Francia pone nerviosos a los mercados que se preguntan si el BCE intervendrá y cuándo

La economía francesa ha evolucionado en unos días de ser una situación difícil, con una abultada deuda, pero resoluble en el medio plazo; a convertirse en una duda razonable para los mercados internacionales que se plantean si el actual Ejecutivo (o venideros) tendrá capacidad de afrontar las reformas que se requieren tras el fin de semana de violentas protestas que ha llevado al Gobierno a decretar toques de queda en algunas ciudades galas.

 Gigantes del lujo como LVMH o Hermès sufren abultadas pérdidas este lunes, al compás de caídas en la industria (con Airbus) o de la banca gala, con pérdidas que superan el 3%. El foco está puesto sobre el mercado de deuda y la capacidad de Lagarde de intervenir  

La economía francesa ha evolucionado en unos días de ser una situación difícil, con una abultada deuda, pero resoluble en el medio plazo; a convertirse en una duda razonable para los mercados internacionales que se plantean si el actual Ejecutivo (o venideros) tendrá capacidad de afrontar las reformas que se requieren tras el fin de semana de violentas protestas que ha llevado al Gobierno a decretar toques de queda en algunas ciudades galas.

A los grandes inversores les ha vencido la presión, no hasta el grado de capitular, pero sí se están viendo ventas generalizadas en las bolsas europeas, y también en la francesa, donde su índice de referencia, el Cac 40, pierde más del 1,5%. Es la cuna y sede de gigantes del mundo del lujo como LVMH, matriz de marcas como Louis Vuitton, de Hermès, de Kering (holding de Gucci)… que están siendo las empresas más castigadas de entre las grandes de la Unión Europea. También sufre la industria francesa. Airbus, el fabricante de aviones que cotiza, además, en España, es uno de los penalizados, además del fabricante de trenes Thales, Engie o el conglomerado industrial Vinci; los bancos como Société Genéralé, BNP Paribas o Crédit Agricole sufren especialmente. Cabe recordar que son los principales tenedores de la deuda pública francesa, hoy el epicentro de todas las dudas.

La situación francesa no ha cogido al mercado desprevenido. Lleva meses tensando la cuerda y el mejor termómetro para medirlo es el apetito por su deuda. Los inversores se aglomeran en la puerta de salida de sus bonos, a quienes cada vez se les exige más rentabilidad para ser adquiridos. Desde el verano hasta hoy, la deuda pública francesa a diez años -la gran referencia a considerar- ha escalado desde rentabilidades del 3,5% hasta rozar el 4,9% en una jornada de ventas masivas de la deuda gala, lo que ha llevado a muchas voces a hacerse dos preguntas clave: ¿Intervendrá el BCE para evitar el colapso? Y, si lo hace, ¿cómo lo vertebrará? ¿Se sabrá o se intuirá? Hay que tener en cuenta que los dos programas que tenía habilitados el Banco Central Europeo para gestionar este tipo de crisis de deuda (como son el APP y PEPP, programa de urgencia a raíz de la pandemia) ya no están en activo desde 2023 de manera práctica.

«Un impago de Francia – en el sentido de una reestructuración o una quita de su deuda- sigue siendo muy improbable. La crisis del euro demostró que preservar la integridad de la moneda única constituye un firme compromiso político y de política monetaria: ‘whatever it takes‘. Francia también está considerada ampliamente como demasiado grande para quebrar: un impago soberano desencadenaría casi con toda seguridad una grave crisis financiera. Por tanto, los inversores pueden asumir que, en un escenario extremo, el BCE intervendría y compraría deuda pública», afirman desde la gestora germana Flossbach von Storch.

En su opinión, el BCE podría recurrir al TPI, el Instrumento para la Protección de la Transmisión (por sus siglas en inglés), con el objetivo de «salvaguardar» la política monetaria en la zona euro y «evitar divergencias en las rentabilidades de la deuda soberana». Esta herramienta se creó en 2022 al calor de la subida de tipos de interés en la Eurozona. Se temía entonces, y fue objeto de debate público, que algunos países (pensando en el sur de Europa) sufrieran aumentos superiores del coste de sus bonos ante una deuda superior en el momento en el que el banco que preside Christine Lagarde iniciara una nueva era de tipos. Este mecanismo permitiría comprar deuda exclusivamente de un estado si, a criterio del consejo del BCE, no está justificado el diferencial que está aplicando el mercado por razones económicas. Desde el momento de su creación, no se ha activado nunca. Ahora bien, ¿entra dentro de lo razonable entender que el mercado exige más rendimiento a los bonos franceses en el momento actual?

Por otro lado, fuentes financieras no descartan que el BCE pudiera recurrir a las compras soterradas de deuda; esto es, sin comunicarlo oficialmente. Es una medida difícil de demostrar, aunque sí podría hacerse sentir si, llegado un momento crítico, la deuda francesa comenzara a relajarse. De momento, cada vez que ha tenido ocasión de acercarse al 5%, nunca ha terminado de conseguirlo. No obstante, los precedentes más recientes no son halagüeños. El Tesoro de EEUU anunció este verano su incursión en los mercados de deuda pública para frenar la escalada del coste de la deuda americana. No ha tenido mucho éxito, y en cambio ha logrado poner nervioso a los inversores (ante la magnitud real del problema) y la mismísima Reserva Federal, poco partidaria del intervencionismo en una materia que, sobre el papel, es suya. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, triplicó, de hecho, el volumen previsto de compras hasta los 6.000 millones de dólares en bonos a largo plazo, un anuncio que realizó a finales de septiembre. ¿El resultado? El T-note americano a 10 años cotiza sobre el 5,1%, después de haber tocado máximos por encima del 5,3% entre finales de septiembre y principios del mes de octubre. Máximos desde 2002. Y es una situación generalizada a nivel global, con la deuda de Japón o Reino Unido en niveles no vistos en varias décadas.

«Francia es un buen ejemplo de las dificultades que afrontan las economías desarrolladas para controlar el gasto público. En 2026, su déficit se sitúa en torno al 5,6% del PIB y el coste de los intereses de la deuda está aumentando de forma considerable. Este año, el gasto por intereses ha pasado de una previsión de 70.000 millones de euros a aproximadamente 80.000 millones. En 2027 podría alcanzar los 92.000 millones y en 2028 situarse cerca de los 100.000 millones», afirman los expertos de Muzinich & Co, que recuerdan que todas esas cifras son superiores al ahorro que plantea el Estado galo con las reformas anunciadas, por valor de 53.000 millones de euros.

Desde la gestora DWS descartan que la situación de Francia derive en una crisis de deuda en la Eurozona. Francia aún puede obtener financiación en los mercados de capitales. La cuestión es si podrá controlar sus finanzas públicas en el largo plazo, dado que su ratio deuda/PIB probablemente superará el 120% en 2027″, aclaran. De hecho, sus analistas consideran que el BCE dispone hoy «de más herramientas que durante la crisis anterior» para afrontar estos problemas.

El caso de Francia es el espejo en el que se miran, no sin recelo, Italia y España donde la inestabilidad política se ha convertido también en parte de su nueva normalidad. Y eso que el Gobierno de la ultraderechista Georgia Meloni se ha convertido en el más longevo del país en la era moderna, con algo más de tres años y once meses en el cargo; y de que aquí, en nuestro país, la inestabilidad se mide en la incapacidad del Ejecutivo de llegar a acuerdos y eso ha propiciado unas elecciones anticipadas para el próximo 29 de noviembre. Los últimos años de expansión los principales países de la UE han sido capaces de sacar adelante sus economías, a pesar de unos mayores costes de financiación y gracias a que en los años previos hicieron el ejercicio de alargar al máximo los vencimientos de su deuda aprovechando tipos históricamente bajos. Pero la prueba de fuego vendrá a partir de 2027 y 2028 cuando las economías echen el freno. Desde Funcas recuerdan cómo España se enfrentará al pago de intereses por su deuda que será un 50% superior hasta 2030, cuando supere los 60.000 millones de euros. «No es una cifra que anuncie por sí sola una crisis, pero sí una que convierte en muy concreto lo que durante años parecía abstracto: una parte creciente del presupuesto tendrá que remunerar decisiones ya tomadas antes de poder financiar las nuevas», afirma Raymond Torres, de Funcas.

Las tensiones del mercado de deuda en Europa, unido al alza de los tipos de interés, han impulsado las rentabilidades de las Letras del Tesoro españolas a máximos de los últimos dos años. En las subastas celebradas entre el 6 y el 13 de octubre, el organismo público colocó deuda a un coste superior, con el tipo por encima del 3% para la deuda a doce meses, la más popular entre los inversores.

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