En casa de Eduardo Navas (43 años) descansa una pequeña maqueta de la Central Nuclear de Almaraz. Cada vez que su hija pasa por delante, la señala con el dedo y no duda: «Mira, papá, tu trabajo».
Ciriaco pasó 41 años de su vida en la central en la que aún hoy trabajan sus hijos, Alberto y Eduardo, que hoy cuentan los días para su cierre
En casa de Eduardo Navas (43 años) descansa una pequeña maqueta de la Central Nuclear de Almaraz. Cada vez que su hija pasa por delante, la señala con el dedo y no duda: «Mira, papá, tu trabajo».
La anécdota, que el capataz de operación de la central relata con orgullo pero también con pesadumbre, resume el medio siglo de historia de una familia consagrada a un solo recinto energético: «Desde pequeñitos es lo que hemos vivido, lo que nos ha transmitido mi padre durante estos años», reafirma su hermano Alberto Navas (40 años), que también trabaja como supervisor de operaciones en la central.
Con un café en la mano los observa su padre, Ciriaco Navas (72 años), que en enero de 1976 llegó desde Ciudad Real para hundir en tierra extremeña los cimientos de la planta que brinda entre un 2% y 3% de la electricidad a toda España.
Ya jubilado desde 2017 de oficial de mantenimiento de instrumentación y control, se aboca a escucharlos en una mesa del Café Cocoto en Navalmoral de la Mata, un pueblo a solo diez minutos de la planta, lugar en el que viven gran parte de los trabajadores. Entre palabras cruzadas, decide hablar: «Me encantaría que mis nietas trabajen en la central», dice, consciente de que su mayor anhelo colisiona con la cuenta atrás dictada por el Gobierno.
Entretanto, sus hijos coordinan la recarga número 31 de la Unidad I, saben, sin querer asumirlo, que ofician la última antes de que esta cierre definitivamente. Mientras tanto, las entrañas de la central, donde el agua alcanza los 307°C y un rotor de 160 toneladas gira a 25 vueltas por segundo, hacen latir esta estructura de la que, según Alberto, «desde pequeñitos hemos mamado». Pero si el Ejecutivo no altera el calendario de cierre, este se silenciará tras el apagón de sus dos unidades el 1 de noviembre de 2027 y el 31 de octubre de 2028. Un final que amenaza con convertir a este enjambre de operarios en la última gran exhalación de al menos cuatro municipios que se asoman, huérfanos, al abismo económico.
Para comprender la magnitud de lo que está en juego basta con observar las instalaciones durante estos días. Una recarga no es un simple trámite, el proceso consiste en parar el reactor durante algo más de un mes -38 días en esta ocasión- para extraer un tercio del uranio gastado del núcleo y sustituirlo por material fresco. Aprovechando esta detención, se acometen miles de inspecciones que serían imposibles con la central en marcha. Este colosal reto para extender su funcionamiento por otros 18 meses, exige que a la plantilla habitual de 2.000 trabajadores se sumen cerca de 1.200 adicionales, transformando la planta en una auténtica ciudad.
De hecho, lejos de prepararse para un desmantelamiento inminente, la planta nuclear sigue acometiendo inversiones. «Hemos sacado el rotor y estamos reacuñando el alternador de la unidad uno. Es una inversión de tres millones de euros. Si pensáramos que esta va a ser la última recarga, no hubiéramos hecho esta actividad», sentencia, el jefe de soporte técnico y responsable de las recargas, Antonio Calero.
Esta multitud de trabajadores se asoma a un fin que está mucho más cerca de lo que algunos piensan. El director técnico del Foro Nuclear, Antonio González, sitúa la línea roja en este mismo otoño. «Es cierto que hay una fecha crítica que es el 31 de octubre de este año, que puede incidir tanto en esa continuidad de la operación […] como en las actividades que hubiera que hacer para un desmantelamiento», advierte. A partir de ese día, el margen operativo para renovar contratos con empresas colaboradoras enfrentará «ciertas dificultades».
Ante esta cuenta atrás, las empresas propietarias -Iberdrola, Endesa y Naturgy- han solicitado prorrogar el cierre hasta junio de 2030. La viabilidad de esta extensión reside en el Ministerio para la Transición Ecológica, a la espera del dictamen que el Consejo de Seguridad Nuclear debe emitir. Si el organismo emana un informe favorable, será el Ejecutivo quien tenga en su mano la última palabra para avalar la continuidad o certificar el apagón.
A escasos kilómetros de los reactores, hace 30 años, Francisco Peco Royo (58 años) atiende el supermercado Covirán y, junto a su esposa, se ha convertido según afirma, «en la panadería del pueblo». Para él, la recarga siempre ha sido un sustento que llena de forasteros los pasillos de su local. No obstante, el inminente cierre representa, para él, el fin de su negocio: «Es una tragedia porque ha sido un apoyo total, no solo para nosotros sino que para los cuatro empleados a mi cargo». Ante esto, dice que «la central no da un futuro pero de aquí a unos años Almaraz desaparece. Es una tragedia lo que va a ocurrir», sentencia.
Alberto y Eduardo recuerdan cómo la infraestructura atómica era el centro lúdico de su universo en su niñez. «Nuestros padres nos llevaban a los Reyes Magos de la central. Los compañeros de nuestro padre se ofrecían voluntarios, se vestían de Melchor, Gaspar y Baltasar, y a los hijos de los empleados nos daban regalos», evoca Eduardo con una sonrisa. El complejo contaba en sus inicios con un poblado para trabajadores, autobuses escolares y servicio médico. A esto, Eduardo dice, «mis hijas todavía utilizan el transporte escolar».
Esa estrecha convivencia infantil se transformó, con los años, en vocación profesional. Eduardo tomo la decisión de curtirse en su primera recarga a los 18 años teniendo como supervisor directo a Ciriaco.
Años más tarde, tras un paso por otros trabajos, regresó a la instalación en 2009. Su hermano Alberto siguió una senda similar. Tras estrenarse en la recarga número 19 para coger experiencia con 25 años, superó tres años dedicados a su licencia de supervisor de operación.
A lo largo de una década, Ciriaco y sus dos hijos coincidieron en la central mientras trabajaban. Era habitual que él le que pidiera permiso y firmas a su hijo menor en la sala de control para poder ejecutar las órdenes de trabajo. Mientras tanto, Eduardo, cuyo lugar de trabajo estaba a escasos metros, pasaba por allí a saludar a Ciriaco cada mañana antes de su jubilación.
Los tres han establecido sus vidas y viviendas en Navalmoral de la Mata . Para Eduardo, el arraigo supuso una apuesta, ya que abandonó un puesto en una empresa de energía para poder volver a su tierra natal. «Me gustaría quedarme aquí», confiesa, pero ante la desesperanza asume la realidad: «Si cierra, lo mismo me toca emigrar a otro sitio, a recolocarme en otra central».
Durante la tarde, Ciriaco acepta dar un paseo junto a sus hijos por Almaraz. Incrédulo ante lo que está por ocurrir, se resiste: «La verdad es que soy optimista, creo que va a seguir […] Estoy convencido de que no va a cerrar nada». Al caminar por el municipio, la estampa actual recuerda al barrio madrileño de Las Rosas ante la inmensidad de chalés que las familias han levantado. Un paisaje distinto al que encontró en los setenta, cuando aquello era, un pueblo de «cuatro calles a asfaltar».
Quizás esta recarga sea la última de esta familia y de miles de trabajadores de la central. Quizás sea, como temen los vecinos que ven la desaparición de sus negocios o, como advierte una camarera esquiva en la barra del Restaurante Nueva Hogar cercano a la planta nuclear el primer paso para convertirse en «un pueblo fantasma».
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