Hubo un tiempo en el que ese hotel en la 9 Rue Gît-le-Cœur del barrio latino de París (clasificado como 13, lo que equivalía a lo peor de lo peor: las sábanas, supuestamente, se cambiaban una vez al mes) supo ser no sólo un lugar de peregrinación de iluminados. Santuario no solo como el Hotel Florida de Madrid durante la Guerra Civil, el Chelsea Hotel como colmena ‘underground’ de Manhattan o el Chateau Marmont de Los Ángeles como templo decadente y babilónico; sino, también, algo tan convulso y magnético como el Rick’s Café Américain en Casablanca o aquel superpoblado camarote de trasatlántico en ‘Una noche en la ópera’ de los hermanos Marx. Todos juntos ahora y entonces, sí.Narrativa ‘Beat Hotel’ Autor Harold Norse Editorial Hojas de Hierba Año 2026 Páginas 121 Precio 22 euros Valoración ****Me refiero al —por un puñado de años de las décadas de los ’50 y los ’60— sin siquiera nombre, apenas número pero inmediatamente bautizado como el Beat Hotel. Y, enseguida, consagrado como una de las varias bases de operaciones (hubo sucursales en Londres y en NY y en San Francisco y en Hollywood) pero, seguro, la más célebre y celebrada de/para los ‘beatniks’ Made in USA. Todos dando vueltas por el Viejo Mundo en busca de ‘satoris’ de todos los colores y sabores. El especialista en la especie Barry Miles dedicó todo un libro a esa atesorable X en el mapa (‘The Beat Hotel: Ginsberg, Burroughs & Corso in Paris / 1957-1963’) y no hay biografía de cualquier miembro de su tribu que no recale al menos por un puñado de páginas en sus ruinosas habitaciones porque, claro, aquí William S. Burroughs —con una ayudita más que considerable de Bryon Gysin e Ian Sommerville— encendió los motores de la ‘dream machine’ y afiló las tijeras del ‘cut-up a servirse’ con ‘El almuerzo desnudo’. Por su parte, allí, Allen Ginsberg recitó su ‘Kaddish’ y Gregory Corso detonó su ‘Bomb’ y… Hospedado en el Beat Hotel Harold Norse (Nueva York, 1916-2009) escribió su ‘Beat Hotel’ (1975, edición original en Alemania) que ahora nos llega en primera y primorosa edición española, potenciada por otros textos/apéndices, en Hojas de Hierba, casa que ya viene siguiendo a lo de este autor desde hace un par de títulos. Y Norse no suele ser nombre muy frecuentado a la hora de acompañar a la Santísima Trinidad Beat ( Kerouac y Burroughs y Ginsberg), ni tampoco figura entre los ángeles más pintados en cúpulas o martirizados y caídos en desgracia (pensar en Neal Cassady o Joan Vollmer o en Lucien Carr), ni entre los apóstoles y evangelistas (como Joyce Johnson o Carolyn Cassidy o Ken Kesey) del muy movedizo movimiento. Pero —aunque la recopilación de entrevistas de ‘The Paris Review’ titulada ‘Beat Writers at Work’ no le haga pregunta alguna— no hay vida de otros que no incluya cameo suyo o aparición en los bordes de esta o aquella foto en la que también posaron gente como Dylan Thomas, William Carlos Williams, W. H. Auden, los Bowles, Charles Bukowski, Tennessee Williams , Henry Miller, Anaïs Nin y todo aquel que pasase por el San Francisco más activista y gay en el que Norse vivió y actuó durante buena parte de su vida y hasta su muerte. Una posible razón es la de que —y ‘Beat Hotel’ es buena, en todo sentido, muestra de ello— es que su manera de encarar lo ‘beatnik’ parece más y mejor hospedada en habitaciones que remiten más a la entonces retaguardia del surrealismo. Así, los pasillos de este libro-artefacto —perteneciente a una especie que Norse catalogó como cosmografía— parecen conducir más a ese pequeño gran monumento de 1928 que es la ‘Nadja’ de André Bretón (no me parece casual que este nombre se mencione como al pasar en las primeras páginas de ‘Beat Hotel’) que a subterráneos y aullantes exterminadores por las carreteras del Dharma. ‘Beat Hotel’ no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpiaEs decir: ‘Beat Hotel’ —aunque un tanto deudor de los espasmos corte-y-confección burroughsianos— no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpia y bien ventilada. Y lo consigue. Y aquí nos quedamos esperando la traducción de su ‘Hotel Nirvana’ (nominado en 1977 al National Book Award) y del muy admirado ‘Carnivorous Saint’. Recordó Ginsberg en una entrevista que, una noche insomne, Kerouac le profetizó el advenimiento de una literatura que estaría construida a partir de lo que las personas realmente escribirían, sin correcciones o enmiendas, formulada a partir de la inmediatez del pensamiento eléctrico y no de la letra acústica. Y que entonces el universo todo se abriría y ya no existiría la posibilidad de mentir porque todo lo narrado sería, entonces, inevitablemente verdadero. Kerouac, claro, no se refería a nuestro hipócrita y reflejo y automático presente tecleado en el acto y lanzado en abismo cortesía de Instagram y TikTok y X y lo que vaya y venga. Y aquel pulgoso Beat Hotel es hoy el muy sofisticado y de diseño y boutique Relais-Hôtel du Vieux Paris con alas de mariposa y placa en su fachada en la que se nombran todos aquellos nombres y latidos que pasaron por allí (y no: no figura el de Norse). Pero, sí, en lo que pensaba y lo que deseaba Kerouac era algo tan auténtico y con tantas estrellas como ‘Beat Hotel’. Pasen y acomódense: aquí siempre hay habitaciones disponibles. Hubo un tiempo en el que ese hotel en la 9 Rue Gît-le-Cœur del barrio latino de París (clasificado como 13, lo que equivalía a lo peor de lo peor: las sábanas, supuestamente, se cambiaban una vez al mes) supo ser no sólo un lugar de peregrinación de iluminados. Santuario no solo como el Hotel Florida de Madrid durante la Guerra Civil, el Chelsea Hotel como colmena ‘underground’ de Manhattan o el Chateau Marmont de Los Ángeles como templo decadente y babilónico; sino, también, algo tan convulso y magnético como el Rick’s Café Américain en Casablanca o aquel superpoblado camarote de trasatlántico en ‘Una noche en la ópera’ de los hermanos Marx. Todos juntos ahora y entonces, sí.Narrativa ‘Beat Hotel’ Autor Harold Norse Editorial Hojas de Hierba Año 2026 Páginas 121 Precio 22 euros Valoración ****Me refiero al —por un puñado de años de las décadas de los ’50 y los ’60— sin siquiera nombre, apenas número pero inmediatamente bautizado como el Beat Hotel. Y, enseguida, consagrado como una de las varias bases de operaciones (hubo sucursales en Londres y en NY y en San Francisco y en Hollywood) pero, seguro, la más célebre y celebrada de/para los ‘beatniks’ Made in USA. Todos dando vueltas por el Viejo Mundo en busca de ‘satoris’ de todos los colores y sabores. El especialista en la especie Barry Miles dedicó todo un libro a esa atesorable X en el mapa (‘The Beat Hotel: Ginsberg, Burroughs & Corso in Paris / 1957-1963’) y no hay biografía de cualquier miembro de su tribu que no recale al menos por un puñado de páginas en sus ruinosas habitaciones porque, claro, aquí William S. Burroughs —con una ayudita más que considerable de Bryon Gysin e Ian Sommerville— encendió los motores de la ‘dream machine’ y afiló las tijeras del ‘cut-up a servirse’ con ‘El almuerzo desnudo’. Por su parte, allí, Allen Ginsberg recitó su ‘Kaddish’ y Gregory Corso detonó su ‘Bomb’ y… Hospedado en el Beat Hotel Harold Norse (Nueva York, 1916-2009) escribió su ‘Beat Hotel’ (1975, edición original en Alemania) que ahora nos llega en primera y primorosa edición española, potenciada por otros textos/apéndices, en Hojas de Hierba, casa que ya viene siguiendo a lo de este autor desde hace un par de títulos. Y Norse no suele ser nombre muy frecuentado a la hora de acompañar a la Santísima Trinidad Beat ( Kerouac y Burroughs y Ginsberg), ni tampoco figura entre los ángeles más pintados en cúpulas o martirizados y caídos en desgracia (pensar en Neal Cassady o Joan Vollmer o en Lucien Carr), ni entre los apóstoles y evangelistas (como Joyce Johnson o Carolyn Cassidy o Ken Kesey) del muy movedizo movimiento. Pero —aunque la recopilación de entrevistas de ‘The Paris Review’ titulada ‘Beat Writers at Work’ no le haga pregunta alguna— no hay vida de otros que no incluya cameo suyo o aparición en los bordes de esta o aquella foto en la que también posaron gente como Dylan Thomas, William Carlos Williams, W. H. Auden, los Bowles, Charles Bukowski, Tennessee Williams , Henry Miller, Anaïs Nin y todo aquel que pasase por el San Francisco más activista y gay en el que Norse vivió y actuó durante buena parte de su vida y hasta su muerte. Una posible razón es la de que —y ‘Beat Hotel’ es buena, en todo sentido, muestra de ello— es que su manera de encarar lo ‘beatnik’ parece más y mejor hospedada en habitaciones que remiten más a la entonces retaguardia del surrealismo. Así, los pasillos de este libro-artefacto —perteneciente a una especie que Norse catalogó como cosmografía— parecen conducir más a ese pequeño gran monumento de 1928 que es la ‘Nadja’ de André Bretón (no me parece casual que este nombre se mencione como al pasar en las primeras páginas de ‘Beat Hotel’) que a subterráneos y aullantes exterminadores por las carreteras del Dharma. ‘Beat Hotel’ no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpiaEs decir: ‘Beat Hotel’ —aunque un tanto deudor de los espasmos corte-y-confección burroughsianos— no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpia y bien ventilada. Y lo consigue. Y aquí nos quedamos esperando la traducción de su ‘Hotel Nirvana’ (nominado en 1977 al National Book Award) y del muy admirado ‘Carnivorous Saint’. Recordó Ginsberg en una entrevista que, una noche insomne, Kerouac le profetizó el advenimiento de una literatura que estaría construida a partir de lo que las personas realmente escribirían, sin correcciones o enmiendas, formulada a partir de la inmediatez del pensamiento eléctrico y no de la letra acústica. Y que entonces el universo todo se abriría y ya no existiría la posibilidad de mentir porque todo lo narrado sería, entonces, inevitablemente verdadero. Kerouac, claro, no se refería a nuestro hipócrita y reflejo y automático presente tecleado en el acto y lanzado en abismo cortesía de Instagram y TikTok y X y lo que vaya y venga. Y aquel pulgoso Beat Hotel es hoy el muy sofisticado y de diseño y boutique Relais-Hôtel du Vieux Paris con alas de mariposa y placa en su fachada en la que se nombran todos aquellos nombres y latidos que pasaron por allí (y no: no figura el de Norse). Pero, sí, en lo que pensaba y lo que deseaba Kerouac era algo tan auténtico y con tantas estrellas como ‘Beat Hotel’. Pasen y acomódense: aquí siempre hay habitaciones disponibles. RSS de noticias de cultura
Hubo un tiempo en el que ese hotel en la 9 Rue Gît-le-Cœur del barrio latino de París (clasificado como 13, lo que equivalía a lo peor de lo peor: las sábanas, supuestamente, se cambiaban una vez al mes) supo ser no sólo … un lugar de peregrinación de iluminados.
Santuario no solo como el Hotel Florida de Madrid durante la Guerra Civil, el Chelsea Hotel como colmena ‘underground’ de Manhattan o el Chateau Marmont de Los Ángeles como templo decadente y babilónico; sino, también, algo tan convulso y magnético como el Rick’s Café Américain en Casablanca o aquel superpoblado camarote de trasatlántico en ‘Una noche en la ópera’ de los hermanos Marx. Todos juntos ahora y entonces, sí.
Narrativa
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‘Beat Hotel’

-
Autor
Harold Norse -
Editorial
Hojas de Hierba -
Año
2026 -
Páginas
121 -
Precio
22 euros -
Valoración
****
-
Me refiero al —por un puñado de años de las décadas de los ’50 y los ’60— sin siquiera nombre, apenas número pero inmediatamente bautizado como el Beat Hotel. Y, enseguida, consagrado como una de las varias bases de operaciones (hubo sucursales en Londres y en NY y en San Francisco y en Hollywood) pero, seguro, la más célebre y celebrada de/para los ‘beatniks’ Made in USA.
Todos dando vueltas por el Viejo Mundo en busca de ‘satoris’ de todos los colores y sabores. El especialista en la especie Barry Miles dedicó todo un libro a esa atesorable X en el mapa (‘The Beat Hotel: Ginsberg, Burroughs & Corso in Paris / 1957-1963’) y no hay biografía de cualquier miembro de su tribu que no recale al menos por un puñado de páginas en sus ruinosas habitaciones porque, claro, aquí William S. Burroughs —con una ayudita más que considerable de Bryon Gysin e Ian Sommerville— encendió los motores de la ‘dream machine’ y afiló las tijeras del ‘cut-up a servirse’ con ‘El almuerzo desnudo’. Por su parte, allí, Allen Ginsberg recitó su ‘Kaddish’ y Gregory Corso detonó su ‘Bomb’ y…
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Hospedado en el Beat Hotel Harold Norse (Nueva York, 1916-2009) escribió su ‘Beat Hotel’ (1975, edición original en Alemania) que ahora nos llega en primera y primorosa edición española, potenciada por otros textos/apéndices, en Hojas de Hierba, casa que ya viene siguiendo a lo de este autor desde hace un par de títulos.
Y Norse no suele ser nombre muy frecuentado a la hora de acompañar a la Santísima Trinidad Beat (Kerouac y Burroughs y Ginsberg), ni tampoco figura entre los ángeles más pintados en cúpulas o martirizados y caídos en desgracia (pensar en Neal Cassady o Joan Vollmer o en Lucien Carr), ni entre los apóstoles y evangelistas (como Joyce Johnson o Carolyn Cassidy o Ken Kesey) del muy movedizo movimiento.
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Pero —aunque la recopilación de entrevistas de ‘The Paris Review’ titulada ‘Beat Writers at Work’ no le haga pregunta alguna— no hay vida de otros que no incluya cameo suyo o aparición en los bordes de esta o aquella foto en la que también posaron gente como Dylan Thomas, William Carlos Williams, W. H. Auden, los Bowles, Charles Bukowski, Tennessee Williams, Henry Miller, Anaïs Nin y todo aquel que pasase por el San Francisco más activista y gay en el que Norse vivió y actuó durante buena parte de su vida y hasta su muerte.
Una posible razón es la de que —y ‘Beat Hotel’ es buena, en todo sentido, muestra de ello— es que su manera de encarar lo ‘beatnik’ parece más y mejor hospedada en habitaciones que remiten más a la entonces retaguardia del surrealismo. Así, los pasillos de este libro-artefacto—perteneciente a una especie que Norse catalogó como cosmografía— parecen conducir más a ese pequeño gran monumento de 1928 que es la ‘Nadja’ de André Bretón (no me parece casual que este nombre se mencione como al pasar en las primeras páginas de ‘Beat Hotel’) que a subterráneos y aullantes exterminadores por las carreteras del Dharma.
‘Beat Hotel’ no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpia
Es decir: ‘Beat Hotel’ —aunque un tanto deudor de los espasmos corte-y-confección burroughsianos— no parece aspirar a las visiones de una vanguardia sino a las revisiones de una retaguardia a mantener limpia y bien ventilada. Y lo consigue. Y aquí nos quedamos esperando la traducción de su ‘Hotel Nirvana’ (nominado en 1977 al National Book Award) y del muy admirado ‘Carnivorous Saint’.
Recordó Ginsberg en una entrevista que, una noche insomne, Kerouac le profetizó el advenimiento de una literatura que estaría construida a partir de lo que las personas realmente escribirían, sin correcciones o enmiendas, formulada a partir de la inmediatez del pensamiento eléctrico y no de la letra acústica. Y que entonces el universo todo se abriría y ya no existiría la posibilidad de mentir porque todo lo narrado sería, entonces, inevitablemente verdadero.
Kerouac, claro, no se refería a nuestro hipócrita y reflejo y automático presente tecleado en el acto y lanzado en abismo cortesía de Instagram y TikTok y X y lo que vaya y venga. Y aquel pulgoso Beat Hotel es hoy el muy sofisticado y de diseño y boutique Relais-Hôtel du Vieux Paris con alas de mariposa y placa en su fachada en la que se nombran todos aquellos nombres y latidos que pasaron por allí (y no: no figura el de Norse). Pero, sí, en lo que pensaba y lo que deseaba Kerouac era algo tan auténtico y con tantas estrellas como ‘Beat Hotel’.
Pasen y acomódense: aquí siempre hay habitaciones disponibles.
