El arte de torear es hijo de la inteligencia y del valor. Pepe Hillo dictó las reglas para conducirse en las suertes del juego peligroso de burlar al toro. Pero hay trances en que la regla falla o se equivoca el diestro. O es el toro el que se equivoca. A Pepe Hillo lo mató Barbudo el 11 de mayo de 1801 en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Cogidas y muertes figuran en los anales del toreo con lacónica precisión : la fecha, el coso, el nombre del toro fatalmente unido a perpetuidad al nombre del torero. Es otra la exactitud de los relatos reunidos en ‘La muerte del espontáneo’, de Manuel Arroyo-Stephens. Su acribia es efecto de quien ha visto y refiere lo que ha visto. «En su único derrote el toro fue certero; como si tuviese aprendido el sitio del corazón. No se vio la muerte en la herida, pero la tenía toda en su cara el torero cuando se desasió del asta del toro». La muerte, se nos dice, «tiene su peculiar, inequívoca manera de dejarse ver, de decir aquí estoy». El relator ni se refugia en la crónica ni se disfraza en la literatura. Ha visto la muerte del Yiyo. Lo cuenta. Un año antes, refiere asimismo, tuvo el Yiyo que matar al toro que había enganchado ferozmente a Paquirri. Dirigiéndose al Soro (que así lo contó a su vez), antes de salir el toro de este, le dijo el Yiyo, «casi al oído, sin dejar de mirar al ruedo: Vicente, ¡vaya tela!». El asombro, el estupor, «un extraño silencio». Aunque a veces el público, fuera de sí, descarga su horror. Como en Albacete, contra El Cordobés, tras la cogida mortal de aquel espontáneo: «Eran las siete de la tarde y el sol rojizo le brillaba en el cuerpo desnudo».También refiere de Belmonte y de Wittgenstein, que no conoció España. Belmonte, cuando no pudo burlar más a la muerte, salió a su encuentro. Wittgenstein la esperó quieto, dejándola venir. «De esa soledad ante el toro nace toda la emoción del toreo». El arte de torear es hijo de la inteligencia y del valor. Pepe Hillo dictó las reglas para conducirse en las suertes del juego peligroso de burlar al toro. Pero hay trances en que la regla falla o se equivoca el diestro. O es el toro el que se equivoca. A Pepe Hillo lo mató Barbudo el 11 de mayo de 1801 en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Cogidas y muertes figuran en los anales del toreo con lacónica precisión : la fecha, el coso, el nombre del toro fatalmente unido a perpetuidad al nombre del torero. Es otra la exactitud de los relatos reunidos en ‘La muerte del espontáneo’, de Manuel Arroyo-Stephens. Su acribia es efecto de quien ha visto y refiere lo que ha visto. «En su único derrote el toro fue certero; como si tuviese aprendido el sitio del corazón. No se vio la muerte en la herida, pero la tenía toda en su cara el torero cuando se desasió del asta del toro». La muerte, se nos dice, «tiene su peculiar, inequívoca manera de dejarse ver, de decir aquí estoy». El relator ni se refugia en la crónica ni se disfraza en la literatura. Ha visto la muerte del Yiyo. Lo cuenta. Un año antes, refiere asimismo, tuvo el Yiyo que matar al toro que había enganchado ferozmente a Paquirri. Dirigiéndose al Soro (que así lo contó a su vez), antes de salir el toro de este, le dijo el Yiyo, «casi al oído, sin dejar de mirar al ruedo: Vicente, ¡vaya tela!». El asombro, el estupor, «un extraño silencio». Aunque a veces el público, fuera de sí, descarga su horror. Como en Albacete, contra El Cordobés, tras la cogida mortal de aquel espontáneo: «Eran las siete de la tarde y el sol rojizo le brillaba en el cuerpo desnudo».También refiere de Belmonte y de Wittgenstein, que no conoció España. Belmonte, cuando no pudo burlar más a la muerte, salió a su encuentro. Wittgenstein la esperó quieto, dejándola venir. «De esa soledad ante el toro nace toda la emoción del toreo». RSS de noticias de cultura
El arte de torear es hijo de la inteligencia y del valor. Pepe Hillo dictó las reglas para conducirse en las suertes del juego peligroso de burlar al toro. Pero hay trances en que la regla falla o se equivoca el diestro. O … es el toro el que se equivoca. A Pepe Hillo lo mató Barbudo el 11 de mayo de 1801 en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Cogidas y muertes figuran en los anales del toreo con lacónica precisión: la fecha, el coso, el nombre del toro fatalmente unido a perpetuidad al nombre del torero.
Es otra la exactitud de los relatos reunidos en ‘La muerte del espontáneo’, de Manuel Arroyo-Stephens. Su acribia es efecto de quien ha visto y refiere lo que ha visto. «En su único derrote el toro fue certero; como si tuviese aprendido el sitio del corazón. No se vio la muerte en la herida, pero la tenía toda en su cara el torero cuando se desasió del asta del toro». La muerte, se nos dice, «tiene su peculiar, inequívoca manera de dejarse ver, de decir aquí estoy». El relator ni se refugia en la crónica ni se disfraza en la literatura. Ha visto la muerte del Yiyo. Lo cuenta.
Un año antes, refiere asimismo, tuvo el Yiyo que matar al toro que había enganchado ferozmente a Paquirri. Dirigiéndose al Soro (que así lo contó a su vez), antes de salir el toro de este, le dijo el Yiyo, «casi al oído, sin dejar de mirar al ruedo: Vicente, ¡vaya tela!». El asombro, el estupor, «un extraño silencio». Aunque a veces el público, fuera de sí, descarga su horror. Como en Albacete, contra El Cordobés, tras la cogida mortal de aquel espontáneo: «Eran las siete de la tarde y el sol rojizo le brillaba en el cuerpo desnudo».
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También refiere de Belmonte y de Wittgenstein, que no conoció España. Belmonte, cuando no pudo burlar más a la muerte, salió a su encuentro. Wittgenstein la esperó quieto, dejándola venir. «De esa soledad ante el toro nace toda la emoción del toreo».

