Confieso que últimamente vivo obsesionado con el pintor boloñés Guido Reni (1575-1642) por culpa de Quevedo. Qué quieren que les diga, podría ser peor, y hay buenas razones para tenerlo muy presente: por decir sólo una, en su tiempo mereció el honor de ser conocido únicamente por su nombre , reconocimiento al alcance de cuatro gatos de los buenos (Miguel Ángel, Rafael y, aunque se olvida, Paolo Veronese). Ironías de la vida, luego cae en el olvido hasta que García Cueto y otros lo han restaurado en su lugar: por algo ‘ Hipómenes y Atalanta ‘ se encuentra en la galería central del Prado, que alberga hasta 43 obras suyas.Entre medias, ha habido un poco de todo y bastante locura: de hecho, hasta tres tipos. Todo arranca con el puntito de genio del propio Reni: según cuenta Malvasia en su biografía (‘ Felsina pittrice’ , 1678), cuidaba mucho su imagen de autor y peleaba por cuestiones de dinero, en parte porque tenía un importante problema con el juego. Así lo demuestra el caso de ‘El rapto de Helena’, que —amén del mono tití— destaca por una historia que acabó como el rosario de la aurora: lo encarga el embajador español en Roma por orden de Felipe IV, pero discuten por el precio, Reni se lleva el cuadro a Bolonia y, para rematar, lo compra María de Médicis y ahora luce en el Louvre. Vamos, que tenía sus cositas.De ahí —servido en bandeja— deriva la locura crítica: en su psicohistoria de Reni, Richard E. Spear trata de darle una vuelta de tuerca a los datos conocidos , por lo que si el pintor tenía rasgos afeminados y pintaba tantos angelitos es porque era homosexual, y si evitaba tener criadas es porque era misógino y sufría de ‘horror feminae’ (o ginefobia), entre otras ideas que tienen tanto de simplificación como de tergiversación.Y, como les decía, queda otra locura más romántica y stendhaliana, que consiste en perseguir sus cuadros por todas partes (Madrid, Florencia, París, Roma y Bolonia, por ahora), leer hasta los «papeles rotos de las calles» del tema y hablar por los codos sobre él. Si les aguantan, claro. Confieso que últimamente vivo obsesionado con el pintor boloñés Guido Reni (1575-1642) por culpa de Quevedo. Qué quieren que les diga, podría ser peor, y hay buenas razones para tenerlo muy presente: por decir sólo una, en su tiempo mereció el honor de ser conocido únicamente por su nombre , reconocimiento al alcance de cuatro gatos de los buenos (Miguel Ángel, Rafael y, aunque se olvida, Paolo Veronese). Ironías de la vida, luego cae en el olvido hasta que García Cueto y otros lo han restaurado en su lugar: por algo ‘ Hipómenes y Atalanta ‘ se encuentra en la galería central del Prado, que alberga hasta 43 obras suyas.Entre medias, ha habido un poco de todo y bastante locura: de hecho, hasta tres tipos. Todo arranca con el puntito de genio del propio Reni: según cuenta Malvasia en su biografía (‘ Felsina pittrice’ , 1678), cuidaba mucho su imagen de autor y peleaba por cuestiones de dinero, en parte porque tenía un importante problema con el juego. Así lo demuestra el caso de ‘El rapto de Helena’, que —amén del mono tití— destaca por una historia que acabó como el rosario de la aurora: lo encarga el embajador español en Roma por orden de Felipe IV, pero discuten por el precio, Reni se lleva el cuadro a Bolonia y, para rematar, lo compra María de Médicis y ahora luce en el Louvre. Vamos, que tenía sus cositas.De ahí —servido en bandeja— deriva la locura crítica: en su psicohistoria de Reni, Richard E. Spear trata de darle una vuelta de tuerca a los datos conocidos , por lo que si el pintor tenía rasgos afeminados y pintaba tantos angelitos es porque era homosexual, y si evitaba tener criadas es porque era misógino y sufría de ‘horror feminae’ (o ginefobia), entre otras ideas que tienen tanto de simplificación como de tergiversación.Y, como les decía, queda otra locura más romántica y stendhaliana, que consiste en perseguir sus cuadros por todas partes (Madrid, Florencia, París, Roma y Bolonia, por ahora), leer hasta los «papeles rotos de las calles» del tema y hablar por los codos sobre él. Si les aguantan, claro. RSS de noticias de cultura
Confieso que últimamente vivo obsesionado con el pintor boloñés Guido Reni (1575-1642) por culpa de Quevedo. Qué quieren que les diga, podría ser peor, y hay buenas razones para tenerlo muy presente: por decir sólo una, en su tiempo mereció el honor … de ser conocido únicamente por su nombre, reconocimiento al alcance de cuatro gatos de los buenos (Miguel Ángel, Rafael y, aunque se olvida, Paolo Veronese). Ironías de la vida, luego cae en el olvido hasta que García Cueto y otros lo han restaurado en su lugar: por algo ‘Hipómenes y Atalanta‘ se encuentra en la galería central del Prado, que alberga hasta 43 obras suyas.
Entre medias, ha habido un poco de todo y bastante locura: de hecho, hasta tres tipos. Todo arranca con el puntito de genio del propio Reni: según cuenta Malvasia en su biografía (‘Felsina pittrice’, 1678), cuidaba mucho su imagen de autor y peleaba por cuestiones de dinero, en parte porque tenía un importante problema con el juego. Así lo demuestra el caso de ‘El rapto de Helena’, que —amén del mono tití— destaca por una historia que acabó como el rosario de la aurora: lo encarga el embajador español en Roma por orden de Felipe IV, pero discuten por el precio, Reni se lleva el cuadro a Bolonia y, para rematar, lo compra María de Médicis y ahora luce en el Louvre. Vamos, que tenía sus cositas.
De ahí —servido en bandeja— deriva la locura crítica: en su psicohistoria de Reni, Richard E. Spear trata de darle una vuelta de tuerca a los datos conocidos, por lo que si el pintor tenía rasgos afeminados y pintaba tantos angelitos es porque era homosexual, y si evitaba tener criadas es porque era misógino y sufría de ‘horror feminae’ (o ginefobia), entre otras ideas que tienen tanto de simplificación como de tergiversación.
Y, como les decía, queda otra locura más romántica y stendhaliana, que consiste en perseguir sus cuadros por todas partes (Madrid, Florencia, París, Roma y Bolonia, por ahora), leer hasta los «papeles rotos de las calles» del tema y hablar por los codos sobre él. Si les aguantan, claro.
