La idea es aparecer por aquí todas las semanas con un chiste, y con ese chiste iniciar o cerrar una idea. Sean generosos conmigo, entiendan chiste en su maravillosamente amplia dimensión: nos vale lo que a mí me ayude a salir del paso cada siete días. Por ejemplo, una escena, como la del episodio quince de la tercera temporada de ‘Seinfeld’, titulado ‘El suicidio’. George Costanza (Jason Alexander) y Jerry Seinfeld (Jerry Seinfeld) se encuentran en el descansillo. George está alegre. «Ya lo tengo todo listo. Me voy a las islas Caimán este viernes». Jerry, que sabe que su amigo está desempleado, le responde con sarcasmo. «No lo entiendo, ¿quién se va de vacaciones sin tener trabajo? ¿Qué necesitas, un descanso de levantarte a las once?». Es que no falla. Primer rayo de sol y ya viene alguien que te cuenta, o que publica en redes sociales, o que grita en el micrófono que le dejen, las ganas que tiene de irse de vacaciones. «Bueno, qué bien, veranito, tiempo para mí, ya tocaba, un merecido descanso, sed buenos mientras no estoy, pero no os relajéis mucho que regreso con las pilas cargadas dentro de nada, jeje, no todo es trabajar, también hay que disfrutar» y suma y sigue. Hay cientos de versiones, aunque como asturiano una de las que más me duele es la de «necesitaba norte». Mira, me mato, cojo y me mato. Exactamente, ¿por qué te hacía falta tanto norte? ¿Para desconectar de tu ajetreada vida en la que te levantas a las once?La cultura tiene dos tipos de trabajos. Invisibles, sufridos, de jornadas largas y excesivo peso muerto (cámaras, micrófonos) que soportar. Esos son los que comprendo que no puedan esperar a remojarse en el mar. Luego están los otros, los visibles; sí, emocionalmente complejos; también, repletos de presión; pero no, no son tan duros. Quizás lo sean en temporadas concretas, quizás se junten meses de mucha intensidad, pero lo más habitual es que haya parones entre una ocupación y otra con suficiente margen para recuperar.De hecho, esto es lo más difícil de llevar. Esas mañanas de autónomo en las que uno se enfrenta a un ordenador en el que no entran correos. Esos meses en los que hay que quedarse en casa, poniendo lavadoras, porque la serie o la película se está montando, o el programa se está emitiendo, así que solo queda esperar. Tenemos tanta urgencia por formar parte de una rueda que, en vez de hablar con honestidad de nuestra desfigurada realidad, jugamos a pretender. Ningún panadero cancelaría su verano por la oportunidad de hacer mejor pan, pero absolutamente todos los actores que conozco se saltarían el cumpleaños de su abuela si llama Sorogoyen. Tan mal no estaremos. No, las vacaciones de la afortunada gente que se dedica a hablarle a una cámara no son como las de los demás. Son más confusas, porque se celebran rodeadas de incertidumbre.Amigos bajo el solCuatro temporadas después, en la séptima, en un episodio llamado ‘The pool guy’ (El tipo de la piscina), Jerry se topa en un cine con Ramón (Carlos Jacott). Es un muchacho que trabaja en la piscina a la que Jerry va a nadar. Ramón se toma ciertas libertades con Jerry desde ese encuentro: se auto declara amigo suyo. Aparece por su casa sin avisar, le sigue a todas partes. Harto, Jerry le para al bajarse del metro. «Mira Ramón, pareces un tío majo, pero ya tengo tres amigos, no creo que pueda gestionar ninguno más». La reflexión funciona como si le estuvieses dando helado directamente al hipotálamo. No solo revisa de forma inocente pero fabulosa esa premisa salvaje de la serie, la de cuatro amigos que están juntos todos los días, sino que además nos mira fijamente al resto como si nos entendiese a la perfección. Cuántos amigos tienes, y cuántos te sobran.«Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza»Qué difícil es hacer amistades en el trabajo cuando los rostros que conforman a tus compañeros cambian cada poco. Qué envidia esa gente que invita a sus bodas a sus cinco colegas de la oficina. Si Antonio Banderas se casase e hiciese eso, tendría que salir de su propia ceremonia para dejar espacio a sus bailarines. Es complejo. Yo me suelo comportar un poco como Jerry, creo que el secreto es ser amable y cumplidor profesionalmente, pero sin olvidar que somos compañeros de trabajo. Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza. Pero claro, con esta distancia tan medida, luego soy yo la tonta que no consigue crear relaciones significativas con nadie. Menos mal que ya tengo tres amigos (son alguno más) y que me voy con ellos pronto de vacaciones, a descansar, que ya toca, pero pronto vuelvo, con las pilas cargadas, sed buenos, necesito norte. La idea es aparecer por aquí todas las semanas con un chiste, y con ese chiste iniciar o cerrar una idea. Sean generosos conmigo, entiendan chiste en su maravillosamente amplia dimensión: nos vale lo que a mí me ayude a salir del paso cada siete días. Por ejemplo, una escena, como la del episodio quince de la tercera temporada de ‘Seinfeld’, titulado ‘El suicidio’. George Costanza (Jason Alexander) y Jerry Seinfeld (Jerry Seinfeld) se encuentran en el descansillo. George está alegre. «Ya lo tengo todo listo. Me voy a las islas Caimán este viernes». Jerry, que sabe que su amigo está desempleado, le responde con sarcasmo. «No lo entiendo, ¿quién se va de vacaciones sin tener trabajo? ¿Qué necesitas, un descanso de levantarte a las once?». Es que no falla. Primer rayo de sol y ya viene alguien que te cuenta, o que publica en redes sociales, o que grita en el micrófono que le dejen, las ganas que tiene de irse de vacaciones. «Bueno, qué bien, veranito, tiempo para mí, ya tocaba, un merecido descanso, sed buenos mientras no estoy, pero no os relajéis mucho que regreso con las pilas cargadas dentro de nada, jeje, no todo es trabajar, también hay que disfrutar» y suma y sigue. Hay cientos de versiones, aunque como asturiano una de las que más me duele es la de «necesitaba norte». Mira, me mato, cojo y me mato. Exactamente, ¿por qué te hacía falta tanto norte? ¿Para desconectar de tu ajetreada vida en la que te levantas a las once?La cultura tiene dos tipos de trabajos. Invisibles, sufridos, de jornadas largas y excesivo peso muerto (cámaras, micrófonos) que soportar. Esos son los que comprendo que no puedan esperar a remojarse en el mar. Luego están los otros, los visibles; sí, emocionalmente complejos; también, repletos de presión; pero no, no son tan duros. Quizás lo sean en temporadas concretas, quizás se junten meses de mucha intensidad, pero lo más habitual es que haya parones entre una ocupación y otra con suficiente margen para recuperar.De hecho, esto es lo más difícil de llevar. Esas mañanas de autónomo en las que uno se enfrenta a un ordenador en el que no entran correos. Esos meses en los que hay que quedarse en casa, poniendo lavadoras, porque la serie o la película se está montando, o el programa se está emitiendo, así que solo queda esperar. Tenemos tanta urgencia por formar parte de una rueda que, en vez de hablar con honestidad de nuestra desfigurada realidad, jugamos a pretender. Ningún panadero cancelaría su verano por la oportunidad de hacer mejor pan, pero absolutamente todos los actores que conozco se saltarían el cumpleaños de su abuela si llama Sorogoyen. Tan mal no estaremos. No, las vacaciones de la afortunada gente que se dedica a hablarle a una cámara no son como las de los demás. Son más confusas, porque se celebran rodeadas de incertidumbre.Amigos bajo el solCuatro temporadas después, en la séptima, en un episodio llamado ‘The pool guy’ (El tipo de la piscina), Jerry se topa en un cine con Ramón (Carlos Jacott). Es un muchacho que trabaja en la piscina a la que Jerry va a nadar. Ramón se toma ciertas libertades con Jerry desde ese encuentro: se auto declara amigo suyo. Aparece por su casa sin avisar, le sigue a todas partes. Harto, Jerry le para al bajarse del metro. «Mira Ramón, pareces un tío majo, pero ya tengo tres amigos, no creo que pueda gestionar ninguno más». La reflexión funciona como si le estuvieses dando helado directamente al hipotálamo. No solo revisa de forma inocente pero fabulosa esa premisa salvaje de la serie, la de cuatro amigos que están juntos todos los días, sino que además nos mira fijamente al resto como si nos entendiese a la perfección. Cuántos amigos tienes, y cuántos te sobran.«Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza»Qué difícil es hacer amistades en el trabajo cuando los rostros que conforman a tus compañeros cambian cada poco. Qué envidia esa gente que invita a sus bodas a sus cinco colegas de la oficina. Si Antonio Banderas se casase e hiciese eso, tendría que salir de su propia ceremonia para dejar espacio a sus bailarines. Es complejo. Yo me suelo comportar un poco como Jerry, creo que el secreto es ser amable y cumplidor profesionalmente, pero sin olvidar que somos compañeros de trabajo. Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza. Pero claro, con esta distancia tan medida, luego soy yo la tonta que no consigue crear relaciones significativas con nadie. Menos mal que ya tengo tres amigos (son alguno más) y que me voy con ellos pronto de vacaciones, a descansar, que ya toca, pero pronto vuelvo, con las pilas cargadas, sed buenos, necesito norte. RSS de noticias de cultura
La idea es aparecer por aquí todas las semanas con un chiste, y con ese chiste iniciar o cerrar una idea. Sean generosos conmigo, entiendan chiste en su maravillosamente amplia dimensión: nos vale lo que a mí me ayude a salir del paso cada siete … días. Por ejemplo, una escena, como la del episodio quince de la tercera temporada de ‘Seinfeld’, titulado ‘El suicidio’. George Costanza (Jason Alexander) y Jerry Seinfeld (Jerry Seinfeld) se encuentran en el descansillo. George está alegre. «Ya lo tengo todo listo. Me voy a las islas Caimán este viernes». Jerry, que sabe que su amigo está desempleado, le responde con sarcasmo. «No lo entiendo, ¿quién se va de vacaciones sin tener trabajo? ¿Qué necesitas, un descanso de levantarte a las once?».
Es que no falla. Primer rayo de sol y ya viene alguien que te cuenta, o que publica en redes sociales, o que grita en el micrófono que le dejen, las ganas que tiene de irse de vacaciones. «Bueno, qué bien, veranito, tiempo para mí, ya tocaba, un merecido descanso, sed buenos mientras no estoy, pero no os relajéis mucho que regreso con las pilas cargadas dentro de nada, jeje, no todo es trabajar, también hay que disfrutar» y suma y sigue. Hay cientos de versiones, aunque como asturiano una de las que más me duele es la de «necesitaba norte». Mira, me mato, cojo y me mato. Exactamente, ¿por qué te hacía falta tanto norte? ¿Para desconectar de tu ajetreada vida en la que te levantas a las once?
La cultura tiene dos tipos de trabajos. Invisibles, sufridos, de jornadas largas y excesivo peso muerto (cámaras, micrófonos) que soportar. Esos son los que comprendo que no puedan esperar a remojarse en el mar. Luego están los otros, los visibles; sí, emocionalmente complejos; también, repletos de presión; pero no, no son tan duros. Quizás lo sean en temporadas concretas, quizás se junten meses de mucha intensidad, pero lo más habitual es que haya parones entre una ocupación y otra con suficiente margen para recuperar.
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De hecho, esto es lo más difícil de llevar. Esas mañanas de autónomo en las que uno se enfrenta a un ordenador en el que no entran correos. Esos meses en los que hay que quedarse en casa, poniendo lavadoras, porque la serie o la película se está montando, o el programa se está emitiendo, así que solo queda esperar. Tenemos tanta urgencia por formar parte de una rueda que, en vez de hablar con honestidad de nuestra desfigurada realidad, jugamos a pretender. Ningún panadero cancelaría su verano por la oportunidad de hacer mejor pan, pero absolutamente todos los actores que conozco se saltarían el cumpleaños de su abuela si llama Sorogoyen. Tan mal no estaremos. No, las vacaciones de la afortunada gente que se dedica a hablarle a una cámara no son como las de los demás. Son más confusas, porque se celebran rodeadas de incertidumbre.
Amigos bajo el sol
Cuatro temporadas después, en la séptima, en un episodio llamado ‘The pool guy’ (El tipo de la piscina), Jerry se topa en un cine con Ramón (Carlos Jacott). Es un muchacho que trabaja en la piscina a la que Jerry va a nadar. Ramón se toma ciertas libertades con Jerry desde ese encuentro: se auto declara amigo suyo. Aparece por su casa sin avisar, le sigue a todas partes. Harto, Jerry le para al bajarse del metro. «Mira Ramón, pareces un tío majo, pero ya tengo tres amigos, no creo que pueda gestionar ninguno más». La reflexión funciona como si le estuvieses dando helado directamente al hipotálamo. No solo revisa de forma inocente pero fabulosa esa premisa salvaje de la serie, la de cuatro amigos que están juntos todos los días, sino que además nos mira fijamente al resto como si nos entendiese a la perfección. Cuántos amigos tienes, y cuántos te sobran.
«Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza»
Qué difícil es hacer amistades en el trabajo cuando los rostros que conforman a tus compañeros cambian cada poco. Qué envidia esa gente que invita a sus bodas a sus cinco colegas de la oficina. Si Antonio Banderas se casase e hiciese eso, tendría que salir de su propia ceremonia para dejar espacio a sus bailarines. Es complejo. Yo me suelo comportar un poco como Jerry, creo que el secreto es ser amable y cumplidor profesionalmente, pero sin olvidar que somos compañeros de trabajo. Jugar en exceso con la confianza inicial hace que sea más delicado modificar dinámicas o llamar la atención sobre cualquier rareza. Pero claro, con esta distancia tan medida, luego soy yo la tonta que no consigue crear relaciones significativas con nadie. Menos mal que ya tengo tres amigos (son alguno más) y que me voy con ellos pronto de vacaciones, a descansar, que ya toca, pero pronto vuelvo, con las pilas cargadas, sed buenos, necesito norte.

