más caro de la historia. En lo amoroso, tuvo innumerables novias y casi seis relaciones importantes que hizo que a su muerte, los herederos se enfrentaran a una batalla por su inmensa fortuna.
Hubo un Thyssen que fue noble, bon vivant y gaucho a la vez. Un Thyssen argentino que un día podía estar en Egipto, al día siguiente en Saint-Tropez y al otro en Curuzú Cuatiá, en su enorme campo en la provincia argentina de Corrientes. Un Thyssen que se casó cuatro veces, tuvo seis hijos, se hizo adicto a un opioide y guardaba en su casa una estatua de mármol romano que terminó siendo subastada como la más cara de la historia.
Bienvenidos a Federico Zichy Thyssen, nieto de Fritz Thyssen. «¿Quién fue Fritz? Uno de los principales financieros del Tercer Reich», explica a LOC el periodista argentino Federico Fashbender, autor de un reciente libro, La Diosa de Thyssen, en el que tira del ovillo de la increíble vida del Thyssen argentino. «Fritz rompería luego con el nazismo y terminaría siendo condenado en los juicios de desnazificación de la posguerra, donde pierde un 10% de su fortuna. Se va en 1950 para la Argentina junto con su familia, un grupo que incluía a su hija, Anita Thyssen, su yerno, el conde húngaro Gabor Ladislao Zichy, y al hijo pequeño de ambos, Federico Augusto Zichy Thyssen. Para que se den una idea, Fritz Thyssen publicó un recordado libro, I paid Hitler (Yo financié a Hitler), en el que habla bastante de Argentina».
Fashbender habla con fascinación de Thyssen, que nació conde por su padre y Thyssen por su madre. Hay otro Thyssen vivo en Argentina, su hermano Claudio, un industrial en la provincia de San Luis alérgico al glamour y la fama. Los Thyssen trabaron lazos con el poder peronista y progresaron en Argentina, donde se habían convertido en una marca ya antes de la llegada de Fritz.
«Fritz muere en Argentina en 1951 y Federico se queda en el país. Se convierte en un chico flacucho, alto, víctima de bullying en colegios exclusivos de la rica zona norte del extrarradio de Buenos Aires. Era más flaco y rico que cualquiera de sus compañeros. Tenía dos herencias: el dinero de los Thyssen y el título nobiliario del lado Zichy. Eso le daba todo, el grandísimo sello del capitalismo alemán en su apellido y la pimienta y el carácter nobiliario que venía de su padre húngaro. Esa combinación lo hacía un personaje fascinante y complejo a la vez. A eso se sumaban los traumas de su infancia, su dificilísima relación con su madre y el hecho de que su vida estuvo moldeada tanto por la fortuna como por la nobleza».
En ese contexto, no sorprende que la vida sentimental de Zichy Thyssen fuera caótica.«Tuvo al menos seis relaciones importantes, además de numerosas novias. Su primera mujer, la brasileña Alyde Mutzenbecher con la que tuvo sus tres primeros hijos. Luego estuvo casado con Norma Sebré, y su última mujer fue Rachel Román Núñez, dominicana y una de las protagonistas de mi libro. No estuvo nunca solo».
Zichy Thyssen tenía a esas alturas una estampa imponente. «Tenía la impronta de un conde, exigía que a sus mujeres las tratasen como condesas, pero él era netamente un criollo y un hombre de mundo. Porque un día estaba en El Cairo negociando caballos, y el otro día estaba en Saint-Tropez, y el otro día estaba en Curuzú-Cuatiá. Tenía la rigidez de un alemán, el nivel del uso de la autoridad de un alemán. Era un hombre netamente europeo, pero también podías encontrarte con un Federico distinto en cada situación. Podía ser un hombre mandón, chinchudo [irritable], insufrible. También podía ser una de las personas más graciosas que conocías en tu vida. Enormemente inteligente, narcisista y amado por los mozos [camareros] de La Bourgogne, el restaurante del Alvear Palace Hotel. Podría dejar un 20 por ciento de propina en una cena de 2.000 dólares». Los mozos lo veían llegar y se ponían felices.
Federico Zichy Thyssen era generoso, también a la hora de compartir su vida. En los años 70 se casó en Paraguay con la diplomática María Stella Fratta Silvero, con quien tuvo un hijo y de quien se divorció en 1984. En 1987 volvió a casarse, esta vez con la argentina María Inés Sellares, con quien también tuvo un hijo antes de separarse en 1989. Finalmente, en 2002 contrajo matrimonio con Laura Arce; la relación se extendió durante ocho años».
Pero hubo un momento en su vida que fue un antes y un después. «En 2002 sufrió un grave accidente automovilístico en la Costa Azul, camino a Montecarlo. Se fracturó ambas piernas y debió ser operado con placas y clavos. Ese episodio marcó un punto de inflexión en una vida que ya venía atravesada por la intensidad y el impulso. Federico ya tenía una adicción a medicamentos inyectables y, tras el accidente, el consumo se intensificó. Se aplicaba Demerol -meperidina-, un opioide potente. Según los médicos que lo trataron, llegó a inyectarse al menos 10 veces al día».
Fashbender, que se leyó a fondo el interminable expediente judicial del caso de Zichy Thyssen, explica por qué el millonario cayó en la adicción a los opioides. «Aparentemente, según un testimonio de la causa, un médico al que llevó una ex novia, un médico argentino, le dijo que cambiara los psicofármacos por los opioides. Federico ya tenía un hábito de más de 10 inyecciones de opioides por día, pero hay reportes que hablan de 20. Termina muy mal, internado a la fuerza por sus hijos y diciéndole groserías a las enfermeras en un psiquiátrico. Era un paciente sumamente difícil. Tiempo antes había matado a su propio perro, en una escena de una violencia tremenda».
El testamento de Zichy Thyssen, que beneficiaba a su viuda, Raquel Román Núñez, fue impugnado por los seis hijos. Federico había muerto a los 75 años «de muerte natural con una buena cantidad de demerol en sangre, el mismo opioide al que fueron adictos Prince y Elvis Presley».
«La fortuna que dejaba era inmensa: aunque ya había vendido su participación en Thyssenkrupp, se estima que entre 500 y 600 millones de dólares y una enorme cantidad de propiedades en campo, cabezas ganaderas, desarrollos inmobiliarios… Federico era un potentado, pero ocurre algo. Entre 2003 y 2010 firma una serie de acuerdos marco con sus hijos, en donde básicamente les entrega gran parte de sus bienes. Y cuando Federico firma su testamento en el año 2012, ya estaba casado con Raquel Román Núñez, la hija de una mujer dominicana que decía ser decoradora de interiores, aunque era básicamente una ama de casa casada con un carpintero. Federico estaba muy acostumbrado a salir con mujeres de la alta sociedad argentina, pero Raquel era otra historia. En ese testamento, Federico escribe que no les dejará nada a los hijos, porque ya les dio todo. Deja una pequeña cantidad de dinero para crear una fundación y un dinero para su viuda, a la que deja la mansión de la avenida Coronel Díaz, en una de las zonas más nobles de Buenos Aires. Y en esa mansión está la estatua que da sentido a mi libro».
Los bufetes de abogados más importantes de Buenos Aires formaron parte de la batalla legal en una familia siempre cercana a la extravagancia o el escándalo: el funeral de Federico fue interrumpido por la Policía Federal ante una denuncia por muerte sospechosa.
Los hijos de Thyssen llevan vidas muy discretas y en varios casos no tienen presencia en redes sociales. Uno de ellos, Federico Junior, es tesorero de uno de los grandes clubes del fútbol paraguayo, Olimpia.
¿Qué sucedió con la estatua? «La historia comienza con una subasta en Londres, en noviembre de 2021, en plena pandemia. Una Venus de mármol de la antigua Roma se vende en Sotheby’s por 24 millones y medio de dólares. Sotheby ‘s la ofreció con un precio base de dos millones de libras esterlinas -unos 2,7 millones de dólares al cambio de ese momento-, una cifra habitual para una escultura romana de ese tipo. Sin embargo, al final del día la Venus se vendió por 24,5 millones de dólares, el mármol romano más caro de la historia. Y me llamó la atención la procedencia: la lista comenzaba con un largo linaje de lords escoceses, mencionaba incluso al magnate estadounidense William Randolph Hearst, y luego se detenía. Al final decía ‘colección privada por herencia’. Consulté a la casa de subastas, pero tanto sus representantes en Londres como en Buenos Aires evitaron dar precisiones. La pregunta quedaba abierta: ¿quién había sido el último dueño de la estatua romana de mármol más cara de la historia? Y ahí aparece el rumor de que había pertenecido a Federico Augusto Zichy Thyssen».
Era así, pero no fue sencillo confirmarlo. «Me llevó años comprobarlo. El rastro de papeles en la Justicia fue el camino y los documentos de aduana demostraban que esa era la estatua que había estado en su casa de la avenida Coronel Díaz. No había dudas. Era la misma pieza que había formado parte de su patrimonio y que, tras el acuerdo judicial entre sus herederos y su última esposa, salió del país y terminó en Londres. Una estatua romana de mármol, de casi 1,80 metros, que databa del siglo I después de Cristo, bellísima. Después de la subasta fue adquirida por un holding de Hong Kong y hoy está exhibida en el Metropolitan Museum de Nueva York, en la galería de mármoles griegos y romanos. Es una pieza extraordinaria que estuvo durante años en la casa de un millonario argentino».
Un millonario que creía en algo más que el dinero. En 1990 les escribió esto a sus hijos: «No aspiren sólo a ser ricos y sólo trabajar para ser ricos. Esfuércense, en vez de eso, para encontrar la felicidad para amar y ser amado, y más importante todavía, para adquirir paz de espíritu y serenidad».
Federico Augusto Zichy Thyssen tenía proyectado vivir sus años finales en España, pero ese plan fracasó. Y tampoco se hubiera encontrado con el calor familiar, precisamente.
«Heinrich Thyssen-Bornemisza es hijo de uno de los hermanos de Fritz Thyssen, su tío paterno es Federico», explica Fashbender. «Pero la relación entre ellos era mala, prácticamente inexistente, lo mismo con Carmen Thyssen».
En sus últimos años de vida, Federico invirtió parte de su capital en España, donde adquirió una finca en Sevilla, la Hacienda Vadillo, perteneciente a la familia de Miguel Báez el «Litri», por 7,5 millones de euros. Zichy Thyssen compró otra finca aledaña por 3,5 millones de euros. Todas sus adquisiciones tenían la mira puesta en la cría de caballos, especialidad en la que era una estrella; se lo consideraba uno de los criadores de caballos árabes más importantes del mundo.
La Hacienda Vadillo era dónde Zichy Thyssen «fantaseaba con morir de viejo junto a Rachel, con sus caballos, en paz, con el polvo en el aire agitado por los cascos», escribió Fashbender en el libro. «Ese sueño andaluz era inusual para él, que tantas veces había andado de una esposa a otra, de un destino de lujo a otro, en ese deseo maníaco de errar por el mundo. La casa también guardaba otros objetos de valor, muebles y algunas obras de arte».
Aquel sueño andaluz de Zichy Thyssen no pudo ser. Y el alemán, tampoco.»Heinrich está enterrado en el castillo de los Thyssen en Alemania, en la cripta de los Thyssen. Federico nunca regresó a la cripta familiar, aunque podría haber regresado en su momento. Su hija Marlene dijo una y otra vez en la justicia que Federico tenía la intención y el deseo de ser trasladado a la cripta familiar en Alemania. Cosa que, más allá de esa declaración, no está en su testamento. Hoy, Federico descansa en el Jardín de Paz, un cementerio parque al norte de Buenos Aires».
LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón



