<p><strong>Michelle Pfeiffer</strong> colgó hace poco en sus redes<strong> una foto con la cara lavada.</strong> Y de verdad lo parecía: una cara sin pintura, no un rostro maquillado «natural», sea lo que sea eso. Sus fans (y sus no fans) no podían <strong>no maravillarse ante la belleza de la actriz</strong>, que cumplirá 68 años en unas semanas. Pfeiffer es cuatro meses mayor que Madonna, a la que con frecuencia se ridiculiza por sus retoques faciales. </p>
Michelle Pfeiffer colgó hace poco en sus redes una foto con la cara lavada. Y de verdad lo parecía: una cara sin pintura, no un rostro maquilla
Michelle Pfeiffer colgó hace poco en sus redes una foto con la cara lavada. Y de verdad lo parecía: una cara sin pintura, no un rostro maquillado «natural», sea lo que sea eso. Sus fans (y sus no fans) no podían no maravillarse ante la belleza de la actriz, que cumplirá 68 años en unas semanas. Pfeiffer es cuatro meses mayor que Madonna, a la que con frecuencia se ridiculiza por sus retoques faciales.
Lo más cerca que ha estado Madonna de una cara «natural» fue a finales de los 90, cuando en una de sus reinvenciones apostó por el look californiano y gimnástico. Para conseguir ese aspecto, la artista recurría a los mejores peluqueros, maquilladores y estilistas. Madonna es, como bien se cuenta en la larguísima biografía firmada por Mary Gabriel, una aglutinadora de talento. Su carrera (y eso incluye su propia estética personal) tiene muchos créditos de vestuario, maquillaje, peluquería, composición, fotografía, iluminación, yoga, coreografía… Ella nunca lo ha escondido: su mayor talento es rodearse del mayor talento posible. Madonna es también una narrativa: la historia de alguien que enseguida se vio a sí misma como una empresa, una marca.
Michelle Pfeiffer, como cualquier otra estrella de Hollywood, también es una marca. Y una narrativa: la del triunfo de la belleza all-American, escogida, potenciada y cuidada por la industria del entretenimiento. Sus papeles más notorios siempre han tenido en cuenta ese componente: su hermosura era un trofeo en El precio del poder y Las amistades peligrosas, una tentación en Batman vuelve, casi una condena en Los fabulosos Baker Boys y sin el casi en La edad de la inocencia. Cuando de vez en cuando interpreta personajes que obvian e incluso niegan su privilegiado aspecto, el resultado está entre lo olvidable y lo grotesco.
Mostrarse sin maquillaje, a dos años de ser septuagenaria, es también una exhibición de poder, como cuando Madonna comía palomitas (y dejaba que se le deslizasen por dentro del escote) en las reuniones con ejecutivos discográficos. Así quedaba claro quién era la jefa. Madonna se sabe performática (ella es lo que hace); Michelle juega otra carta: no tiene que hacer nada para ser un prodigio. Y lo sabe.
LOC
