Un «bailarín dórico» llamado Eduardo Chillida

Y SU MUJER-MOTOR, PILAR BELZUNCE. El lunes estuve por enésima vez en Chillida Leku, el museo de escultura al aire libre que fundaron el artista y su mujer Pilar Belzunce en el año 2000 junto al caserío Zabalaga de Hernani, a apenas 7 km de San Sebastián. Un fabuloso jardín zen que su familia cerró diez años después debido a su caro mantenimiento -y a perder su pulso contra el Gobierno Vasco- pero que lograron reabrir en 2019 con la ayuda de la galería Hauser & Wirth, que representa comercialmente el legado de Chillida (antaño lo hizo la galería Maeght). En la actualidad, la gestión y dirección de estas 11 hectáreas con más de 40 obras del donostiarra la lleva su nieto Mikel. Uno de los muchos que tiene, porque Chillida fue prolífico en todo, por algo sus ocho hijos llamaban a las esculturas sus «hermanas». Éstas le quitaban mucho tiempo a los aitas, cuyas ausencias se debían a ellas. Eso cuenta en sus memorias familiares Susana Chillida, lectura que recomiendo mucho para conocer más a este interesante clan. En mi batida de opiniones por Zarautz entre gente de todo tipo y condición, hay quien lleva muy a gala que sea guipuzcoano pero a su vez le afea a Pilar Belzunce que se llevara tan bien con el Rey Juan Carlos. También hay quien opina que hay demasiados chillidas (familiares) viviendo del legado del artista, algo así como los Vargas Llosa, dispuestos a vivir del escritor siete generaciones más. Hay quorum, eso sí, a la hora de reconocer la importancia de la figura de Belzunce en su vida. La más social de los dos, la estratega, la mujer que apostó por él desde el principio cuando dejó la Real Sociedad, donde jugaba de portero. El año pasado se cumplieron 100 años de su nacimiento y aprovecharon en el museo para reinvindicar su papel en la vida y obra de su marido. Nacida en Filipinas hija de un gran hacendado del azúcar, regresó a San Sebastián después de la guerra civil y al poco de llegar conoció al que sería el amor de su vida. Dice Susana Chillida que no quiso ennoviarse muy rápido, que le gustaba salir a bailar y que Eduardo era un «bailarín dórico», léase, un palo de escoba sin gracia alguna. Cuentan que siempre puso al maestro por delante de sus intereses. Tampoco la pintan de esposa abnegada, más bien de mujer de carácter que velaba por los intereses del grupo. Hacían un buen equipo y ella también tenía talento artístico. Pintaba cuando tenía tiempo, que era poco con tanta criatura, pero cuando Chillida murió le dio tela a los pinceles. Recuerdo cuando él estaba muy enfermo, yo acababa de aterrizar en este periódico como becaria de la sección de Cultura. El buen hombre tardó en morirse meses, hicimos un especial de varias páginas que tuvimos que ir actualizando. Me gustan tanto como las obras de Chillida las especies de árboles que hay en su frondoso bosque. Robles, higueras gigantes, abedules que deberían ser tratados como sus master pieces en colaboración con Calder o en homenaje a Balenciaga. Me sorprendió el número escaso de visitantes para ser mes de julio. Pero lo hizo para bien; al fin un lugar por aquí no atestado de turistas. Imprescindible el pincho de tortilla de su cafetería para quienes no se puedan permitir Mugaritz, que está al lado. Para los green fingers, recomiendo también el jardín botánico escondido que se llama Lur Garden que no está nada lejos.

 Y SU MUJER-MOTOR, PILAR BELZUNCE. El lunes estuve por enésima vez en Chillida Leku, el museo de escultura al aire libre que fundaron el artista y su mujer  

Y SU MUJER-MOTOR, PILAR BELZUNCE. El lunes estuve por enésima vez en Chillida Leku, el museo de escultura al aire libre que fundaron el artista y su mujer Pilar Belzunce en el año 2000 junto al caserío Zabalaga de Hernani, a apenas 7 km de San Sebastián. Un fabuloso jardín zen que su familia cerró diez años después debido a su caro mantenimiento -y a perder su pulso contra el Gobierno Vasco- pero que lograron reabrir en 2019 con la ayuda de la galería Hauser & Wirth, que representa comercialmente el legado de Chillida (antaño lo hizo la galería Maeght). En la actualidad, la gestión y dirección de estas 11 hectáreas con más de 40 obras del donostiarra la lleva su nieto Mikel. Uno de los muchos que tiene, porque Chillida fue prolífico en todo, por algo sus ocho hijos llamaban a las esculturas sus «hermanas». Éstas le quitaban mucho tiempo a los aitas, cuyas ausencias se debían a ellas. Eso cuenta en sus memorias familiares Susana Chillida, lectura que recomiendo mucho para conocer más a este interesante clan. En mi batida de opiniones por Zarautz entre gente de todo tipo y condición, hay quien lleva muy a gala que sea guipuzcoano pero a su vez le afea a Pilar Belzunce que se llevara tan bien con el Rey Juan Carlos. También hay quien opina que hay demasiados chillidas (familiares) viviendo del legado del artista, algo así como los Vargas Llosa, dispuestos a vivir del escritor siete generaciones más. Hay quorum, eso sí, a la hora de reconocer la importancia de la figura de Belzunce en su vida. La más social de los dos, la estratega, la mujer que apostó por él desde el principio cuando dejó la Real Sociedad, donde jugaba de portero. El año pasado se cumplieron 100 años de su nacimiento y aprovecharon en el museo para reinvindicar su papel en la vida y obra de su marido. Nacida en Filipinas hija de un gran hacendado del azúcar, regresó a San Sebastián después de la guerra civil y al poco de llegar conoció al que sería el amor de su vida. Dice Susana Chillida que no quiso ennoviarse muy rápido, que le gustaba salir a bailar y que Eduardo era un «bailarín dórico», léase, un palo de escoba sin gracia alguna. Cuentan que siempre puso al maestro por delante de sus intereses. Tampoco la pintan de esposa abnegada, más bien de mujer de carácter que velaba por los intereses del grupo. Hacían un buen equipo y ella también tenía talento artístico. Pintaba cuando tenía tiempo, que era poco con tanta criatura, pero cuando Chillida murió le dio tela a los pinceles. Recuerdo cuando él estaba muy enfermo, yo acababa de aterrizar en este periódico como becaria de la sección de Cultura. El buen hombre tardó en morirse meses, hicimos un especial de varias páginas que tuvimos que ir actualizando. Me gustan tanto como las obras de Chillida las especies de árboles que hay en su frondoso bosque. Robles, higueras gigantes, abedules que deberían ser tratados como sus master pieces en colaboración con Calder o en homenaje a Balenciaga. Me sorprendió el número escaso de visitantes para ser mes de julio. Pero lo hizo para bien; al fin un lugar por aquí no atestado de turistas. Imprescindible el pincho de tortilla de su cafetería para quienes no se puedan permitir Mugaritz, que está al lado. Para los green fingers, recomiendo también el jardín botánico escondido que se llama Lur Garden que no está nada lejos.

 LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón

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