Las chicharras son lo primero que se escucha al llegar a Starlite en Marbella. Lo segundo que llama la atención es que nadie parece tener prisa. Los cinco restaurantes del recinto –que van desde un mexicano hasta un “caviar bar” (sea lo que sea eso)– siguen llenos a pocos minutos de que comience el concierto, las copas descansan sobre mesas y un coche deportivo de una conocida marca alemana recibe a los asistentes nada más cruzar la entrada. Cuesta creer que esto también sea un festival .Y lo es. Pero uno que ha decidido diferenciarse no por la cantidad de conciertos o de escenarios, sino por el tipo de experiencia que ofrece. Frente al modelo tradicional de grandes recintos, pulseras de tela, campings donde las marcas de alcohol más batalleras se mezclan con los refrescos de marca blanca y jornadas maratonianas de música, Starlite ha construido una propuesta estrechamente ligada al lujo y a la exclusividad . Su fundadora y directora, Sandra García-Sanjuán , matiza, sin embargo, que ese lujo «no tiene tanto que ver con el precio como con la calidad, con hacer algo excepcional». La comodidad, la gastronomía, la cercanía con el artista o la atención al detalle forman parte de esa definición.Esa filosofía también se refleja en la propia organización del evento. Mientras la mayoría de festivales concentran decenas de artistas durante un mismo fin de semana, Starlite distribuye prácticamente un concierto cada noche a lo largo de los meses de verano. Cada actuación funciona como un evento independiente, con entradas y público propios. No hay carreras para llegar al siguiente escenario porque, sencillamente, no existe un siguiente escenario. El pasado 7 de julio fue el turno de Maroon 5 .Una noche diferente desde la entradaLa calma que se percibe nada más acceder al recinto no es casual. Mientras en muchos festivales la cuenta atrás para el primer concierto suele vivirse entre carreras para ganar una buena posición o desplazamientos entre escenarios, en Starlite la espera recuerda más a la de una noche de verano en una terraza que a la de un festival multitudinario. «La música es el hilo conductor, pero no el fin», resume García-Sanjuán. El recinto permanece abierto durante unas 10 horas y el concierto ocupa apenas una parte de una experiencia que comienza mucho antes de que suene la primera canción y continúa bastante después de la última.El público contribuye a esa sensación. Frente a la diversidad estética habitual en este tipo de eventos, donde predominan la ropa cómoda, las zapatillas y las camisetas de grupos, en Starlite la mayoría de asistentes opta por una vestimenta mucho más cuidada . La única excepción parece ser la camiseta blanca de la selección española, convertida este verano en una de las prendas más comunes. incluyendo en un festival como este. No es una cuestión de quién va mejor vestido, sino de que el contexto invita a hacerlo de otra manera. Los detalles terminan de explicar esa filosofía. Aquí los vasos son de cristal, sobre muchas mesas descansan botellas de cava y nadie parece demasiado preocupado por esconder una botella –y otras cosas– en la mochila antes de acceder al recinto.La cercanía como espectáculoSin embargo, el verdadero lujo de Starlite no está en esos detalles, sino en el auditorio . La cantera natural que acoge el festival limita el aforo a apenas 3.500 espectadores, una cifra muy alejada de las decenas de miles de personas que reúnen los grandes festivales españoles. Lejos de considerar esa limitación un inconveniente, García-Sanjuán la reivindica como una de las claves del proyecto. «No queremos competir en ser masivos. Nuestro modelo es la cercanía», explica. Cambiar de recinto o aumentar el aforo supondría perder precisamente aquello que convierte a Starlite en una experiencia distinta.Esa proximidad no sólo modifica la forma en que el público vive el concierto. Para la directora, también responde a una necesidad cada vez mayor de recuperar «experiencias humanas reales» . En una época dominada por pantallas y tecnologías capaces de difuminar los límites entre lo auténtico y lo artificial, sostiene que el verdadero lujo consiste en mirar al artista a los ojos, compartir el mismo espacio y sentir que lo que ocurre sobre el escenario está sucediendo de verdad.La actuación de Maroon 5 confirmó esa sensación desde los primeros minutos. Adam Levine se dirigió al público en varias ocasiones y cada una de sus intervenciones se entendió con una claridad poco habitual en un concierto de estas dimensiones. Da la impresión de que el cantante se siente tan cerca del público como el público de él, algo que probablemente explique la naturalidad con la que fue alternando canciones y conversaciones a lo largo de la noche.El concierto comenzó con todo el auditorio sentado. Parecía que así sería hasta el final. Bastaron unos pocos éxitos para desmontar esa idea. Poco a poco, las filas fueron poniéndose en pie hasta que prácticamente nadie volvió a ocupar su asiento. Porque tener una butaca asignada no impide vivir un concierto con la misma intensidad. Al contrario, la posibilidad de abandonar unos minutos el recinto —para ir al baño o pedir algo de beber— con la tranquilidad de conservar el sitio elimina una preocupación habitual en cualquier pista abarrotada. También ayuda que los baños sean permanentes, estén limpios y se alejen de la imagen de los habituales módulos portátiles que suelen asociarse a los grandes festivales.En el plano artístico, Maroon 5 ofreció un espectáculo muy sólido tanto en lo sonoro como en lo visual. El juego de pantallas acompañó cada momento del concierto, con instantes especialmente logrados como el efecto de lluvia durante ‘Won’t Go Home Without You’ o la sucesión de fotografías personales que ilustró ‘Memories’ . Precisamente en esas dos canciones se echó en falta una imagen que durante décadas fue inseparable de los conciertos: un mar de mecheros —o, hoy en día, de linternas de teléfonos— iluminando el auditorio. Es una tradición que se está perdiendo y cuya desaparición merece lamentarse, porque pocas estampas representan mejor la comunión entre el escenario y quienes lo contemplan.Cuando las luces del escenario se apagaron, la noche no terminó. El recinto cambió de registro y dio paso a una sesión de DJ que atrajo tanto a quienes acababan de salir del concierto como a otras personas que ni siquiera habían asistido a él. Durante unas horas había sido un auditorio; apenas unos minutos después, era un espacio de ocio nocturno. Algo llamativo es cómo cambia la forma de vivir un concierto según el lugar desde el que se contempla. Puede pensarse que hacerlo desde un asiento, o incluso desde un palco, resta emoción frente a esa guerra de guerrillas en la que, a menudo, se convierte la pista. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Se disfruta tanto bailando sobre una baldosa, peleando por tu espacio vital porque esa tierra se te prometió hace 3000 años, como sentado, cantando cada estrofa a pleno pulmón o simplemente escuchando en silencio mientras se escapa alguna lágrima. Ninguna forma de emocionarse con la música es más válida que otra.Quizá ocurre exactamente lo mismo con los festivales. Da igual si la experiencia consiste en recorrer tres escenarios durante tres días con un vaso de kalimotxo en la mano o en asistir a un único concierto sentado mientras se brinda con una copa servida en un vaso de cristal. Son modelos diferentes , públicos diferentes y maneras distintas de entender la música en directo, pero todos persiguen el mismo objetivo: que, durante unas horas, lo único importante sea disfrutar. Las chicharras son lo primero que se escucha al llegar a Starlite en Marbella. Lo segundo que llama la atención es que nadie parece tener prisa. Los cinco restaurantes del recinto –que van desde un mexicano hasta un “caviar bar” (sea lo que sea eso)– siguen llenos a pocos minutos de que comience el concierto, las copas descansan sobre mesas y un coche deportivo de una conocida marca alemana recibe a los asistentes nada más cruzar la entrada. Cuesta creer que esto también sea un festival .Y lo es. Pero uno que ha decidido diferenciarse no por la cantidad de conciertos o de escenarios, sino por el tipo de experiencia que ofrece. Frente al modelo tradicional de grandes recintos, pulseras de tela, campings donde las marcas de alcohol más batalleras se mezclan con los refrescos de marca blanca y jornadas maratonianas de música, Starlite ha construido una propuesta estrechamente ligada al lujo y a la exclusividad . Su fundadora y directora, Sandra García-Sanjuán , matiza, sin embargo, que ese lujo «no tiene tanto que ver con el precio como con la calidad, con hacer algo excepcional». La comodidad, la gastronomía, la cercanía con el artista o la atención al detalle forman parte de esa definición.Esa filosofía también se refleja en la propia organización del evento. Mientras la mayoría de festivales concentran decenas de artistas durante un mismo fin de semana, Starlite distribuye prácticamente un concierto cada noche a lo largo de los meses de verano. Cada actuación funciona como un evento independiente, con entradas y público propios. No hay carreras para llegar al siguiente escenario porque, sencillamente, no existe un siguiente escenario. El pasado 7 de julio fue el turno de Maroon 5 .Una noche diferente desde la entradaLa calma que se percibe nada más acceder al recinto no es casual. Mientras en muchos festivales la cuenta atrás para el primer concierto suele vivirse entre carreras para ganar una buena posición o desplazamientos entre escenarios, en Starlite la espera recuerda más a la de una noche de verano en una terraza que a la de un festival multitudinario. «La música es el hilo conductor, pero no el fin», resume García-Sanjuán. El recinto permanece abierto durante unas 10 horas y el concierto ocupa apenas una parte de una experiencia que comienza mucho antes de que suene la primera canción y continúa bastante después de la última.El público contribuye a esa sensación. Frente a la diversidad estética habitual en este tipo de eventos, donde predominan la ropa cómoda, las zapatillas y las camisetas de grupos, en Starlite la mayoría de asistentes opta por una vestimenta mucho más cuidada . La única excepción parece ser la camiseta blanca de la selección española, convertida este verano en una de las prendas más comunes. incluyendo en un festival como este. No es una cuestión de quién va mejor vestido, sino de que el contexto invita a hacerlo de otra manera. Los detalles terminan de explicar esa filosofía. Aquí los vasos son de cristal, sobre muchas mesas descansan botellas de cava y nadie parece demasiado preocupado por esconder una botella –y otras cosas– en la mochila antes de acceder al recinto.La cercanía como espectáculoSin embargo, el verdadero lujo de Starlite no está en esos detalles, sino en el auditorio . La cantera natural que acoge el festival limita el aforo a apenas 3.500 espectadores, una cifra muy alejada de las decenas de miles de personas que reúnen los grandes festivales españoles. Lejos de considerar esa limitación un inconveniente, García-Sanjuán la reivindica como una de las claves del proyecto. «No queremos competir en ser masivos. Nuestro modelo es la cercanía», explica. Cambiar de recinto o aumentar el aforo supondría perder precisamente aquello que convierte a Starlite en una experiencia distinta.Esa proximidad no sólo modifica la forma en que el público vive el concierto. Para la directora, también responde a una necesidad cada vez mayor de recuperar «experiencias humanas reales» . En una época dominada por pantallas y tecnologías capaces de difuminar los límites entre lo auténtico y lo artificial, sostiene que el verdadero lujo consiste en mirar al artista a los ojos, compartir el mismo espacio y sentir que lo que ocurre sobre el escenario está sucediendo de verdad.La actuación de Maroon 5 confirmó esa sensación desde los primeros minutos. Adam Levine se dirigió al público en varias ocasiones y cada una de sus intervenciones se entendió con una claridad poco habitual en un concierto de estas dimensiones. Da la impresión de que el cantante se siente tan cerca del público como el público de él, algo que probablemente explique la naturalidad con la que fue alternando canciones y conversaciones a lo largo de la noche.El concierto comenzó con todo el auditorio sentado. Parecía que así sería hasta el final. Bastaron unos pocos éxitos para desmontar esa idea. Poco a poco, las filas fueron poniéndose en pie hasta que prácticamente nadie volvió a ocupar su asiento. Porque tener una butaca asignada no impide vivir un concierto con la misma intensidad. Al contrario, la posibilidad de abandonar unos minutos el recinto —para ir al baño o pedir algo de beber— con la tranquilidad de conservar el sitio elimina una preocupación habitual en cualquier pista abarrotada. También ayuda que los baños sean permanentes, estén limpios y se alejen de la imagen de los habituales módulos portátiles que suelen asociarse a los grandes festivales.En el plano artístico, Maroon 5 ofreció un espectáculo muy sólido tanto en lo sonoro como en lo visual. El juego de pantallas acompañó cada momento del concierto, con instantes especialmente logrados como el efecto de lluvia durante ‘Won’t Go Home Without You’ o la sucesión de fotografías personales que ilustró ‘Memories’ . Precisamente en esas dos canciones se echó en falta una imagen que durante décadas fue inseparable de los conciertos: un mar de mecheros —o, hoy en día, de linternas de teléfonos— iluminando el auditorio. Es una tradición que se está perdiendo y cuya desaparición merece lamentarse, porque pocas estampas representan mejor la comunión entre el escenario y quienes lo contemplan.Cuando las luces del escenario se apagaron, la noche no terminó. El recinto cambió de registro y dio paso a una sesión de DJ que atrajo tanto a quienes acababan de salir del concierto como a otras personas que ni siquiera habían asistido a él. Durante unas horas había sido un auditorio; apenas unos minutos después, era un espacio de ocio nocturno. Algo llamativo es cómo cambia la forma de vivir un concierto según el lugar desde el que se contempla. Puede pensarse que hacerlo desde un asiento, o incluso desde un palco, resta emoción frente a esa guerra de guerrillas en la que, a menudo, se convierte la pista. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Se disfruta tanto bailando sobre una baldosa, peleando por tu espacio vital porque esa tierra se te prometió hace 3000 años, como sentado, cantando cada estrofa a pleno pulmón o simplemente escuchando en silencio mientras se escapa alguna lágrima. Ninguna forma de emocionarse con la música es más válida que otra.Quizá ocurre exactamente lo mismo con los festivales. Da igual si la experiencia consiste en recorrer tres escenarios durante tres días con un vaso de kalimotxo en la mano o en asistir a un único concierto sentado mientras se brinda con una copa servida en un vaso de cristal. Son modelos diferentes , públicos diferentes y maneras distintas de entender la música en directo, pero todos persiguen el mismo objetivo: que, durante unas horas, lo único importante sea disfrutar. RSS de noticias de cultura
Las chicharras son lo primero que se escucha al llegar a Starlite en Marbella. Lo segundo que llama la atención es que nadie parece tener prisa. Los cinco restaurantes del recinto –que van desde un mexicano hasta un “caviar bar” (sea lo que sea … eso)– siguen llenos a pocos minutos de que comience el concierto, las copas descansan sobre mesas y un coche deportivo de una conocida marca alemana recibe a los asistentes nada más cruzar la entrada. Cuesta creer que esto también sea un festival.
Y lo es. Pero uno que ha decidido diferenciarse no por la cantidad de conciertos o de escenarios, sino por el tipo de experiencia que ofrece. Frente al modelo tradicional de grandes recintos, pulseras de tela, campings donde las marcas de alcohol más batalleras se mezclan con los refrescos de marca blanca y jornadas maratonianas de música, Starlite ha construido una propuesta estrechamente ligada al lujo y a la exclusividad. Su fundadora y directora, Sandra García-Sanjuán, matiza, sin embargo, que ese lujo «no tiene tanto que ver con el precio como con la calidad, con hacer algo excepcional». La comodidad, la gastronomía, la cercanía con el artista o la atención al detalle forman parte de esa definición.
Esa filosofía también se refleja en la propia organización del evento. Mientras la mayoría de festivales concentran decenas de artistas durante un mismo fin de semana, Starlite distribuye prácticamente un concierto cada noche a lo largo de los meses de verano. Cada actuación funciona como un evento independiente, con entradas y público propios. No hay carreras para llegar al siguiente escenario porque, sencillamente, no existe un siguiente escenario. El pasado 7 de julio fue el turno de Maroon 5.
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Una noche diferente desde la entrada
La calma que se percibe nada más acceder al recinto no es casual. Mientras en muchos festivales la cuenta atrás para el primer concierto suele vivirse entre carreras para ganar una buena posición o desplazamientos entre escenarios, en Starlite la espera recuerda más a la de una noche de verano en una terraza que a la de un festival multitudinario. «La música es el hilo conductor, pero no el fin», resume García-Sanjuán. El recinto permanece abierto durante unas 10 horas y el concierto ocupa apenas una parte de una experiencia que comienza mucho antes de que suene la primera canción y continúa bastante después de la última.
El público contribuye a esa sensación. Frente a la diversidad estética habitual en este tipo de eventos, donde predominan la ropa cómoda, las zapatillas y las camisetas de grupos, en Starlite la mayoría de asistentes opta por una vestimenta mucho más cuidada. La única excepción parece ser la camiseta blanca de la selección española, convertida este verano en una de las prendas más comunes. incluyendo en un festival como este. No es una cuestión de quién va mejor vestido, sino de que el contexto invita a hacerlo de otra manera. Los detalles terminan de explicar esa filosofía. Aquí los vasos son de cristal, sobre muchas mesas descansan botellas de cava y nadie parece demasiado preocupado por esconder una botella –y otras cosas– en la mochila antes de acceder al recinto.
La cercanía como espectáculo
Sin embargo, el verdadero lujo de Starlite no está en esos detalles, sino en el auditorio. La cantera natural que acoge el festival limita el aforo a apenas 3.500 espectadores, una cifra muy alejada de las decenas de miles de personas que reúnen los grandes festivales españoles. Lejos de considerar esa limitación un inconveniente, García-Sanjuán la reivindica como una de las claves del proyecto. «No queremos competir en ser masivos. Nuestro modelo es la cercanía», explica. Cambiar de recinto o aumentar el aforo supondría perder precisamente aquello que convierte a Starlite en una experiencia distinta.
Esa proximidad no sólo modifica la forma en que el público vive el concierto. Para la directora, también responde a una necesidad cada vez mayor de recuperar «experiencias humanas reales». En una época dominada por pantallas y tecnologías capaces de difuminar los límites entre lo auténtico y lo artificial, sostiene que el verdadero lujo consiste en mirar al artista a los ojos, compartir el mismo espacio y sentir que lo que ocurre sobre el escenario está sucediendo de verdad.
La actuación de Maroon 5 confirmó esa sensación desde los primeros minutos. Adam Levine se dirigió al público en varias ocasiones y cada una de sus intervenciones se entendió con una claridad poco habitual en un concierto de estas dimensiones. Da la impresión de que el cantante se siente tan cerca del público como el público de él, algo que probablemente explique la naturalidad con la que fue alternando canciones y conversaciones a lo largo de la noche.
El concierto comenzó con todo el auditorio sentado. Parecía que así sería hasta el final. Bastaron unos pocos éxitos para desmontar esa idea. Poco a poco, las filas fueron poniéndose en pie hasta que prácticamente nadie volvió a ocupar su asiento. Porque tener una butaca asignada no impide vivir un concierto con la misma intensidad. Al contrario, la posibilidad de abandonar unos minutos el recinto —para ir al baño o pedir algo de beber— con la tranquilidad de conservar el sitio elimina una preocupación habitual en cualquier pista abarrotada. También ayuda que los baños sean permanentes, estén limpios y se alejen de la imagen de los habituales módulos portátiles que suelen asociarse a los grandes festivales.
En el plano artístico, Maroon 5 ofreció un espectáculo muy sólido tanto en lo sonoro como en lo visual. El juego de pantallas acompañó cada momento del concierto, con instantes especialmente logrados como el efecto de lluvia durante ‘Won’t Go Home Without You’ o la sucesión de fotografías personales que ilustró ‘Memories’. Precisamente en esas dos canciones se echó en falta una imagen que durante décadas fue inseparable de los conciertos: un mar de mecheros —o, hoy en día, de linternas de teléfonos— iluminando el auditorio. Es una tradición que se está perdiendo y cuya desaparición merece lamentarse, porque pocas estampas representan mejor la comunión entre el escenario y quienes lo contemplan.
Cuando las luces del escenario se apagaron, la noche no terminó. El recinto cambió de registro y dio paso a una sesión de DJ que atrajo tanto a quienes acababan de salir del concierto como a otras personas que ni siquiera habían asistido a él. Durante unas horas había sido un auditorio; apenas unos minutos después, era un espacio de ocio nocturno.
Algo llamativo es cómo cambia la forma de vivir un concierto según el lugar desde el que se contempla. Puede pensarse que hacerlo desde un asiento, o incluso desde un palco, resta emoción frente a esa guerra de guerrillas en la que, a menudo, se convierte la pista. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Se disfruta tanto bailando sobre una baldosa, peleando por tu espacio vital porque esa tierra se te prometió hace 3000 años, como sentado, cantando cada estrofa a pleno pulmón o simplemente escuchando en silencio mientras se escapa alguna lágrima. Ninguna forma de emocionarse con la música es más válida que otra.
Quizá ocurre exactamente lo mismo con los festivales. Da igual si la experiencia consiste en recorrer tres escenarios durante tres días con un vaso de kalimotxo en la mano o en asistir a un único concierto sentado mientras se brinda con una copa servida en un vaso de cristal. Son modelos diferentes, públicos diferentes y maneras distintas de entender la música en directo, pero todos persiguen el mismo objetivo: que, durante unas horas, lo único importante sea disfrutar.

