Las tres cátedras en la vida y el ingenio de Matías Cortés, el abogado de los poderosos. «En media hora en Jockey las mujeres olvidan que estoy gordo»

De Matías Cortés (1938-2019) se pueden contar muchas cosas: que era un abogado excelente, hábil muñidor de intrigas y dueño de una de esas lenguas capaces de derramar hieles o mieles según la conveniencia. De él, como de Churchill, se cuentan cientos de anécdotas. A una marquesa que alababa la obra de Franco le dijo que el dictador habría hecho muchas cosas buenas, pero que era «un pelín fusilón». Una clienta no demasiado satisfecha con su desempeño contaba que él llamaba «la administración» a la mujer del momento: «Con la primera administración de esta casa se comía pollo; la de ahora prefiere el marisco«. Y de un ministro de Felipe González decía: «Fulano es muy peligroso, porque es muy tonto y trabaja muchísimo». Algunas de estas cosas serán verdad; otras, no. No importa: las leyendas admiten más invenciones. Ésta, que cuentan sus amigos, es verdad. Un día, mientras comía en su mesita de siempre en Jockey, pasó Carlos Fitz-James, entonces duque de Huéscar.

 El que fuera abogado de Ruiz-Mateos, Polanco… salió de Granada para descubrir la liberalidad que faltaba en la España de Franco. Hedonista, ingenioso y a veces malvado, compaginaba sus pasiones, la música y viajar, con la dedicación a sus clientes. De él se cuentan tantas historias divertidas…  

De Matías Cortés (1938-2019) se pueden contar muchas cosas: que era un abogado excelente, hábil muñidor de intrigas y dueño de una de esas lenguas capaces de derramar hieles o mieles según la conveniencia. De él, como de Churchill, se cuentan cientos de anécdotas. A una marquesa que alababa la obra de Franco le dijo que el dictador habría hecho muchas cosas buenas, pero que era «un pelín fusilón». Una clienta no demasiado satisfecha con su desempeño contaba que él llamaba «la administración» a la mujer del momento: «Con la primera administración de esta casa se comía pollo; la de ahora prefiere el marisco«. Y de un ministro de Felipe González decía: «Fulano es muy peligroso, porque es muy tonto y trabaja muchísimo». Algunas de estas cosas serán verdad; otras, no. No importa: las leyendas admiten más invenciones. Ésta, que cuentan sus amigos, es verdad. Un día, mientras comía en su mesita de siempre en Jockey, pasó Carlos Fitz-James, entonces duque de Huéscar.

-Hombre, Matías, cada día estás más gordo.

-Y tú, Carlos, cada día estás más…

E imagínese lo que profirió esa lengua de hiel acostumbrada a la réplica de tribunal.

Había, claro, confianza. Jesús Aguirre, el segundo marido de Cayetana de Alba, era íntimo de la familia que formaban Cortés, su primera mujer Mai, y los cuatro hijos que tuvieron. Les casó en 1964 cuando él, ya catedrático, sólo tenía 26 años; bautizó a los niños y veraneaba en la casa que tenían en Marbella. Fue el propio abogado quien presentó al cura y a la duquesa. Cortés era muy amigo de Gonzalo Fernández de Córdoba, el duque de Arión, e invitaban al matrimonio a menudo a cenar. Un día les acompañó Aguirre. Por supuesto, aquella noche la aristócrata y el cura rojo «se cayeron fatal».

Las tres cátedras en la vida y el ingenio de Matías Cortés, el abogado de los poderosos. "En media hora en Jockey las mujeres olvidan que estoy gordo"

Para el abogado, no era tanto que la vida fuera el trabajo como que el trabajo fuera la vida. Siempre estaba a disposición de sus clientes. Incluso durante las vacaciones familiares: se levantaba por la mañana, tomaba el avión a Madrid, trabajaba todo el día, comía solo en Jockey -porque en verano no había dónde comer- y volvía en el avión de la tarde a Marbella. Saludaba a los niños y se iba a cenar.

El abogado se dio la vida que quería, y por la que tanto había peleado desde niño. Era el mayor de ocho hermanos. Su padre, el primer Matías Cortés, fue un abogado muy importante en Granada, tuvo despacho y se ganó muy bien la vida. Era muy estricto. De los cinco hijos varones que tuvo, tres fueron catedráticos. Cuando le traían un sobresaliente, él preguntaba por la matrícula y su hijo Matías le contestaba: «Eso es otro examen, papá». A los 26 años, Matías Cortés ya era catedrático por la Universidad de Granada. Le habían dado una beca para el Colegio de España en Bolonia y, después, preparó las oposiciones en el Colegio Mayor César Carlos. A los 50 años se presentó a la tercera cátedra de Derecho Financiero y Tributario, en la Complutense. Aunque ya tenía otra por la Autónoma.

En Italia empezó a descubrir la vida que le gustaba. Llega de una Granada aún cerrada, y aterriza en Bolonia, donde ve esas italianas de «piernas que no se acababan nunca». Tenía una habitación con un mayordomo que le sacaba la ropa. En su época solo iban los doce mejores expedientes de España. Allí fue a fiestas sensacionales, a las que ya nunca dejaría de ir. Cuentan que llamaba a Granada para contar de aquella vida que quería: «No me vuelvo a Granada, ni de coña».

Fue precisamente en el Colegio Mayor César Carlos, en Madrid, donde trabó amistad con el cura Aguirre, capellán del colegio, y con toda una serie de amigos que luego entrarían en política. Él solo tuvo una pequeña incursión en la Administración, y hasta de esa se despidió con cierta gracia. Cuando en diciembre de 1975 nombran a Juan Miguel Villar Mir ministro de Hacienda y vicepresidente de Asuntos Económicos del primer Gobierno de la Monarquía, Cortés, que era subsecretario de Hacienda, acudió a presentarle su dimisión, como era la práctica habitual. A la sala en la que esperaba llegó Joaquín Garrigues. El abogado, tras explicarle que iba a dimitir, le preguntó qué hacía él por allí. «Vengo a explicarle la ley del seguro». En eso salió la secretaria de Villar Mir y les advirtió de que el ministro solo tenía cinco minutos para Cortés y otros cinco para Garrigues. Éste empezó a bromear con tener que hacer un gran ejercicio de síntesis. Entró Cortés y le dijo al ministro: «Presento mi dimisión, pero quiero pedirle un favor». Villar Mir lo miró extrañado. «Como solo he empleado dos de los cinco minutos, dele los otros tres a Joaquín Garrigues, que viene a explicarle una ley».

Abrió enseguida su primer despacho en la calle Segre, aunque cobraría relevancia el que montó con Rafael Pérez Escolar y Paco Fernández Ordóñez. Acabó tan mal con Pérez Escolar que mandó al chófer a arrancar la placa con su nombre. Por esos años llevó su primer caso importante como abogado de Ignacio Coca, dueño del Banco Coca, la entidad que Banesto absorbió en 1978 en una operación tan conflictiva que acabaría en los tribunales. Después llegaron otros.

El trabajo era una constante en la vida familiar y se entrelazaba incluso con los viajes a lugares que el abogado quiso enseñar a sus hijos y que preparaba con esmero para que fueran a conciertos, museos… La música era otra de las aficiones que nunca abandonaría hasta el final de sus días. Era un auténtico melómano que no faltaba nunca a Salzburgo o al concierto de Año Nuevo en Viena.

El 23 de febrero del 83, cuando intervienen Rumasa, estaba cenando con su familia en Chesa Veglia, en St. Moritz. Se levantó de la mesa y se fue. Ese día asumió el caso Rumasa, que lo colocó frente al entonces todopoderoso Gobierno de Felipe González –mayoría absoluta de 202 escaños-. Los que vivieron aquella época aportan pinceladas: «Se llevó a Ruiz-Mateos a Londres para que no lo detuvieran y, desde allí, montó toda la defensa para salvar la Rumasa del exterior, que era muy importante. Y lo logró. Fueron unos años en los que se dejó la piel. Se instaló en su casa de Pont Street y trató de salvar el pellejo a Ruiz-Mateos para que no se lo llevaran a España». El jerezano, cuentan, consultaba a la Virgen del Socorro si su contable debía volver a España a declarar o esfumarse a Brasil -y la Virgen, qué oportuna, se inclinaba por Brasil-. Ruiz-Mateos lo citaba en el Cadogan Hotel, muy cerca de la casa de Pont Street. En la entrada del Cadogan estaban las clásicas mujeres y Ruiz-Mateos siempre decía: «Mira, Matías, cómo me miran». Y Cortés no se podía morder la lengua: «José María, que son putas». Cortés era un celebrado imitador de Ruiz-Mateos y siempre contaba así estas historias.

Empezó a trabajar en el extranjero. En Nueva York compró la casa de Tom Wolfe y colaboró con Violy McCausland, una conocida banquera de inversión de JP Morgan, con la que empezó a asesorar a empresas hispanoamericanas. Por ejemplo, los Santo Domingo, que entonces tenían Bavaria, la cervecera colombiana.

Cortés tomaba el avión en Madrid, se iba a Londres, comía en Claridge’s y por la tarde se subía en el Concorde. Le fue muy bien. Los años 80 fueron unos años sensacionales. Conoció a mucha gente importante sin que el idioma le hiciera perder la gracia. Ni la eficacia: el día que conoció a Verónica Hearst, altísima, no la quiso saludar hasta que le trajeron una silla para subirse.

Siempre le encantaron las mujeres. Decía que, de partida, su físico lo dejaba en desventaja, pero que en veinte minutos en la mesa de siempre en Jockey (menú: blinis con caviar y ñoquis, según cuenta su íntimo amigo Luis Sánchez Merlo) ya las tenía en el bote: «En media hora se olvidan de que estoy gordo».

Matías Cortés, explican los que le conocieron, era ante todo una persona muy liberal. Antifranquista. No le gustaba la España que dejó para irse a Italia. Y menos cuando empezó a viajar a Inglaterra, EEUU y Francia.

Una vez, ya con Fraga de embajador en Londres, lo llevó a Annabels, que era de Mark Birley -a quien, por supuesto, también conocía-. Y allí, en medio del jolgorio, el despliegue de mujeres y vinos buenos, Fraga le dijo que por cada policía muerto en un atentado había que fusilar a mil. Y Cortés, con su socarronería y cierta desazón, respondió: «Pero, Manolo, ¿estás viendo esto? ¿De verdad lo que se te viene a la cabeza es cargarte a mil tíos?».

A Cortés le gustaba la vida: comer bien, beber, el flamenco, la música. Era una persona vital. «Siempre presumía de ser un abogado caro, pero efectivo, del que sus clientes nunca podían tener queja», dijo Juan Luis Cebrián en las líneas que le dedicó cuando murió. Sus enemigos, evidentemente, no pensaban lo mismo. «Si se mordía la lengua se envenenaba»..

Quienes lo conocieron destacan lo inteligente que era, y también lo resistente para alternar la vida social y trabajo sin que ninguno hiciera mella. Matías Cortés murió en 2019, más de 25 años después de divorciarse de su mujer, Mai. En ese tiempo se había convertido en el abogado al que recurrían las personas importantes, las grandes fortunas de España como clientes: Polanco, De la Rosa, Botín, Isidoro Álvarez…

Una última historia. El verano que fue presidente, Leopoldo Calvo Sotelo fue a comer a la casa de la Costa de los Pinos. Estaban Jaime García Añoveros, del que era muy amigo. Lo estaban queriendo meter en política, para que fuera ministro, y entonces, allí en la Costa, le dijo al entonces presidente Calvo Sotelo: «Siéntate, Adolfo». Ahí se acabó la carrera política.

 LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón

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