Nada en el exterior de la iglesia de Santo Domingo de Granada ni en su aledaña calle del Cobertizo invita a sospechar el tesoro que se esconde tras las ventanas de su túnel abovedado. «Es la Alhambra de los cristales de Granada», asegura Rodrigo Ruiz-Jiménez, que sabe bien de lo que habla, pues dirige el patronato de la Alhambra y el Generalife. Esta soleada mañana no hay ni un alma en este pasadizo del céntrico barrio del Realejo. Tras una sencilla puerta de madera, José Antonio Palma invita a ABC a pasar a un modesto patio. «Cuidado con los escalones», advierte ante un peldaño de altura desigual de la amplia escalera y cruza diligente la sala capitular donde se reúnen periódicamente los miembros de la muy antigua archicofradía de Nuestra Señora del Rosario Coronada , fundada en 1492. El historiador del arte granadino, cofrade de la misma, ni siquiera se detiene ante la vitrina con la mula (un calzado papal) de San Pío V. Sus pasos se dirigen impacientes hasta una abertura lateral donde se vuelve para comprobar el sorprendido rostro de esta periodista. «¿A que es una maravilla?», comenta satisfecho dando paso al lujoso camarín de la Virgen del Rosario .«Es un pequeño palacio de Versalles que se construyó precisamente en el momento en que llegaron los Borbones a España y, de hecho, tiene la misma estructura que su núcleo central», explica Palma mientras accede al transparente, su fastuoso recibidor de ricos mármoles por cuya cúpula acristalada entraba la luz del sol. Una pequeña pintura de un palacio entre jardines que evoca la residencia de los reyes franceses es, para el historiador, «toda una declaración de intenciones» sobre el lugar que inspiró esta «obra de vanguardia del siglo XVIII que combina la tradición hispanomusulmana con el barroco». Aunque «aquí los habitantes son ángeles porque es un palacio celestial », remarca. Del antecamarín de la izquierda sale a nuestro encuentro Pablo Longoria, director de World Monument Fund (WMF) en España. «Esto es una joya y es una pena que sea tan poco conocida », comenta antes de mostrar la gran pintura mural de la batalla de Lepanto de Domingo Chavarito (1676-1751), que ha recobrado su aspecto original gracias a los 20.000 euros aportados por WMF y la colaboración de la empresa Tracer Restauración y Conservación. Del fondo negro de suciedad y barnices oxidados que cubría buena parte de esta obra de 1733 han resurgido barcos, banderas y escenas que rememoran el combate librado el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Patras entre la Liga Santa y la flota del Imperio Otomano, que habían permanecido ocultas durante siglos. «Ahora se puede identificar perfectamente a Juan de Austria en primer plano y, a su lado, a Lope de Figueroa, que es quien funda el tercio de Granada y que lo acompañó durante la guerra de las Alpujarras», relata Palma, que se vuelve para mostrar en un lateral de la sala «la única representación» que existe de esta contienda que finalizó en 1571, pocos meses antes de Lepanto.En busca de Álvaro de Bazán y CervantesLa restauración ha sacado a la luz «un montón de escenas secundarias minúsculas y de personajes antes imperceptibles » de la batalla naval que este historiador del arte quiere estudiar ahora con detenimiento. «Alguno puede ser Álvaro de Bazán», sostiene elevando la mirada hacia la retaguardia de la Santa Liga, que formaron España, Venecia y los Estados Pontificios con Génova, Saboya y la Orden de Malta, en busca de La Loba que capitaneaba el militar español. «Y tenemos que encontrar también a Cervantes, que posiblemente fue representado», añade antes de recordar que el autor del Quijote sirvió a las órdenes de Álvaro de Bazán en La Marquesa.Antes Después La Batalla de Lepanto de Chavarito en el camarín de Nuestra Señora del Rosario ABCTras la limpieza de la pintura, dañada por una humedad en su franja inferior durante años, ahora se distingue mejor el horizonte entre el plano terrenal de la batalla, con detalles insólitos como la chusma que redimía penas en las galeras o los caídos al mar, y el ámbito celestial, con la Virgen del Rosario que, según la tradición, protegió a los cristianos embarcada en La Loba de Álvaro de Bazán.Se cuenta que una noche de 1571 en que la galera capitana de don Álvaro se encontraba en la bahía de Algeciras, a punto de partir hacia Lepanto, el marqués de Santa Cruz tomó a treinta hombres y partió a caballo hacia Granada. Se dirigió al convento de Santo Domingo, donde logró convencer al prior para que le prestara la imagen. «Los rezos los oirá la Virgen en donde quiera que esté, más los saldados gustan de ver entre ellos a quien los manda », le dijo. Y le convenció asegurándole que, si el Papa Pío V les había mandado pedir a Nuestra Señora del Rosario por la victoria contra el Turco, «será gustoso en saber que Ella está entre nosotros». Así, desde la escuadra que mandaba Álvaro de Bazán, al pie de la cruz que formaban los barcos de la Liga Santa, la Virgen «triunfó sobre la media luna que formaban las galeras de Alí-Bajá», relató Luis de Córdoba en el siglo XVIII. Y tras la victoria cristiana, la imagen regresó a su convento «con el mismo y grande secreto».Un fastuoso monumento a LepantoLa devoción a la Virgen del Rosario llevó a la construcción, dos siglos después, del fastuoso camarín (« el monumento más importante que se ha erigido en memoria de la Batalla de Lepanto en Occidente », asegura Palma) desde el que se asoma a la iglesia de Santo Domingo. Si la vista desde la nave central del templo resulta impactante, rodeada por un sinfín de ángeles esculpidos, aún es más sobrecogedora en la intimidad de su palacio de cristales. El arquitecto Carlos Sánchez ya lo había advertido a esta periodista antes de entrar: «Te quedarás patidifusa porque son bolas de mercurio que irradian haces de luz y en todas las aristas de la bóveda hay espejos para reflejar destellos y que parezca que uno está flotando en el aire». «Es una joya y es una pena que sea tan poco conocida» Pablo Longoria Director de World Monuments Fund EspañaDesde el otro antecamarín, dedicado a la Inmaculada y con fisuras y grietas que se han abierto más con los últimos terremotos, José Antonio Palma abre las puertas del « gran secreto de Granada, la gran joya oculta de la ciudad», que visitó en una ocasión Isabel II con un joven Alfonso XII y probablemente antes Felipe V, con Pedro Pascasio de Baños, el ideólogo del camarín. «Estamos esperando a ver si este año, con el aniversario de Álvaro de Bazán, viene Felipe VI», comenta el cofrade.Detalle de la cúpula del camarín Pablo Fernández HurtadoEl paso del tiempo ha opacado en parte los reflejos, pero originariamente, con los incontables espejos de mercurio y estaño relucientes, el efecto sobre esta cúpula con forma de estrella de cristales debía ser imponente. Según el investigador, autor de un libro monográfico sobre ‘El camarín y retablo de Nuestra Señora del Rosario de Granada’ (Junta de Andalucía, 2024), «lo que se buscaba era disolver el espacio, que todo quedara inundado por la luz, crear un efecto cegador ».La Virgen reina en este «camarín feminista», rodeada en su zócalo por mártires y mujeres del Antiguo Testamento, como si siguiera navegando en los barcos que decoran el suelo de mármol elevada sobre un pedestal de ángeles. Solo faltan unos días para que, el próximo 7 de octubre, la imagen abandone por unas horas su joyero de cristal para salir en procesión por las calles de Granada, ataviada para la ocasión con su armadura de plata, piedras preciosas y esmaltes, que la convierte en un icono extraordinario. «Es el único traje de corte del siglo XVI que se ha conservado por ser de metal», resalta Palma. Detalles de la pintura de la batalla de Lepanto durante la restauración. Arriba, un detalle de Juan de Austria. Izda, limpieza de un área de la pintura. Dcha, personajes de una escena TracerEste año en que se conmemora el V Centenario del nacimiento en Granada de Álvaro de Bazán , se espera la presencia de importantes autoridades de las Fuerzas Armadas en la inauguración de un monumento al marqués de Santa Cruz en la plaza de San Agustín y en la procesión de Nuestra Señora del Rosario. La Virgen se ceñirá el fajín de capitana y protectora de la Armada y la campana de la Vela de la Alhambra repicará por el privilegio que concedió Felipe II a la archicofradía en memoria de la victoria en Lepanto. Para entonces, la restauradora Ana Herranz habrá rematado el barnizado final de la pintura de 2,23 metros de ancho y 3,27 de alto que conmemora la batalla. Tras una cuidadosa limpieza de antiguos repintes y barnices oxidados, repleta de pequeñas sorpresas («he estado muy entretenida y me ha resultado muy interesante descubrir de repente un barco con unas llamas, banderas que antes no se veían o unos hombrecillos a punto de ahogarse en el mar…»), llevó a cabo un estucado de las múltiples lagunas que tenía la obra y una reintegración cromática de esas pérdidas de pintura con pigmentos reversibles y una técnica discernible. «Ahora es importante que se actualice la iluminación para que se aprecien mejor los detalles», comenta a ABC en ese singular antecamarín de Lepanto en el que un ejército de ángeles combate al paso del tiempo con arcabuces y rosarios. Nada en el exterior de la iglesia de Santo Domingo de Granada ni en su aledaña calle del Cobertizo invita a sospechar el tesoro que se esconde tras las ventanas de su túnel abovedado. «Es la Alhambra de los cristales de Granada», asegura Rodrigo Ruiz-Jiménez, que sabe bien de lo que habla, pues dirige el patronato de la Alhambra y el Generalife. Esta soleada mañana no hay ni un alma en este pasadizo del céntrico barrio del Realejo. Tras una sencilla puerta de madera, José Antonio Palma invita a ABC a pasar a un modesto patio. «Cuidado con los escalones», advierte ante un peldaño de altura desigual de la amplia escalera y cruza diligente la sala capitular donde se reúnen periódicamente los miembros de la muy antigua archicofradía de Nuestra Señora del Rosario Coronada , fundada en 1492. El historiador del arte granadino, cofrade de la misma, ni siquiera se detiene ante la vitrina con la mula (un calzado papal) de San Pío V. Sus pasos se dirigen impacientes hasta una abertura lateral donde se vuelve para comprobar el sorprendido rostro de esta periodista. «¿A que es una maravilla?», comenta satisfecho dando paso al lujoso camarín de la Virgen del Rosario .«Es un pequeño palacio de Versalles que se construyó precisamente en el momento en que llegaron los Borbones a España y, de hecho, tiene la misma estructura que su núcleo central», explica Palma mientras accede al transparente, su fastuoso recibidor de ricos mármoles por cuya cúpula acristalada entraba la luz del sol. Una pequeña pintura de un palacio entre jardines que evoca la residencia de los reyes franceses es, para el historiador, «toda una declaración de intenciones» sobre el lugar que inspiró esta «obra de vanguardia del siglo XVIII que combina la tradición hispanomusulmana con el barroco». Aunque «aquí los habitantes son ángeles porque es un palacio celestial », remarca. Del antecamarín de la izquierda sale a nuestro encuentro Pablo Longoria, director de World Monument Fund (WMF) en España. «Esto es una joya y es una pena que sea tan poco conocida », comenta antes de mostrar la gran pintura mural de la batalla de Lepanto de Domingo Chavarito (1676-1751), que ha recobrado su aspecto original gracias a los 20.000 euros aportados por WMF y la colaboración de la empresa Tracer Restauración y Conservación. Del fondo negro de suciedad y barnices oxidados que cubría buena parte de esta obra de 1733 han resurgido barcos, banderas y escenas que rememoran el combate librado el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Patras entre la Liga Santa y la flota del Imperio Otomano, que habían permanecido ocultas durante siglos. «Ahora se puede identificar perfectamente a Juan de Austria en primer plano y, a su lado, a Lope de Figueroa, que es quien funda el tercio de Granada y que lo acompañó durante la guerra de las Alpujarras», relata Palma, que se vuelve para mostrar en un lateral de la sala «la única representación» que existe de esta contienda que finalizó en 1571, pocos meses antes de Lepanto.En busca de Álvaro de Bazán y CervantesLa restauración ha sacado a la luz «un montón de escenas secundarias minúsculas y de personajes antes imperceptibles » de la batalla naval que este historiador del arte quiere estudiar ahora con detenimiento. «Alguno puede ser Álvaro de Bazán», sostiene elevando la mirada hacia la retaguardia de la Santa Liga, que formaron España, Venecia y los Estados Pontificios con Génova, Saboya y la Orden de Malta, en busca de La Loba que capitaneaba el militar español. «Y tenemos que encontrar también a Cervantes, que posiblemente fue representado», añade antes de recordar que el autor del Quijote sirvió a las órdenes de Álvaro de Bazán en La Marquesa.Antes Después La Batalla de Lepanto de Chavarito en el camarín de Nuestra Señora del Rosario ABCTras la limpieza de la pintura, dañada por una humedad en su franja inferior durante años, ahora se distingue mejor el horizonte entre el plano terrenal de la batalla, con detalles insólitos como la chusma que redimía penas en las galeras o los caídos al mar, y el ámbito celestial, con la Virgen del Rosario que, según la tradición, protegió a los cristianos embarcada en La Loba de Álvaro de Bazán.Se cuenta que una noche de 1571 en que la galera capitana de don Álvaro se encontraba en la bahía de Algeciras, a punto de partir hacia Lepanto, el marqués de Santa Cruz tomó a treinta hombres y partió a caballo hacia Granada. Se dirigió al convento de Santo Domingo, donde logró convencer al prior para que le prestara la imagen. «Los rezos los oirá la Virgen en donde quiera que esté, más los saldados gustan de ver entre ellos a quien los manda », le dijo. Y le convenció asegurándole que, si el Papa Pío V les había mandado pedir a Nuestra Señora del Rosario por la victoria contra el Turco, «será gustoso en saber que Ella está entre nosotros». Así, desde la escuadra que mandaba Álvaro de Bazán, al pie de la cruz que formaban los barcos de la Liga Santa, la Virgen «triunfó sobre la media luna que formaban las galeras de Alí-Bajá», relató Luis de Córdoba en el siglo XVIII. Y tras la victoria cristiana, la imagen regresó a su convento «con el mismo y grande secreto».Un fastuoso monumento a LepantoLa devoción a la Virgen del Rosario llevó a la construcción, dos siglos después, del fastuoso camarín (« el monumento más importante que se ha erigido en memoria de la Batalla de Lepanto en Occidente », asegura Palma) desde el que se asoma a la iglesia de Santo Domingo. Si la vista desde la nave central del templo resulta impactante, rodeada por un sinfín de ángeles esculpidos, aún es más sobrecogedora en la intimidad de su palacio de cristales. El arquitecto Carlos Sánchez ya lo había advertido a esta periodista antes de entrar: «Te quedarás patidifusa porque son bolas de mercurio que irradian haces de luz y en todas las aristas de la bóveda hay espejos para reflejar destellos y que parezca que uno está flotando en el aire». «Es una joya y es una pena que sea tan poco conocida» Pablo Longoria Director de World Monuments Fund EspañaDesde el otro antecamarín, dedicado a la Inmaculada y con fisuras y grietas que se han abierto más con los últimos terremotos, José Antonio Palma abre las puertas del « gran secreto de Granada, la gran joya oculta de la ciudad», que visitó en una ocasión Isabel II con un joven Alfonso XII y probablemente antes Felipe V, con Pedro Pascasio de Baños, el ideólogo del camarín. «Estamos esperando a ver si este año, con el aniversario de Álvaro de Bazán, viene Felipe VI», comenta el cofrade.Detalle de la cúpula del camarín Pablo Fernández HurtadoEl paso del tiempo ha opacado en parte los reflejos, pero originariamente, con los incontables espejos de mercurio y estaño relucientes, el efecto sobre esta cúpula con forma de estrella de cristales debía ser imponente. Según el investigador, autor de un libro monográfico sobre ‘El camarín y retablo de Nuestra Señora del Rosario de Granada’ (Junta de Andalucía, 2024), «lo que se buscaba era disolver el espacio, que todo quedara inundado por la luz, crear un efecto cegador ».La Virgen reina en este «camarín feminista», rodeada en su zócalo por mártires y mujeres del Antiguo Testamento, como si siguiera navegando en los barcos que decoran el suelo de mármol elevada sobre un pedestal de ángeles. Solo faltan unos días para que, el próximo 7 de octubre, la imagen abandone por unas horas su joyero de cristal para salir en procesión por las calles de Granada, ataviada para la ocasión con su armadura de plata, piedras preciosas y esmaltes, que la convierte en un icono extraordinario. «Es el único traje de corte del siglo XVI que se ha conservado por ser de metal», resalta Palma. Detalles de la pintura de la batalla de Lepanto durante la restauración. Arriba, un detalle de Juan de Austria. Izda, limpieza de un área de la pintura. Dcha, personajes de una escena TracerEste año en que se conmemora el V Centenario del nacimiento en Granada de Álvaro de Bazán , se espera la presencia de importantes autoridades de las Fuerzas Armadas en la inauguración de un monumento al marqués de Santa Cruz en la plaza de San Agustín y en la procesión de Nuestra Señora del Rosario. La Virgen se ceñirá el fajín de capitana y protectora de la Armada y la campana de la Vela de la Alhambra repicará por el privilegio que concedió Felipe II a la archicofradía en memoria de la victoria en Lepanto. Para entonces, la restauradora Ana Herranz habrá rematado el barnizado final de la pintura de 2,23 metros de ancho y 3,27 de alto que conmemora la batalla. Tras una cuidadosa limpieza de antiguos repintes y barnices oxidados, repleta de pequeñas sorpresas («he estado muy entretenida y me ha resultado muy interesante descubrir de repente un barco con unas llamas, banderas que antes no se veían o unos hombrecillos a punto de ahogarse en el mar…»), llevó a cabo un estucado de las múltiples lagunas que tenía la obra y una reintegración cromática de esas pérdidas de pintura con pigmentos reversibles y una técnica discernible. «Ahora es importante que se actualice la iluminación para que se aprecien mejor los detalles», comenta a ABC en ese singular antecamarín de Lepanto en el que un ejército de ángeles combate al paso del tiempo con arcabuces y rosarios. RSS de noticias de cultura
Nada en el exterior de la iglesia de Santo Domingo de Granada ni en su aledaña calle del Cobertizo invita a sospechar el tesoro que se esconde tras las ventanas de su túnel abovedado. «Es la Alhambra de los cristales de Granada», asegura … Rodrigo Ruiz-Jiménez, que sabe bien de lo que habla, pues dirige el patronato de la Alhambra y el Generalife. Esta soleada mañana no hay ni un alma en este pasadizo del céntrico barrio del Realejo. Tras una sencilla puerta de madera, José Antonio Palma invita a ABC a pasar a un modesto patio. «Cuidado con los escalones», advierte ante un peldaño de altura desigual de la amplia escalera y cruza diligente la sala capitular donde se reúnen periódicamente los miembros de la muy antigua archicofradía de Nuestra Señora del Rosario Coronada, fundada en 1492. El historiador del arte granadino, cofrade de la misma, ni siquiera se detiene ante la vitrina con la mula de San Pío V. Sus pasos se dirigen impacientes hasta una abertura lateral donde se vuelve para comprobar el sorprendido rostro de esta periodista. «¿A que es una maravilla?», comenta satisfecho dando paso al lujoso camarín de la Virgen del Rosario.
«Es un pequeño palacio de Versalles que se construyó precisamente en el momento en que llegaron los Borbones a España y, de hecho, tiene la misma estructura que su núcleo central», explica Palma mientras accede al transparente, su fastuoso recibidor de ricos mármoles por cuya cúpula acristalada entraba la luz del sol. Una pequeña pintura de un palacio entre jardines que evoca la residencia de los reyes franceses es, para el historiador, «toda una declaración de intenciones» sobre el lugar que inspiró esta «obra de vanguardia del siglo XVIII que combina la tradición hispanomusulmana con el barroco». Aunque «aquí los habitantes son ángeles porque es un palacio celestial», remarca.
Del antecamarín de la izquierda sale a nuestro encuentro Pablo Longoria, director de World Monument Fund (WMF) en España. «Esto es una joya y es una pena que sea tan poco conocida», comenta antes de mostrar la gran pintura mural de la batalla de Lepanto de Domingo Chavarito (1676-1751), que ha recobrado su aspecto original gracias a los 20.000 euros aportados por WMF y la colaboración de la empresa Tracer Restauración y Conservación.
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Mónica Arrizabalaga
Del fondo negro de suciedad y barnices oxidados que cubría buena parte de esta obra de 1733 han resurgido barcos, banderas y escenas que rememoran el combate librado el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Patras entre la Liga Santa y la flota del Imperio Otomano, que habían permanecido ocultas durante siglos. «Ahora se puede identificar perfectamente a Juan de Austria en primer plano y, a su lado, a Lope de Figueroa, que es quien funda el tercio de Granada y que lo acompañó durante la guerra de las Alpujarras», relata Palma, que se vuelve para mostrar en un lateral de la sala «la única representación» que existe de esta contienda que finalizó en 1571, pocos meses antes de Lepanto.
En busca de Álvaro de Bazán y Cervantes
La restauración ha sacado a la luz «un montón de escenas secundarias minúsculas y de personajes antes imperceptibles» de la batalla naval que este historiador del arte quiere estudiar ahora con detenimiento. «Alguno puede ser Álvaro de Bazán», sostiene elevando la mirada hacia la retaguardia de la Santa Liga, que formaron España, Venecia y los Estados Pontificios con Génova, Saboya y la Orden de Malta, en busca de La Loba que capitaneaba el militar español. «Y tenemos que encontrar también a Cervantes, que posiblemente fue representado», añade antes de recordar que el autor del Quijote sirvió a las órdenes de Álvaro de Bazán en La Marquesa.
Después

Antes

(ABC)
Tras la limpieza de la pintura, dañada por una humedad en su franja inferior durante años, ahora se distingue mejor el horizonte entre el plano terrenal de la batalla, con detalles insólitos como la chusma que redimía penas en las galeras o los caídos al mar, y el ámbito celestial, con la Virgen del Rosario que, según la tradición, protegió a los cristianos embarcada en La Loba de Álvaro de Bazán.
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Se cuenta que una noche de 1571 en que la galera capitana de don Álvaro se encontraba en la bahía de Algeciras, a punto de partir hacia Lepanto, el marqués de Santa Cruz tomó a treinta hombres y partió a caballo hacia Granada. Se dirigió al convento de Santo Domingo, donde logró convencer al prior para que le prestara la imagen. «Los rezos los oirá la Virgen en donde quiera que esté, más los saldados gustan de ver entre ellos a quien los manda», le dijo. Y le convenció asegurándole que, si el Papa Pío V les había mandado pedir a Nuestra Señora del Rosario por la victoria contra el Turco, «será gustoso en saber que Ella está entre nosotros». Así, desde la escuadra que mandaba Álvaro de Bazán, al pie de la cruz que formaban los barcos de la Liga Santa, la Virgen «triunfó sobre la media luna que formaban las galeras de Alí-Bajá», relató Luis de Córdoba en el siglo XVIII. Y tras la victoria cristiana, la imagen regresó a su convento «con el mismo y grande secreto».
Un fastuoso monumento a Lepanto
La devoción a la Virgen del Rosario llevó a la construcción, dos siglos después, del fastuoso camarín («el monumento más importante que se ha erigido en memoria de la Batalla de Lepanto en Occidente», asegura Palma) desde el que se asoma a la iglesia de Santo Domingo. Si la vista desde la nave central del templo resulta impactante, rodeada por un sinfín de ángeles esculpidos, aún es más sobrecogedora en la intimidad de su palacio de cristales. El arquitecto Carlos Sánchez ya lo había advertido a esta periodista antes de entrar: «Te quedarás patidifusa porque son bolas de mercurio que irradian haces de luz y en todas las aristas de la bóveda hay espejos para reflejar destellos y que parezca que uno está flotando en el aire».
«Es una joya y es una pena que sea tan poco conocida»
Pablo Longoria
Director de World Monuments Fund España
Desde el otro antecamarín, dedicado a la Inmaculada y con fisuras y grietas que se han abierto más con los últimos terremotos, José Antonio Palma abre las puertas del «gran secreto de Granada, la gran joya oculta de la ciudad», que visitó en una ocasión Isabel II con un joven Alfonso XII y probablemente antes Felipe V, con Pedro Pascasio de Baños, el ideólogo del camarín. «Estamos esperando a ver si este año, con el aniversario de Álvaro de Bazán, viene Felipe VI», comenta el cofrade.

(Pablo Fernández Hurtado)
El paso del tiempo ha opacado en parte los reflejos, pero originariamente, con los incontables espejos de mercurio y estaño relucientes, el efecto sobre esta cúpula con forma de estrella de cristales debía ser imponente. Según el investigador, autor de un libro monográfico sobre ‘El camarín y retablo de Nuestra Señora del Rosario de Granada’ (Junta de Andalucía, 2024), «lo que se buscaba era disolver el espacio, que todo quedara inundado por la luz, crear un efecto cegador».
La Virgen reina en este «camarín feminista», rodeada en su zócalo por mártires y mujeres del Antiguo Testamento, como si siguiera navegando en los barcos que decoran el suelo de mármol elevada sobre un pedestal de ángeles. Solo faltan unos días para que, el próximo 7 de octubre, la imagen abandone por unas horas su joyero de cristal para salir en procesión por las calles de Granada, ataviada para la ocasión con su armadura de plata, piedras preciosas y esmaltes, que la convierte en un icono extraordinario. «Es el único traje de corte del siglo XVI que se ha conservado por ser de metal», resalta Palma.
(Tracer)
Este año en que se conmemora el V Centenario del nacimiento en Granada de Álvaro de Bazán, se espera la presencia de importantes autoridades de las Fuerzas Armadas en la inauguración de un monumento al marqués de Santa Cruz en la plaza de San Agustín y en la procesión de Nuestra Señora del Rosario. La Virgen se ceñirá el fajín de capitana y protectora de la Armada y la campana de la Vela de la Alhambra repicará por el privilegio que concedió Felipe II a la archicofradía en memoria de la victoria en Lepanto.
Para entonces, la restauradora Ana Herranz habrá rematado el barnizado final de la pintura de 2,23 metros de ancho y 3,27 de alto que conmemora la batalla. Tras una cuidadosa limpieza de antiguos repintes y barnices oxidados, repleta de pequeñas sorpresas («he estado muy entretenida y me ha resultado muy interesante descubrir de repente un barco con unas llamas, banderas que antes no se veían o unos hombrecillos a punto de ahogarse en el mar…»), llevó a cabo un estucado de las múltiples lagunas que tenía la obra y una reintegración cromática de esas pérdidas de pintura con pigmentos reversibles y una técnica discernible. «Ahora es importante que se actualice la iluminación para que se aprecien mejor los detalles», comenta a ABC en ese singular antecamarín de Lepanto en el que un ejército de ángeles combate al paso del tiempo con arcabuces y rosarios.

