En junio de 2016, el presentador Conan O’Brien preguntaba al humorista Bo Burnham si tenía algún consejo que ofrecer a la juventud que quisiese triunfar en el entretenimiento, en el negocio del espectáculo. Burnham respondía: «Bueno, creo que lo mejor que puedes hacer es respirar hondo y rendirte. El sistema está amañado para acabar contigo. El talento y el trabajo duro no darán frutos». «Que Taylor Swift te diga ‘persigue tus sueños’», continuaba Burnham, «es como escuchar a un ganador de la lotería diciendo ‘convierte tus activos en efectivo, compra cupones, ¡funciona!’». Pienso en este chiste mínimo una vez al mes. No porque sea un descreído que analiza la realidad de otros como una mera consecución de casualidades (que también), sino porque muchas veces me encuentro siendo el reflejo ingenuo, el soñador, el motivado que ve una directriz del destino en las huellas que va dejando. Pongo un ejemplo. Estoy pasando un verano de mierda. Una ruptura y, de la mano, una mudanza. Para mover mi escaso patrimonio (libros, ropa y dos cuadros), he contratado los servicios de Ionut. Ionut ha estado ya conmigo en dos traslados. Ni amigos, ni familiares: ha sido Ionut el que ha estado allí, a mi lado, en dos momentos esenciales de mi historia reciente. Con una actitud entre bromista y seria, ha sabido transportar de un lado para otro toda mi intimidad. Un hombre de espíritu tranquilo, que habrá visto a cientos como yo: gente desnortada, agobiada, ya sea emocionada o triste. Para él, un día más; para ti, un día clave. Probablemente él lo entienda mejor. Cuando bajamos todas mis cajas a su furgoneta, Ionut me pregunta si me lleva al trastero en el que las vamos a dejar. Yo, que ni había pensado en esto, me subo agradecido. Su colega (¿quizás era su jefe?), él y yo vamos charlando durante el viaje. Que si las multas, que si el calor, que si el otro día hicieron la mudanza de una actriz de ‘La casa de papel’ (¿también pagará en negro?). A mitad del viaje me doy cuenta de que del espejo retrovisor cuelga un ambientador, un pequeño letrero que reza: si no cambias nada, nada cambiará.Lo cojo y lo leo una y otra vez, como si estuviese ahí únicamente para mí. Como si todas las dudas que me asaltan sobre mi presente pudiesen quedar resueltas gracias a este mensaje de la empresa AROMA CAR. Esta lágrima del capitalismo me está diciendo que no lo estoy haciendo mal, que mis inquietudes son correctas, que los cambios suceden por algo, que sí debo prestar atención a mi instinto. Me vengo arriba y pienso, además, qué buen mensaje para una empresa de mudanzas, qué inteligente haberlo colocado ahí. Ionut me mira mientras estoy embobado con su adorno y me explica, sin que yo diga nada: «ah, ¿eso? Estaba aquí ya cuando compramos la furgoneta. Eso y un pendiente que encontramos en el suelo». Le doy la vuelta al colgante y, efectivamente, de la cuerda que lo une al espejo cuelga también un pendiente con una botella de Absolut Vodka en miniatura.Después de reírme y con cierta vergüenza todavía en el cuerpo, me detuve a pensar en cuánto hablaba esto de lo que somos. En lo mucho que necesitamos que alguien nos diga que lo estamos haciendo bien. Vivimos perdidos, presas de una inagotable búsqueda de significado en nuestras vidas (pese a que cualquier vida viene ya con significado de serie). Esa necesidad de encontrar respuestas está más y peor alimentada que nunca. Somos hijos de aquella generación que no necesitó más que el discurso de Steve Jobs en Stanford, ese primer fenómeno de motivación viral, para fliparse. De aquellos barros se han formado los lodos del coaching, los gurús y los podcasts de estilo de vida, de inversión y de fitness. Junto a ellos, líderes religiosos, políticos aprovechados y opinadores varios. Estímulo tras estímulo, cada mañana nos convencemos de algo nuevo, y si la vida nos ofrece su rostro más amable por pura casualidad, se lo agradecemos a la última moda a la que nos hayamos apuntado. Pero todas estaban ya aquí cuando compramos la furgo. En junio de 2016, el presentador Conan O’Brien preguntaba al humorista Bo Burnham si tenía algún consejo que ofrecer a la juventud que quisiese triunfar en el entretenimiento, en el negocio del espectáculo. Burnham respondía: «Bueno, creo que lo mejor que puedes hacer es respirar hondo y rendirte. El sistema está amañado para acabar contigo. El talento y el trabajo duro no darán frutos». «Que Taylor Swift te diga ‘persigue tus sueños’», continuaba Burnham, «es como escuchar a un ganador de la lotería diciendo ‘convierte tus activos en efectivo, compra cupones, ¡funciona!’». Pienso en este chiste mínimo una vez al mes. No porque sea un descreído que analiza la realidad de otros como una mera consecución de casualidades (que también), sino porque muchas veces me encuentro siendo el reflejo ingenuo, el soñador, el motivado que ve una directriz del destino en las huellas que va dejando. Pongo un ejemplo. Estoy pasando un verano de mierda. Una ruptura y, de la mano, una mudanza. Para mover mi escaso patrimonio (libros, ropa y dos cuadros), he contratado los servicios de Ionut. Ionut ha estado ya conmigo en dos traslados. Ni amigos, ni familiares: ha sido Ionut el que ha estado allí, a mi lado, en dos momentos esenciales de mi historia reciente. Con una actitud entre bromista y seria, ha sabido transportar de un lado para otro toda mi intimidad. Un hombre de espíritu tranquilo, que habrá visto a cientos como yo: gente desnortada, agobiada, ya sea emocionada o triste. Para él, un día más; para ti, un día clave. Probablemente él lo entienda mejor. Cuando bajamos todas mis cajas a su furgoneta, Ionut me pregunta si me lleva al trastero en el que las vamos a dejar. Yo, que ni había pensado en esto, me subo agradecido. Su colega (¿quizás era su jefe?), él y yo vamos charlando durante el viaje. Que si las multas, que si el calor, que si el otro día hicieron la mudanza de una actriz de ‘La casa de papel’ (¿también pagará en negro?). A mitad del viaje me doy cuenta de que del espejo retrovisor cuelga un ambientador, un pequeño letrero que reza: si no cambias nada, nada cambiará.Lo cojo y lo leo una y otra vez, como si estuviese ahí únicamente para mí. Como si todas las dudas que me asaltan sobre mi presente pudiesen quedar resueltas gracias a este mensaje de la empresa AROMA CAR. Esta lágrima del capitalismo me está diciendo que no lo estoy haciendo mal, que mis inquietudes son correctas, que los cambios suceden por algo, que sí debo prestar atención a mi instinto. Me vengo arriba y pienso, además, qué buen mensaje para una empresa de mudanzas, qué inteligente haberlo colocado ahí. Ionut me mira mientras estoy embobado con su adorno y me explica, sin que yo diga nada: «ah, ¿eso? Estaba aquí ya cuando compramos la furgoneta. Eso y un pendiente que encontramos en el suelo». Le doy la vuelta al colgante y, efectivamente, de la cuerda que lo une al espejo cuelga también un pendiente con una botella de Absolut Vodka en miniatura.Después de reírme y con cierta vergüenza todavía en el cuerpo, me detuve a pensar en cuánto hablaba esto de lo que somos. En lo mucho que necesitamos que alguien nos diga que lo estamos haciendo bien. Vivimos perdidos, presas de una inagotable búsqueda de significado en nuestras vidas (pese a que cualquier vida viene ya con significado de serie). Esa necesidad de encontrar respuestas está más y peor alimentada que nunca. Somos hijos de aquella generación que no necesitó más que el discurso de Steve Jobs en Stanford, ese primer fenómeno de motivación viral, para fliparse. De aquellos barros se han formado los lodos del coaching, los gurús y los podcasts de estilo de vida, de inversión y de fitness. Junto a ellos, líderes religiosos, políticos aprovechados y opinadores varios. Estímulo tras estímulo, cada mañana nos convencemos de algo nuevo, y si la vida nos ofrece su rostro más amable por pura casualidad, se lo agradecemos a la última moda a la que nos hayamos apuntado. Pero todas estaban ya aquí cuando compramos la furgo. RSS de noticias de cultura
En junio de 2016, el presentador Conan O’Brien preguntaba al humorista Bo Burnham si tenía algún consejo que ofrecer a la juventud que quisiese triunfar en el entretenimiento, en el negocio del espectáculo. Burnham respondía: «Bueno, creo que lo mejor que puedes hacer es … respirar hondo y rendirte. El sistema está amañado para acabar contigo. El talento y el trabajo duro no darán frutos». «Que Taylor Swift te diga ‘persigue tus sueños’», continuaba Burnham, «es como escuchar a un ganador de la lotería diciendo ‘convierte tus activos en efectivo, compra cupones, ¡funciona!’». Pienso en este chiste mínimo una vez al mes. No porque sea un descreído que analiza la realidad de otros como una mera consecución de casualidades (que también), sino porque muchas veces me encuentro siendo el reflejo ingenuo, el soñador, el motivado que ve una directriz del destino en las huellas que va dejando.
Pongo un ejemplo. Estoy pasando un verano de mierda. Una ruptura y, de la mano, una mudanza. Para mover mi escaso patrimonio (libros, ropa y dos cuadros), he contratado los servicios de Ionut. Ionut ha estado ya conmigo en dos traslados. Ni amigos, ni familiares: ha sido Ionut el que ha estado allí, a mi lado, en dos momentos esenciales de mi historia reciente. Con una actitud entre bromista y seria, ha sabido transportar de un lado para otro toda mi intimidad. Un hombre de espíritu tranquilo, que habrá visto a cientos como yo: gente desnortada, agobiada, ya sea emocionada o triste. Para él, un día más; para ti, un día clave. Probablemente él lo entienda mejor. Cuando bajamos todas mis cajas a su furgoneta, Ionut me pregunta si me lleva al trastero en el que las vamos a dejar. Yo, que ni había pensado en esto, me subo agradecido. Su colega (¿quizás era su jefe?), él y yo vamos charlando durante el viaje. Que si las multas, que si el calor, que si el otro día hicieron la mudanza de una actriz de ‘La casa de papel’ (¿también pagará en negro?). A mitad del viaje me doy cuenta de que del espejo retrovisor cuelga un ambientador, un pequeño letrero que reza: si no cambias nada, nada cambiará.
Lo cojo y lo leo una y otra vez, como si estuviese ahí únicamente para mí. Como si todas las dudas que me asaltan sobre mi presente pudiesen quedar resueltas gracias a este mensaje de la empresa AROMA CAR. Esta lágrima del capitalismo me está diciendo que no lo estoy haciendo mal, que mis inquietudes son correctas, que los cambios suceden por algo, que sí debo prestar atención a mi instinto. Me vengo arriba y pienso, además, qué buen mensaje para una empresa de mudanzas, qué inteligente haberlo colocado ahí. Ionut me mira mientras estoy embobado con su adorno y me explica, sin que yo diga nada: «ah, ¿eso? Estaba aquí ya cuando compramos la furgoneta. Eso y un pendiente que encontramos en el suelo». Le doy la vuelta al colgante y, efectivamente, de la cuerda que lo une al espejo cuelga también un pendiente con una botella de Absolut Vodka en miniatura.
Noticia relacionada
Después de reírme y con cierta vergüenza todavía en el cuerpo, me detuve a pensar en cuánto hablaba esto de lo que somos. En lo mucho que necesitamos que alguien nos diga que lo estamos haciendo bien. Vivimos perdidos, presas de una inagotable búsqueda de significado en nuestras vidas (pese a que cualquier vida viene ya con significado de serie). Esa necesidad de encontrar respuestas está más y peor alimentada que nunca. Somos hijos de aquella generación que no necesitó más que el discurso de Steve Jobs en Stanford, ese primer fenómeno de motivación viral, para fliparse. De aquellos barros se han formado los lodos del coaching, los gurús y los podcasts de estilo de vida, de inversión y de fitness. Junto a ellos, líderes religiosos, políticos aprovechados y opinadores varios. Estímulo tras estímulo, cada mañana nos convencemos de algo nuevo, y si la vida nos ofrece su rostro más amable por pura casualidad, se lo agradecemos a la última moda a la que nos hayamos apuntado. Pero todas estaban ya aquí cuando compramos la furgo.

