Si la ‘Electra’ de Sófocles se hace fuerte en la fidelidad al padre y la de Eurípides encuentra en la venganza su combustible, la de Juan Guerrero Zamora deslumbra por el peso del legado. Esta semana, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida ha acogido el estreno de ‘Electra Jonda’ , una obra que reinterpreta el mito clásico trasladándolo desde la antigua Micenas a un cortijo andaluz de mediados del siglo XX.Escrita por Juan Guerrero Zamora en 1986, la pieza llega por primera vez a los escenarios bajo la dirección del veterano Manuel Canseco. El reparto percute desde el primer momento: un sobrecogedor Juan Egea, un Orestes (Daniel Migueláñez) contemporáneo, y una Electra (Carolina Lapausa) oscura y poderosa. El gran hallazgo, sin embargo, es la Clitemnestra de Alejandra Torray. Hija del dramaturgo, su presencia no solo sostiene una interpretación de enorme complejidad, sino que añade una dimensión íntima a la recuperación de este texto.Concebida hace casi cuarenta años, la ‘Electra’ de Guerrero Zamora bebe del universo de Lorca y del desgarro del cante jondo para adentrarse en la pulpa de lo familiar. Tiene tanto de ‘La casa de Bernarda Alba’ como de ‘Yerma’. La hija condenada a no engendrar se convierte en una caja de resonancia donde reverberan la violencia heredada, el deseo frustrado y la imposibilidad de escapar del linaje. No es solo la coreografía de la Compañía Ibérica de Danza ni la presencia de Teresa Hernández, al cante, y José Luis Montón, a la guitarra -que también-; es la confluencia de todos esos lenguajes la que acaba por sacudir al espectador.La versión de Guerrero Zamora dota de mayor complejidad a todos los personajes. Su Electra deja de ser únicamente un instrumento de la venganza para convertirse en el último eslabón de una cadena condenada por la sangre. Orestes aparece amplificado como ejecutor de un destino que no le pertenece, mientras Clitemnestra deja de ser solo la asesina de Agamenón para revelarse también como una mujer devastada. Ahí reside la singularidad de esta ‘Electra Jonda’. Si las tragedias de Sófocles y Eurípides preguntaban qué hacer con el padre, Guerrero Zamora se pregunta qué hacer con el legado. Si la ‘Electra’ de Sófocles se hace fuerte en la fidelidad al padre y la de Eurípides encuentra en la venganza su combustible, la de Juan Guerrero Zamora deslumbra por el peso del legado. Esta semana, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida ha acogido el estreno de ‘Electra Jonda’ , una obra que reinterpreta el mito clásico trasladándolo desde la antigua Micenas a un cortijo andaluz de mediados del siglo XX.Escrita por Juan Guerrero Zamora en 1986, la pieza llega por primera vez a los escenarios bajo la dirección del veterano Manuel Canseco. El reparto percute desde el primer momento: un sobrecogedor Juan Egea, un Orestes (Daniel Migueláñez) contemporáneo, y una Electra (Carolina Lapausa) oscura y poderosa. El gran hallazgo, sin embargo, es la Clitemnestra de Alejandra Torray. Hija del dramaturgo, su presencia no solo sostiene una interpretación de enorme complejidad, sino que añade una dimensión íntima a la recuperación de este texto.Concebida hace casi cuarenta años, la ‘Electra’ de Guerrero Zamora bebe del universo de Lorca y del desgarro del cante jondo para adentrarse en la pulpa de lo familiar. Tiene tanto de ‘La casa de Bernarda Alba’ como de ‘Yerma’. La hija condenada a no engendrar se convierte en una caja de resonancia donde reverberan la violencia heredada, el deseo frustrado y la imposibilidad de escapar del linaje. No es solo la coreografía de la Compañía Ibérica de Danza ni la presencia de Teresa Hernández, al cante, y José Luis Montón, a la guitarra -que también-; es la confluencia de todos esos lenguajes la que acaba por sacudir al espectador.La versión de Guerrero Zamora dota de mayor complejidad a todos los personajes. Su Electra deja de ser únicamente un instrumento de la venganza para convertirse en el último eslabón de una cadena condenada por la sangre. Orestes aparece amplificado como ejecutor de un destino que no le pertenece, mientras Clitemnestra deja de ser solo la asesina de Agamenón para revelarse también como una mujer devastada. Ahí reside la singularidad de esta ‘Electra Jonda’. Si las tragedias de Sófocles y Eurípides preguntaban qué hacer con el padre, Guerrero Zamora se pregunta qué hacer con el legado. RSS de noticias de cultura
Si la ‘Electra’ de Sófocles se hace fuerte en la fidelidad al padre y la de Eurípides encuentra en la venganza su combustible, la de Juan Guerrero Zamora deslumbra por el peso del legado. Esta semana, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida … ha acogido el estreno de ‘Electra Jonda’, una obra que reinterpreta el mito clásico trasladándolo desde la antigua Micenas a un cortijo andaluz de mediados del siglo XX.
Escrita por Juan Guerrero Zamora en 1986, la pieza llega por primera vez a los escenarios bajo la dirección del veterano Manuel Canseco. El reparto percute desde el primer momento: un sobrecogedor Juan Egea, un Orestes (Daniel Migueláñez) contemporáneo, y una Electra (Carolina Lapausa) oscura y poderosa. El gran hallazgo, sin embargo, es la Clitemnestra de Alejandra Torray. Hija del dramaturgo, su presencia no solo sostiene una interpretación de enorme complejidad, sino que añade una dimensión íntima a la recuperación de este texto.
Concebida hace casi cuarenta años, la ‘Electra’ de Guerrero Zamora bebe del universo de Lorca y del desgarro del cante jondo para adentrarse en la pulpa de lo familiar. Tiene tanto de ‘La casa de Bernarda Alba’ como de ‘Yerma’. La hija condenada a no engendrar se convierte en una caja de resonancia donde reverberan la violencia heredada, el deseo frustrado y la imposibilidad de escapar del linaje. No es solo la coreografía de la Compañía Ibérica de Danza ni la presencia de Teresa Hernández, al cante, y José Luis Montón, a la guitarra -que también-; es la confluencia de todos esos lenguajes la que acaba por sacudir al espectador.
La versión de Guerrero Zamora dota de mayor complejidad a todos los personajes. Su Electra deja de ser únicamente un instrumento de la venganza para convertirse en el último eslabón de una cadena condenada por la sangre. Orestes aparece amplificado como ejecutor de un destino que no le pertenece, mientras Clitemnestra deja de ser solo la asesina de Agamenón para revelarse también como una mujer devastada. Ahí reside la singularidad de esta ‘Electra Jonda’. Si las tragedias de Sófocles y Eurípides preguntaban qué hacer con el padre, Guerrero Zamora se pregunta qué hacer con el legado.
