Luka Modric llegó el sábado, en el desdichado partido contra Inglaterra a las 205 internacionalidades. Está a dos de Leo Messi, que, voluntariamente apartado de la albiceleste, alcanzará el martes las 208 en un encuentro amistoso de despedida ante Benin en el bonaerense Monumental de River. Leo merecería un homenaje ante un combinado Resto del Mundo. Pero, por encima de la modestia del rival, quedémonos con el peso simbólico del acontecimiento.
Luka Modric llegó el sábado, en el desdichado partido contra Inglaterra a las 205 internacionalidades. Está a dos de Leo Messi, que, voluntaria
Luka Modric llegó el sábado, en el desdichado partido contra Inglaterra a las 205 internacionalidades. Está a dos de Leo Messi, que, voluntariamente apartado de la albiceleste, alcanzará el martes las 208 en un encuentro amistoso de despedida ante Benin en el bonaerense Monumental de River. Leo merecería un homenaje ante un combinado Resto del Mundo. Pero, por encima de la modestia del rival, quedémonos con el peso simbólico del acontecimiento.
Modric y Messi sólo tienen por delante a Cristiano (234) en ese capítulo de presencias internacionales. Ronaldo, en otro ataque de vanidad herida, de narcisismo ofendido, abandonó el miércoles la concentración de la Selección portuguesa, en la que ha pasado de lustre a lastre, por no haber jugado contra Noruega.
Incapaz de renunciar dignamente a la camiseta después del Mundial, convocado en los últimos años demasiadas veces sólo en atención a su nombre, su pataleta tiene el aire de un adiós sin retorno. Un epílogo enturbiado por una rabieta de «prima donna» que no borra una trayectoria deslumbrante, pero tampoco la alarga. A Cristiano sólo le queda aferrarse a la posibilidad de alcanzar, en el complaciente fútbol saudí, los 1.000 goles en su carrera. Ahora lleva 979. Pero no lo tiene fácil. Mientras se desliza cuesta abajo, va corriendo cuesta arriba.
Ronaldo, Modric, Messi… Tres cuarentones en los que cabe el balón. Ronaldo se relacionó con el fútbol a través de los goles. Modric, del juego. Messi del juego y los goles. Leo, precisemos, no tiene aún 40 años. Los cumplirá el próximo junio. Pero para el caso es igual. Cristiano hizo los 41 en febrero. Modric, en septiembre. Al cabo de la calle en laureles, fama y dinero, cabe preguntarse qué les motiva y estimula para seguir calzándose los borceguíes a esas edades. Puede que sea el amor al balón, que prolonga la infancia de quienes se hicieron adultos con el fútbol de máxima exigencia cuando todavía eran adolescentes. Tal vez el «horror vacui». En Cristiano, además, cuenta la infantiloide egolatría.
En cualquier caso, el trío pervive, más o menos precariamente en atención a su pasado, abocado a una definitiva jubilación forzosa. Hace equilibrios al borde del desahucio profesional en virtud del decreto de la Naturaleza respecto al cuerpo en el que habitamos. De ese decreto permanente y no del oportunista del Gobierno de turno con relación a las paredes que nos cobijan. Colgar los hábitos futbolísticos es algo tan inevitable como la muerte y los impuestos.
Los futbolistas, los deportistas, envejecen de un modo dramático para su trabajo, pero inocuo para su existencia, que biológica y estadísticamente se encuentra más cerca de la cuna que de la tumba. Pero, de alguna manera, cuando se retira alguno del calibre de estos tres, una parte de nosotros se retira con él, que ha ocupado un grato lugar en nuestra propia historia y pasa a engrosar el catálogo de mundos que vamos perdiendo sin remedio ni consuelo a lo largo del tiempo.
Parcelas de la vida que reemplazamos con un subterfugio. Un enfermizo sucedáneo llamado nostalgia.
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