El compás que viene de África: cómo un videojuego japonés y el flamenco hablan el mismo idioma

En el Tablao Torres Bermejas, un corro de periodistas y curiosos se cierra en torno a un hombre sobre una tarima de madera que comparte protagonismo junto a una Nintendo Switch 2. José Maya, uno de los bailaores más reconocidos del flamenco contemporáneo, levanta los brazos, espera un segundo (el segundo exacto) y deja caer el taconeo justo cuando el silencio empezaba a doler. Todo el mundo en la sala entiende que lo que acaba de ocurrir es, en esencia, lo mismo que se le pide a un jugador de ‘Rhythm Paradise Groove’ cuando aprieta un botón en el instante justo: no anticiparse, no llegar tarde, fundirse con el compás.José Maya tenía claro desde 2009, cuando ya presentó ‘Rythm Paradise’ que un bailaor de raíz honda y un videojuego en los estudios de Kioto tenían absolutamente todo que ver. Aunque a priori extravagante, Maya no duda en expresar su fascinación ante lo que hace que la humanidad pueda entenderse. «La música y el ritmo son el verdadero lenguaje universal», afirma Maya ante el corro que lo rodea. «Se rige bajo un sentimiento, en la flor, en el espacio, en el viento. Y lo más fascinante de todo es que también está dentro de nosotros, en nuestro pulso. Estamos interconectados».Un botón, mil maneras de fallar’Rhythm Paradise Groove’, la última entrega de una saga que Nintendo mantiene viva desde hace casi dos décadas propone al jugador una premisa desconcertante en su sencillez: pulsar un botón, o como mucho dos, exactamente al compás de una serie de minijuegos que van desde fábricas robóticas hasta entrenamientos de fútbol, pasando por conjuntos de k-pop y dinosaurios glotones. No hay más mecánica que esa, y, sin embargo, dominarlo con precisión es notoriamente difícil.La paradoja es estructural. «Es un juego un poco de una sencillez endiablada», resume Alejandro Fernández, jefe de producto del videojuego. «Por un lado es una mecánica muy sencilla: solo tienes que apretar el botón en el momento adecuado, lo que hace que cualquiera pueda jugar. Pero si quieres hacerlo bien, en toda su complejidad, es realmente un desafío».Noticia relacionada general No No El juego más caro de la historia Una copia de ‘Super Mario Bros’ se vende por tres millones de dólares R. AlonsoEsa tensión es lo que ha convertido a la saga en un objeto de culto entre quienes estudian el diseño de videojuegos, y lo que la acerca más a una disciplina artística que a un pasatiempo digital. La clave, coinciden todos los presentes, no está en los reflejos o en la lógica, sino en algo más difícil de nombrar. «Si intento racionalizar el proceso, ver lo que pasa y darle al botón, no lo consigo», explica Alejandro, describiendo su propia experiencia como jugador. José Maya en la presentación de ‘Rhythm Paradise Groove’«Pero si dejo que la parte de mi cerebro que habla ese lenguaje, y que sabe lo que tiene que hacer, tome el mando (nunca mejor dicho), entonces consigo el resultado». Es exactamente la misma frontera que Maya describe cuando habla de su oficio. El baile flamenco se ejecuta desde una escucha que precede al pensamiento.La madre de las músicasPara Maya, la explicación de por qué un juego japonés y una tradición gitano-andaluza de siglos pueden compartir gramática tiene un nombre concreto: el 4/4. «El ritmo en el que se basa el juego es un ritmo universal, un ritmo de 4/4, originario de África », sostiene. «Es la madre de las músicas. Es un ritmo que sostiene músicas como el jazz, el pop, el rock, el blues, la salsa, el flamenco». Maya enumera los palos flamencos que se edifican sobre esa misma célula rítmica (el tango, el tanguillo, la seguiriya, la bulería) y subraya que su carácter cambia según dónde recaigan los acentos: «Dependiendo de los acentos, tiene una connotación distinta». Es, dice, una gramática compartida con múltiples dialectos.El modo multijugador de ‘Rhythm Paradise Groove’ NintendoLa observación tiene respaldo histórico. Musicólogos han rastreado durante décadas las raíces subsaharianas del compás flamenco, transmitidas a través de las rutas de esclavitud atlánticas y reincorporadas después al cante y al baile andaluces mediante los llamados «cantes de ida y vuelta». Que ese mismo pulso de cuatro tiempos (la base rítmica más extendida del planeta, presente en prácticamente toda la música popular contemporánea) sea también la columna vertebral de un videojuego japonés no es, quizá, una coincidencia estética. Parece ser la prueba de que ciertos patrones temporales resultan legibles para el cuerpo humano con independencia de la cultura que los produzca.Un lenguaje que se aprende antes de hablar«Yo he estado jugando un poquito», confiesa Maya, «y hay muchos patrones rítmicos que son los mismos que hago yo cuando bailo tango. Las mismas secuencias que usan en Estados Unidos, los indígenas, los gitanos, los árabes. Todo es muy interesante, la verdad». Maya insiste en que su relación con el ritmo no nació de un aprendizaje formal, sino de una transmisión casi doméstica. «He tenido la suerte de nacer en una cultura donde nuestros padres nos transmiten la música y el ritmo como un juego de niños», dice. «No sabemos andar ni hablar y ya nos están enseñando a tocar, a sentir. Esa alegría nos incita a tomarlo como un regalo».Esa idea (el ritmo como herencia lúdica, transmitida de generación en generación antes incluso del lenguaje verbal) conecta con investigaciones recientes en neurociencia cognitiva sobre el llamado ‘entrainment’, la capacidad del cerebro humano de sincronizar el movimiento motor con un estímulo sonoro externo. Diversos estudios han señalado que combinar música y movimiento activa simultáneamente ambos hemisferios cerebrales, un dato que Maya cita casi de memoria: «Los estudios dicen que con el uso de la música y el movimiento al mismo tiempo se activan ambos hemisferios del cerebro».«El ritmo ayuda a comunicarte, a expresarte, a concentrarte, en una época en la que es muy complicado el tema de la concentración» José MayaHay, sin embargo, una inquietud de fondo en el discurso de Maya que da al evento un matiz menos festivo. Habla de una «tradición milenaria» de transmisión del ritmo que, dice, «se va olvidando» a medida que la vida cotidiana se satura de estímulos técnicos. Es una contradicción que atraviesa toda la tarde: se presenta un videojuego (producto por excelencia de esa hiperconexión tecnológica que Maya lamenta) como posible antídoto contra sus propios efectos.«Creo en la importancia de un videojuego que nos ayuda técnicamente, que nos ayuda a concentrarnos», explica, matizando su recelo inicial. «El ritmo ayuda a comunicarte, a expresarte, a concentrarte, en una época en la que es muy complicado el tema de la concentración ». Y añade un detalle que, según él, es clave: el juego no depende de la vista. «No hace falta que mires a la pantalla, porque no es visual: hace falta que puedas escucharte y no puedas mirarte».Es una distinción que separa a ‘Rhythm Paradise Groove’ de buena parte de la industria del videojuego contemporáneo, construida sobre el asalto visual constante. Aquí, el estímulo dominante es auditivo y corporal, más cercano al oficio de un bailaor que al de un jugador de acción.Improvisar dentro del compásAntes de despedirse, Maya vuelve sobre un concepto que atraviesa tanto el flamenco como el diseño de los microjuegos que ha probado: la improvisación dentro de una estructura fija. «Cada vez que estoy bailando en mi espectáculo soy famoso por la improvisación», dice. «Tengo mi base, un ritmo muy sólido, pero tengo que viajar en mi mundo imaginario rítmico. Es una fantasía».Ese viaje es, en última instancia, la lección que ambos lenguajes, el flamenco y el videojuego japonés, parecen compartir: el ritmo no se piensa, se habita. Y quizá por eso, concluye Maya, una tradición nacida en los patios de Andalucía y un invento de programadores en Kioto puedan, sin haberse buscado nunca, terminar hablando el mismo idioma. En el Tablao Torres Bermejas, un corro de periodistas y curiosos se cierra en torno a un hombre sobre una tarima de madera que comparte protagonismo junto a una Nintendo Switch 2. José Maya, uno de los bailaores más reconocidos del flamenco contemporáneo, levanta los brazos, espera un segundo (el segundo exacto) y deja caer el taconeo justo cuando el silencio empezaba a doler. Todo el mundo en la sala entiende que lo que acaba de ocurrir es, en esencia, lo mismo que se le pide a un jugador de ‘Rhythm Paradise Groove’ cuando aprieta un botón en el instante justo: no anticiparse, no llegar tarde, fundirse con el compás.José Maya tenía claro desde 2009, cuando ya presentó ‘Rythm Paradise’ que un bailaor de raíz honda y un videojuego en los estudios de Kioto tenían absolutamente todo que ver. Aunque a priori extravagante, Maya no duda en expresar su fascinación ante lo que hace que la humanidad pueda entenderse. «La música y el ritmo son el verdadero lenguaje universal», afirma Maya ante el corro que lo rodea. «Se rige bajo un sentimiento, en la flor, en el espacio, en el viento. Y lo más fascinante de todo es que también está dentro de nosotros, en nuestro pulso. Estamos interconectados».Un botón, mil maneras de fallar’Rhythm Paradise Groove’, la última entrega de una saga que Nintendo mantiene viva desde hace casi dos décadas propone al jugador una premisa desconcertante en su sencillez: pulsar un botón, o como mucho dos, exactamente al compás de una serie de minijuegos que van desde fábricas robóticas hasta entrenamientos de fútbol, pasando por conjuntos de k-pop y dinosaurios glotones. No hay más mecánica que esa, y, sin embargo, dominarlo con precisión es notoriamente difícil.La paradoja es estructural. «Es un juego un poco de una sencillez endiablada», resume Alejandro Fernández, jefe de producto del videojuego. «Por un lado es una mecánica muy sencilla: solo tienes que apretar el botón en el momento adecuado, lo que hace que cualquiera pueda jugar. Pero si quieres hacerlo bien, en toda su complejidad, es realmente un desafío».Noticia relacionada general No No El juego más caro de la historia Una copia de ‘Super Mario Bros’ se vende por tres millones de dólares R. AlonsoEsa tensión es lo que ha convertido a la saga en un objeto de culto entre quienes estudian el diseño de videojuegos, y lo que la acerca más a una disciplina artística que a un pasatiempo digital. La clave, coinciden todos los presentes, no está en los reflejos o en la lógica, sino en algo más difícil de nombrar. «Si intento racionalizar el proceso, ver lo que pasa y darle al botón, no lo consigo», explica Alejandro, describiendo su propia experiencia como jugador. José Maya en la presentación de ‘Rhythm Paradise Groove’«Pero si dejo que la parte de mi cerebro que habla ese lenguaje, y que sabe lo que tiene que hacer, tome el mando (nunca mejor dicho), entonces consigo el resultado». Es exactamente la misma frontera que Maya describe cuando habla de su oficio. El baile flamenco se ejecuta desde una escucha que precede al pensamiento.La madre de las músicasPara Maya, la explicación de por qué un juego japonés y una tradición gitano-andaluza de siglos pueden compartir gramática tiene un nombre concreto: el 4/4. «El ritmo en el que se basa el juego es un ritmo universal, un ritmo de 4/4, originario de África », sostiene. «Es la madre de las músicas. Es un ritmo que sostiene músicas como el jazz, el pop, el rock, el blues, la salsa, el flamenco». Maya enumera los palos flamencos que se edifican sobre esa misma célula rítmica (el tango, el tanguillo, la seguiriya, la bulería) y subraya que su carácter cambia según dónde recaigan los acentos: «Dependiendo de los acentos, tiene una connotación distinta». Es, dice, una gramática compartida con múltiples dialectos.El modo multijugador de ‘Rhythm Paradise Groove’ NintendoLa observación tiene respaldo histórico. Musicólogos han rastreado durante décadas las raíces subsaharianas del compás flamenco, transmitidas a través de las rutas de esclavitud atlánticas y reincorporadas después al cante y al baile andaluces mediante los llamados «cantes de ida y vuelta». Que ese mismo pulso de cuatro tiempos (la base rítmica más extendida del planeta, presente en prácticamente toda la música popular contemporánea) sea también la columna vertebral de un videojuego japonés no es, quizá, una coincidencia estética. Parece ser la prueba de que ciertos patrones temporales resultan legibles para el cuerpo humano con independencia de la cultura que los produzca.Un lenguaje que se aprende antes de hablar«Yo he estado jugando un poquito», confiesa Maya, «y hay muchos patrones rítmicos que son los mismos que hago yo cuando bailo tango. Las mismas secuencias que usan en Estados Unidos, los indígenas, los gitanos, los árabes. Todo es muy interesante, la verdad». Maya insiste en que su relación con el ritmo no nació de un aprendizaje formal, sino de una transmisión casi doméstica. «He tenido la suerte de nacer en una cultura donde nuestros padres nos transmiten la música y el ritmo como un juego de niños», dice. «No sabemos andar ni hablar y ya nos están enseñando a tocar, a sentir. Esa alegría nos incita a tomarlo como un regalo».Esa idea (el ritmo como herencia lúdica, transmitida de generación en generación antes incluso del lenguaje verbal) conecta con investigaciones recientes en neurociencia cognitiva sobre el llamado ‘entrainment’, la capacidad del cerebro humano de sincronizar el movimiento motor con un estímulo sonoro externo. Diversos estudios han señalado que combinar música y movimiento activa simultáneamente ambos hemisferios cerebrales, un dato que Maya cita casi de memoria: «Los estudios dicen que con el uso de la música y el movimiento al mismo tiempo se activan ambos hemisferios del cerebro».«El ritmo ayuda a comunicarte, a expresarte, a concentrarte, en una época en la que es muy complicado el tema de la concentración» José MayaHay, sin embargo, una inquietud de fondo en el discurso de Maya que da al evento un matiz menos festivo. Habla de una «tradición milenaria» de transmisión del ritmo que, dice, «se va olvidando» a medida que la vida cotidiana se satura de estímulos técnicos. Es una contradicción que atraviesa toda la tarde: se presenta un videojuego (producto por excelencia de esa hiperconexión tecnológica que Maya lamenta) como posible antídoto contra sus propios efectos.«Creo en la importancia de un videojuego que nos ayuda técnicamente, que nos ayuda a concentrarnos», explica, matizando su recelo inicial. «El ritmo ayuda a comunicarte, a expresarte, a concentrarte, en una época en la que es muy complicado el tema de la concentración ». Y añade un detalle que, según él, es clave: el juego no depende de la vista. «No hace falta que mires a la pantalla, porque no es visual: hace falta que puedas escucharte y no puedas mirarte».Es una distinción que separa a ‘Rhythm Paradise Groove’ de buena parte de la industria del videojuego contemporáneo, construida sobre el asalto visual constante. Aquí, el estímulo dominante es auditivo y corporal, más cercano al oficio de un bailaor que al de un jugador de acción.Improvisar dentro del compásAntes de despedirse, Maya vuelve sobre un concepto que atraviesa tanto el flamenco como el diseño de los microjuegos que ha probado: la improvisación dentro de una estructura fija. «Cada vez que estoy bailando en mi espectáculo soy famoso por la improvisación», dice. «Tengo mi base, un ritmo muy sólido, pero tengo que viajar en mi mundo imaginario rítmico. Es una fantasía».Ese viaje es, en última instancia, la lección que ambos lenguajes, el flamenco y el videojuego japonés, parecen compartir: el ritmo no se piensa, se habita. Y quizá por eso, concluye Maya, una tradición nacida en los patios de Andalucía y un invento de programadores en Kioto puedan, sin haberse buscado nunca, terminar hablando el mismo idioma.  RSS de noticias de cultura

En el Tablao Torres Bermejas, un corro de periodistas y curiosos se cierra en torno a un hombre sobre una tarima de madera que comparte protagonismo junto a una Nintendo Switch 2. José Maya, uno de los bailaores más reconocidos del flamenco contemporáneo, levanta … los brazos, espera un segundo (el segundo exacto) y deja caer el taconeo justo cuando el silencio empezaba a doler. Todo el mundo en la sala entiende que lo que acaba de ocurrir es, en esencia, lo mismo que se le pide a un jugador de ‘Rhythm Paradise Groove’ cuando aprieta un botón en el instante justo: no anticiparse, no llegar tarde, fundirse con el compás.

 

Noticias Similares