Aclamada en todos los escenarios de Europa antes de la asunción del nazismo, ‘La ópera de los tres centavos’ de Bertolt Brecht fue una obra extraordinariamente popular y sus temas musicales, compuestos por Kurt Weill , se pusieron de moda incluso entre aquel público burgués al que tanto se criticaba. Ambientada en los días de la coronación de la reina Victoria, en un Londres imaginario, plantea un argumento lleno de paradojas: los delincuentes son empresarios, la policía colabora con el crimen, el amor se prostituye y la compasión solo existe si reporta beneficios. El montaje que se representa estos días en el Infanta Isabel, dirigido por Mario Vega , escoge un camino solo superficialmente polémico: tomar partido entre las contradicciones que funcionan en el texto, entre lo popular y lo experimental, lo humorístico y lo perturbador, la complejidad de su escritura, las oscuridades ácidas de sus retratos y ese argumento casi de historia ligera. El planteamiento de Vega no deja de lado la ambigüedad, pero busca que el público disfrute de ella, es decir, que se deje seducir: primero por esa banda situada en lo alto del escenario y por todo ese mundo sonoro que bebe de lo clásico, de lo popular y del jazz; y a la vez que se siente interpelado por una historia donde solo existe el dinero, la corrupción y la mentira. Vega no evita el expresionismo, tan evidente en la iluminación de Gómez-Cornejo, ni el carácter grotesco, de farsa, sino que lo actualiza a nuestra sensibilidad, aunque en esa actualización se opte por suavizar los perfiles más duros y lo tenebroso no resulte especialmente incómodo. Los juegos brechtianos de distanciamiento que buscan la ruptura con el teatro romántico y naturalista se limitan aquí a romper la cuarta pared para dirigirse al público al comienzo de cada escena. Incluso se modifica el principio de la obra al hacer que Mackie Navaja interprete la famosa balada. Sin embargo, los juegos escenográficos son todo un acierto: no es solo que el escenario se divida en dos ambientes, el musical y el puramente narrativo, sino que la movilidad de los decorados, el juego de puertas agrandan el espacio de representación y lo convierten en una amalgama de atmósferas muy eficazmente perfilada. Eso hace que el espectáculo consiga una indudable fuerza visual y un profundo sentido cromático.’La ópera de los tres centavos’ Texto Bertolt Brecht en colaboración con Elisabeth Hauptmann Música Kurt Weill Dirección Mario Vega Dirección musical Miguel Malla Interpretación Coque Malla, Andrea Guasch, Carmen Barrantes, Paula Iwasaki, Cristina García, Miquel Mars, Diego Molero, Pablo Novoa, Néstor Ballesteros Cover Dulcinea Juárez Músicos Miguel Malla (Saxofón tenor y clarinete bajo), Daniel Rouleau (Saxofón alto, saxofón soprano, flauta y piccolo), Evgeni Riechkalov (Trompeta I), Gabriel Marijuan (Percusión y trompeta II), Roberto Bazán (Trombón y contrabajo), Néstor Ballesteros (Piano, celesta y armonio), Pablo Novoa (Guitarras y banjo), Carmen Barrantes (Cello) Iluminación Juan Gómez-Cornejo Vestuario Elda Noriega Escenografía Mario Vega Sonido Pilar Calvo Movimiento y Coach Vocal Óscar Martínez-Gil En el terreno interpretativo hay que decir que Coque Malla es convincente en todo momento. No pierde su propia personalidad, actúa con mesura, con equilibrio y hace valer sus indudables dotes como actor. Cosa que ocurre con especial fuerza en el elenco femenino, en Carmen Barrantes, en Paula Iwasaki o en Andrea Guasch. La ópera de los tres centavos busca atrapar al público y lo consigue, busca la claridad argumental y la monumentalidad escénica. Es un montaje que se disfruta y que se arriesga a darnos una versión de Bertolt Brecht sin convertirlo del todo en un escritor burgués. Aclamada en todos los escenarios de Europa antes de la asunción del nazismo, ‘La ópera de los tres centavos’ de Bertolt Brecht fue una obra extraordinariamente popular y sus temas musicales, compuestos por Kurt Weill , se pusieron de moda incluso entre aquel público burgués al que tanto se criticaba. Ambientada en los días de la coronación de la reina Victoria, en un Londres imaginario, plantea un argumento lleno de paradojas: los delincuentes son empresarios, la policía colabora con el crimen, el amor se prostituye y la compasión solo existe si reporta beneficios. El montaje que se representa estos días en el Infanta Isabel, dirigido por Mario Vega , escoge un camino solo superficialmente polémico: tomar partido entre las contradicciones que funcionan en el texto, entre lo popular y lo experimental, lo humorístico y lo perturbador, la complejidad de su escritura, las oscuridades ácidas de sus retratos y ese argumento casi de historia ligera. El planteamiento de Vega no deja de lado la ambigüedad, pero busca que el público disfrute de ella, es decir, que se deje seducir: primero por esa banda situada en lo alto del escenario y por todo ese mundo sonoro que bebe de lo clásico, de lo popular y del jazz; y a la vez que se siente interpelado por una historia donde solo existe el dinero, la corrupción y la mentira. Vega no evita el expresionismo, tan evidente en la iluminación de Gómez-Cornejo, ni el carácter grotesco, de farsa, sino que lo actualiza a nuestra sensibilidad, aunque en esa actualización se opte por suavizar los perfiles más duros y lo tenebroso no resulte especialmente incómodo. Los juegos brechtianos de distanciamiento que buscan la ruptura con el teatro romántico y naturalista se limitan aquí a romper la cuarta pared para dirigirse al público al comienzo de cada escena. Incluso se modifica el principio de la obra al hacer que Mackie Navaja interprete la famosa balada. Sin embargo, los juegos escenográficos son todo un acierto: no es solo que el escenario se divida en dos ambientes, el musical y el puramente narrativo, sino que la movilidad de los decorados, el juego de puertas agrandan el espacio de representación y lo convierten en una amalgama de atmósferas muy eficazmente perfilada. Eso hace que el espectáculo consiga una indudable fuerza visual y un profundo sentido cromático.’La ópera de los tres centavos’ Texto Bertolt Brecht en colaboración con Elisabeth Hauptmann Música Kurt Weill Dirección Mario Vega Dirección musical Miguel Malla Interpretación Coque Malla, Andrea Guasch, Carmen Barrantes, Paula Iwasaki, Cristina García, Miquel Mars, Diego Molero, Pablo Novoa, Néstor Ballesteros Cover Dulcinea Juárez Músicos Miguel Malla (Saxofón tenor y clarinete bajo), Daniel Rouleau (Saxofón alto, saxofón soprano, flauta y piccolo), Evgeni Riechkalov (Trompeta I), Gabriel Marijuan (Percusión y trompeta II), Roberto Bazán (Trombón y contrabajo), Néstor Ballesteros (Piano, celesta y armonio), Pablo Novoa (Guitarras y banjo), Carmen Barrantes (Cello) Iluminación Juan Gómez-Cornejo Vestuario Elda Noriega Escenografía Mario Vega Sonido Pilar Calvo Movimiento y Coach Vocal Óscar Martínez-Gil En el terreno interpretativo hay que decir que Coque Malla es convincente en todo momento. No pierde su propia personalidad, actúa con mesura, con equilibrio y hace valer sus indudables dotes como actor. Cosa que ocurre con especial fuerza en el elenco femenino, en Carmen Barrantes, en Paula Iwasaki o en Andrea Guasch. La ópera de los tres centavos busca atrapar al público y lo consigue, busca la claridad argumental y la monumentalidad escénica. Es un montaje que se disfruta y que se arriesga a darnos una versión de Bertolt Brecht sin convertirlo del todo en un escritor burgués. RSS de noticias de cultura
Aclamada en todos los escenarios de Europa antes de la asunción del nazismo, ‘La ópera de los tres centavos’ de Bertolt Brecht fue una obra extraordinariamente popular y sus temas musicales, compuestos por Kurt Weill, se pusieron de moda incluso entre aquel público … burgués al que tanto se criticaba. Ambientada en los días de la coronación de la reina Victoria, en un Londres imaginario, plantea un argumento lleno de paradojas: los delincuentes son empresarios, la policía colabora con el crimen, el amor se prostituye y la compasión solo existe si reporta beneficios.
El montaje que se representa estos días en el Infanta Isabel, dirigido por Mario Vega, escoge un camino solo superficialmente polémico: tomar partido entre las contradicciones que funcionan en el texto, entre lo popular y lo experimental, lo humorístico y lo perturbador, la complejidad de su escritura, las oscuridades ácidas de sus retratos y ese argumento casi de historia ligera. El planteamiento de Vega no deja de lado la ambigüedad, pero busca que el público disfrute de ella, es decir, que se deje seducir: primero por esa banda situada en lo alto del escenario y por todo ese mundo sonoro que bebe de lo clásico, de lo popular y del jazz; y a la vez que se siente interpelado por una historia donde solo existe el dinero, la corrupción y la mentira. Vega no evita el expresionismo, tan evidente en la iluminación de Gómez-Cornejo, ni el carácter grotesco, de farsa, sino que lo actualiza a nuestra sensibilidad, aunque en esa actualización se opte por suavizar los perfiles más duros y lo tenebroso no resulte especialmente incómodo.
Los juegos brechtianos de distanciamiento que buscan la ruptura con el teatro romántico y naturalista se limitan aquí a romper la cuarta pared para dirigirse al público al comienzo de cada escena. Incluso se modifica el principio de la obra al hacer que Mackie Navaja interprete la famosa balada. Sin embargo, los juegos escenográficos son todo un acierto: no es solo que el escenario se divida en dos ambientes, el musical y el puramente narrativo, sino que la movilidad de los decorados, el juego de puertas agrandan el espacio de representación y lo convierten en una amalgama de atmósferas muy eficazmente perfilada. Eso hace que el espectáculo consiga una indudable fuerza visual y un profundo sentido cromático.
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‘La ópera de los tres centavos’
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Texto
Bertolt Brecht en colaboración con Elisabeth Hauptmann
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En el terreno interpretativo hay que decir que Coque Malla es convincente en todo momento. No pierde su propia personalidad, actúa con mesura, con equilibrio y hace valer sus indudables dotes como actor. Cosa que ocurre con especial fuerza en el elenco femenino, en Carmen Barrantes, en Paula Iwasaki o en Andrea Guasch.
La ópera de los tres centavos busca atrapar al público y lo consigue, busca la claridad argumental y la monumentalidad escénica. Es un montaje que se disfruta y que se arriesga a darnos una versión de Bertolt Brecht sin convertirlo del todo en un escritor burgués.
