Descubrí enseguida que me había quedado sin amigos. Lo descubrí a los catorce años y me lo oculté y se me dio bien fingir que tenía todavía algo que ver con ellos. No me servían para escribir porque no me enseñaban nada. En la vida, yo no podía soportar sus porros, sus botellones, sus discotecas ni ellos podían pagar mis restaurantes. Pensar que tenía amigos era mucho mejor que ir con ellos.Con mi familia rota, desvanecidos mis afectos escogidos, y mi yo poco acostumbrado a estar solo, tuve que hacer algún equilibrio y elegí la posición de mi familia, aunque apoyada en la cuña del dolor; y la bandera simbólica de mis amigos, teniendo que disimular la indiferencia. Pero pactar es más fácil en la vida que en los artículos y empecé a escribir sobre la destrucción familiar y el vértigo que causa que tu mundo infantil se hunda antes de que haya nacido el nuevo. Mi yo que vive tenía una pequeña estrategia para cruzar la tormenta, pero mi yo que escribe le volvió a robar los pantalones.Escribía a mano, en aquel tiempo, y los papeles quedaban amontonados en una bandeja sobre la mesa. No daba a leer, o por lo menos no todos, pero mi abuela a veces tomaba unos cuantos y luego los devolvía.Aquella tarde de agosto hizo algo poco frecuente y ordenó a Miguela que sirviera los aperitivos al borde de la piscina. Eran las siete, teníamos invitados a las nueve, y si ella no se mojaba el pelo era capaz de arreglarse en menos de media hora.No tuvimos una gran conversación sino dos conversaciones seguidas, aunque una dependía de la otra. La primera fue sobre la familia y empezó con un tono tan bajo que temí haberla ofendido en algunas de las cosas que había escrito sobre lo duras que eran nuestras relaciones. Poco a poco descubrí que no estaba ofendida sino profundamente herida, y no fue por lo que yo había escrito sino por lo que había sufrido con mi abuelo, que la abandonó a finales de los 70, y por supuesto con mi madre. «Tú te sientes roto porque eres pequeño y todavía esperas mucho de tu familia. Y te lo vamos a dar, pero a nuestra manera rota, y esto siempre te va a doler y en cierto modo humillar». –¿Y es imposible de curar?–No es imposible pero depende de ti. Si cuando crezcas y tengas tu familia, todavía esperas algo de tu mujer e hijos, continuarás para siempre enfermo. Si entiendes que te debes a ellos con toda tu pasión, y todas tus frustraciones, feliz no serás, pero entenderás lo que estás haciendo. Mantuvo el tono bajo y no lloró pero estuvo más cerca de llorar de lo que jamás la había visto.Noté que estábamos en otra conversación completamente distinta, porque su voz volvió a ser la de siempre y pidió el segundo negroni con la energía de los buenos bebedores. Sin embargo el tema era el mismo y otra vez cualquier posible redención recaía sobre mi camino solitario. –Tus amigos son trabajar. Tus amigos son escribir.–¿Has leído lo que he escrito?–Sí. Y he conocido a tus amigos. «Tu lugar en el mundo» –me dijo, notándose que disfrutaba de la conversación tanto como la anterior le había dolido– «no lo van a determinar tus amigos, ni lo que piensen de ti, ni poder hablar con ellos de tus problemas. Tampoco lo que tú esperes de tu familia, como te decía antes. La amistad es trabajar mucho, trabajar muy bien, y ofrecer todo lo que tú eres a los demás, que es lo mismo que ofrecerlo a Dios. Trabajar es tu manera de relacionarte con tu familia y de poder pagar lo que necesitan, porque te dicen que te quieren, y puede que sea cierto, pero lo seguro es que te necesitan. Salvador, tú ya no estás a tiempo de relacionarte con los demás con tu persona. Muy pocos entendemos tu formación, y muchos menos sabemos quererla. Tus verdaderos amigos serán los que se te acerquen por el esplendor de tu genio. Esto es muy fácil de entender, y créeme, querrán estar cerca». Descubrí enseguida que me había quedado sin amigos. Lo descubrí a los catorce años y me lo oculté y se me dio bien fingir que tenía todavía algo que ver con ellos. No me servían para escribir porque no me enseñaban nada. En la vida, yo no podía soportar sus porros, sus botellones, sus discotecas ni ellos podían pagar mis restaurantes. Pensar que tenía amigos era mucho mejor que ir con ellos.Con mi familia rota, desvanecidos mis afectos escogidos, y mi yo poco acostumbrado a estar solo, tuve que hacer algún equilibrio y elegí la posición de mi familia, aunque apoyada en la cuña del dolor; y la bandera simbólica de mis amigos, teniendo que disimular la indiferencia. Pero pactar es más fácil en la vida que en los artículos y empecé a escribir sobre la destrucción familiar y el vértigo que causa que tu mundo infantil se hunda antes de que haya nacido el nuevo. Mi yo que vive tenía una pequeña estrategia para cruzar la tormenta, pero mi yo que escribe le volvió a robar los pantalones.Escribía a mano, en aquel tiempo, y los papeles quedaban amontonados en una bandeja sobre la mesa. No daba a leer, o por lo menos no todos, pero mi abuela a veces tomaba unos cuantos y luego los devolvía.Aquella tarde de agosto hizo algo poco frecuente y ordenó a Miguela que sirviera los aperitivos al borde de la piscina. Eran las siete, teníamos invitados a las nueve, y si ella no se mojaba el pelo era capaz de arreglarse en menos de media hora.No tuvimos una gran conversación sino dos conversaciones seguidas, aunque una dependía de la otra. La primera fue sobre la familia y empezó con un tono tan bajo que temí haberla ofendido en algunas de las cosas que había escrito sobre lo duras que eran nuestras relaciones. Poco a poco descubrí que no estaba ofendida sino profundamente herida, y no fue por lo que yo había escrito sino por lo que había sufrido con mi abuelo, que la abandonó a finales de los 70, y por supuesto con mi madre. «Tú te sientes roto porque eres pequeño y todavía esperas mucho de tu familia. Y te lo vamos a dar, pero a nuestra manera rota, y esto siempre te va a doler y en cierto modo humillar». –¿Y es imposible de curar?–No es imposible pero depende de ti. Si cuando crezcas y tengas tu familia, todavía esperas algo de tu mujer e hijos, continuarás para siempre enfermo. Si entiendes que te debes a ellos con toda tu pasión, y todas tus frustraciones, feliz no serás, pero entenderás lo que estás haciendo. Mantuvo el tono bajo y no lloró pero estuvo más cerca de llorar de lo que jamás la había visto.Noté que estábamos en otra conversación completamente distinta, porque su voz volvió a ser la de siempre y pidió el segundo negroni con la energía de los buenos bebedores. Sin embargo el tema era el mismo y otra vez cualquier posible redención recaía sobre mi camino solitario. –Tus amigos son trabajar. Tus amigos son escribir.–¿Has leído lo que he escrito?–Sí. Y he conocido a tus amigos. «Tu lugar en el mundo» –me dijo, notándose que disfrutaba de la conversación tanto como la anterior le había dolido– «no lo van a determinar tus amigos, ni lo que piensen de ti, ni poder hablar con ellos de tus problemas. Tampoco lo que tú esperes de tu familia, como te decía antes. La amistad es trabajar mucho, trabajar muy bien, y ofrecer todo lo que tú eres a los demás, que es lo mismo que ofrecerlo a Dios. Trabajar es tu manera de relacionarte con tu familia y de poder pagar lo que necesitan, porque te dicen que te quieren, y puede que sea cierto, pero lo seguro es que te necesitan. Salvador, tú ya no estás a tiempo de relacionarte con los demás con tu persona. Muy pocos entendemos tu formación, y muchos menos sabemos quererla. Tus verdaderos amigos serán los que se te acerquen por el esplendor de tu genio. Esto es muy fácil de entender, y créeme, querrán estar cerca». RSS de noticias de cultura
Descubrí enseguida que me había quedado sin amigos. Lo descubrí a los catorce años y me lo oculté y se me dio bien fingir que tenía todavía algo que ver con ellos. No me servían para escribir porque no me enseñaban nada. En la vida, … yo no podía soportar sus porros, sus botellones, sus discotecas ni ellos podían pagar mis restaurantes. Pensar que tenía amigos era mucho mejor que ir con ellos.
Con mi familia rota, desvanecidos mis afectos escogidos, y mi yo poco acostumbrado a estar solo, tuve que hacer algún equilibrio y elegí la posición de mi familia, aunque apoyada en la cuña del dolor; y la bandera simbólica de mis amigos, teniendo que disimular la indiferencia.
Pero pactar es más fácil en la vida que en los artículos y empecé a escribir sobre la destrucción familiar y el vértigo que causa que tu mundo infantil se hunda antes de que haya nacido el nuevo. Mi yo que vive tenía una pequeña estrategia para cruzar la tormenta, pero mi yo que escribe le volvió a robar los pantalones.
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Escribía a mano, en aquel tiempo, y los papeles quedaban amontonados en una bandeja sobre la mesa. No daba a leer, o por lo menos no todos, pero mi abuela a veces tomaba unos cuantos y luego los devolvía.
Aquella tarde de agosto hizo algo poco frecuente y ordenó a Miguela que sirviera los aperitivos al borde de la piscina. Eran las siete, teníamos invitados a las nueve, y si ella no se mojaba el pelo era capaz de arreglarse en menos de media hora.
No tuvimos una gran conversación sino dos conversaciones seguidas, aunque una dependía de la otra. La primera fue sobre la familia y empezó con un tono tan bajo que temí haberla ofendido en algunas de las cosas que había escrito sobre lo duras que eran nuestras relaciones. Poco a poco descubrí que no estaba ofendida sino profundamente herida, y no fue por lo que yo había escrito sino por lo que había sufrido con mi abuelo, que la abandonó a finales de los 70, y por supuesto con mi madre. «Tú te sientes roto porque eres pequeño y todavía esperas mucho de tu familia. Y te lo vamos a dar, pero a nuestra manera rota, y esto siempre te va a doler y en cierto modo humillar».
–¿Y es imposible de curar?
–No es imposible pero depende de ti. Si cuando crezcas y tengas tu familia, todavía esperas algo de tu mujer e hijos, continuarás para siempre enfermo. Si entiendes que te debes a ellos con toda tu pasión, y todas tus frustraciones, feliz no serás, pero entenderás lo que estás haciendo.
Mantuvo el tono bajo y no lloró pero estuvo más cerca de llorar de lo que jamás la había visto.
Noté que estábamos en otra conversación completamente distinta, porque su voz volvió a ser la de siempre y pidió el segundo negroni con la energía de los buenos bebedores. Sin embargo el tema era el mismo y otra vez cualquier posible redención recaía sobre mi camino solitario.
–Tus amigos son trabajar. Tus amigos son escribir.
–¿Has leído lo que he escrito?
–Sí. Y he conocido a tus amigos.
«Tu lugar en el mundo» –me dijo, notándose que disfrutaba de la conversación tanto como la anterior le había dolido– «no lo van a determinar tus amigos, ni lo que piensen de ti, ni poder hablar con ellos de tus problemas. Tampoco lo que tú esperes de tu familia, como te decía antes. La amistad es trabajar mucho, trabajar muy bien, y ofrecer todo lo que tú eres a los demás, que es lo mismo que ofrecerlo a Dios. Trabajar es tu manera de relacionarte con tu familia y de poder pagar lo que necesitan, porque te dicen que te quieren, y puede que sea cierto, pero lo seguro es que te necesitan. Salvador, tú ya no estás a tiempo de relacionarte con los demás con tu persona. Muy pocos entendemos tu formación, y muchos menos sabemos quererla. Tus verdaderos amigos serán los que se te acerquen por el esplendor de tu genio. Esto es muy fácil de entender, y créeme, querrán estar cerca».

