Vetusta Morla están de vuelta. Y nada ha cambiado. ¿O sí? Dos años después de ‘Figurantes’ y de tomarse un tiempo de descanso para reflexionar y coger fuerzas, la banda de Tres Cantos regresó anoche a los escenarios en un Palau Sant Jordi de Barcelona repleto hasta la bandera. Arrancaban así el tour ‘Gira de vuelta. Canciones de ida’ en la que presentaron hasta media docena de nuevos temas que no se escapan mucho de sus melodías épicas y lirismo concentrado, pero tenían ese regusto dulce, nuevo y excitante.Así empezó el concierto, con las canciones ‘Mi colección de duelos’ y ‘Si vuelves’, el sencillo con el que presentaron al mundo esta nueva etapa. Siguen siendo una banda guitarrera, reivindicativa y llena de emoción, y Pocho, su cantante, quiso dejarlo claro desde el principio con un catalán casi perfecto. «Como el mundo se está cayendo por el sumidero, hemos decidimos volver con las mejores herramientas que tenemos para luchar contra el tedio y el sin sentido, las canciones», aseguró con firmeza para acto seguido anunciar su lista de agravios. Por supuesto, incluyeron un «¡viva Palestina libre!» , la reclamación de un pacto de estado «real y definitivo contra el cambio climático» y un sentido reconocimiento a «todas las personas luchando en nuestras calles para que no haya gente sin casa ni casas sin gente».Una vez cubierto el cupo de reivindicaciones, se centraron en las canciones y no perdieron el tiempo en capturar a la audiencia con una de sus grandes temas, ‘La deriva’. La percusión tomó el protagonismo, con Pucho golpeando tambores con sus tradicionales contorsiones teatrales a lo Iván Ferreiro. Su lenguaje corporal sigue siendo un trueno y envía señales por todas partes. «¿Hay esperanza en la deriva?», preguntaba. Por qué no, aunque como está el mundo la pregunta debería ser ¿hay deriva en la esperanza? A partir de aquí, la retahíla de ‘hits’ fue constante. Con ‘Los Buenos’ se pusieron rockeros y bailables, con el público saltando como si les quemasen los pies. Con ‘El hombre del saco’ se volvieron más rítmicos y tribales, llenando el concierto de testosterona blanda. Y con ‘Maldita dulzura’, una de las mejores canciones de ‘Mapas’, su disco de 2011, se pusieron románticos de taberna, con Pucho pareciéndose a un hijo superdotado entre Enrique Búnbury y Nacho Vegas.El escenario simulaba un local de ensayo, con la banda metida en una especie de circunferencia rodeada por unos raíles donde una cámara no dejaba de dar vueltas y grabarlos. A estas alturas, el público estaba exhausto y eso que el concierto apenas había comenzado. Tampoco les dejaron tiempo para coger aire y con ‘Fuego’ el público empezó a cantar la letra como si recitase un salmo en una iglesia. Es lo que tienen los fans de ahora, que convierten a las bandas en una religión.Pucho no dejaba de moverse, con sus contorsiones epilépticas tan hipnóticas como una serpiente de cascabel. El resto de la banda aparecía en un segundo plano, destacando la guitarra de Guille y la batería y percusión de David García y Jorge González . «Se me había olvidado la inmensa suerte que tenemos con nuestro público. Os echamos muchísimo de menos, estáis siempre al quite. Qué importante es tener un público tan guapo», afirmó el cantante.Canciones clásicas como ‘La cuadratura del círculo’ o ‘Los días raros’ destacaron sobre sus nuevas composicionesEl concierto estaba convirtiéndose en demasiado homogéneo, hasta que empezaron a experimentar con el xilofón, dejaron que una atmósfera onírica llenase la sala y empezaron a susurrar antes que cantar con ‘Lo importante’, otro de los cortes de su nuevo disco. Suena a ensoñación, a quejido dulce, a juguete roto con el que juegas y juegas hasta desintegrarse, en uno de los temas nuevos más memorables.A partir de aquí empezó su parte más canalla y de cancionero español. Con ‘Puñalada trapera’ convirtieron el Sant Jordi en un antro donde cantar coplas de sangre. Esta especie de fandango electrificado logró meterse en la piel de la gente. Es una canción grasa, que mancha la carne, que marea como una borrachera de vino barato y electrifica como, como, como el alcohol arrojado a las heridas. Dios, la poesía de Vetusta Morla es contagiosa, lo siento.Siguieron íntimos y juguetones con ’23 de junio’. con el público balanceándose alegre a ritmo de vals. Y la parte folclórica del concierto continuó con la fanfarria de ‘La virgen de la humanidad’ con Pocho coqueteando en su fraseo con el ‘spoken word’. Llevábamos una hora de concierto y se notaba la emoción y el nerviosismo de una banda que vuelve a los escenarios después de mucho tiempo. Esto daba más naturalidad al concierto. Nada parecía frío o calculado, sino que surgía urgente, a veces con precipitaciones, pero siempre con entrega y entusiasmo.Con ‘Boca a tierra’ volvieron a su tradicional épica como si fueran unos Arcade Fire madrileños. Canciones así vigorizan a cualquiera. Con ‘Cuarteles de invierno’, Pucho no pudo más y cayó al suelo en uno de los momentos cumbre de todo el concierto, ante la euforia de un público que agradecía de corazón el desgaste de estos nuevos Vetusta Morla. Bajaron algo la revoluciones con ‘La vieja escuela’ , con el cantante interpretando con las manos la letra de la canción como si de un baile viral de Tik Tok se tratara. Sonaba ochentera, a Simple Minds, a Echo and the Bunnymen, con un montón de luces estroboscópicas dando un punto de psicodelia a la mezcla. Nadie se podía quejar del repertorio. Las nuevas canciones, bien separadas entre sí, no molestaban. La banda había añadido las letras para que al menos su público las pudiera seguir y se agradecía. Pero era en las canciones de siempre en que la emoción soltaba latigazos más fuertes. Les pasa a todas las bandas del mundo. Con ‘Te lo digo a ti’ pasó el momento confuso de la noche. De pronto, Pucho, a media canción, mandó parar de golpe a la banda y comenzó a balbucear unas palabras que parecían no tener sentido. Hay que decir que el número parecía ensayado. No pareció muy natural, no, pero el ‘gimmick’ funcionó al menos para encender la canción y volver esta especie de homenaje a The Clash en una gran oda al punkLlegábamos a los instantes finales del concierto. Antes, la banda volvió a las canciones de su disco nuevo, todavía con nombre desconocido. ‘La caja de los truenos’ funciona casi como una rock ópera en la que Pucho habla del desastre del mundo contemporáneo y los peligros de la inacción. Otro de esos blues rasgados y rabiosos que acabó con los cinco juntos, en fila, cantando prácticamente a capella como si del mismísimo ‘Bohemian Rapsody’ se tratara.Y ya llegó el momento de sus grandes ‘hits’. ‘Valiente’ ralentizada en un principio y explosiva después, obligó al cantante a coger un abanico y darse un poco de aire. Le siguió ‘ La cuadratura del círculo’ estruendos rock con un gran Guille Galván para uno de los mejores momentos de la noche. La muralla de sonido que fueron creando, en un electrizante in crescendo, convirtió a la canción en un gigante gargantuesco que amenazaba con devorarnos a todos. Fantástico.Vetusta Morla y el imparable directo de PuchoAsí acabó un concierto que fue creciendo a medida que avanzaba. Quedaban los bises, o así está escrito en la parafernalia de los directos. El palacio, a oscuras, encendió las luces de los móviles de la gente mientras reclamaban la vuelta de la banda. Estaba claro que Vetusta Morla no iba a decepcionar a sus fans.Volvieron, sí, menos mal y lo hicieron lánguidos, con una especie de nana, ‘Si nos quedamos solos en el mundo’, otra de las canciones tranquilas que se escapan un poco del lado más homogéneo de su catálogo. «Barcelona, ¿como ha dio la noche? Ha sido una noche de estreno bastante emocionante. Hemos de decir que bastante poco hemos llorado. Llevamos un mes de ensayos llorando por las esquinas. Muchísimas gracias por compartir este espacio nuevo con nosotros y de haber sido tan respetuosos», dijo Pancho, provocando un estruendoso aplauso.Para acabar de verdad, la nocturna ‘Consejo de sabios’ con Pocho a lo Nick Cave; y ‘Copenhague’, canción entre canciones con su hermosa y abrazada melodía en busca de enternecernos a todos. Aunque la explosión final llegó con una versión espectral de ‘Los días raros’. Disparó la adrenalina de un público que, a partir de entonces, no dejó de corear el nombre de la banda. Hasta el teclista Juan Manuel Latorre miraba las pantallas con una enorme sonrisa para creer lo que estaba viendo. «En el 90 aniversario de su atroz asesinato, como decía el poeta García Lorca, ¡hay que vivir!», gritó Pocho para despedirse y no hay por qué negarlo, tenía toda la razón del mundo. Vetusta Morla están de vuelta. Y nada ha cambiado. ¿O sí? Dos años después de ‘Figurantes’ y de tomarse un tiempo de descanso para reflexionar y coger fuerzas, la banda de Tres Cantos regresó anoche a los escenarios en un Palau Sant Jordi de Barcelona repleto hasta la bandera. Arrancaban así el tour ‘Gira de vuelta. Canciones de ida’ en la que presentaron hasta media docena de nuevos temas que no se escapan mucho de sus melodías épicas y lirismo concentrado, pero tenían ese regusto dulce, nuevo y excitante.Así empezó el concierto, con las canciones ‘Mi colección de duelos’ y ‘Si vuelves’, el sencillo con el que presentaron al mundo esta nueva etapa. Siguen siendo una banda guitarrera, reivindicativa y llena de emoción, y Pocho, su cantante, quiso dejarlo claro desde el principio con un catalán casi perfecto. «Como el mundo se está cayendo por el sumidero, hemos decidimos volver con las mejores herramientas que tenemos para luchar contra el tedio y el sin sentido, las canciones», aseguró con firmeza para acto seguido anunciar su lista de agravios. Por supuesto, incluyeron un «¡viva Palestina libre!» , la reclamación de un pacto de estado «real y definitivo contra el cambio climático» y un sentido reconocimiento a «todas las personas luchando en nuestras calles para que no haya gente sin casa ni casas sin gente».Una vez cubierto el cupo de reivindicaciones, se centraron en las canciones y no perdieron el tiempo en capturar a la audiencia con una de sus grandes temas, ‘La deriva’. La percusión tomó el protagonismo, con Pucho golpeando tambores con sus tradicionales contorsiones teatrales a lo Iván Ferreiro. Su lenguaje corporal sigue siendo un trueno y envía señales por todas partes. «¿Hay esperanza en la deriva?», preguntaba. Por qué no, aunque como está el mundo la pregunta debería ser ¿hay deriva en la esperanza? A partir de aquí, la retahíla de ‘hits’ fue constante. Con ‘Los Buenos’ se pusieron rockeros y bailables, con el público saltando como si les quemasen los pies. Con ‘El hombre del saco’ se volvieron más rítmicos y tribales, llenando el concierto de testosterona blanda. Y con ‘Maldita dulzura’, una de las mejores canciones de ‘Mapas’, su disco de 2011, se pusieron románticos de taberna, con Pucho pareciéndose a un hijo superdotado entre Enrique Búnbury y Nacho Vegas.El escenario simulaba un local de ensayo, con la banda metida en una especie de circunferencia rodeada por unos raíles donde una cámara no dejaba de dar vueltas y grabarlos. A estas alturas, el público estaba exhausto y eso que el concierto apenas había comenzado. Tampoco les dejaron tiempo para coger aire y con ‘Fuego’ el público empezó a cantar la letra como si recitase un salmo en una iglesia. Es lo que tienen los fans de ahora, que convierten a las bandas en una religión.Pucho no dejaba de moverse, con sus contorsiones epilépticas tan hipnóticas como una serpiente de cascabel. El resto de la banda aparecía en un segundo plano, destacando la guitarra de Guille y la batería y percusión de David García y Jorge González . «Se me había olvidado la inmensa suerte que tenemos con nuestro público. Os echamos muchísimo de menos, estáis siempre al quite. Qué importante es tener un público tan guapo», afirmó el cantante.Canciones clásicas como ‘La cuadratura del círculo’ o ‘Los días raros’ destacaron sobre sus nuevas composicionesEl concierto estaba convirtiéndose en demasiado homogéneo, hasta que empezaron a experimentar con el xilofón, dejaron que una atmósfera onírica llenase la sala y empezaron a susurrar antes que cantar con ‘Lo importante’, otro de los cortes de su nuevo disco. Suena a ensoñación, a quejido dulce, a juguete roto con el que juegas y juegas hasta desintegrarse, en uno de los temas nuevos más memorables.A partir de aquí empezó su parte más canalla y de cancionero español. Con ‘Puñalada trapera’ convirtieron el Sant Jordi en un antro donde cantar coplas de sangre. Esta especie de fandango electrificado logró meterse en la piel de la gente. Es una canción grasa, que mancha la carne, que marea como una borrachera de vino barato y electrifica como, como, como el alcohol arrojado a las heridas. Dios, la poesía de Vetusta Morla es contagiosa, lo siento.Siguieron íntimos y juguetones con ’23 de junio’. con el público balanceándose alegre a ritmo de vals. Y la parte folclórica del concierto continuó con la fanfarria de ‘La virgen de la humanidad’ con Pocho coqueteando en su fraseo con el ‘spoken word’. Llevábamos una hora de concierto y se notaba la emoción y el nerviosismo de una banda que vuelve a los escenarios después de mucho tiempo. Esto daba más naturalidad al concierto. Nada parecía frío o calculado, sino que surgía urgente, a veces con precipitaciones, pero siempre con entrega y entusiasmo.Con ‘Boca a tierra’ volvieron a su tradicional épica como si fueran unos Arcade Fire madrileños. Canciones así vigorizan a cualquiera. Con ‘Cuarteles de invierno’, Pucho no pudo más y cayó al suelo en uno de los momentos cumbre de todo el concierto, ante la euforia de un público que agradecía de corazón el desgaste de estos nuevos Vetusta Morla. Bajaron algo la revoluciones con ‘La vieja escuela’ , con el cantante interpretando con las manos la letra de la canción como si de un baile viral de Tik Tok se tratara. Sonaba ochentera, a Simple Minds, a Echo and the Bunnymen, con un montón de luces estroboscópicas dando un punto de psicodelia a la mezcla. Nadie se podía quejar del repertorio. Las nuevas canciones, bien separadas entre sí, no molestaban. La banda había añadido las letras para que al menos su público las pudiera seguir y se agradecía. Pero era en las canciones de siempre en que la emoción soltaba latigazos más fuertes. Les pasa a todas las bandas del mundo. Con ‘Te lo digo a ti’ pasó el momento confuso de la noche. De pronto, Pucho, a media canción, mandó parar de golpe a la banda y comenzó a balbucear unas palabras que parecían no tener sentido. Hay que decir que el número parecía ensayado. No pareció muy natural, no, pero el ‘gimmick’ funcionó al menos para encender la canción y volver esta especie de homenaje a The Clash en una gran oda al punkLlegábamos a los instantes finales del concierto. Antes, la banda volvió a las canciones de su disco nuevo, todavía con nombre desconocido. ‘La caja de los truenos’ funciona casi como una rock ópera en la que Pucho habla del desastre del mundo contemporáneo y los peligros de la inacción. Otro de esos blues rasgados y rabiosos que acabó con los cinco juntos, en fila, cantando prácticamente a capella como si del mismísimo ‘Bohemian Rapsody’ se tratara.Y ya llegó el momento de sus grandes ‘hits’. ‘Valiente’ ralentizada en un principio y explosiva después, obligó al cantante a coger un abanico y darse un poco de aire. Le siguió ‘ La cuadratura del círculo’ estruendos rock con un gran Guille Galván para uno de los mejores momentos de la noche. La muralla de sonido que fueron creando, en un electrizante in crescendo, convirtió a la canción en un gigante gargantuesco que amenazaba con devorarnos a todos. Fantástico.Vetusta Morla y el imparable directo de PuchoAsí acabó un concierto que fue creciendo a medida que avanzaba. Quedaban los bises, o así está escrito en la parafernalia de los directos. El palacio, a oscuras, encendió las luces de los móviles de la gente mientras reclamaban la vuelta de la banda. Estaba claro que Vetusta Morla no iba a decepcionar a sus fans.Volvieron, sí, menos mal y lo hicieron lánguidos, con una especie de nana, ‘Si nos quedamos solos en el mundo’, otra de las canciones tranquilas que se escapan un poco del lado más homogéneo de su catálogo. «Barcelona, ¿como ha dio la noche? Ha sido una noche de estreno bastante emocionante. Hemos de decir que bastante poco hemos llorado. Llevamos un mes de ensayos llorando por las esquinas. Muchísimas gracias por compartir este espacio nuevo con nosotros y de haber sido tan respetuosos», dijo Pancho, provocando un estruendoso aplauso.Para acabar de verdad, la nocturna ‘Consejo de sabios’ con Pocho a lo Nick Cave; y ‘Copenhague’, canción entre canciones con su hermosa y abrazada melodía en busca de enternecernos a todos. Aunque la explosión final llegó con una versión espectral de ‘Los días raros’. Disparó la adrenalina de un público que, a partir de entonces, no dejó de corear el nombre de la banda. Hasta el teclista Juan Manuel Latorre miraba las pantallas con una enorme sonrisa para creer lo que estaba viendo. «En el 90 aniversario de su atroz asesinato, como decía el poeta García Lorca, ¡hay que vivir!», gritó Pocho para despedirse y no hay por qué negarlo, tenía toda la razón del mundo. RSS de noticias de cultura
Vetusta Morla están de vuelta. Y nada ha cambiado. ¿O sí? Dos años después de ‘Figurantes’ y de tomarse un tiempo de descanso para reflexionar y coger fuerzas, la banda de Tres Cantos regresó anoche a los escenarios en un Palau Sant Jordi … de Barcelona repleto hasta la bandera. Arrancaban así el tour ‘Gira de vuelta. Canciones de ida’ en la que presentaron hasta media docena de nuevos temas que no se escapan mucho de sus melodías épicas y lirismo concentrado, pero tenían ese regusto dulce, nuevo y excitante.
Así empezó el concierto, con las canciones ‘Mi colección de duelos’ y ‘Si vuelves’, el sencillo con el que presentaron al mundo esta nueva etapa. Siguen siendo una banda guitarrera, reivindicativa y llena de emoción, y Pocho, su cantante, quiso dejarlo claro desde el principio con un catalán casi perfecto. «Como el mundo se está cayendo por el sumidero, hemos decidimos volver con las mejores herramientas que tenemos para luchar contra el tedio y el sin sentido, las canciones», aseguró con firmeza para acto seguido anunciar su lista de agravios. Por supuesto, incluyeron un «¡viva Palestina libre!», la reclamación de un pacto de estado «real y definitivo contra el cambio climático» y un sentido reconocimiento a «todas las personas luchando en nuestras calles para que no haya gente sin casa ni casas sin gente».
Una vez cubierto el cupo de reivindicaciones, se centraron en las canciones y no perdieron el tiempo en capturar a la audiencia con una de sus grandes temas, ‘La deriva’. La percusión tomó el protagonismo, con Pucho golpeando tambores con sus tradicionales contorsiones teatrales a lo Iván Ferreiro. Su lenguaje corporal sigue siendo un trueno y envía señales por todas partes. «¿Hay esperanza en la deriva?», preguntaba. Por qué no, aunque como está el mundo la pregunta debería ser ¿hay deriva en la esperanza?
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A partir de aquí, la retahíla de ‘hits’ fue constante. Con ‘Los Buenos’ se pusieron rockeros y bailables, con el público saltando como si les quemasen los pies. Con ‘El hombre del saco’ se volvieron más rítmicos y tribales, llenando el concierto de testosterona blanda. Y con ‘Maldita dulzura’, una de las mejores canciones de ‘Mapas’, su disco de 2011, se pusieron románticos de taberna, con Pucho pareciéndose a un hijo superdotado entre Enrique Búnbury y Nacho Vegas.
El escenario simulaba un local de ensayo, con la banda metida en una especie de circunferencia rodeada por unos raíles donde una cámara no dejaba de dar vueltas y grabarlos. A estas alturas, el público estaba exhausto y eso que el concierto apenas había comenzado. Tampoco les dejaron tiempo para coger aire y con ‘Fuego’ el público empezó a cantar la letra como si recitase un salmo en una iglesia. Es lo que tienen los fans de ahora, que convierten a las bandas en una religión.
Pucho no dejaba de moverse, con sus contorsiones epilépticas tan hipnóticas como una serpiente de cascabel. El resto de la banda aparecía en un segundo plano, destacando la guitarra de Guille y la batería y percusión de David García y Jorge González. «Se me había olvidado la inmensa suerte que tenemos con nuestro público. Os echamos muchísimo de menos, estáis siempre al quite. Qué importante es tener un público tan guapo», afirmó el cantante.
Canciones clásicas como ‘La cuadratura del círculo’ o ‘Los días raros’ destacaron sobre sus nuevas composiciones
El concierto estaba convirtiéndose en demasiado homogéneo, hasta que empezaron a experimentar con el xilofón, dejaron que una atmósfera onírica llenase la sala y empezaron a susurrar antes que cantar con ‘Lo importante’, otro de los cortes de su nuevo disco. Suena a ensoñación, a quejido dulce, a juguete roto con el que juegas y juegas hasta desintegrarse, en uno de los temas nuevos más memorables.
A partir de aquí empezó su parte más canalla y de cancionero español. Con ‘Puñalada trapera’ convirtieron el Sant Jordi en un antro donde cantar coplas de sangre. Esta especie de fandango electrificado logró meterse en la piel de la gente. Es una canción grasa, que mancha la carne, que marea como una borrachera de vino barato y electrifica como, como, como el alcohol arrojado a las heridas. Dios, la poesía de Vetusta Morla es contagiosa, lo siento.
Siguieron íntimos y juguetones con ‘23 de junio’. con el público balanceándose alegre a ritmo de vals. Y la parte folclórica del concierto continuó con la fanfarria de ‘La virgen de la humanidad’ con Pocho coqueteando en su fraseo con el ‘spoken word’. Llevábamos una hora de concierto y se notaba la emoción y el nerviosismo de una banda que vuelve a los escenarios después de mucho tiempo. Esto daba más naturalidad al concierto. Nada parecía frío o calculado, sino que surgía urgente, a veces con precipitaciones, pero siempre con entrega y entusiasmo.
Con ‘Boca a tierra’ volvieron a su tradicional épica como si fueran unos Arcade Fire madrileños. Canciones así vigorizan a cualquiera. Con ‘Cuarteles de invierno’, Pucho no pudo más y cayó al suelo en uno de los momentos cumbre de todo el concierto, ante la euforia de un público que agradecía de corazón el desgaste de estos nuevos Vetusta Morla. Bajaron algo la revoluciones con ‘La vieja escuela’, con el cantante interpretando con las manos la letra de la canción como si de un baile viral de Tik Tok se tratara. Sonaba ochentera, a Simple Minds, a Echo and the Bunnymen, con un montón de luces estroboscópicas dando un punto de psicodelia a la mezcla.
Nadie se podía quejar del repertorio. Las nuevas canciones, bien separadas entre sí, no molestaban. La banda había añadido las letras para que al menos su público las pudiera seguir y se agradecía. Pero era en las canciones de siempre en que la emoción soltaba latigazos más fuertes. Les pasa a todas las bandas del mundo. Con ‘Te lo digo a ti’ pasó el momento confuso de la noche. De pronto, Pucho, a media canción, mandó parar de golpe a la banda y comenzó a balbucear unas palabras que parecían no tener sentido. Hay que decir que el número parecía ensayado. No pareció muy natural, no, pero el ‘gimmick’ funcionó al menos para encender la canción y volver esta especie de homenaje a The Clash en una gran oda al punk
Llegábamos a los instantes finales del concierto. Antes, la banda volvió a las canciones de su disco nuevo, todavía con nombre desconocido. ‘La caja de los truenos’ funciona casi como una rock ópera en la que Pucho habla del desastre del mundo contemporáneo y los peligros de la inacción. Otro de esos blues rasgados y rabiosos que acabó con los cinco juntos, en fila, cantando prácticamente a capella como si del mismísimo ‘Bohemian Rapsody’ se tratara.
Y ya llegó el momento de sus grandes ‘hits’. ‘Valiente’ ralentizada en un principio y explosiva después, obligó al cantante a coger un abanico y darse un poco de aire. Le siguió ‘La cuadratura del círculo’ estruendos rock con un gran Guille Galván para uno de los mejores momentos de la noche. La muralla de sonido que fueron creando, en un electrizante in crescendo, convirtió a la canción en un gigante gargantuesco que amenazaba con devorarnos a todos. Fantástico.
Vetusta Morla y el imparable directo de Pucho
Así acabó un concierto que fue creciendo a medida que avanzaba. Quedaban los bises, o así está escrito en la parafernalia de los directos. El palacio, a oscuras, encendió las luces de los móviles de la gente mientras reclamaban la vuelta de la banda. Estaba claro que Vetusta Morla no iba a decepcionar a sus fans.
Volvieron, sí, menos mal y lo hicieron lánguidos, con una especie de nana, ‘Si nos quedamos solos en el mundo’, otra de las canciones tranquilas que se escapan un poco del lado más homogéneo de su catálogo. «Barcelona, ¿como ha dio la noche? Ha sido una noche de estreno bastante emocionante. Hemos de decir que bastante poco hemos llorado. Llevamos un mes de ensayos llorando por las esquinas. Muchísimas gracias por compartir este espacio nuevo con nosotros y de haber sido tan respetuosos», dijo Pancho, provocando un estruendoso aplauso.
Para acabar de verdad, la nocturna ‘Consejo de sabios’ con Pocho a lo Nick Cave; y ‘Copenhague’, canción entre canciones con su hermosa y abrazada melodía en busca de enternecernos a todos. Aunque la explosión final llegó con una versión espectral de ‘Los días raros’. Disparó la adrenalina de un público que, a partir de entonces, no dejó de corear el nombre de la banda. Hasta el teclista Juan Manuel Latorre miraba las pantallas con una enorme sonrisa para creer lo que estaba viendo. «En el 90 aniversario de su atroz asesinato, como decía el poeta García Lorca, ¡hay que vivir!», gritó Pocho para despedirse y no hay por qué negarlo, tenía toda la razón del mundo.

