Existe una edad, bendita sea, en la que todavía no distinguimos entre actor y personaje. Dumas escribe ‘Richelieu’ y nuestra imaginación coloca un rostro. El mío desde 1993 era el de Tim Curry. Vaya por delante que el Richelieu real era muchísimo más interesante y complejo que aquel malvado que terminó construyendo la cultura popular. Armand Jean du Plessis fue un político feroz, capaz de anteponer la ‘raison d’État’ a la púrpura. Dumas necesitó simplificarlo y el cine, más aún. Curry recibió ya un cardenal plano, de capa, crucifijo e intriga, pero lo personalizó con una cualidad que ya no se permite: representar el placer de la maldad. El actor no necesitó nunca hacer del malo un psicópata ni justificarlo mediante una infancia desgraciada. Su villano ejerce de villano con alegría profesional.Y para colmo, a su lado estaba Rebecca De Mornay. Bellísima y peligrosa, pero también herida. Entre ambos crearon la sensación de que Richelieu y Milady pertenecían a una especie humana diferente. Los mosqueteros beben, aman y se baten en duelo. Ellos dos piensan. Son los adultos de una historia protagonizada por muchachos que todavía creen que una espada puede arreglar el mundo.He vuelto este verano a ver otros Richelieu. Vincent Price , con esa maravillosa voz de hombre que parece saber siempre dónde está enterrado el cadáver. Charlton Heston, cuyo cardenal podía gobernar Francia sin levantarse de una silla. Christoph Waltz que introdujo esa inolvidable mezcla de cortesía y amenaza. Peter Capaldi y Éric Ruf, interpretando ya a un cardenal del S.XXI, más político.Seguramente algunos de ellos sean mejores, pero no son los míos. Por eso, la muerte de Tim Curry hace unas semanas me ha hecho pensar que cuando desaparece un actor de nuestra infancia sucede algo extraño: se lleva con él una parte de tu propia vida, oscureciendo un poco más el rincón solitario en el que aprendiste a imaginar. Existe una edad, bendita sea, en la que todavía no distinguimos entre actor y personaje. Dumas escribe ‘Richelieu’ y nuestra imaginación coloca un rostro. El mío desde 1993 era el de Tim Curry. Vaya por delante que el Richelieu real era muchísimo más interesante y complejo que aquel malvado que terminó construyendo la cultura popular. Armand Jean du Plessis fue un político feroz, capaz de anteponer la ‘raison d’État’ a la púrpura. Dumas necesitó simplificarlo y el cine, más aún. Curry recibió ya un cardenal plano, de capa, crucifijo e intriga, pero lo personalizó con una cualidad que ya no se permite: representar el placer de la maldad. El actor no necesitó nunca hacer del malo un psicópata ni justificarlo mediante una infancia desgraciada. Su villano ejerce de villano con alegría profesional.Y para colmo, a su lado estaba Rebecca De Mornay. Bellísima y peligrosa, pero también herida. Entre ambos crearon la sensación de que Richelieu y Milady pertenecían a una especie humana diferente. Los mosqueteros beben, aman y se baten en duelo. Ellos dos piensan. Son los adultos de una historia protagonizada por muchachos que todavía creen que una espada puede arreglar el mundo.He vuelto este verano a ver otros Richelieu. Vincent Price , con esa maravillosa voz de hombre que parece saber siempre dónde está enterrado el cadáver. Charlton Heston, cuyo cardenal podía gobernar Francia sin levantarse de una silla. Christoph Waltz que introdujo esa inolvidable mezcla de cortesía y amenaza. Peter Capaldi y Éric Ruf, interpretando ya a un cardenal del S.XXI, más político.Seguramente algunos de ellos sean mejores, pero no son los míos. Por eso, la muerte de Tim Curry hace unas semanas me ha hecho pensar que cuando desaparece un actor de nuestra infancia sucede algo extraño: se lleva con él una parte de tu propia vida, oscureciendo un poco más el rincón solitario en el que aprendiste a imaginar. RSS de noticias de cultura

Existe una edad, bendita sea, en la que todavía no distinguimos entre actor y personaje. Dumas escribe ‘Richelieu’ y nuestra imaginación coloca un rostro. El mío desde 1993 era el de Tim Curry. Vaya por delante que el Richelieu real era muchísimo más interesante y … complejo que aquel malvado que terminó construyendo la cultura popular. Armand Jean du Plessis fue un político feroz, capaz de anteponer la ‘raison d’État’ a la púrpura. Dumas necesitó simplificarlo y el cine, más aún. Curry recibió ya un cardenal plano, de capa, crucifijo e intriga, pero lo personalizó con una cualidad que ya no se permite: representar el placer de la maldad. El actor no necesitó nunca hacer del malo un psicópata ni justificarlo mediante una infancia desgraciada. Su villano ejerce de villano con alegría profesional.
Y para colmo, a su lado estaba Rebecca De Mornay. Bellísima y peligrosa, pero también herida. Entre ambos crearon la sensación de que Richelieu y Milady pertenecían a una especie humana diferente. Los mosqueteros beben, aman y se baten en duelo. Ellos dos piensan. Son los adultos de una historia protagonizada por muchachos que todavía creen que una espada puede arreglar el mundo.
He vuelto este verano a ver otros Richelieu. Vincent Price, con esa maravillosa voz de hombre que parece saber siempre dónde está enterrado el cadáver. Charlton Heston, cuyo cardenal podía gobernar Francia sin levantarse de una silla. Christoph Waltz que introdujo esa inolvidable mezcla de cortesía y amenaza. Peter Capaldi y Éric Ruf, interpretando ya a un cardenal del S.XXI, más político.
Seguramente algunos de ellos sean mejores, pero no son los míos. Por eso, la muerte de Tim Curry hace unas semanas me ha hecho pensar que cuando desaparece un actor de nuestra infancia sucede algo extraño: se lleva con él una parte de tu propia vida, oscureciendo un poco más el rincón solitario en el que aprendiste a imaginar.

