Hay una preciosa colección en el Museo Thyssen de Málaga, ‘Paisaje romántico y costumbrismo’ , en la que se exhibe una pintura de la playa de Estepona. La imagen no es realista, sino romántica, exotizada e inexacta: su autor, el pintor alemán Fritz Bamberger , la pintó en Múnich tras viajar a España. Cuando llegas a ella tras intentar caminar por un centro literalmente devorado por el turismo, lo que de verdad agradece el espíritu, al menos el mío, es, simplemente, poder ver. Y si se trata de un paisaje vacío, o casi (solo dos lejanos jinetes rompen la soledad de la playa) aún mejor. Que hoy ese hermoso paraje del cuadro sea una línea cercada por bloques y hoteles lo convierte en doblemente valioso. Ya no es solo arte: además atestigua la magnitud del destrozo. En el Museo de Málaga me encontré con otra pintura cuyo efecto es todavía más acusado: ‘Torremolinos’, de Carlos de Haes . La virginidad de ese entorno contrasta amargamente con lo que ahora representa esa zona costera, emblema de la destrucción del litoral mediterráneo causada por la avidez. El paisaje vacío de ambos cuadros parecía asimismo hablar del vacío de los museos . Aquello también era significativo: las calles hervían de gente que creían ver un lugar que en realidad no veían, pues hacer turismo solo es ya una implacable y monótona experiencia de consumo de productos que están por todas partes. Mientras, en los museos que albergan colecciones donde sí es posible ver algo distinto, éramos cuatro gatos. Bueno, miento: en el Museo Picasso había cola. Pero no me hago ilusiones: mi impresión es que, cuando una pinacoteca se llena, es porque ha logrado convertirse en marca. En una franquicia más. El turismo, que en los años sesenta trajo no solo prosperidad económica, sino también aire fresco para las almas ahogadas en la habitación oscura del nacionalcatolicismo, ha devenido en máquina de triturar y homogeneizar ciudades, pueblos y entornos naturales. Reducidos a espacios de tránsito y consumo, incluso los centros urbanos se han convertido en esos no-lugares de los que hablaba Marc Augé. Ni siquiera el ser históricos los ha salvado. La avalancha de turistas tampoco genera ya una riqueza que se reparta: los salarios de la hostelería resultan miserables, y cada vez más las empresas son extranjeras. Si hoy las protestas legítimas de tanta gente se ven ensombrecidas por idiotas que saquean tiendas de Dior en vez de exigir pacíficamente unas condiciones de vida dignas, habrá que preguntarse si acaso no están emulando un saqueo previo e igual de violento al que no tienen acceso: el que hemos llevado a cabo nosotros, vasallos de un sistema tan insaciable como estúpido. Hay una preciosa colección en el Museo Thyssen de Málaga, ‘Paisaje romántico y costumbrismo’ , en la que se exhibe una pintura de la playa de Estepona. La imagen no es realista, sino romántica, exotizada e inexacta: su autor, el pintor alemán Fritz Bamberger , la pintó en Múnich tras viajar a España. Cuando llegas a ella tras intentar caminar por un centro literalmente devorado por el turismo, lo que de verdad agradece el espíritu, al menos el mío, es, simplemente, poder ver. Y si se trata de un paisaje vacío, o casi (solo dos lejanos jinetes rompen la soledad de la playa) aún mejor. Que hoy ese hermoso paraje del cuadro sea una línea cercada por bloques y hoteles lo convierte en doblemente valioso. Ya no es solo arte: además atestigua la magnitud del destrozo. En el Museo de Málaga me encontré con otra pintura cuyo efecto es todavía más acusado: ‘Torremolinos’, de Carlos de Haes . La virginidad de ese entorno contrasta amargamente con lo que ahora representa esa zona costera, emblema de la destrucción del litoral mediterráneo causada por la avidez. El paisaje vacío de ambos cuadros parecía asimismo hablar del vacío de los museos . Aquello también era significativo: las calles hervían de gente que creían ver un lugar que en realidad no veían, pues hacer turismo solo es ya una implacable y monótona experiencia de consumo de productos que están por todas partes. Mientras, en los museos que albergan colecciones donde sí es posible ver algo distinto, éramos cuatro gatos. Bueno, miento: en el Museo Picasso había cola. Pero no me hago ilusiones: mi impresión es que, cuando una pinacoteca se llena, es porque ha logrado convertirse en marca. En una franquicia más. El turismo, que en los años sesenta trajo no solo prosperidad económica, sino también aire fresco para las almas ahogadas en la habitación oscura del nacionalcatolicismo, ha devenido en máquina de triturar y homogeneizar ciudades, pueblos y entornos naturales. Reducidos a espacios de tránsito y consumo, incluso los centros urbanos se han convertido en esos no-lugares de los que hablaba Marc Augé. Ni siquiera el ser históricos los ha salvado. La avalancha de turistas tampoco genera ya una riqueza que se reparta: los salarios de la hostelería resultan miserables, y cada vez más las empresas son extranjeras. Si hoy las protestas legítimas de tanta gente se ven ensombrecidas por idiotas que saquean tiendas de Dior en vez de exigir pacíficamente unas condiciones de vida dignas, habrá que preguntarse si acaso no están emulando un saqueo previo e igual de violento al que no tienen acceso: el que hemos llevado a cabo nosotros, vasallos de un sistema tan insaciable como estúpido. 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Hay una preciosa colección en el Museo Thyssen de Málaga, ‘Paisaje romántico y costumbrismo’, en la que se exhibe una pintura de la playa de Estepona. La imagen no es realista, sino romántica, exotizada e inexacta: su autor, el pintor alemán Fritz Bamberger, … la pintó en Múnich tras viajar a España.
Cuando llegas a ella tras intentar caminar por un centro literalmente devorado por el turismo, lo que de verdad agradece el espíritu, al menos el mío, es, simplemente, poder ver. Y si se trata de un paisaje vacío, o casi (solo dos lejanos jinetes rompen la soledad de la playa) aún mejor. Que hoy ese hermoso paraje del cuadro sea una línea cercada por bloques y hoteles lo convierte en doblemente valioso. Ya no es solo arte: además atestigua la magnitud del destrozo.
En el Museo de Málaga me encontré con otra pintura cuyo efecto es todavía más acusado: ‘Torremolinos’, de Carlos de Haes. La virginidad de ese entorno contrasta amargamente con lo que ahora representa esa zona costera, emblema de la destrucción del litoral mediterráneo causada por la avidez.
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El paisaje vacío de ambos cuadros parecía asimismo hablar del vacío de los museos. Aquello también era significativo: las calles hervían de gente que creían ver un lugar que en realidad no veían, pues hacer turismo solo es ya una implacable y monótona experiencia de consumo de productos que están por todas partes. Mientras, en los museos que albergan colecciones donde sí es posible ver algo distinto, éramos cuatro gatos. Bueno, miento: en el Museo Picasso había cola. Pero no me hago ilusiones: mi impresión es que, cuando una pinacoteca se llena, es porque ha logrado convertirse en marca. En una franquicia más.
El turismo, que en los años sesenta trajo no solo prosperidad económica, sino también aire fresco para las almas ahogadas en la habitación oscura del nacionalcatolicismo, ha devenido en máquina de triturar y homogeneizar ciudades, pueblos y entornos naturales. Reducidos a espacios de tránsito y consumo, incluso los centros urbanos se han convertido en esos no-lugares de los que hablaba Marc Augé. Ni siquiera el ser históricos los ha salvado. La avalancha de turistas tampoco genera ya una riqueza que se reparta: los salarios de la hostelería resultan miserables, y cada vez más las empresas son extranjeras.
Si hoy las protestas legítimas de tanta gente se ven ensombrecidas por idiotas que saquean tiendas de Dior en vez de exigir pacíficamente unas condiciones de vida dignas, habrá que preguntarse si acaso no están emulando un saqueo previo e igual de violento al que no tienen acceso: el que hemos llevado a cabo nosotros, vasallos de un sistema tan insaciable como estúpido.

