A ambos lados de la carretera solo hay miles de árboles quemados. Cuando uno avanza, básicamente se cruza con coches de bomberos y con numerosos agentes de policía. Estos solo dejan pasar a los agentes antiincendios, a voluntarios y periodistas . Aparte de una vegetación ennegrecida, a veces a un lado de la carretera uno puede observar a un grupo de reporteros gráficos que graban mientras una parte del bosque vuelve a arder. Este paisaje desolador ofrece ahora mismo una amplia parte del territorio del departamento de Gironda .A pesar de haber empezado hace más de una semana, el macroincendio del suroeste de Francia continúa sin estar controlado. Las ráfagas de viento y las elevadas temperaturas –con máximas superiores a 40 grados– contribuyeron a que este miércoles se reactivaran las llamas. El fuego más vasto de los últimos 50 años en el país vecino sigue ardiendo, pero la buena noticia es que lo hace básicamente en zonas ya quemadas. Cada vez que detectan un nuevo foco, los 2.750 bomberos desplegados y numerosos voluntarios reaccionan para apagarlo.Este miércoles no ha sido un día propicio para controlar finalmente este megaincendio. Los habitantes y autoridades locales han tenido que conformarse con que la situación no degenerase, pese a un clima poco propicio. La elevadísima cifra de 42.000 hectáreas quemadas se ha mantenido por tercer día consecutivo .«La situación es relativamente estable», ha explicado Joachim C., responsable de una unidad de bomberos en Le Porge –la localidad más devastada de Gironda–, en declaraciones a este medio. Aunque algunos focos se han reactivado, no ha habido nuevos desalojos. La cifra de evacuados se sitúa actualmente en 160.000, después de que el martes autorizaran a volver a sus casas a unas 60.000 personas.Francia empieza a ver la luz al final del túnel, pero lo hace con la convicción de haber vivido una catástrofe natural mayúscula. El único punto de consolación –y no menor– es que no ha habido ningún muerto ni herido grave entre los civiles , según datos provisionales. Esto no quita un sentimiento trágico, acompañado por una profunda rabia hacia las autoridades, entre aquellos que han visto cómo las llamas arrasaban parte de sus propiedades.200 casas en un solo puebloAsí sucede en Le Porge, con 3.465 habitantes. Esta pequeña localidad, situada a unos 8 kilómetros de las playas del Atlántico, es, sin duda, la más afectada. Quemó hasta 185 casas de un total de 240 viviendas o edificios afectados en Gironda. Junto con Biscarrosse en las Landas –allí otro gran incendio ardió en 3.600 hectáreas–, se han llevado la peor parte de la oleada de incendios en el suroeste.En el caso de Le Porge, las llamas no llegaron hasta el centro de esta localidad, situada entre el glamuroso Cabo Ferret y Saumos, epicentro del fuego que, en principio, empezó de manera accidental. Pero sí que han dejado un paisaje desolador, digno de una zona bombardeada, en una larga calle de las afueras.Las casas quemadas en Le Porge, la localidad más afectada por el macroincendio en Gironda (Francia); y el arquitecto Benoît Bouvier con su amiga Sandra Deyres, vecinos de la zona. Enric BonetAllí se ven casas casi destrozadas en su totalidad de las que solo quedan en pie un par de paredes, otras han conservado un poco mejor su estructura exterior, aunque las llamas han dejado amplias manchas negras. Y al lado de algunas completamente destrozadas, hay otras que han quedado intactas por puro azar.Las llamas se han ensañado con los bosques de la zona y han dejado árboles alicaídos o literalmente derretidos. Los monocultivos de pinos han facilitado que ardieran con tanta facilidad en Le Porge, situada cerca de las turísticas ciudades de Lège-Cap-Ferret y Lacanau, donde el impacto ha sido bastante menor.«Nos han sacrificado»Aunque esta localidad forma parte de la lista de una veintena de municipios cuyos habitantes no pueden regresar a sus casas, decenas de ellos se encontraban este miércoles en la parte exterior de una sala polivalente, en pleno centro, al participar en tareas de voluntarios.Sentado en una de las mesas mientras tomaba un café, Benoît Bouvier, de 48 años y arquitecto de profesión, recordaba el momento en que tuvieron que irse ante la cercanía de las llamas: «El cielo estaba rojo en todas partes, estábamos rodeados por el fuego. Así que cogí mi vehículo y me fui con mi hijo por una estrecha carretera al lado del océano. Desde el volante, veía árboles quemándose».«Cuando los bomberos nos exigieron que nos fuéramos del pueblo, nos dijeron que la única vía segura era pasar con nuestro coche por un carril bici», explica Benjamin Foussard, de 45 años y paisajista de profesión, quien se instaló hace siete años en este pueblo por la belleza de sus paisajes marítimos. Como muchos de sus habitantes, considera que fueron «abandonados» para que los bomberos se concentraran en evacuar y preservar otras localidades. «Las autoridades priorizaron la protección de los ricos y de las residencias secundarias en Lège-Cap-Ferret en lugar de nuestro pueblo», sostiene.Para Kevin Sentoot, de 36 años y que trabaja como fontanero y electricista, « no hay ninguna duda de que nos sacrificaron , ya que pidieron a los bomberos que se fueran a proteger el Cabo Ferret». Comenta con una rabia palpable cómo disminuyó el número de agentes antiincendios desplegados el jueves por la noche –dicen que pasaron de 800 a 200–, a pesar de que era el momento de mayor virulencia del incendio en Le Porge.Pese al resentimiento y su cabreo monumental, Sentoot destaca la solidaridad entre los habitantes. De hecho, enseña fotos de él con sus amigos mientras contribuyen en la extinción del fuego con medios rudimentarios o vigilan las calles durante la noche en esta localidad fantasma, donde ha habido episodios de robo.«Ahora estamos concentrados en nuestras tareas como voluntarios. Pero cuando todo esto se termine, nos invadirá una profunda tristeza. Hay muchas casas y lugares de mi vida que han desaparecido», añade el habitante de este municipio «mártir». Simboliza como pocos los estragos de un incendio histórico.
A ambos lados de la carretera solo hay miles de árboles quemados. Cuando uno avanza, básicamente se cruza con coches de bomberos y con numerosos agentes de policía. Estos solo dejan pasar a los agentes antiincendios, a voluntarios y periodistas. Aparte de una vegetación … ennegrecida, a veces a un lado de la carretera uno puede observar a un grupo de reporteros gráficos que graban mientras una parte del bosque vuelve a arder. Este paisaje desolador ofrece ahora mismo una amplia parte del territorio del departamento de Gironda.
A pesar de haber empezado hace más de una semana, el macroincendio del suroeste de Francia continúa sin estar controlado. Las ráfagas de viento y las elevadas temperaturas –con máximas superiores a 40 grados– contribuyeron a que este miércoles se reactivaran las llamas. El fuego más vasto de los últimos 50 años en el país vecino sigue ardiendo, pero la buena noticia es que lo hace básicamente en zonas ya quemadas. Cada vez que detectan un nuevo foco, los 2.750 bomberos desplegados y numerosos voluntarios reaccionan para apagarlo.
Este miércoles no ha sido un día propicio para controlar finalmente este megaincendio. Los habitantes y autoridades locales han tenido que conformarse con que la situación no degenerase, pese a un clima poco propicio. La elevadísima cifra de 42.000 hectáreas quemadas se ha mantenido por tercer día consecutivo.
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«La situación es relativamente estable», ha explicado Joachim C., responsable de una unidad de bomberos en Le Porge –la localidad más devastada de Gironda–, en declaraciones a este medio. Aunque algunos focos se han reactivado, no ha habido nuevos desalojos. La cifra de evacuados se sitúa actualmente en 160.000, después de que el martes autorizaran a volver a sus casas a unas 60.000 personas.
Francia empieza a ver la luz al final del túnel, pero lo hace con la convicción de haber vivido una catástrofe natural mayúscula. El único punto de consolación –y no menor– es que no ha habido ningún muerto ni herido grave entre los civiles, según datos provisionales. Esto no quita un sentimiento trágico, acompañado por una profunda rabia hacia las autoridades, entre aquellos que han visto cómo las llamas arrasaban parte de sus propiedades.
200 casas en un solo pueblo
Así sucede en Le Porge, con 3.465 habitantes. Esta pequeña localidad, situada a unos 8 kilómetros de las playas del Atlántico, es, sin duda, la más afectada. Quemó hasta 185 casas de un total de 240 viviendas o edificios afectados en Gironda. Junto con Biscarrosse en las Landas –allí otro gran incendio ardió en 3.600 hectáreas–, se han llevado la peor parte de la oleada de incendios en el suroeste.
En el caso de Le Porge, las llamas no llegaron hasta el centro de esta localidad, situada entre el glamuroso Cabo Ferret y Saumos, epicentro del fuego que, en principio, empezó de manera accidental. Pero sí que han dejado un paisaje desolador, digno de una zona bombardeada, en una larga calle de las afueras.
(Enric Bonet)
Allí se ven casas casi destrozadas en su totalidad de las que solo quedan en pie un par de paredes, otras han conservado un poco mejor su estructura exterior, aunque las llamas han dejado amplias manchas negras. Y al lado de algunas completamente destrozadas, hay otras que han quedado intactas por puro azar.
Las llamas se han ensañado con los bosques de la zona y han dejado árboles alicaídos o literalmente derretidos. Los monocultivos de pinos han facilitado que ardieran con tanta facilidad en Le Porge, situada cerca de las turísticas ciudades de Lège-Cap-Ferret y Lacanau, donde el impacto ha sido bastante menor.
«Nos han sacrificado»
Aunque esta localidad forma parte de la lista de una veintena de municipios cuyos habitantes no pueden regresar a sus casas, decenas de ellos se encontraban este miércoles en la parte exterior de una sala polivalente, en pleno centro, al participar en tareas de voluntarios.
Sentado en una de las mesas mientras tomaba un café, Benoît Bouvier, de 48 años y arquitecto de profesión, recordaba el momento en que tuvieron que irse ante la cercanía de las llamas: «El cielo estaba rojo en todas partes, estábamos rodeados por el fuego. Así que cogí mi vehículo y me fui con mi hijo por una estrecha carretera al lado del océano. Desde el volante, veía árboles quemándose».
«Cuando los bomberos nos exigieron que nos fuéramos del pueblo, nos dijeron que la única vía segura era pasar con nuestro coche por un carril bici», explica Benjamin Foussard, de 45 años y paisajista de profesión, quien se instaló hace siete años en este pueblo por la belleza de sus paisajes marítimos. Como muchos de sus habitantes, considera que fueron «abandonados» para que los bomberos se concentraran en evacuar y preservar otras localidades. «Las autoridades priorizaron la protección de los ricos y de las residencias secundarias en Lège-Cap-Ferret en lugar de nuestro pueblo», sostiene.
Para Kevin Sentoot, de 36 años y que trabaja como fontanero y electricista, «no hay ninguna duda de que nos sacrificaron, ya que pidieron a los bomberos que se fueran a proteger el Cabo Ferret». Comenta con una rabia palpable cómo disminuyó el número de agentes antiincendios desplegados el jueves por la noche –dicen que pasaron de 800 a 200–, a pesar de que era el momento de mayor virulencia del incendio en Le Porge.
Pese al resentimiento y su cabreo monumental, Sentoot destaca la solidaridad entre los habitantes. De hecho, enseña fotos de él con sus amigos mientras contribuyen en la extinción del fuego con medios rudimentarios o vigilan las calles durante la noche en esta localidad fantasma, donde ha habido episodios de robo.
«Ahora estamos concentrados en nuestras tareas como voluntarios. Pero cuando todo esto se termine, nos invadirá una profunda tristeza. Hay muchas casas y lugares de mi vida que han desaparecido», añade el habitante de este municipio «mártir». Simboliza como pocos los estragos de un incendio histórico.
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