(- padre)

El Yahvé de ‘Génesis’ es todavía un dios entre muchos. Un dios acotado a un territorio del que se sale y afuera hay babilonios y egipcios: una humanidad distinta con la que se puede generar progenie, porque si no, los sapiens habríamos llegado nada más hasta Caín. Es todavía un padre regular, a veces benevolente, a veces implacable, que se pasea por el jardín, que más tarde va por el mundo dividido en dos cuerpos y visita a Abraham en su casa, que hace reír a Sarah y se faja a puños con Jacob -le disloca las caderas antes de bendecirlo, tal vez operando a través de un mediador, en el enigmático episodio del vado del Jordán. No es un padre que pueda morir, pero después de asumir el gesto fundamentalmente humano de nombrar –rebautiza a Jacob como Israel— sale del tiempo y regresa a la singularidad divina. El episodio encuentra demostración en la apologética histórica, con la muerte del hijo de hombre en el monte Calvario : «¿Elí, elí, lemá sabactani?» Yahvé y Dios son el mismo, porque salen de la historia –consonancia apologética–. ‘Génesis’ fue fijado, más o menos, en el siglo sexto antes de Cristo.Concedo que no podríamos estar más hartos de ‘La Odisea’ , pero tampoco podemos dejar de hablar de Homero por culpa del pucherito de Matt Damon. Tiene 24 cantos, ocho describen el viaje de Ulises. Los otros 16 son menos taquilleros, pero más sustanciosos, y son todos sobre la idea de padre. Un hombre que desacierta y mucho, pero ajusta su destino gracias a su hijo. Sin participar de la singularidad divina, entra y sale de la historia, circula por el territorio paralelo del mito . Está y deja de estar porque morir es también el trabajo de un padre. El acto que permite el gesto ético de tasar la historia: fue o no un hombre justo. ‘La Odisea’ fue fijada, más o menos, en el siglo sexto antes de Cristo.Ulises, ese padre fundador formidable y ridículo, tiene la capacidad de permanecer como ausencia, como fantasma, durante milenios, si nos atenemos al lento viaje de las tradiciones literariasY Ulises, ese padre fundador formidable y ridículo, tiene la capacidad de permanecer como ausencia, como fantasma, durante milenios, si nos atenemos al lento viaje de las tradiciones literarias. De Yaveh a Elí, de Ulises a las ‘Coplas’ de Manrique –«allí van los señoríos»– y al cruce del charco en la imagología americana del padre ausente y presente: la voz del cacique muerto –Cortés, padre maldito– en ‘Pedro Páramo’, o el fantasma de José Arcadio Buendía, atado al castaño que es la columna del mundo en ‘Cien años de soledad’ . Erich Auerbach –lector de Cervantes y convicto de su teoría del equilibrio– pensaba que la tradición novelística europea sintetiza la higiene estilística de ‘Génesis’ y el primor en el detalle homérico: balancea ambos polos expresivos. Y pienso en san Pablo, que era un rabino griego, un fariseo que citaba a Eurípides. Inventó la doctrina cristiana, aunque Joseph Ratzinger –que no era muy carismático, pero sí un teologazo– haya dicho lo contrario en sus brillantes seminarios sobre el apóstol de los gentiles. Pablo cuenta en ‘Gálatas’ que después de haber sufrido su primera visión del Kavod –Dios en forma humana–, fue al desierto del Sinaí –dice «Arabia», como se llamaba entonces– y luego se volvió a Damasco antes de ir a conocer a Juan, Santiago y Pedro en Jerusalén. Los teólogos anglicanos, más inclinados a los encantos de la biografía que los furibundos hermeneutas católicos y protestantes, tienden a leer ese trance como una sustitución del padre. Pablo se retira al desierto, vuelve a Damasco, no puede convencer a su papá de su nueva fe, y se va a Jerusalén en busca de otro padre, que ya es infalible porque está sólo como una ausencia: el Kevod, que cuando era humano –hijo de hombre– era el Chrestos. El Yahvé de ‘Génesis’ es todavía un dios entre muchos. Un dios acotado a un territorio del que se sale y afuera hay babilonios y egipcios: una humanidad distinta con la que se puede generar progenie, porque si no, los sapiens habríamos llegado nada más hasta Caín. Es todavía un padre regular, a veces benevolente, a veces implacable, que se pasea por el jardín, que más tarde va por el mundo dividido en dos cuerpos y visita a Abraham en su casa, que hace reír a Sarah y se faja a puños con Jacob -le disloca las caderas antes de bendecirlo, tal vez operando a través de un mediador, en el enigmático episodio del vado del Jordán. No es un padre que pueda morir, pero después de asumir el gesto fundamentalmente humano de nombrar –rebautiza a Jacob como Israel— sale del tiempo y regresa a la singularidad divina. El episodio encuentra demostración en la apologética histórica, con la muerte del hijo de hombre en el monte Calvario : «¿Elí, elí, lemá sabactani?» Yahvé y Dios son el mismo, porque salen de la historia –consonancia apologética–. ‘Génesis’ fue fijado, más o menos, en el siglo sexto antes de Cristo.Concedo que no podríamos estar más hartos de ‘La Odisea’ , pero tampoco podemos dejar de hablar de Homero por culpa del pucherito de Matt Damon. Tiene 24 cantos, ocho describen el viaje de Ulises. Los otros 16 son menos taquilleros, pero más sustanciosos, y son todos sobre la idea de padre. Un hombre que desacierta y mucho, pero ajusta su destino gracias a su hijo. Sin participar de la singularidad divina, entra y sale de la historia, circula por el territorio paralelo del mito . Está y deja de estar porque morir es también el trabajo de un padre. El acto que permite el gesto ético de tasar la historia: fue o no un hombre justo. ‘La Odisea’ fue fijada, más o menos, en el siglo sexto antes de Cristo.Ulises, ese padre fundador formidable y ridículo, tiene la capacidad de permanecer como ausencia, como fantasma, durante milenios, si nos atenemos al lento viaje de las tradiciones literariasY Ulises, ese padre fundador formidable y ridículo, tiene la capacidad de permanecer como ausencia, como fantasma, durante milenios, si nos atenemos al lento viaje de las tradiciones literarias. De Yaveh a Elí, de Ulises a las ‘Coplas’ de Manrique –«allí van los señoríos»– y al cruce del charco en la imagología americana del padre ausente y presente: la voz del cacique muerto –Cortés, padre maldito– en ‘Pedro Páramo’, o el fantasma de José Arcadio Buendía, atado al castaño que es la columna del mundo en ‘Cien años de soledad’ . Erich Auerbach –lector de Cervantes y convicto de su teoría del equilibrio– pensaba que la tradición novelística europea sintetiza la higiene estilística de ‘Génesis’ y el primor en el detalle homérico: balancea ambos polos expresivos. Y pienso en san Pablo, que era un rabino griego, un fariseo que citaba a Eurípides. Inventó la doctrina cristiana, aunque Joseph Ratzinger –que no era muy carismático, pero sí un teologazo– haya dicho lo contrario en sus brillantes seminarios sobre el apóstol de los gentiles. Pablo cuenta en ‘Gálatas’ que después de haber sufrido su primera visión del Kavod –Dios en forma humana–, fue al desierto del Sinaí –dice «Arabia», como se llamaba entonces– y luego se volvió a Damasco antes de ir a conocer a Juan, Santiago y Pedro en Jerusalén. Los teólogos anglicanos, más inclinados a los encantos de la biografía que los furibundos hermeneutas católicos y protestantes, tienden a leer ese trance como una sustitución del padre. Pablo se retira al desierto, vuelve a Damasco, no puede convencer a su papá de su nueva fe, y se va a Jerusalén en busca de otro padre, que ya es infalible porque está sólo como una ausencia: el Kevod, que cuando era humano –hijo de hombre– era el Chrestos.  RSS de noticias de cultura

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El Yahvé de ‘Génesis’ es todavía un dios entre muchos. Un dios acotado a un territorio del que se sale y afuera hay babilonios y egipcios: una humanidad distinta con la que se puede generar progenie, porque si no, los sapiens habríamos llegado nada … más hasta Caín.

 

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