Dado que el mundo de los influencers es en sí mismo una simulación, ¿cómo nos tomamos su supuesta crisis? La rabieta de Natalia Palacios, las quejas de otros influs que sus comunidades («sus») les están fallando, las marcas que les dan combustible reculando discretamente… ¿El comienzo del final de la burbuja de los influencers es una realidad o un deseo que le pedimos al eclipse y que no nos será concedido?
Dado que el mundo de los influencers es en sí mismo una simulación, ¿cómo nos tomamos su supuesta crisis? La rabieta de Natalia Palacio
Dado que el mundo de los influencers es en sí mismo una simulación, ¿cómo nos tomamos su supuesta crisis? La rabieta de Natalia Palacios, las quejas de otros influs que sus comunidades («sus») les están fallando, las marcas que les dan combustible reculando discretamente… ¿El comienzo del final de la burbuja de los influencers es una realidad o un deseo que le pedimos al eclipse y que no nos será concedido?
Del colapso de los famosos de las redes se lleva hablando casi desde que comenzó el fenómeno influencer. Cierto es que la pandemia del covid les dio un oxígeno impagable: con todos encerrados en casa y enganchados a las pantallas, los creadores de contenido expandieron su influencia, su potencia y sus talonarios. Se disparó el número de cuentas de TikTok y OnlyFans y la sensación era de que, con los presupuestos de marketing y comunicación de las empresas inevitablemente invertidos en internet, había cama para todos. Lo que no quedó claro nunca es que hubiera retorno de la inversión. O tanta como para seguir dándoles pasta a mamarrachos sin camiseta y a Amelia Bono.
Sin embargo, la monetización (¿os acordáis de cuando esa palabra no existía?) de los famosos 3.0 tiene varias caras. Una de ellas es que el simple tráfico por sus perfiles y publicaciones en redes sociales genera ingresos. Ellos ganan dinero si les haces caso y compras lo que promocionan, pero también ganan dinero si les haces caso, punto.
La escritora del pelo rizado y sucio lo sabe y no ha tenido problemas en decirlo. En su cuenta de X, claro. Y con el resultado esperado: el tuit se mueve a toda velocidad y eso abre un grifito de dinero. El escritor de pelo liso y sucio usa las redes de la misma manera: el modelo de negocio consiste en mantener tu atención. Que aplaudas o abuchees es irrelevante. Estos intelectuales del escandalito no promocionan viajes o champús (qué fantasía sería esto último), pero sí retienen nuestra atención. La economía de la atención se llama así por algo. Mientras estemos atentos a gente como Natalia Palacios y su marido, de burbuja nada. Y de que explote, menos.
LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón
