Más de un centenar de bandas sonoras de películas como ‘Ocho apellidos vascos’, ‘Hércules’, ‘Un monstruo viene a verme’ o ‘Lo imposible’… De series como ‘Querer’. Una decena de obras de teatro como ‘La ternura’, ‘El golem’ o ‘The Jungle Book’, que se estrenará en noviembre en el National Theatre de Londres; y más de 250 composiciones sinfónicas. Este es el bagaje de Fernando Velázquez (Guecho, Vizcaya, 1970), que acaba de sumar un género más: la ópera. Suya es la partitura de ‘Los estunmen’, con libreto y dirección de Nao Albet y Marcel Borrás , que vio la luz en el Teatre Lliure de Barcelona en abril y se estrenará en castellano este martes 2 en los Teatros del Canal , en una coproducción con el Teatre Lliure, el Gran Teatro del Liceo y el Teatro Real.«Hemos trabajado muy en equipo, y ha sido un lujo -dice el músico-; es una maravilla trabajar con ellos. Siempre me pregunté cómo creaban, y ahora he tenido la suerte de estar ahí, en su intimidad, y formar parte de todo». Trabajar con ellos es más estimulante que estresante, asegura. « Si tuviera en cuenta el estrés, me dedicaría a otra cosa . Me quedo con el estímulo; hay algo además que me gusta mucho en este proyecto, y es que no hemos tenido miedo a meter la pata, hemos abrazado el riesgo no para llamar la atención ni epatar, sino para contar una historia».A Fernando Velázquez se le conoce básicamente por eso, por contar historias en el cine o en el teatro. «Cuando trabajas con otros creadores, pasas a ser parte de un ‘cerebro colectivo’, podríamos llamarlo, pero con un resultado único». No ve diferencia, sin embargo, en trabajar en la música aplicada o en la composición de otras piezas. «Me he sentido siempre igual de libre -más allá de mis limitaciones, mis gustos o mi lenguaje-. Yo me lo paso bien y además tengo la suerte de crear, con humildad, cosas que no existen. Eso es magia, un regalo». Noticia relacionada No No Fernando Velázquez: «Ver los locales de ensayo tras la DANA me removió por dentro» Nacho SerranoUn compositor trabaja habitualmente en su casa, sentado ante el piano o el ordenador, pero el trabajo de Fernando Velázquez le permite dialogar, contrastar, conocer otros puntos de vista. «Pero fíjese, yo creo que cuando compongo solo también contrasto con mi ‘otro yo’. No es fácil de explicar, es cómo si me pusiera en el lugar del director de la película, por ejemplo, y aventuro lo que me diría».«En ‘Los estunmen’ he aprendido a dejarme llevar por la intuición más pura y no voy a decir que por la locura, pero sí por mi parte más osada, sin que mi otra parte más ‘prudente’ me censure o me redirija»De hecho, dice Velázquez, «lo único que ha estado claro desde el principio es que nada iba a estar claro. Y, por ejemplo, tenemos dos finales diferentes, y yo decido en el foso, con la orquesta, cuál hacemos cada día. Hay algo de obra abierta, en el sentido de que lo que haga el público influye en las decisiones que tomemos. No es un holograma ni inteligencia artificial, el elenco y la orquesta reaccionan a lo que está ocurriendo en el público, y esa energía que llega del patio de butacas contribuye a que estemos haciendo algo vivo».No ha tardado en aparecer la inteligencia artificial en la conversación. ¿Cuáles considera que son para un compositor sus ventajas y sus inconvenientes? «Para mí -dice Velázquez-, el único inconveniente es que acabe con la verdad que queremos transmitir. Todo lo demás podrían ser ventajas. Da mucho miedo, y pena también, porque creo que hay algo en la experiencia tanto de componer como de crear que es insustituible; lo digo incluso pensando en un niño jugando con el Lego. Contar historias, jugar con tus muñequitos… Es un acto que es fundamental, pero no solo para mí, que vivo de ello; para cualquiera que no viva de ello. La gente dice: me gusta mucho cantar, pero canto muy mal… ¿Y qué más da? Si no pretendes cobrar por ello. Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear… Volviendo a la IA, lo que me da miedo no es tanto que me quite mi trabajo, sino que nos quite la humanidad».«Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear…»La parte positiva, piensa el músico, es que el público reaccione en busca de verdad. «Claro, es lo que ha pasado al tener a tu disposición, por ejemplo, toda la música del mundo en Spotify, en YouTube, donde sea. ¿Qué ha hecho la gente? Desear más la música en directo. ¿Cuánta gente pensó que el teatro iba a morir por culpa de la tele, o el cine por culpa de las series? Y parece que consumimos más que nunca… aunque consumimos peor. Vamos mucho al arrastre, un poco despistados».’Los estunmen’ es la primera ópera que compone Fernando Velázquez. «Es mucho trabajo; la fantasía o la idea la tenemos todos los músicos, supongo, pero ejecutarla requiere muchísimo esfuerzo. Carmelo Bernaola, que al parecer era muy escatológico, decía que componer música de cine era ‘cagar música’. Y dedicarme a ello me ha dado entrenamiento y rapidez con el lápiz o el ratón, y me ha ayudado mucho a la hora de crear esta ópera». Fernando Velázquez, el propio Carmelo Bernaola, Antón García Abril, Pablo Sorozábal… firmaron muchas bandas sonoras, pero no eran ‘compositores de cine’, sino compositores que se dedicaban, o se dedican, mayoritariamente al cine. ¿La actitud a la hora de sentarse a escribir es diferente que cuando se enfrentan a otro tipo de partitura? «Yo me imagino a Sorozábal con el papel y el lápiz y el piano y me estalla la admiración por esa profesión, incluso cuando era alimenticia. Me quito el sombrero, por ejemplo, con John Williams; ganó su primer Oscar por una categoría que ha desaparecido, que era el mejor arreglo. Él hizo los arreglos de ‘El violinista en el tejado’, que son una verdadera obra maestra. Hay que tener un talento y una confianza en uno mismo enormes para trabajar así; yo admiro esa forma artesanal de trabajar. Hoy en día, con las herramientas que tenemos, que son en parte inteligencia artificial también, puedes generar música en 5 minutos y hacer algo que suena como lo que antes tenías que hacer con una orquesta y en un estudio. Las comparaciones son difíciles, pero si tengo que elegir, me gusta ese maestro que sabe lo que está escrito y por qué , y sabe defenderlo delante de la orquesta».Fernando Velázquez disfruta dirigiendo tanto como componiendo. «Cuando funciona, que no siempre es así, es como tocarlo todo tú, y tiene mucho de diversión». Oír su música dirigida por otro es, añade, «otro privilegio. Saca matices que ni siquiera habías pensado y que están ahí. Una orquesta diferente, un director diferente, le da a tu composición una dimensión distinta. Música buena en manos de una mala orquesta puede ser un desastre, pero cualquier música en manos de grandes artistas puede ser algo increíble».Y es que la música en vivo no termina nunca. «Va a variar según la energía que le estoy aportando. Es algo muy inasible que a mí me gusta. Escuchas reírse a alguien, escuchas o sientes una reacción del público y eso altera la función de una manera tan loca en matices que nadie puede replicarlo; y si lo hace no va a ser como lo hacemos nosotros».Al margen de ‘Los estunmen’, Fernando Velázquez tiene en el horizonte un proyecto muy ilusionante: la música para una adaptación teatral de ‘ El libro de la selva ‘ que va a dirigir en el National Theatre de Londres Indhu Rubasingham , la directora artística de esta institución. «Es un proyecto loquísimo, maravilloso, que solo escénicamente va a ser una barbaridad. Se van a hacer noventa funciones, que ya están vendidísimas». Es un proyecto, confiesa, que le tiene «excitadísimo». «Me encanta por dónde va; es una historia para todos los públicos. Todo el mundo identifica ‘El libro de la selva’ con Disney, pero aquí hemos ido a Kipling y muy bien actualizado, creo, y que tiene muchísimo que contar».Confiesa Fernando Velázquez que no sabe cómo terminó dedicándose a la música aplicada para teatro y para cine. «No lo sé porque no ha habido solución de continuidad. Mi primer recuerdo es una grabadora que tenía mi padre de esas de las que había que darle al play y al rec a la vez . Y yo, con la guitarra de mi hermano -la cogía cuando estaba fuera de casa, porque no me la dejaba tocar y yo se la robaba- grababa música para una obra de teatro que hacíamos en el cole… Tendría yo 9 o 10 años. Y hasta aquí. Siempre ha sido así. Me gusta muchísimo tocar el órgano en la iglesia porque, aparte de litúrgico, tiene algo de de narrativo. Cuando estudias a Bach ves que él estaba haciendo exactamente lo mismo; contar y saber estar en su lugar para darle sentido al mundo a través de la música. Y yo me he dado cuenta de que esa pulsión es la que siempre he tenido yo: darle sentido a la vida o, por lo menos, una interpretación amable a la realidad, que muchas veces no lo es. Buscar sentido a través del arte suena muy grandilocuente, pero es lo que hacemos todos: lo que hacen Nao Albet y Marcel Borràs, lo que hace Alfredo Sanzol , lo que hace Alauda Ruiz de Azúa . Si lo veo en mis hijos y en esos muñequitos del Lego de los que hablaba antes… A través de las historias, de la música, cuento lo que está pasando, entiendo el mundo a través de esto y por lo menos trato de encontrar una explicación que me consuele». Más de un centenar de bandas sonoras de películas como ‘Ocho apellidos vascos’, ‘Hércules’, ‘Un monstruo viene a verme’ o ‘Lo imposible’… De series como ‘Querer’. Una decena de obras de teatro como ‘La ternura’, ‘El golem’ o ‘The Jungle Book’, que se estrenará en noviembre en el National Theatre de Londres; y más de 250 composiciones sinfónicas. Este es el bagaje de Fernando Velázquez (Guecho, Vizcaya, 1970), que acaba de sumar un género más: la ópera. Suya es la partitura de ‘Los estunmen’, con libreto y dirección de Nao Albet y Marcel Borrás , que vio la luz en el Teatre Lliure de Barcelona en abril y se estrenará en castellano este martes 2 en los Teatros del Canal , en una coproducción con el Teatre Lliure, el Gran Teatro del Liceo y el Teatro Real.«Hemos trabajado muy en equipo, y ha sido un lujo -dice el músico-; es una maravilla trabajar con ellos. Siempre me pregunté cómo creaban, y ahora he tenido la suerte de estar ahí, en su intimidad, y formar parte de todo». Trabajar con ellos es más estimulante que estresante, asegura. « Si tuviera en cuenta el estrés, me dedicaría a otra cosa . Me quedo con el estímulo; hay algo además que me gusta mucho en este proyecto, y es que no hemos tenido miedo a meter la pata, hemos abrazado el riesgo no para llamar la atención ni epatar, sino para contar una historia».A Fernando Velázquez se le conoce básicamente por eso, por contar historias en el cine o en el teatro. «Cuando trabajas con otros creadores, pasas a ser parte de un ‘cerebro colectivo’, podríamos llamarlo, pero con un resultado único». No ve diferencia, sin embargo, en trabajar en la música aplicada o en la composición de otras piezas. «Me he sentido siempre igual de libre -más allá de mis limitaciones, mis gustos o mi lenguaje-. Yo me lo paso bien y además tengo la suerte de crear, con humildad, cosas que no existen. Eso es magia, un regalo». Noticia relacionada No No Fernando Velázquez: «Ver los locales de ensayo tras la DANA me removió por dentro» Nacho SerranoUn compositor trabaja habitualmente en su casa, sentado ante el piano o el ordenador, pero el trabajo de Fernando Velázquez le permite dialogar, contrastar, conocer otros puntos de vista. «Pero fíjese, yo creo que cuando compongo solo también contrasto con mi ‘otro yo’. No es fácil de explicar, es cómo si me pusiera en el lugar del director de la película, por ejemplo, y aventuro lo que me diría».«En ‘Los estunmen’ he aprendido a dejarme llevar por la intuición más pura y no voy a decir que por la locura, pero sí por mi parte más osada, sin que mi otra parte más ‘prudente’ me censure o me redirija»De hecho, dice Velázquez, «lo único que ha estado claro desde el principio es que nada iba a estar claro. Y, por ejemplo, tenemos dos finales diferentes, y yo decido en el foso, con la orquesta, cuál hacemos cada día. Hay algo de obra abierta, en el sentido de que lo que haga el público influye en las decisiones que tomemos. No es un holograma ni inteligencia artificial, el elenco y la orquesta reaccionan a lo que está ocurriendo en el público, y esa energía que llega del patio de butacas contribuye a que estemos haciendo algo vivo».No ha tardado en aparecer la inteligencia artificial en la conversación. ¿Cuáles considera que son para un compositor sus ventajas y sus inconvenientes? «Para mí -dice Velázquez-, el único inconveniente es que acabe con la verdad que queremos transmitir. Todo lo demás podrían ser ventajas. Da mucho miedo, y pena también, porque creo que hay algo en la experiencia tanto de componer como de crear que es insustituible; lo digo incluso pensando en un niño jugando con el Lego. Contar historias, jugar con tus muñequitos… Es un acto que es fundamental, pero no solo para mí, que vivo de ello; para cualquiera que no viva de ello. La gente dice: me gusta mucho cantar, pero canto muy mal… ¿Y qué más da? Si no pretendes cobrar por ello. Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear… Volviendo a la IA, lo que me da miedo no es tanto que me quite mi trabajo, sino que nos quite la humanidad».«Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear…»La parte positiva, piensa el músico, es que el público reaccione en busca de verdad. «Claro, es lo que ha pasado al tener a tu disposición, por ejemplo, toda la música del mundo en Spotify, en YouTube, donde sea. ¿Qué ha hecho la gente? Desear más la música en directo. ¿Cuánta gente pensó que el teatro iba a morir por culpa de la tele, o el cine por culpa de las series? Y parece que consumimos más que nunca… aunque consumimos peor. Vamos mucho al arrastre, un poco despistados».’Los estunmen’ es la primera ópera que compone Fernando Velázquez. «Es mucho trabajo; la fantasía o la idea la tenemos todos los músicos, supongo, pero ejecutarla requiere muchísimo esfuerzo. Carmelo Bernaola, que al parecer era muy escatológico, decía que componer música de cine era ‘cagar música’. Y dedicarme a ello me ha dado entrenamiento y rapidez con el lápiz o el ratón, y me ha ayudado mucho a la hora de crear esta ópera». Fernando Velázquez, el propio Carmelo Bernaola, Antón García Abril, Pablo Sorozábal… firmaron muchas bandas sonoras, pero no eran ‘compositores de cine’, sino compositores que se dedicaban, o se dedican, mayoritariamente al cine. ¿La actitud a la hora de sentarse a escribir es diferente que cuando se enfrentan a otro tipo de partitura? «Yo me imagino a Sorozábal con el papel y el lápiz y el piano y me estalla la admiración por esa profesión, incluso cuando era alimenticia. Me quito el sombrero, por ejemplo, con John Williams; ganó su primer Oscar por una categoría que ha desaparecido, que era el mejor arreglo. Él hizo los arreglos de ‘El violinista en el tejado’, que son una verdadera obra maestra. Hay que tener un talento y una confianza en uno mismo enormes para trabajar así; yo admiro esa forma artesanal de trabajar. Hoy en día, con las herramientas que tenemos, que son en parte inteligencia artificial también, puedes generar música en 5 minutos y hacer algo que suena como lo que antes tenías que hacer con una orquesta y en un estudio. Las comparaciones son difíciles, pero si tengo que elegir, me gusta ese maestro que sabe lo que está escrito y por qué , y sabe defenderlo delante de la orquesta».Fernando Velázquez disfruta dirigiendo tanto como componiendo. «Cuando funciona, que no siempre es así, es como tocarlo todo tú, y tiene mucho de diversión». Oír su música dirigida por otro es, añade, «otro privilegio. Saca matices que ni siquiera habías pensado y que están ahí. Una orquesta diferente, un director diferente, le da a tu composición una dimensión distinta. Música buena en manos de una mala orquesta puede ser un desastre, pero cualquier música en manos de grandes artistas puede ser algo increíble».Y es que la música en vivo no termina nunca. «Va a variar según la energía que le estoy aportando. Es algo muy inasible que a mí me gusta. Escuchas reírse a alguien, escuchas o sientes una reacción del público y eso altera la función de una manera tan loca en matices que nadie puede replicarlo; y si lo hace no va a ser como lo hacemos nosotros».Al margen de ‘Los estunmen’, Fernando Velázquez tiene en el horizonte un proyecto muy ilusionante: la música para una adaptación teatral de ‘ El libro de la selva ‘ que va a dirigir en el National Theatre de Londres Indhu Rubasingham , la directora artística de esta institución. «Es un proyecto loquísimo, maravilloso, que solo escénicamente va a ser una barbaridad. Se van a hacer noventa funciones, que ya están vendidísimas». Es un proyecto, confiesa, que le tiene «excitadísimo». «Me encanta por dónde va; es una historia para todos los públicos. Todo el mundo identifica ‘El libro de la selva’ con Disney, pero aquí hemos ido a Kipling y muy bien actualizado, creo, y que tiene muchísimo que contar».Confiesa Fernando Velázquez que no sabe cómo terminó dedicándose a la música aplicada para teatro y para cine. «No lo sé porque no ha habido solución de continuidad. Mi primer recuerdo es una grabadora que tenía mi padre de esas de las que había que darle al play y al rec a la vez . Y yo, con la guitarra de mi hermano -la cogía cuando estaba fuera de casa, porque no me la dejaba tocar y yo se la robaba- grababa música para una obra de teatro que hacíamos en el cole… Tendría yo 9 o 10 años. Y hasta aquí. Siempre ha sido así. Me gusta muchísimo tocar el órgano en la iglesia porque, aparte de litúrgico, tiene algo de de narrativo. Cuando estudias a Bach ves que él estaba haciendo exactamente lo mismo; contar y saber estar en su lugar para darle sentido al mundo a través de la música. Y yo me he dado cuenta de que esa pulsión es la que siempre he tenido yo: darle sentido a la vida o, por lo menos, una interpretación amable a la realidad, que muchas veces no lo es. Buscar sentido a través del arte suena muy grandilocuente, pero es lo que hacemos todos: lo que hacen Nao Albet y Marcel Borràs, lo que hace Alfredo Sanzol , lo que hace Alauda Ruiz de Azúa . Si lo veo en mis hijos y en esos muñequitos del Lego de los que hablaba antes… A través de las historias, de la música, cuento lo que está pasando, entiendo el mundo a través de esto y por lo menos trato de encontrar una explicación que me consuele». RSS de noticias de cultura
Más de un centenar de bandas sonoras de películas como ‘Ocho apellidos vascos’, ‘Hércules’, ‘Un monstruo viene a verme’ o ‘Lo imposible’… De series como ‘Querer’. Una decena de obras de teatro como ‘La ternura’, ‘El golem’ o ‘The Jungle Book’, que se estrenará en … noviembre en el National Theatre de Londres; y más de 250 composiciones sinfónicas. Este es el bagaje de Fernando Velázquez (Guecho, Vizcaya, 1970), que acaba de sumar un género más: la ópera. Suya es la partitura de ‘Los estunmen’, con libreto y dirección de Nao Albet y Marcel Borrás, que vio la luz en el Teatre Lliure de Barcelona en abril y se estrenará en castellano este martes 2 en los Teatros del Canal, en una coproducción con el Teatre Lliure, el Gran Teatro del Liceo y el Teatro Real.
«Hemos trabajado muy en equipo, y ha sido un lujo -dice el músico-; es una maravilla trabajar con ellos. Siempre me pregunté cómo creaban, y ahora he tenido la suerte de estar ahí, en su intimidad, y formar parte de todo». Trabajar con ellos es más estimulante que estresante, asegura. «Si tuviera en cuenta el estrés, me dedicaría a otra cosa. Me quedo con el estímulo; hay algo además que me gusta mucho en este proyecto, y es que no hemos tenido miedo a meter la pata, hemos abrazado el riesgo no para llamar la atención ni epatar, sino para contar una historia».
A Fernando Velázquez se le conoce básicamente por eso, por contar historias en el cine o en el teatro. «Cuando trabajas con otros creadores, pasas a ser parte de un ‘cerebro colectivo’, podríamos llamarlo, pero con un resultado único». No ve diferencia, sin embargo, en trabajar en la música aplicada o en la composición de otras piezas. «Me he sentido siempre igual de libre -más allá de mis limitaciones, mis gustos o mi lenguaje-. Yo me lo paso bien y además tengo la suerte de crear, con humildad, cosas que no existen. Eso es magia, un regalo».
Un compositor trabaja habitualmente en su casa, sentado ante el piano o el ordenador, pero el trabajo de Fernando Velázquez le permite dialogar, contrastar, conocer otros puntos de vista. «Pero fíjese, yo creo que cuando compongo solo también contrasto con mi ‘otro yo’. No es fácil de explicar, es cómo si me pusiera en el lugar del director de la película, por ejemplo, y aventuro lo que me diría».
«En ‘Los estunmen’ he aprendido a dejarme llevar por la intuición más pura y no voy a decir que por la locura, pero sí por mi parte más osada, sin que mi otra parte más ‘prudente’ me censure o me redirija»
De hecho, dice Velázquez, «lo único que ha estado claro desde el principio es que nada iba a estar claro. Y, por ejemplo, tenemos dos finales diferentes, y yo decido en el foso, con la orquesta, cuál hacemos cada día. Hay algo de obra abierta, en el sentido de que lo que haga el público influye en las decisiones que tomemos. No es un holograma ni inteligencia artificial, el elenco y la orquesta reaccionan a lo que está ocurriendo en el público, y esa energía que llega del patio de butacas contribuye a que estemos haciendo algo vivo».
No ha tardado en aparecer la inteligencia artificial en la conversación. ¿Cuáles considera que son para un compositor sus ventajas y sus inconvenientes? «Para mí -dice Velázquez-, el único inconveniente es que acabe con la verdad que queremos transmitir. Todo lo demás podrían ser ventajas. Da mucho miedo, y pena también, porque creo que hay algo en la experiencia tanto de componer como de crear que es insustituible; lo digo incluso pensando en un niño jugando con el Lego. Contar historias, jugar con tus muñequitos… Es un acto que es fundamental, pero no solo para mí, que vivo de ello; para cualquiera que no viva de ello. La gente dice: me gusta mucho cantar, pero canto muy mal… ¿Y qué más da? Si no pretendes cobrar por ello. Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear… Volviendo a la IA, lo que me da miedo no es tanto que me quite mi trabajo, sino que nos quite la humanidad».
«Crear es algo inherente al ser humano, y yo personalmente lo hago porque no concibo la existencia sin crear…»
La parte positiva, piensa el músico, es que el público reaccione en busca de verdad. «Claro, es lo que ha pasado al tener a tu disposición, por ejemplo, toda la música del mundo en Spotify, en YouTube, donde sea. ¿Qué ha hecho la gente? Desear más la música en directo. ¿Cuánta gente pensó que el teatro iba a morir por culpa de la tele, o el cine por culpa de las series? Y parece que consumimos más que nunca… aunque consumimos peor. Vamos mucho al arrastre, un poco despistados».
‘Los estunmen’ es la primera ópera que compone Fernando Velázquez. «Es mucho trabajo; la fantasía o la idea la tenemos todos los músicos, supongo, pero ejecutarla requiere muchísimo esfuerzo. Carmelo Bernaola, que al parecer era muy escatológico, decía que componer música de cine era ‘cagar música’. Y dedicarme a ello me ha dado entrenamiento y rapidez con el lápiz o el ratón, y me ha ayudado mucho a la hora de crear esta ópera».
Fernando Velázquez, el propio Carmelo Bernaola, Antón García Abril, Pablo Sorozábal… firmaron muchas bandas sonoras, pero no eran ‘compositores de cine’, sino compositores que se dedicaban, o se dedican, mayoritariamente al cine. ¿La actitud a la hora de sentarse a escribir es diferente que cuando se enfrentan a otro tipo de partitura? «Yo me imagino a Sorozábal con el papel y el lápiz y el piano y me estalla la admiración por esa profesión, incluso cuando era alimenticia. Me quito el sombrero, por ejemplo, con John Williams; ganó su primer Oscar por una categoría que ha desaparecido, que era el mejor arreglo. Él hizo los arreglos de ‘El violinista en el tejado’, que son una verdadera obra maestra. Hay que tener un talento y una confianza en uno mismo enormes para trabajar así; yo admiro esa forma artesanal de trabajar. Hoy en día, con las herramientas que tenemos, que son en parte inteligencia artificial también, puedes generar música en 5 minutos y hacer algo que suena como lo que antes tenías que hacer con una orquesta y en un estudio. Las comparaciones son difíciles, pero si tengo que elegir, me gusta ese maestro que sabe lo que está escrito y por qué, y sabe defenderlo delante de la orquesta».
Fernando Velázquez disfruta dirigiendo tanto como componiendo. «Cuando funciona, que no siempre es así, es como tocarlo todo tú, y tiene mucho de diversión». Oír su música dirigida por otro es, añade, «otro privilegio. Saca matices que ni siquiera habías pensado y que están ahí. Una orquesta diferente, un director diferente, le da a tu composición una dimensión distinta. Música buena en manos de una mala orquesta puede ser un desastre, pero cualquier música en manos de grandes artistas puede ser algo increíble».
Y es que la música en vivo no termina nunca. «Va a variar según la energía que le estoy aportando. Es algo muy inasible que a mí me gusta. Escuchas reírse a alguien, escuchas o sientes una reacción del público y eso altera la función de una manera tan loca en matices que nadie puede replicarlo; y si lo hace no va a ser como lo hacemos nosotros».
Al margen de ‘Los estunmen’, Fernando Velázquez tiene en el horizonte un proyecto muy ilusionante: la música para una adaptación teatral de ‘El libro de la selva‘ que va a dirigir en el National Theatre de Londres Indhu Rubasingham, la directora artística de esta institución. «Es un proyecto loquísimo, maravilloso, que solo escénicamente va a ser una barbaridad. Se van a hacer noventa funciones, que ya están vendidísimas». Es un proyecto, confiesa, que le tiene «excitadísimo». «Me encanta por dónde va; es una historia para todos los públicos. Todo el mundo identifica ‘El libro de la selva’ con Disney, pero aquí hemos ido a Kipling y muy bien actualizado, creo, y que tiene muchísimo que contar».
Confiesa Fernando Velázquez que no sabe cómo terminó dedicándose a la música aplicada para teatro y para cine. «No lo sé porque no ha habido solución de continuidad. Mi primer recuerdo es una grabadora que tenía mi padre de esas de las que había que darle al play y al rec a la vez. Y yo, con la guitarra de mi hermano -la cogía cuando estaba fuera de casa, porque no me la dejaba tocar y yo se la robaba- grababa música para una obra de teatro que hacíamos en el cole… Tendría yo 9 o 10 años. Y hasta aquí. Siempre ha sido así. Me gusta muchísimo tocar el órgano en la iglesia porque, aparte de litúrgico, tiene algo de de narrativo. Cuando estudias a Bach ves que él estaba haciendo exactamente lo mismo; contar y saber estar en su lugar para darle sentido al mundo a través de la música. Y yo me he dado cuenta de que esa pulsión es la que siempre he tenido yo: darle sentido a la vida o, por lo menos, una interpretación amable a la realidad, que muchas veces no lo es. Buscar sentido a través del arte suena muy grandilocuente, pero es lo que hacemos todos: lo que hacen Nao Albet y Marcel Borràs, lo que hace Alfredo Sanzol, lo que hace Alauda Ruiz de Azúa. Si lo veo en mis hijos y en esos muñequitos del Lego de los que hablaba antes… A través de las historias, de la música, cuento lo que está pasando, entiendo el mundo a través de esto y por lo menos trato de encontrar una explicación que me consuele».

