El joven de veintipocos que sacó, en octubre de 1988, dos entradas para la uno en el Renoir de Martín de los Heros, para ver ‘Remando al viento’, no sabía a lo que se arriesgaba. Venía de admirar ‘Epílogo’, una película que hablaba de la pugna y la entropía del eros y del logos de cualquier escritor. El mismo cineasta, Gonzalo Suárez, había rodado ahora en inglés la historia de la mítica reunión de poetas en Villa Diodati en 1816, el año sin verano, que terminó con la invención de ‘Frankenstein’. Un jovencísimo Hugh Grant, seis años antes de ‘Cuatro bodas y un funeral’, estaba al frente del reparto que completaban Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley y José Luis Gómez. ‘Remando al viento’ era un alarde español en el cine europeo de época, empapado con música de Vaughan Williams y una idea de destino barroca más que romántica.Por eso mismo, la playa de Rendueles, con sus farallones, se convirtió en el Viareggio fúnebre donde vimos la pira de Percy B. Shelley –en la que ardió todo, menos su corazón–, un poco también la pira de nosotros, al final de los salvajes años ochenta, copiando la expresión de Joan Vinyoli. «Si tuviste valor para escribir nuestro destino, ten ahora coraje para aceptarlo», le decía Grant a Mary Shelley en una línea que solo podía haber salido de la pluma de un genio. Gonzalo Suárez retrató el alma salvaje de la dulce libertad en una escena que enterró a aquel joven en la butaca del Renoir con un escalofrío: los escritores en una barca, remando al viento (a favor del viento) en días felices, apurando sin saberlo su destino; Byron, de pie, sobre la proa, anunciaba el más antiguo canto albanés: era un aullido hacia la luna, sobre el lago de Ginebra, encerrado en la bruma que trajo luego tantos monstruos hasta nuestra oscuridad. Gonzalo Suárez ha cruzado la laguna y nos recuerda que se han quedado con nosotros. El joven de veintipocos que sacó, en octubre de 1988, dos entradas para la uno en el Renoir de Martín de los Heros, para ver ‘Remando al viento’, no sabía a lo que se arriesgaba. Venía de admirar ‘Epílogo’, una película que hablaba de la pugna y la entropía del eros y del logos de cualquier escritor. El mismo cineasta, Gonzalo Suárez, había rodado ahora en inglés la historia de la mítica reunión de poetas en Villa Diodati en 1816, el año sin verano, que terminó con la invención de ‘Frankenstein’. Un jovencísimo Hugh Grant, seis años antes de ‘Cuatro bodas y un funeral’, estaba al frente del reparto que completaban Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley y José Luis Gómez. ‘Remando al viento’ era un alarde español en el cine europeo de época, empapado con música de Vaughan Williams y una idea de destino barroca más que romántica.Por eso mismo, la playa de Rendueles, con sus farallones, se convirtió en el Viareggio fúnebre donde vimos la pira de Percy B. Shelley –en la que ardió todo, menos su corazón–, un poco también la pira de nosotros, al final de los salvajes años ochenta, copiando la expresión de Joan Vinyoli. «Si tuviste valor para escribir nuestro destino, ten ahora coraje para aceptarlo», le decía Grant a Mary Shelley en una línea que solo podía haber salido de la pluma de un genio. Gonzalo Suárez retrató el alma salvaje de la dulce libertad en una escena que enterró a aquel joven en la butaca del Renoir con un escalofrío: los escritores en una barca, remando al viento (a favor del viento) en días felices, apurando sin saberlo su destino; Byron, de pie, sobre la proa, anunciaba el más antiguo canto albanés: era un aullido hacia la luna, sobre el lago de Ginebra, encerrado en la bruma que trajo luego tantos monstruos hasta nuestra oscuridad. Gonzalo Suárez ha cruzado la laguna y nos recuerda que se han quedado con nosotros. RSS de noticias de cultura
El joven de veintipocos que sacó, en octubre de 1988, dos entradas para la uno en el Renoir de Martín de los Heros, para ver ‘Remando al viento’, no sabía a lo que se arriesgaba. Venía de admirar ‘Epílogo’, una película que hablaba de la … pugna y la entropía del eros y del logos de cualquier escritor. El mismo cineasta, Gonzalo Suárez, había rodado ahora en inglés la historia de la mítica reunión de poetas en Villa Diodati en 1816, el año sin verano, que terminó con la invención de ‘Frankenstein’.
Un jovencísimo Hugh Grant, seis años antes de ‘Cuatro bodas y un funeral’, estaba al frente del reparto que completaban Lizzy McInnerny, Valentine Pelka, Elizabeth Hurley y José Luis Gómez. ‘Remando al viento’ era un alarde español en el cine europeo de época, empapado con música de Vaughan Williams y una idea de destino barroca más que romántica.
Por eso mismo, la playa de Rendueles, con sus farallones, se convirtió en el Viareggio fúnebre donde vimos la pira de Percy B. Shelley –en la que ardió todo, menos su corazón–, un poco también la pira de nosotros, al final de los salvajes años ochenta, copiando la expresión de Joan Vinyoli. «Si tuviste valor para escribir nuestro destino, ten ahora coraje para aceptarlo», le decía Grant a Mary Shelley en una línea que solo podía haber salido de la pluma de un genio.
Gonzalo Suárez retrató el alma salvaje de la dulce libertad en una escena que enterró a aquel joven en la butaca del Renoir con un escalofrío: los escritores en una barca, remando al viento (a favor del viento) en días felices, apurando sin saberlo su destino; Byron, de pie, sobre la proa, anunciaba el más antiguo canto albanés: era un aullido hacia la luna, sobre el lago de Ginebra, encerrado en la bruma que trajo luego tantos monstruos hasta nuestra oscuridad. Gonzalo Suárez ha cruzado la laguna y nos recuerda que se han quedado con nosotros.
