Hace ahora quince años, el 11 de marzo de 2011, me tocaba cubrir la noticia que más me ha impactado en toda mi carrera periodística: el tsunami de Japón que provocó el accidente en la central nuclear de Fukushima, el peor desastre atómico desde Chernóbil en 1986 .El tsunami de Japón es una de las mayores catástrofes de la historia . Levantadas por el Gran Terremoto de Tohoku, que sacudió a la costa nororiental de Japón, sus olas gigantes, de casi 40 metros en algunos lugares, se cobraron cerca de 19.000 vidas , entre muertos y desaparecidos que se tragó el mar y todavía no han sido encontrados. Además de arrasar cientos de kilómetros del litoral, destruir y dañar más de un millón de casas y cientos de miles de vehículos, golpeó a la central nuclear de Fukushima 1, donde se fundieron total o parcialmente tres de sus seis reactores al quedarse sin electricidad y averiarse sus sistemas de refrigeración. Desde la explosión en la central ucraniana de Chernóbil, se trata del accidente nuclear más grave porque sus fugas radiactivas obligaron a evacuar a 80.000 vecinos que vivían en un radio de 20 kilómetros alrededor de la planta atómica. Alojados todavía muchos de ellos en refugios temporales, los evacuados nucleares no podrán regresar a sus hogares durante décadas, o quizás jamás en su vida, debido a la elevada radiación en torno a la central.Aquel viernes por la tarde, yo estaba en mi casa de Pekín y salí pitando en cuanto vi por televisión las imágenes del tsunami arrasando la costa nipona. Tomé el primer avión en dirección a Tokio, que hacía escala en Seúl, pero me quedé allí varado esa primera noche por el cierre de los aeropuertos de la capital japonesa. A la mañana siguiente, pude volar desde Seúl a Osaka, donde intenté encontrar un vuelo al norte de Japón. Al principio, mi plan era volar a los lugares más devastados por el tsunami, como Sendai, pero su aeropuerto estaba cerrado porque había quedado inundado por el agua.Noticia relacionada general No No Takaichi, ratificada como primera ministra de Japón tras su victoria en las eleccionesMientras buscaba destinos cercanos a la zona cero, la dependienta de la línea aérea me dijo que había un vuelo especial a la ciudad de Fukuhisma para los familiares de los damnificados y para llevar ayuda humanitaria. El problema era que estábamos en la terminal internacional y dicho vuelo salía de la nacional, que se hallaba a una hora en coche. Junto a otros dos periodistas estadounidenses, tomamos a la carrera un taxi que, a toda velocidad, nos llevó hasta dicha terminal, donde llegamos a nuestra puerta de embarque justo antes de que la cerraran.- No estoy segura de subirme a este avión porque ya hay noticias del riesgo de que se fundan los reactores de una central nuclear en Fukushima – nos alertó preocupada una reportera europea.- Entonces, razón de más para no perder este vuelo e ir hasta allí – repliqué yo con la inconsciencia habitual que nos lleva a los periodistas hasta los lugares de los que todo el mundo está huyendo. Tomé ese vuelo y allí aterricé a eso de las dos de la tarde del sábado 12 de marzo, poco antes de la primera explosión de hidrógeno que sufrió la central, en la que ya se produjeron las primeras fugas radiactivas. Lo que me encontré al llegar a los alrededores de la central fue una de esas películas apocalípticas como las que hemos visto tantas veces en televisión. Solo que aquello era la realidad. La Policía estaba evacuando a toda la población que vivía cerca de la planta de Fukushima y midiendo su radiación para comprobar si estaban contaminados.Pablo M. Díez, sometiéndose a una prueba de radiación en Minamisoma, en la frontera con la zona evacuada alrededor de la central de Fukushima 1 ABCEn Miharu, justo en la frontera con la zona evacuada, los evacuados se cobijaban en su centro cultural. Tras sobrevivir al terremoto y al tsunami, ahora tenían que huir de la radiactividad. «Seguiremos luchando», prometía alzando el puño derecho Izumi Nakano , una trabajadora social que vivía en Futaba, una localidad vecina a la planta atómica que había sido totalmente desalojada. Sin tiempo para recoger más que unas pocas pertenencias, Izumi Nakano había tenido que salir a toda prisa junto a su marido, su hija y su perro, «uno más de la familia», como ella decía.A las puertas de un hospital en Koriyama, una de las escenas que más me impresionó fue ver a una enfermera midiendo la radiación de un osito de peluche de una niña que había sido evacuada con su familia. Entre el pánico generalizado, la gente huía con lo puesto, pero con un civismo y una calma zen que solo es posible en Japón.Desde aquel día, y durante las dos semanas siguientes, vivimos un estado de tensión permanente porque parecía que iba a haber una explosión nuclear y aquello iba a ser el fin del mundo. Al impacto de la destrucción del tsunami se sumaba el miedo a la radiactividad, un enemigo que no se ve ni se siente, pero que estaba allí acechándonos.Arriesgando sus vidas, los héroes de Fukushima consiguieron finalmente controlar los reactores nucleares, donde solo hubo explosiones de hidrógeno que liberaron radiación a la atmósfera, pero no una explosión atómica que habría sido el fin de Tokio, a unos 250 kilómetros. Durante aquellos días, las autoridades niponas hasta se plantearon la evacuación de esta megalópolis de 30 millones de habitantes.Viaje por la costa devastadaPasé un mes y medio viajando por toda la costa devastada por el tsunami y entrevisté a numerosos damnificados, supervivientes y evacuados con los que volví a encontrarme en años posteriores. Entre ellos, jamás olvidaré a Haruko Hatakeyama , una anciana que se había refugiado en el salón de actos de Rizukentakata , uno de los pueblos más devastados. La abuela Haruko, de 82 años y abultada cabellera blanca, había perdido en el tsunami a dos hermanos, dos nietos y un cuñado. «Ni siquiera durante la guerra vi tanta destrucción como ahora» , contaba apenada junto a su cuñada, Mitsuko Kohari, de 57 años, cuyo marido había perecido en el tsunami.Pertrechado con un traje especial de protección, entré a solo dos kilómetros de la central, donde me encontré a vecinos que volvían a buscar sus pertenencias entre las ruinas de sus casas de madera, arrastradas por el tsunami. Como Kazuyuki Suenaga, un hombre de 52 años que vivía a siete kilómetros de la planta atómica de Fukushima y, ataviado también con un mono EPI, se había aventurado en la zona prohibida para buscar a su gato y recoger sus enseres en las ruinas de su vivienda, que el agua había desplazado 700 metros.Pablo M. Díez, con un traje de protección en Futaba, en las inmediaciones de la planta atómica de Fukushima 1 ABCDesde entonces, he vuelto a Japón prácticamente cada año para hacer un seguimiento de la reconstrucción. Además, pude entrar en la central de Fukushima en 2015 y 2017 para ver los trabajos de descontaminación y desmantelamiento, que continúan hoy y durarán varias décadas.Protegidos con trajes especiales, entre 3.000 y 4.000 operarios siguen trabajando todavía en su interior para descontaminar y desmantelar la planta de Fukushima 1. Unas tareas que durarán al menos cuatro décadas y se enfrentan al reto, hasta ahora insólito, de retirar el material radiactivo fundido de los reactores.De toda mi carrera, esta es mi cobertura favorita e inspiró mi novela ‘Fukushima mon amour’ . Luego vendrían otros fines del mundo, como el estallido de la pandemia del Covid en China en 2020, pero esa es otra historia. El primer fin del mundo que cubrí fue en Fukushima, hace 15 años.
Hace ahora quince años, el 11 de marzo de 2011, me tocaba cubrir la noticia que más me ha impactado en toda mi carrera periodística: el tsunami de Japón que provocó el accidente en la central nuclear de Fukushima, el peor desastre atómico desde Chernóbil … en 1986.
El tsunami de Japón es una de las mayores catástrofes de la historia. Levantadas por el Gran Terremoto de Tohoku, que sacudió a la costa nororiental de Japón, sus olas gigantes, de casi 40 metros en algunos lugares, se cobraron cerca de 19.000 vidas, entre muertos y desaparecidos que se tragó el mar y todavía no han sido encontrados. Además de arrasar cientos de kilómetros del litoral, destruir y dañar más de un millón de casas y cientos de miles de vehículos, golpeó a la central nuclear de Fukushima 1, donde se fundieron total o parcialmente tres de sus seis reactores al quedarse sin electricidad y averiarse sus sistemas de refrigeración. Desde la explosión en la central ucraniana de Chernóbil, se trata del accidente nuclear más grave porque sus fugas radiactivas obligaron a evacuar a 80.000 vecinos que vivían en un radio de 20 kilómetros alrededor de la planta atómica. Alojados todavía muchos de ellos en refugios temporales, los evacuados nucleares no podrán regresar a sus hogares durante décadas, o quizás jamás en su vida, debido a la elevada radiación en torno a la central.
Aquel viernes por la tarde, yo estaba en mi casa de Pekín y salí pitando en cuanto vi por televisión las imágenes del tsunami arrasando la costa nipona. Tomé el primer avión en dirección a Tokio, que hacía escala en Seúl, pero me quedé allí varado esa primera noche por el cierre de los aeropuertos de la capital japonesa. A la mañana siguiente, pude volar desde Seúl a Osaka, donde intenté encontrar un vuelo al norte de Japón. Al principio, mi plan era volar a los lugares más devastados por el tsunami, como Sendai, pero su aeropuerto estaba cerrado porque había quedado inundado por el agua.
Mientras buscaba destinos cercanos a la zona cero, la dependienta de la línea aérea me dijo que había un vuelo especial a la ciudad de Fukuhisma para los familiares de los damnificados y para llevar ayuda humanitaria. El problema era que estábamos en la terminal internacional y dicho vuelo salía de la nacional, que se hallaba a una hora en coche. Junto a otros dos periodistas estadounidenses, tomamos a la carrera un taxi que, a toda velocidad, nos llevó hasta dicha terminal, donde llegamos a nuestra puerta de embarque justo antes de que la cerraran.
– No estoy segura de subirme a este avión porque ya hay noticias del riesgo de que se fundan los reactores de una central nuclear en Fukushima – nos alertó preocupada una reportera europea.
– Entonces, razón de más para no perder este vuelo e ir hasta allí – repliqué yo con la inconsciencia habitual que nos lleva a los periodistas hasta los lugares de los que todo el mundo está huyendo.
Tomé ese vuelo y allí aterricé a eso de las dos de la tarde del sábado 12 de marzo, poco antes de la primera explosión de hidrógeno que sufrió la central, en la que ya se produjeron las primeras fugas radiactivas. Lo que me encontré al llegar a los alrededores de la central fue una de esas películas apocalípticas como las que hemos visto tantas veces en televisión. Solo que aquello era la realidad. La Policía estaba evacuando a toda la población que vivía cerca de la planta de Fukushima y midiendo su radiación para comprobar si estaban contaminados.

(ABC)
En Miharu, justo en la frontera con la zona evacuada, los evacuados se cobijaban en su centro cultural. Tras sobrevivir al terremoto y al tsunami, ahora tenían que huir de la radiactividad. «Seguiremos luchando», prometía alzando el puño derecho Izumi Nakano, una trabajadora social que vivía en Futaba, una localidad vecina a la planta atómica que había sido totalmente desalojada. Sin tiempo para recoger más que unas pocas pertenencias, Izumi Nakano había tenido que salir a toda prisa junto a su marido, su hija y su perro, «uno más de la familia», como ella decía.
A las puertas de un hospital en Koriyama, una de las escenas que más me impresionó fue ver a una enfermera midiendo la radiación de un osito de peluche de una niña que había sido evacuada con su familia. Entre el pánico generalizado, la gente huía con lo puesto, pero con un civismo y una calma zen que solo es posible en Japón.
Desde aquel día, y durante las dos semanas siguientes, vivimos un estado de tensión permanente porque parecía que iba a haber una explosión nuclear y aquello iba a ser el fin del mundo. Al impacto de la destrucción del tsunami se sumaba el miedo a la radiactividad, un enemigo que no se ve ni se siente, pero que estaba allí acechándonos.
Arriesgando sus vidas, los héroes de Fukushima consiguieron finalmente controlar los reactores nucleares, donde solo hubo explosiones de hidrógeno que liberaron radiación a la atmósfera, pero no una explosión atómica que habría sido el fin de Tokio, a unos 250 kilómetros. Durante aquellos días, las autoridades niponas hasta se plantearon la evacuación de esta megalópolis de 30 millones de habitantes.
Viaje por la costa devastada
Pasé un mes y medio viajando por toda la costa devastada por el tsunami y entrevisté a numerosos damnificados, supervivientes y evacuados con los que volví a encontrarme en años posteriores. Entre ellos, jamás olvidaré a Haruko Hatakeyama, una anciana que se había refugiado en el salón de actos de Rizukentakata, uno de los pueblos más devastados. La abuela Haruko, de 82 años y abultada cabellera blanca, había perdido en el tsunami a dos hermanos, dos nietos y un cuñado. «Ni siquiera durante la guerra vi tanta destrucción como ahora», contaba apenada junto a su cuñada, Mitsuko Kohari, de 57 años, cuyo marido había perecido en el tsunami.
Pertrechado con un traje especial de protección, entré a solo dos kilómetros de la central, donde me encontré a vecinos que volvían a buscar sus pertenencias entre las ruinas de sus casas de madera, arrastradas por el tsunami. Como Kazuyuki Suenaga, un hombre de 52 años que vivía a siete kilómetros de la planta atómica de Fukushima y, ataviado también con un mono EPI, se había aventurado en la zona prohibida para buscar a su gato y recoger sus enseres en las ruinas de su vivienda, que el agua había desplazado 700 metros.

(ABC)
Desde entonces, he vuelto a Japón prácticamente cada año para hacer un seguimiento de la reconstrucción. Además, pude entrar en la central de Fukushima en 2015 y 2017 para ver los trabajos de descontaminación y desmantelamiento, que continúan hoy y durarán varias décadas.
Protegidos con trajes especiales, entre 3.000 y 4.000 operarios siguen trabajando todavía en su interior para descontaminar y desmantelar la planta de Fukushima 1. Unas tareas que durarán al menos cuatro décadas y se enfrentan al reto, hasta ahora insólito, de retirar el material radiactivo fundido de los reactores.
De toda mi carrera, esta es mi cobertura favorita e inspiró mi novela ‘Fukushima mon amour’. Luego vendrían otros fines del mundo, como el estallido de la pandemia del Covid en China en 2020, pero esa es otra historia. El primer fin del mundo que cubrí fue en Fukushima, hace 15 años.
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