Al principio, solo viajaban los protagonistas del cielo. Los eclipses eran una cosa que le sorprendía a uno de repente. De la forma más insospechada, la luz del Sol comenzaba a menguar, y era como si se hiciera de noche en pleno día. Así que no es extraño que se buscaran historias que intentaran explicar lo inexplicable, que en muchas ocasiones hablaban de una criatura que devoraba al Sol. Salvo algunas excepciones, como culturas africanas para las que, en realidad, lo que ocurría era que el Sol y la Luna copulaban.Eso sí, tanto en un caso como en otro, aquí las personas éramos sujeto pasivo. Solo mirábamos, no nos movíamos, no participábamos. Y dado que la media de tiempo en la que un eclipse solar total vuelve a ocurrir sobre el mismo punto de la Tierra suele exceder el de la vida humana –aunque, como nos ocurre este año y el que viene en España, puedan agruparse dos o tres en poco tiempo–, en cierta forma, cada experiencia tendía a vivirse de manera única.Luego la matemática celeste nos permitió entender las leyes que rigen el movimiento de los astros, y lo excepcional pasó a ser previsible. Y ese conocimiento pasó a ser una ventaja con respecto a quien no lo tenía; así, por ejemplo, Cristóbal Colón consiguió que los nativos poco colaborativos les socorrieran tras quedar varados en Jamaica en 1504: bastó con que les anunciara que Dios estaba tan enfadado por su negativa a colaborar, que teñiría la Luna de sangre ; algo que, como bien sabía el almirante, iba a ocurrir con un eclipse de Luna previsto justo para ese 29 de febrero. Una idea, que, además, sirvió a Hergé de inspiración para uno de los momentos más memorables de ‘Tintín en el templo del Sol’ , aunque en este caso adaptado a un eclipse solar.Pero, sobre todo, el poder prever, incluso con siglos de antelación, cuándo y dónde se produciría un eclipse, abrió el baile y nos aceptó como participantes : ahora nosotros también podíamos ir a su encuentro, sin quedarnos esperando a que nos sacaran a bailar. Ya no teníamos que resignarnos a depender de la fortuna de que la sombra de la Luna optase, caprichosamente, por elegir el lugar donde residíamos.La época dorada de los viajes en pos de los eclipses comenzó en el siglo XVIII. No en vano, la misma en la que se organizaron las grandes expediciones científicas como expresión de unas políticas de Estado en las que la hegemonía también se jugaba en el conocimiento. Incluso, sobre una conciencia de que el saber era un valor universal que podía estar por encima de las coyunturas y los efímeros hechos de los humanos.Solo así se puede entender que, en el contexto de la guerra entre Inglaterra y sus recién independizadas colonias americanas , un astrónomo estadounidense, Samuel Williams, obtuviera el permiso de las autoridades británicas para penetrar en territorio controlado por ellas para observar el eclipse que en 1780 iba a oscurecer las aguas del estado de Maine. Con su palabra de que no aprovecharía para espiar, fue suficiente.Ayudaba, claro, que las colaboraciones por encima de la guerra para aprovechar acontecimientos astronómicos ya no eran nada extraño. En 1769 se había producido una gran operación internacional, en la que la inmensa mayoría de las potencias del momento, incluso las que estaban luchando entre sí, habían colaborado para observar y medir el tránsito del planeta Venus por delante del Sol (lo que en palabras llanas podríamos llamar como un minieclipse), con el fin de zanjar de una vez por todas la distancia entre la Tierra y el Sol.Una iniciativa en la que participó España, con una expedición francoespañola en cuyos preparativos participó Jorge Juan y que, con la cooperación de Bernardo de Gálvez, lo observó desde la Baja California. La historia y las vicisitudes de la colaboración de nuestro país, incluidas las infaltables disputas con la parte francesa y los muchos sufrimientos de los expedicionarios, que lograron su objetivo en medio de enormes dificultades, darían para una novela de aventuras.Propuesta para ‘A veces llegan cartas’26’ de Paloma Valjadraque.Porque, por primera vez, se organizaban expediciones para adentrarse en territorios apenas explorados no en busca de riquezas e influencia (bueno, no solo), sino que también se establecían competiciones por la medición de un arco del meridiano . Y no solo los estados: el famoso astrónomo Pierre Janssen , descubridor del elemento químico helio, estaba tan desesperado por poder salir del asediado París de 1870 para llegar a observar un eclipse solar total en Orán que no dudó en protagonizar una espectacular huida sobre las líneas prusianas montado en un globo aerostático. Aquello encendió de tal forma la imaginación del público, que el astuto Julio Verne , siempre al quite de cualquier novedad, se inspiró en ello para el arranque de su inolvidable ‘La isla misteriosa’, solo que trasladándolo a la Guerra de Secesión estadounidense y el asedio de Richmond.El toque españolPor otro lado, las aportaciones científicas pueden residir también en acuñar nuevas palabras: la ciencia necesita lenguaje que explique lo nuevo. El español no puede jactarse de haber aportado muchos términos a la ciencia, pero hay uno que estos días se repite en multitud de idiomas, en todo el mundo: «corona» , la parte habitualmente invisible de la atmósfera solar, y que solo durante un eclipse total puede observarse con la mirada desnuda. La acuñó otro de nuestros gloriosos marinos, matemáticos y astrónomos, uno más de los olvidados en nuestro país pero celebrados en el extranjero, José Joaquín Ferrer y Cafranga, durante el eclipse que observó en el estado de Nueva York en 1806 .Todos estos viajes eran costosas empresas que solo podían financiar los estados o, todo lo más, acaudalados mecenas. Faltaba que también al ámbito de los viajes para observar un eclipse llegara la democratización, luego la turistificación y, en tiempos recientes, la uberización . Basta con pasar los ojos por cualquier medio de información estas semanas y leer la saturación y precios exorbitados por las reservas en los lugares situados en la banda de totalidad para el próximo 12 de agosto para comprobarlo. Algo que no deja de tener algo anecdótico, si tenemos en cuenta que, en definitiva, nada es de origen más democrático y gratuito que lo que hagan ante nosotros el Sol y la Luna.Propuesta de NievesOrtSáenz para ‘A veces llegan cartas’26’Un fenómeno que, en realidad, y como suele pasar, ya ocurrió antes, en ese siglo XIX en el que tantas cosas que damos por nuevas ya asomaban. Durante el eclipse del 18 de julio de 1860, el Gobierno de la reina Isabel II lanzó una estrategia nacional para aprovecharlo (que en gran parte coincidía con el territorio que oscurecerá el del próximo agosto) y posicionar a España en el panorama científico europeo. Se creó, como ahora, una comisión interministerial para coordinar todas las acciones y se editó una guía para el público con precauciones a seguir para observar el fenómeno.Numerosas expediciones extranjeras, con gran parte de lo más granado de la astronomía del momento, llegaron a nuestro país. Los lugareños se acercaban a ver a aquellos foráneos que traían sus telescopios, en terrenos en los que hubo que compensar a sus dueños por el retraso que les produjo en las labores del campo. En Álava, el astrónomo Warren de la Rue obtuvo las fotografías que zanjaron la discusión sobre la naturaleza de las protuberancias solares. Aunque, para esta crónica, preferimos mencionar, por representativo de lo que supuso, el ascenso al monte Naranco, en Oviedo, de José González Alegre, que él mismo relató en el diario ‘La Discusión’ y que le sirvió tanto para ensalzar la vida en el campo como que un espectáculo así pudiera haber sido predicho por la ciencia.Eventos como el del 12 de agosto nos recuerdan que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigoEn 1905 se vivió otro eclipse que, en este caso, fue un verdadero acontecimiento, con Burgos convertida en una fiesta total que combinó el fenómeno con un programa de festejos que incluía una feria taurina , así como el lanzamiento de globos aerostáticos que hicieron una emocionada descripción del espectáculo desde el cielo, donde se pudo ver la sombra avanzar.En los años sucesivos, la versión multitudinaria no ha hecho más que crecer. Los eclipses de 2017 y 2024 en Estados Unidos dispararon un fervor extremo en el país. Ahora, nosotros renovamos nuestro abono a ello. Y, a pesar de que podamos suspirar por una cierta pérdida de romanticismo, es bueno que aún haya quien recorra miles de kilómetros en busca de una de las mayores muestras de cómo la mecánica celeste puede generar belleza.Porque, en definitiva, por mucho que ya entendamos lo que sucede a cada segundo, no deja de maravillarnos ver cómo lo que creemos conocer se transforma con algo que medimos, pero que no controlamos. Que nos recuerda que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigo, en la que nos acompañan otros astros en un baile continuo. Ya no es temor, pero ese cosquilleo que sentiremos este 12 de agosto, en torno a las 20.30 h., nos sumará, por un instante, a esa emoción ininterrumpida que solo da el confrontarse con la inmensa escala del cosmos que nos contiene. Al principio, solo viajaban los protagonistas del cielo. Los eclipses eran una cosa que le sorprendía a uno de repente. De la forma más insospechada, la luz del Sol comenzaba a menguar, y era como si se hiciera de noche en pleno día. Así que no es extraño que se buscaran historias que intentaran explicar lo inexplicable, que en muchas ocasiones hablaban de una criatura que devoraba al Sol. Salvo algunas excepciones, como culturas africanas para las que, en realidad, lo que ocurría era que el Sol y la Luna copulaban.Eso sí, tanto en un caso como en otro, aquí las personas éramos sujeto pasivo. Solo mirábamos, no nos movíamos, no participábamos. Y dado que la media de tiempo en la que un eclipse solar total vuelve a ocurrir sobre el mismo punto de la Tierra suele exceder el de la vida humana –aunque, como nos ocurre este año y el que viene en España, puedan agruparse dos o tres en poco tiempo–, en cierta forma, cada experiencia tendía a vivirse de manera única.Luego la matemática celeste nos permitió entender las leyes que rigen el movimiento de los astros, y lo excepcional pasó a ser previsible. Y ese conocimiento pasó a ser una ventaja con respecto a quien no lo tenía; así, por ejemplo, Cristóbal Colón consiguió que los nativos poco colaborativos les socorrieran tras quedar varados en Jamaica en 1504: bastó con que les anunciara que Dios estaba tan enfadado por su negativa a colaborar, que teñiría la Luna de sangre ; algo que, como bien sabía el almirante, iba a ocurrir con un eclipse de Luna previsto justo para ese 29 de febrero. Una idea, que, además, sirvió a Hergé de inspiración para uno de los momentos más memorables de ‘Tintín en el templo del Sol’ , aunque en este caso adaptado a un eclipse solar.Pero, sobre todo, el poder prever, incluso con siglos de antelación, cuándo y dónde se produciría un eclipse, abrió el baile y nos aceptó como participantes : ahora nosotros también podíamos ir a su encuentro, sin quedarnos esperando a que nos sacaran a bailar. Ya no teníamos que resignarnos a depender de la fortuna de que la sombra de la Luna optase, caprichosamente, por elegir el lugar donde residíamos.La época dorada de los viajes en pos de los eclipses comenzó en el siglo XVIII. No en vano, la misma en la que se organizaron las grandes expediciones científicas como expresión de unas políticas de Estado en las que la hegemonía también se jugaba en el conocimiento. Incluso, sobre una conciencia de que el saber era un valor universal que podía estar por encima de las coyunturas y los efímeros hechos de los humanos.Solo así se puede entender que, en el contexto de la guerra entre Inglaterra y sus recién independizadas colonias americanas , un astrónomo estadounidense, Samuel Williams, obtuviera el permiso de las autoridades británicas para penetrar en territorio controlado por ellas para observar el eclipse que en 1780 iba a oscurecer las aguas del estado de Maine. Con su palabra de que no aprovecharía para espiar, fue suficiente.Ayudaba, claro, que las colaboraciones por encima de la guerra para aprovechar acontecimientos astronómicos ya no eran nada extraño. En 1769 se había producido una gran operación internacional, en la que la inmensa mayoría de las potencias del momento, incluso las que estaban luchando entre sí, habían colaborado para observar y medir el tránsito del planeta Venus por delante del Sol (lo que en palabras llanas podríamos llamar como un minieclipse), con el fin de zanjar de una vez por todas la distancia entre la Tierra y el Sol.Una iniciativa en la que participó España, con una expedición francoespañola en cuyos preparativos participó Jorge Juan y que, con la cooperación de Bernardo de Gálvez, lo observó desde la Baja California. La historia y las vicisitudes de la colaboración de nuestro país, incluidas las infaltables disputas con la parte francesa y los muchos sufrimientos de los expedicionarios, que lograron su objetivo en medio de enormes dificultades, darían para una novela de aventuras.Propuesta para ‘A veces llegan cartas’26’ de Paloma Valjadraque.Porque, por primera vez, se organizaban expediciones para adentrarse en territorios apenas explorados no en busca de riquezas e influencia (bueno, no solo), sino que también se establecían competiciones por la medición de un arco del meridiano . Y no solo los estados: el famoso astrónomo Pierre Janssen , descubridor del elemento químico helio, estaba tan desesperado por poder salir del asediado París de 1870 para llegar a observar un eclipse solar total en Orán que no dudó en protagonizar una espectacular huida sobre las líneas prusianas montado en un globo aerostático. Aquello encendió de tal forma la imaginación del público, que el astuto Julio Verne , siempre al quite de cualquier novedad, se inspiró en ello para el arranque de su inolvidable ‘La isla misteriosa’, solo que trasladándolo a la Guerra de Secesión estadounidense y el asedio de Richmond.El toque españolPor otro lado, las aportaciones científicas pueden residir también en acuñar nuevas palabras: la ciencia necesita lenguaje que explique lo nuevo. El español no puede jactarse de haber aportado muchos términos a la ciencia, pero hay uno que estos días se repite en multitud de idiomas, en todo el mundo: «corona» , la parte habitualmente invisible de la atmósfera solar, y que solo durante un eclipse total puede observarse con la mirada desnuda. La acuñó otro de nuestros gloriosos marinos, matemáticos y astrónomos, uno más de los olvidados en nuestro país pero celebrados en el extranjero, José Joaquín Ferrer y Cafranga, durante el eclipse que observó en el estado de Nueva York en 1806 .Todos estos viajes eran costosas empresas que solo podían financiar los estados o, todo lo más, acaudalados mecenas. Faltaba que también al ámbito de los viajes para observar un eclipse llegara la democratización, luego la turistificación y, en tiempos recientes, la uberización . Basta con pasar los ojos por cualquier medio de información estas semanas y leer la saturación y precios exorbitados por las reservas en los lugares situados en la banda de totalidad para el próximo 12 de agosto para comprobarlo. Algo que no deja de tener algo anecdótico, si tenemos en cuenta que, en definitiva, nada es de origen más democrático y gratuito que lo que hagan ante nosotros el Sol y la Luna.Propuesta de NievesOrtSáenz para ‘A veces llegan cartas’26’Un fenómeno que, en realidad, y como suele pasar, ya ocurrió antes, en ese siglo XIX en el que tantas cosas que damos por nuevas ya asomaban. Durante el eclipse del 18 de julio de 1860, el Gobierno de la reina Isabel II lanzó una estrategia nacional para aprovecharlo (que en gran parte coincidía con el territorio que oscurecerá el del próximo agosto) y posicionar a España en el panorama científico europeo. Se creó, como ahora, una comisión interministerial para coordinar todas las acciones y se editó una guía para el público con precauciones a seguir para observar el fenómeno.Numerosas expediciones extranjeras, con gran parte de lo más granado de la astronomía del momento, llegaron a nuestro país. Los lugareños se acercaban a ver a aquellos foráneos que traían sus telescopios, en terrenos en los que hubo que compensar a sus dueños por el retraso que les produjo en las labores del campo. En Álava, el astrónomo Warren de la Rue obtuvo las fotografías que zanjaron la discusión sobre la naturaleza de las protuberancias solares. Aunque, para esta crónica, preferimos mencionar, por representativo de lo que supuso, el ascenso al monte Naranco, en Oviedo, de José González Alegre, que él mismo relató en el diario ‘La Discusión’ y que le sirvió tanto para ensalzar la vida en el campo como que un espectáculo así pudiera haber sido predicho por la ciencia.Eventos como el del 12 de agosto nos recuerdan que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigoEn 1905 se vivió otro eclipse que, en este caso, fue un verdadero acontecimiento, con Burgos convertida en una fiesta total que combinó el fenómeno con un programa de festejos que incluía una feria taurina , así como el lanzamiento de globos aerostáticos que hicieron una emocionada descripción del espectáculo desde el cielo, donde se pudo ver la sombra avanzar.En los años sucesivos, la versión multitudinaria no ha hecho más que crecer. Los eclipses de 2017 y 2024 en Estados Unidos dispararon un fervor extremo en el país. Ahora, nosotros renovamos nuestro abono a ello. Y, a pesar de que podamos suspirar por una cierta pérdida de romanticismo, es bueno que aún haya quien recorra miles de kilómetros en busca de una de las mayores muestras de cómo la mecánica celeste puede generar belleza.Porque, en definitiva, por mucho que ya entendamos lo que sucede a cada segundo, no deja de maravillarnos ver cómo lo que creemos conocer se transforma con algo que medimos, pero que no controlamos. Que nos recuerda que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigo, en la que nos acompañan otros astros en un baile continuo. Ya no es temor, pero ese cosquilleo que sentiremos este 12 de agosto, en torno a las 20.30 h., nos sumará, por un instante, a esa emoción ininterrumpida que solo da el confrontarse con la inmensa escala del cosmos que nos contiene. RSS de noticias de cultura
Al principio, solo viajaban los protagonistas del cielo. Los eclipses eran una cosa que le sorprendía a uno de repente. De la forma más insospechada, la luz del Sol comenzaba a menguar, y era como si se hiciera de noche en pleno día. Así … que no es extraño que se buscaran historias que intentaran explicar lo inexplicable, que en muchas ocasiones hablaban de una criatura que devoraba al Sol. Salvo algunas excepciones, como culturas africanas para las que, en realidad, lo que ocurría era que el Sol y la Luna copulaban.
Eso sí, tanto en un caso como en otro, aquí las personas éramos sujeto pasivo. Solo mirábamos, no nos movíamos, no participábamos. Y dado que la media de tiempo en la que un eclipse solar total vuelve a ocurrir sobre el mismo punto de la Tierra suele exceder el de la vida humana –aunque, como nos ocurre este año y el que viene en España, puedan agruparse dos o tres en poco tiempo–, en cierta forma, cada experiencia tendía a vivirse de manera única.
Luego la matemática celeste nos permitió entender las leyes que rigen el movimiento de los astros, y lo excepcional pasó a ser previsible. Y ese conocimiento pasó a ser una ventaja con respecto a quien no lo tenía; así, por ejemplo, Cristóbal Colón consiguió que los nativos poco colaborativos les socorrieran tras quedar varados en Jamaica en 1504: bastó con que les anunciara que Dios estaba tan enfadado por su negativa a colaborar, que teñiría la Luna de sangre; algo que, como bien sabía el almirante, iba a ocurrir con un eclipse de Luna previsto justo para ese 29 de febrero. Una idea, que, además, sirvió a Hergé de inspiración para uno de los momentos más memorables de ‘Tintín en el templo del Sol’, aunque en este caso adaptado a un eclipse solar.
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Pero, sobre todo, el poder prever, incluso con siglos de antelación, cuándo y dónde se produciría un eclipse, abrió el baile y nos aceptó como participantes: ahora nosotros también podíamos ir a su encuentro, sin quedarnos esperando a que nos sacaran a bailar. Ya no teníamos que resignarnos a depender de la fortuna de que la sombra de la Luna optase, caprichosamente, por elegir el lugar donde residíamos.
La época dorada de los viajes en pos de los eclipses comenzó en el siglo XVIII. No en vano, la misma en la que se organizaron las grandes expediciones científicas como expresión de unas políticas de Estado en las que la hegemonía también se jugaba en el conocimiento. Incluso, sobre una conciencia de que el saber era un valor universal que podía estar por encima de las coyunturas y los efímeros hechos de los humanos.
Solo así se puede entender que, en el contexto de la guerra entre Inglaterra y sus recién independizadas colonias americanas, un astrónomo estadounidense, Samuel Williams, obtuviera el permiso de las autoridades británicas para penetrar en territorio controlado por ellas para observar el eclipse que en 1780 iba a oscurecer las aguas del estado de Maine. Con su palabra de que no aprovecharía para espiar, fue suficiente.

Ayudaba, claro, que las colaboraciones por encima de la guerra para aprovechar acontecimientos astronómicos ya no eran nada extraño. En 1769 se había producido una gran operación internacional, en la que la inmensa mayoría de las potencias del momento, incluso las que estaban luchando entre sí, habían colaborado para observar y medir el tránsito del planeta Venus por delante del Sol (lo que en palabras llanas podríamos llamar como un minieclipse), con el fin de zanjar de una vez por todas la distancia entre la Tierra y el Sol.
Una iniciativa en la que participó España, con una expedición francoespañola en cuyos preparativos participó Jorge Juan y que, con la cooperación de Bernardo de Gálvez, lo observó desde la Baja California. La historia y las vicisitudes de la colaboración de nuestro país, incluidas las infaltables disputas con la parte francesa y los muchos sufrimientos de los expedicionarios, que lograron su objetivo en medio de enormes dificultades, darían para una novela de aventuras.

Porque, por primera vez, se organizaban expediciones para adentrarse en territorios apenas explorados no en busca de riquezas e influencia (bueno, no solo), sino que también se establecían competiciones por la medición de un arco del meridiano. Y no solo los estados: el famoso astrónomo Pierre Janssen, descubridor del elemento químico helio, estaba tan desesperado por poder salir del asediado París de 1870 para llegar a observar un eclipse solar total en Orán que no dudó en protagonizar una espectacular huida sobre las líneas prusianas montado en un globo aerostático. Aquello encendió de tal forma la imaginación del público, que el astuto Julio Verne, siempre al quite de cualquier novedad, se inspiró en ello para el arranque de su inolvidable ‘La isla misteriosa’, solo que trasladándolo a la Guerra de Secesión estadounidense y el asedio de Richmond.
El toque español
Por otro lado, las aportaciones científicas pueden residir también en acuñar nuevas palabras: la ciencia necesita lenguaje que explique lo nuevo. El español no puede jactarse de haber aportado muchos términos a la ciencia, pero hay uno que estos días se repite en multitud de idiomas, en todo el mundo: «corona», la parte habitualmente invisible de la atmósfera solar, y que solo durante un eclipse total puede observarse con la mirada desnuda. La acuñó otro de nuestros gloriosos marinos, matemáticos y astrónomos, uno más de los olvidados en nuestro país pero celebrados en el extranjero, José Joaquín Ferrer y Cafranga, durante el eclipse que observó en el estado de Nueva York en 1806.
Todos estos viajes eran costosas empresas que solo podían financiar los estados o, todo lo más, acaudalados mecenas. Faltaba que también al ámbito de los viajes para observar un eclipse llegara la democratización, luego la turistificación y, en tiempos recientes, la uberización. Basta con pasar los ojos por cualquier medio de información estas semanas y leer la saturación y precios exorbitados por las reservas en los lugares situados en la banda de totalidad para el próximo 12 de agosto para comprobarlo. Algo que no deja de tener algo anecdótico, si tenemos en cuenta que, en definitiva, nada es de origen más democrático y gratuito que lo que hagan ante nosotros el Sol y la Luna.

Un fenómeno que, en realidad, y como suele pasar, ya ocurrió antes, en ese siglo XIX en el que tantas cosas que damos por nuevas ya asomaban. Durante el eclipse del 18 de julio de 1860, el Gobierno de la reina Isabel II lanzó una estrategia nacional para aprovecharlo (que en gran parte coincidía con el territorio que oscurecerá el del próximo agosto) y posicionar a España en el panorama científico europeo. Se creó, como ahora, una comisión interministerial para coordinar todas las acciones y se editó una guía para el público con precauciones a seguir para observar el fenómeno.
Numerosas expediciones extranjeras, con gran parte de lo más granado de la astronomía del momento, llegaron a nuestro país. Los lugareños se acercaban a ver a aquellos foráneos que traían sus telescopios, en terrenos en los que hubo que compensar a sus dueños por el retraso que les produjo en las labores del campo. En Álava, el astrónomo Warren de la Rue obtuvo las fotografías que zanjaron la discusión sobre la naturaleza de las protuberancias solares. Aunque, para esta crónica, preferimos mencionar, por representativo de lo que supuso, el ascenso al monte Naranco, en Oviedo, de José González Alegre, que él mismo relató en el diario ‘La Discusión’ y que le sirvió tanto para ensalzar la vida en el campo como que un espectáculo así pudiera haber sido predicho por la ciencia.
Eventos como el del 12 de agosto nos recuerdan que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigo
En 1905 se vivió otro eclipse que, en este caso, fue un verdadero acontecimiento, con Burgos convertida en una fiesta total que combinó el fenómeno con un programa de festejos que incluía una feria taurina, así como el lanzamiento de globos aerostáticos que hicieron una emocionada descripción del espectáculo desde el cielo, donde se pudo ver la sombra avanzar.
En los años sucesivos, la versión multitudinaria no ha hecho más que crecer. Los eclipses de 2017 y 2024 en Estados Unidos dispararon un fervor extremo en el país. Ahora, nosotros renovamos nuestro abono a ello. Y, a pesar de que podamos suspirar por una cierta pérdida de romanticismo, es bueno que aún haya quien recorra miles de kilómetros en busca de una de las mayores muestras de cómo la mecánica celeste puede generar belleza.
Porque, en definitiva, por mucho que ya entendamos lo que sucede a cada segundo, no deja de maravillarnos ver cómo lo que creemos conocer se transforma con algo que medimos, pero que no controlamos. Que nos recuerda que somos viajeros perpetuos a una velocidad de vértigo, en la que nos acompañan otros astros en un baile continuo. Ya no es temor, pero ese cosquilleo que sentiremos este 12 de agosto, en torno a las 20.30 h., nos sumará, por un instante, a esa emoción ininterrumpida que solo da el confrontarse con la inmensa escala del cosmos que nos contiene.

