Grandiosa tarde de toros y toreo, la más apasionante del verano taurino

Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros. Ya lo dijo Joselito. ¡Y qué razón tenía! Maravillosa tarde de toros y toreros -de oro y plata-, la más apasionante de un verano taurino que no terminaba de remontar. Cómo se estrenó agosto, borrando un julio que no pasaba de lo común, que rozaba lo vulgar, salvo contadas excepciones. Vayan por delante las felicitaciones al ganadero, a los de luces y al empresario, Carlos Zúñiga, que no solo ha colocado El Puerto como capital del toreo de esta estación estival, sino que se ha anotado la más grandiosa tarde, la primera de las cuatro de Morante, inmenso con el cuarto toro. Con una especie de férula blanca -que era una venda acolchada- en la mano derecha y cinco puntos aún frescos entre el pulgar y el índice, el genio de La Puebla del Río pisó El Puerto de San Morante, nombre con el que se conoce ya este rincón gaditano desde que se anunció su póquer. Gritos contra Pedro Sánchez precedieron a una ovación que lo obligaba a salir a saludar. Al torero, no al presidente. En pie se pusieron los tendidos rindiendo tributo al esfuerzo de un hombre que no quiso faltar a una cita convertida en un auténtico acontecimiento. Tres momentos de la tarde de Morante, Talavante y Ortega Emilio MéndezRenqueante de los cuartos traseros salió Tabacalero, de más querer que poder, pero con un fondo de bravura extraordinario, embistiendo con todo en la muleta. Lo cuidaron en el peto y en la medidísima lidia de Fernando del Toro, sencillamente perfecto. La mano de ese ‘guante’ blanco que cubría su herida recibió al de Núñez con la franela. Suavemente. Para apretarlo más en ligadas series, afianzando la embestida con magistral técnica y pisando el sitio de la sinceridad absoluta -a veces le costaba irse de la cara-, bordándolo en redondo. Tras un pinchazo en el que se dolió de la mano, con inteligencia lo mató en la suerte de recibir y paseó una oreja. Pero la grandeza mayor llegó en el cuarto. Se llamaba Rescoldito, como el del pasado invierno de Lima al que cogieron las pajuelas. A cámara lenta gotearon dos verónicas, las que permitió el de Núñez, que luego descabalgaría al picador. Se vengaría con un soberano puyazo, con el número 46 empujando. Pero como este Rescoldito no se parecía nada al de Acho, ordenó José Antonio una vara más mientras el público comenzaba a ver cada vez peor al animal, que sangraba hasta la pezuña. Nada claro, era reservón, parecía desparramar la vista y no agradó al matador ni a nadie. Cuando en el tendido apostaban con inoportunas voces que no le pegaría ni uno, el maestro lo metió en el canasto con un valor aplastante. Por los dos lados, valentísimo, con un toro que no fue ningún barrabás, pero que no invitaba a confiarse. Y Morante lo hizo, consintiéndolo mucho. Aquello era la verdad del toreo, hundido en el sitio que quema, jugándosela, con la testosterona inundando la arena. Más grande que el caballo del Espartero… ¡Y qué manera de torear! Sonaron palmas por bulerías, volaron los sombreros. Un aviso sin sensibilidad alguna -hay ocasiones en las que el reglamento podrían metérselo por donde amargan los pepinos- encabronó al personal. Morante pinchó antes de una estocada contraria y caída, que era lo de menos. Lo que allí se había vivido era pura entrega, pura emoción.Cuando parecía que aquello era insuperable apareció un quinto de bandera. ¡Qué toro, ganadero! ¡Qué toro! Antes que nadie lo vio Talavante, dispuestísimo y variado con el capote. El éxtasis se anunciaba. El brillo de su cuadrilla, Ponderoso embistiendo… Excelso ejemplar de Álvaro Núñez, con un pitón izquierdo de ensueño. Cómo planeó en ese cambio de mano que aún dura. Pero es que por el derecho también tenía una profundidad para reventar aquello. En pie todo el tendido mientras Alejandro lo bordaba inspiradísimo. Cómo lo gozó, a placer con Ponderoso, como si estuviese en el patio de su casa. Y el toro que no se cansaba de embestir en una faena en los medios. El runrún del indulto se avecinaba. Un auténtico clamor cuando se perfiló para matar. Voló otra vez su zurda el extremeño, con el animal algo más desentendido. «¡Indulto, indulto!», coreaban diez mil voces al unísono en una Plaza Real convertida en un coliseo romano. Bramaba el gentío. Apasionantísimo capítulo y apasionantísima tarde. De una estocada lo envió al paraíso de los bravos. Dos orejas de ley y honores de vuelta al ruedo para el toro. La bronca al palco fue de campeonato por no perdonarle la vida. Más espeso había andado Talavante con el único cinqueño, un encastado y repetidor segundo, exigente y que respondía mejor por abajo. Luego llegaría la comunión con Ponderoso y la locura colectiva.El Puerto de Santa María Plaza Real Sábado, 1 de agosto de 2026. Segunda de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Álvaro Núñez, cuatreños salvo el 2º, de buena presencia y muy buen juego, con fondo bravo y entrega; destacó el excepcional 5º, premiado con la vuelta al ruedo; el peor fue el peligroso 3º. Morante de la Puebla, de carmelita y oro: pinchazo y estocada recibiendo (oreja); pinchazo y estocada contraria caída (oreja con petición tras aviso). Alejandro Talavante, de sangre de toro y oro: estocada tendida, descabello y se echa (petición y saludos); estocada (dos orejas con cierta petición de rabo tras aviso). Juan Ortega, de verde pistacho y oro: estocada (saludos); cinco pinchazos (silencio tras aviso).Juan Ortega tiró de ambición para no marcharse a pie: a por todas en el sexto, al que toreó soberbiamente con el capote -no lo habría igual en las casi tres horas de festejo-. De cante grande los ayudados rodilla en tierra, carteles de toros en una faena en la que quiso mucho, pero el animal se afligió y, para colmo, lo pinchó y pinchó. Pese a ese borrón, ofreció una gran imagen, arrobado desde las verónicas al tercero, un jabonero que manseó y apretó hacia los adentros. De látigo la apertura, doblándose con Perdicero, que no perdió esa tendencia de venirse por dentro, parándose a mitad de viaje y con algún hachazo. Tragó y tragó el trianero, apostando de verdad, esta vez con un espadazo. Caminando abandonó el ruedo mientras Morante y Talavante salían en volandas de la Plaza Real, un real manicomio. Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros. Ya lo dijo Joselito. ¡Y qué razón tenía! Maravillosa tarde de toros y toreros -de oro y plata-, la más apasionante de un verano taurino que no terminaba de remontar. Cómo se estrenó agosto, borrando un julio que no pasaba de lo común, que rozaba lo vulgar, salvo contadas excepciones. Vayan por delante las felicitaciones al ganadero, a los de luces y al empresario, Carlos Zúñiga, que no solo ha colocado El Puerto como capital del toreo de esta estación estival, sino que se ha anotado la más grandiosa tarde, la primera de las cuatro de Morante, inmenso con el cuarto toro. Con una especie de férula blanca -que era una venda acolchada- en la mano derecha y cinco puntos aún frescos entre el pulgar y el índice, el genio de La Puebla del Río pisó El Puerto de San Morante, nombre con el que se conoce ya este rincón gaditano desde que se anunció su póquer. Gritos contra Pedro Sánchez precedieron a una ovación que lo obligaba a salir a saludar. Al torero, no al presidente. En pie se pusieron los tendidos rindiendo tributo al esfuerzo de un hombre que no quiso faltar a una cita convertida en un auténtico acontecimiento. Tres momentos de la tarde de Morante, Talavante y Ortega Emilio MéndezRenqueante de los cuartos traseros salió Tabacalero, de más querer que poder, pero con un fondo de bravura extraordinario, embistiendo con todo en la muleta. Lo cuidaron en el peto y en la medidísima lidia de Fernando del Toro, sencillamente perfecto. La mano de ese ‘guante’ blanco que cubría su herida recibió al de Núñez con la franela. Suavemente. Para apretarlo más en ligadas series, afianzando la embestida con magistral técnica y pisando el sitio de la sinceridad absoluta -a veces le costaba irse de la cara-, bordándolo en redondo. Tras un pinchazo en el que se dolió de la mano, con inteligencia lo mató en la suerte de recibir y paseó una oreja. Pero la grandeza mayor llegó en el cuarto. Se llamaba Rescoldito, como el del pasado invierno de Lima al que cogieron las pajuelas. A cámara lenta gotearon dos verónicas, las que permitió el de Núñez, que luego descabalgaría al picador. Se vengaría con un soberano puyazo, con el número 46 empujando. Pero como este Rescoldito no se parecía nada al de Acho, ordenó José Antonio una vara más mientras el público comenzaba a ver cada vez peor al animal, que sangraba hasta la pezuña. Nada claro, era reservón, parecía desparramar la vista y no agradó al matador ni a nadie. Cuando en el tendido apostaban con inoportunas voces que no le pegaría ni uno, el maestro lo metió en el canasto con un valor aplastante. Por los dos lados, valentísimo, con un toro que no fue ningún barrabás, pero que no invitaba a confiarse. Y Morante lo hizo, consintiéndolo mucho. Aquello era la verdad del toreo, hundido en el sitio que quema, jugándosela, con la testosterona inundando la arena. Más grande que el caballo del Espartero… ¡Y qué manera de torear! Sonaron palmas por bulerías, volaron los sombreros. Un aviso sin sensibilidad alguna -hay ocasiones en las que el reglamento podrían metérselo por donde amargan los pepinos- encabronó al personal. Morante pinchó antes de una estocada contraria y caída, que era lo de menos. Lo que allí se había vivido era pura entrega, pura emoción.Cuando parecía que aquello era insuperable apareció un quinto de bandera. ¡Qué toro, ganadero! ¡Qué toro! Antes que nadie lo vio Talavante, dispuestísimo y variado con el capote. El éxtasis se anunciaba. El brillo de su cuadrilla, Ponderoso embistiendo… Excelso ejemplar de Álvaro Núñez, con un pitón izquierdo de ensueño. Cómo planeó en ese cambio de mano que aún dura. Pero es que por el derecho también tenía una profundidad para reventar aquello. En pie todo el tendido mientras Alejandro lo bordaba inspiradísimo. Cómo lo gozó, a placer con Ponderoso, como si estuviese en el patio de su casa. Y el toro que no se cansaba de embestir en una faena en los medios. El runrún del indulto se avecinaba. Un auténtico clamor cuando se perfiló para matar. Voló otra vez su zurda el extremeño, con el animal algo más desentendido. «¡Indulto, indulto!», coreaban diez mil voces al unísono en una Plaza Real convertida en un coliseo romano. Bramaba el gentío. Apasionantísimo capítulo y apasionantísima tarde. De una estocada lo envió al paraíso de los bravos. Dos orejas de ley y honores de vuelta al ruedo para el toro. La bronca al palco fue de campeonato por no perdonarle la vida. Más espeso había andado Talavante con el único cinqueño, un encastado y repetidor segundo, exigente y que respondía mejor por abajo. Luego llegaría la comunión con Ponderoso y la locura colectiva.El Puerto de Santa María Plaza Real Sábado, 1 de agosto de 2026. Segunda de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Álvaro Núñez, cuatreños salvo el 2º, de buena presencia y muy buen juego, con fondo bravo y entrega; destacó el excepcional 5º, premiado con la vuelta al ruedo; el peor fue el peligroso 3º. Morante de la Puebla, de carmelita y oro: pinchazo y estocada recibiendo (oreja); pinchazo y estocada contraria caída (oreja con petición tras aviso). Alejandro Talavante, de sangre de toro y oro: estocada tendida, descabello y se echa (petición y saludos); estocada (dos orejas con cierta petición de rabo tras aviso). Juan Ortega, de verde pistacho y oro: estocada (saludos); cinco pinchazos (silencio tras aviso).Juan Ortega tiró de ambición para no marcharse a pie: a por todas en el sexto, al que toreó soberbiamente con el capote -no lo habría igual en las casi tres horas de festejo-. De cante grande los ayudados rodilla en tierra, carteles de toros en una faena en la que quiso mucho, pero el animal se afligió y, para colmo, lo pinchó y pinchó. Pese a ese borrón, ofreció una gran imagen, arrobado desde las verónicas al tercero, un jabonero que manseó y apretó hacia los adentros. De látigo la apertura, doblándose con Perdicero, que no perdió esa tendencia de venirse por dentro, parándose a mitad de viaje y con algún hachazo. Tragó y tragó el trianero, apostando de verdad, esta vez con un espadazo. Caminando abandonó el ruedo mientras Morante y Talavante salían en volandas de la Plaza Real, un real manicomio.  RSS de noticias de cultura

Quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros. Ya lo dijo Joselito. ¡Y qué razón tenía! Maravillosa tarde de toros y toreros, la más apasionante de un verano taurino que no terminaba de remontar. Cómo se … estrenó agosto, borrando un julio que no pasaba de lo común, que rozaba lo vulgar, salvo contadas excepciones. Vaya por delante las felicitaciones al ganadero, a los toreros y al empresario, Carlos Zúñiga, que no solo ha colocado El Puerto como capital del toreo de esta estación estival, sino que se ha anotado la más grandiosa tarde, la primera de las cuatro de Morante, inmenso con el cuarto toro.

 

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