El fútbol de agosto no es real. Se perciben sensaciones, no demasiadas, el mercado sigue abierto y sólo salva la esperanza de que llegue la guinda que todo lo cambie. Cada equipo tiene la suya. La desean el Valencia y el Celta, que no pasaron del empate sin goles en un duelo de fogueo. Lo único real e imperturbable fue Mestalla que, de nuevo, acaba enfadado. [Narración y estadísticas: 0-0]
Danjuma desaprovecha las pocas ocasiones claras que generaron los valencianistas ante el conjunto gallego, que tampoco tuvo profundidad. La grada reclama fichajes y vuelve a protestar contra Corberán
El fútbol de agosto no es real. Se perciben sensaciones, no demasiadas, el mercado sigue abierto y sólo salva la esperanza de que llegue la guinda que todo lo cambie. Cada equipo tiene la suya. La desean el Valencia y el Celta, que no pasaron del empate sin goles en un duelo de fogueo. Lo único real e imperturbable fue Mestalla que, de nuevo, acaba enfadado. [Narración y estadísticas: 0-0]
Estas gradas son el sostén físico y emocional del Valencia. Su cemento, su verticalidad y el pueblo que lo llena de vida son las razones por las que el club sigue latiendo tras sumar demasiadas temporadas en el alambre. Su lleno técnico, la exigencia de la parroquia, no lo neguemos, persisten a pesar de las penurias. Porque por aquí pasaron Puchades, Claramunt, Kempes, Fernando, Mijatovic, Mendieta, Albelda, Baraja, Aimar, Villa, Silva, Cañizares o Ferran Torres. Este estadio centenario, el más vetusto de LaLiga, en el que hasta que se supera el quinto peldaño del túnel de vestuarios sólo se ve el muro de aficionados de la grada de la Mar, quiere más. Ya no luce aquellos tifos de Champions que intimidaban, pero no pierde la fe. Esa magia que empuja al fútbol vive sus últimos 16 actos. Mestalla desaparecerá y el Valencia tendrá que sobrevivir fuera de esa atmósfera, capaz de hacer volar, pero también de asfixiar.
El club, dirigido por la familia Lim, empequeñecido, no sólo hizo creer que esta temporada, la última del templo, se viviría un cambio, un crecimiento para estrenar el nuevo Mestalla en Europa, pero el fútbol es tan tozudo que hace añicos todos los trucos de magia. De las palabras a los hechos. El Valencia sigue por hacer. Hasta Carlos Corberán, con su renovación recién firmada, lo reconoce. Hay pocas herramientas para lograrlo y el valencianismo sobrevive sin ilusión.
El primer partido ante el Celta desnudó la realidad que espera. El fútbol de media tabla. Es cierto que ninguno de los equipos mostró una cara diferente a la de un amistoso de verano, con calor, humedad y un fútbol plano, sin profundidad. Si el Celta espera a piezas para completar su puzzle -algunas por rodaje, como Borja Iglesias-, el Valencia tiene un agujero en el lateral derecho, donde apareció reconvertido el zurdo Jesús Vázquez, necesita un central -ahí vive Pepelu para dar salida de balón- y amenazas por las bandas. Tan solo Javi Guerra y el japonés de 19 años Sato son capaces de mostrar chispa.
El Valencia fue el primero en querer estirarse, con el técnico valencianista empeñado en un dibujo con tres centrales que le da seguridad pero que deja a Danjuma -que reclama ser delantero centro si no se marcha al PSV- muy lejos del área. Tampoco es que el neerlandés hiciera méritos en la primera parte para ganarse el puesto, porque desperdició la más clara en el minuto 8. Se la regaló Sato, a quien buscó Pepelu a la espalda de los centrales. De la pitada le salvó que el asistente alzó la bandera.
Los minutos caían como las gotas de sudor en una grada que no veía a su equipo amenazar. Tampoco el Celta, que fue sintiéndose más cómodo conforme avanzaba el partido, con pelota aunque sin ocasiones. El primer disparo de los gallegos llegó en el minuto 22, de Febas flojo a las manos de Dimitrievski. Vendido quedó el macedonio cuando, en velocidad, El Abdellaoui desnudó a De Haas y su disparo lo despejó en el área pequeña Tárrega cuando rodaba a la portería.
Los valencianistas despertaron a trompicones, con Gayà de carrilero pisando área y Vázquez tratando de estirarse en un ejercicio de compromiso incuestionable. Rondando el área moría todo el peligro. Al filo del descanso, el Celta buscó estirarse y tuvo que volar Dimitrievski para salvar el tiro desde la frontal de Javi Rodríguez. Sin embargo, el Valencia pudo irse al descanso con ventaja si alguien hubiera aprovechado dos chispazos de Guerra, que asistió a Ugrinic y a Danjuma, con un taconazo que no sirvió de nada.
No cambió demasiado el guion en la segunda mitad a pesar de que los entrenadores echaron mano del banquillo buscando respuestas. Giráldez, en Aspas, Rueda, Williot y Durán; Corberán en Diakhaby, por la amarilla de De Haas, Sadiq, el recién llegado Maffeo y, por fin, Hugo Duro en el 80. No funcionó para desesperación de una grada que, tímidamente, cantó ‘Corberán, dimisión’.
Antes, Danjuma se plantó ante Radu y volvió a mandarla a la grada y tanta vida tenía el Celta que Marcos Alonso ajustó un chut al palo izquierdo de la portería valencianista que heló a la grada. Si a los gallegos les valía un punto, a la afición local, no. Comprensible que preguntaran al palco por dónde están los fichajes que dignifiquen la última temporada de Mestalla.
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