España tiene guardado en un cajón polvoriento un cartel sin estrenar que reza ‘Aforo completo’. Hasta ahora no había tenido que colgarlo, pero a las puertas del verano y a punto de alcanzar el récord de 100 millones de turistas internacionales, hay quien se pregunta si no ha llegado el momento de desenterrarlo.
Pese a su innegable contribución a la economía, las externalidades negativas que genera este volumen de turismo en España obliga al sector a diseñar una nueva estrategia basada en una mejora de la calidad más que en la atracción de más y más viajeros cada año
España tiene guardado en un cajón polvoriento un cartel sin estrenar que reza ‘Aforo completo’. Hasta ahora no había tenido que colgarlo, pero a las puertas del verano y a punto de alcanzar el récord de 100 millones de turistas internacionales, hay quien se pregunta si no ha llegado el momento de desenterrarlo.
Nuestro país se debate entre la opción de morir de éxito -semejante volumen de turistas conlleva externalidades negativas- o tratar de limitar una de sus mayores fuentes de riqueza -la de un sector que aporta más de uno de cada diez euros al Producto Interior Bruto-. Ambas opciones cuentan con partidarios y detractores, pero más allá de opiniones personales los datos apuntan a un techo que no debería estar muy lejos.
La Cuenta Satélite del Turismo en España que elabora el Instituto Nacional de Estadística recoge que la actividad turística en 2024 -último año del que hay datos disponibles- supuso un 12,6% del PIB y el 12,3% del empleo total, con más de 2,7 millones de puestos de trabajo. Para este año, la patronal del sector, Exceltur, ha previsto que la aportación a la economía crezca hasta el 12,8% del PIB, lo que supone que el turismo va ganando peso a medida que crecen los viajeros: en 2025 nos visitaron 96,80 millones de extranjeros -con gran afluencia de británicos, franceses y alemanes- y este año podríamos mejorar esa cifra, dado además que el conflicto en Oriente Medio podría redirigir parte del flujo turístico mundial hacia España.
«La zona de conflicto y su área de influencia del Mediterráneo Oriental representan un destino turístico de relevancia, al que en 2025 visitaron 181 millones de turistas, de los cuales 46,9 millones procedían de mercados europeos. En un contexto de inseguridad y de predominio de los destinos de proximidad, se espera que una parte de estos viajes se redirija a otros destinos, especialmente en el segmento vacacional, de turismo familiar y durante los meses del verano, en el que España tiene un alto posicionamiento competitivo junto con otros destinos del sur de Europa», señala la patronal.
En el mes de abril, las reservas hoteleras para el verano ya estaban al 100%, con lo que ese redireccionamiento podría notarse más en otro tipo de alojamiento -como el alquiler turístico-, en ciudades que tradicionalmente no son destinos de verano o ya en los meses de septiembre y octubre.
Este dinamismo del turismo en el país tiene consecuencias. Positivas, como el crecimiento de la economía y el empleo, la creación de empresas en los lugares de destino y la acumulación de riqueza; pero también negativas, como una tendencia a crear empleo de bajo valor añadido; presión añadida para los precios; tensión para el mercado de vivienda -ante la tentación de convertir la oferta habitacional en pisos turísticos que son más rentables que la vivienda habitual-; masificación y expulsión del residente y turista nacional; conversión del centro de las ciudades en una suerte de parque temático para los turistas y tensión en el consumo de recursos, por ejemplo, hídricos.
«La característica más notoria de este sector turístico es su dificultad para incrementar la productividad y su extraordinaria capacidad para absorber empleo de baja cualificación. Esto es el reflejo de una estructura empresarial, de pequeñas empresas, donde es difícil alcanzar economías de escala y, sobre todo, un sector en el que gran parte de las actividades son de tipo estancado, es decir, aquellas en las que por su propia naturaleza es difícil aumentar la productividad. De esta forma, el vigor de los últimos años se ha hecho a costa de un crecimiento extraordinario del empleo. Esta sería una de las limitaciones claras para considerar que la demanda turística: crea empleo, genera divisas, impulsa el dinamismo empresarial, pero, de alguna forma, contribuye al estancamiento general de la productividad y, por ende, de la renta per cápita», analizaba Funcas recientemente en uno de sus Cuadernos Económicos.
Si bien este efecto en la productividad es más intangible, los que sí lo son -como el mencionado impacto en la inflación, la vivienda o la masificación- provocan cierto hartazgo en la población local ante el aluvión de turistas, sobre todo en temporada alta, y tensan las costuras de un país que en determinadas épocas y lugares ya no tiene capacidad para absorber más gente.
«Lo que vemos es una moderación del crecimiento del turismo, aunque sigue aumentando por encima del PIB. Hay varios elementos que justifican que cada trimestre estemos esperando una desaceleración más intensa», explica a este medio Miguel Cardoso, economista jefe para España y Portugal de BBVA Research. El primero de ellos es la evolución de las plazas hoteleras en el país, que aunque están en niveles entre un 5% y un 10% superiores a los del periodo 2017-2019, no han registrado cambios significativos en los últimos dos años pese al aumento del número de visitantes.
El segundo son los visados de obra nueva para edificios de uso turístico, que han crecido en lugares como la Comunidad de Madrid o la Valenciana pero no han aumentado en destinos turísticos como Baleares o Canarias, donde se han producido «caídas intensísimas», de hasta el 100% en las islas del Mediterráneo. «Hay destinos, como estos, en los que no se construyen hoteles y ahí va a haber dificultades para recibir turistas. Las restricciones que están poniendo ayuntamientos y comunidades autónomas en cuanto al número de viviendas que pueden destinarse a uso turístico hace pensar que el modelo basado en cantidades está cerca de llegar a su fin, sobre todo en destinos que parecen sobrepasados», apunta.
¿Hacia dónde iremos entonces? No tanto a recibir más y más viajeros sino a intentar que gasten más: un turismo más caro, de más calidad, que podría aportar más al PIB sin que necesariamente aumente la afluencia. Cardoso explica que dependerá de si las subidas de precio son simplemente porque las empresas se aprovechan del tirón de demanda para encarecer los servicios, ampliar sus márgenes de beneficio y discriminar entre turistas, o si hay una verdadera mejora de la calidad detrás.
«Mucho va a depender de cuánto se haya estado invirtiendo y se pueda continuar invirtiendo para incrementar el valor añadido del sector, por ejemplo, convirtiendo hoteles de 3 estrellas en hoteles de 5 estrellas y optimizando restaurantes. Mucho del crecimiento hacia delante puede no tener tope si se realizan esas inversiones y ese incremento del precio va acompañando de más valor añadido. Mientras, los aumentos de precios sin aumentar la calidad tienen los días contados. Es algo que veremos a largo plazo, porque si no hay mejora de la calidad España acabará siendo menos competitiva y caerá la demanda», explica.
Lo que sí puede suceder es que el número de visitantes internacionales siga creciendo -aunque más moderadamente- a costa del turista nacional, que acaba siendo desplazado, con lo que en términos globales se produce un estancamiento en el crecimiento vía cantidad. «La congestión y los precios están empezando a desplazar al turista nacional, que prefiere irse a destinos dentro de España menos caros y con mayor espacio, sobre todo el norte o noroeste, o que optan por el extranjero», señala Cardoso.
En ese cambio de preferencias emergen las coolcations o vacaciones en lugares con un clima más fresco, ya sea en otro país o en la cornisa cantábrica. Es una de las tendencias que detecta el OBS Business School en una de sus últimas radiografías del sector, donde explica que «el aumento de temperaturas vivido en el Mediterráneo los últimos veranos está llevando a los turistas septentrionales (Norte de Europa y de América) a interesarse por destinos más templados y benignos. El concepto de las coolcations comienza a ser una estrategia significativa de bienestar durante el viaje. En 2025, países como Finlandia y Noruega registraron aumentos importantes de llegadas en relación con 2025 (+14,1% y +12,9%, respectivamente), con un importante impulso de turistas ingleses, franceses y canadienses, que antaño podrían haber elegido cotas más meridionales», señalan, algo que empieza a replicarse dentro de nuestras fronteras en favor de destinos de montaña o del norte del país.
Junto a este cambio, también se está produciendo cierta desestacionalización, es decir, un trasvase de viajeros de la temporada alta a la temporada baja con el fin de sortear la masificación del verano, lo que supone una oportunidad para las empresas del sector en destinos de interior, ya sean capitales de provincia o rurales. La Comisión Europea de Turismo (ETC, por sus siglas en inglés) ha constatado un aumento de la demanda superior en en los meses cercanos a la temporada alta que en el propio verano. Como ejemplo, el volumen de pasajeros-kilómetro transportados (RPK) de las aerolíneas creció un 6,7% en octubre y un 7,1% en noviembre de 2025, un dato mayor al del crecimiento del 4,4% de julio y del 6,0% en agosto.
Estos cambios suponen una oportunidad para destinos alejados del foco, pero, ¿qué pueden hacer los que son imán para los turistas? La efectividad de las tasas turísticas, por ejemplo, se ha demostrado limitada en esos destinos a la hora de regular el flujo de viajeros, mientras que otras ideas como el cobro por el acceso regulado a espacios naturales saturados sí han resultado más efectivas para preservar el entorno.
No hay fórmulas mágicas para conseguir un turismo que sea sostenible con el medio ambiente, que no tenga un impacto social negativo y del que no dependamos en exceso, pero el sector ya está buscando vías alternativas para crecer -en otros lugares o momentos- y seguir aportando a la economía más por calidad que por cantidad.
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