El terror de sus fantasmas

A veces parece que los ricos tienen cara de idiotas. Pero no es exacto. Lo que ves es el miedo. El miedo deformando la despreocupación, la abundancia. Y entonces les queda como una mueca y tú crees que parecen idiotas.Un rico, para serlo de verdad, ha de haber visto cómo caía el imperio. Cómo su familia es al fin vulnerable y el poder se vuelve humillación y las propiedades se desvanecen. De este espanto -terror, a veces- saca la consistencia, algo muy profundo que sólo él sabe de la especie humana.Pasé medio verano invitado, cuando ya escribía en ‘El Mundo’, en la propiedad de unos amigos de Pedrojota en Nueva York. El abuelo y creador de la riqueza familiar tenía más de 90 años, la mente muy clara, y correspondía a su hospitalidad sacándolo al jardín a pasear con su silla de ruedas. Íbamos hasta un banco que había al fondo, yo me sentaba y conversábamos cara a cara y él se hacía servir whisky.Es verdad que aquel señor tan fino, tan elegante, podía, apartado de su historia, parecer un poco atontado. Pero sus abuelos tuvieron un palacio en Madison, con tanto servicio que era imposible saberse el nombre de todos -aunque el joven Jules lo intentaba- y por una arriesgada inversión en una compañía canadiense de ferrocarriles, que parecía la más segura y fue la que quebró, se quedaron sin nada. El abuelo se suicidó, de su abuela se hicieron cargo sus padres y se fueron todos juntos y amontonados a vivir de alquiler a Brooklyn. «Bridge away», como dicen en Manhattan cuando quieren ofenderte.En Brooklyn fueron vecinos de un sirviente que, al parecer sin un motivo claro, fue despedido de la mansión y organizó a su pandilla para golpear y violar a la hermana mayor del pequeño Jules, que vivió para siempre con la imagen grabada de ella volviendo a casa, llorando y manchada de sangre.Todos sabían lo que pasó, nadie se atrevió a hacer nada para evitar nuevos ataques, los padres eran débiles y tenían empleos que no daban para más que para una muy escueta supervivencia. Jules recuerda esto como su mayor sensación de pobreza: ni Brooklyn ni la violación, sino que sus padres callaran. Sus padres, que habían sido su referente de rectitud y de fortaleza, de autoridad interna y de muro de contención contra el caos de fuera, bajaban la cabeza ante el crimen más atroz por miedo a unos sirvientes. –Ser pobre no es no comer o no tener una casa: esto es no tener dinero, y el dinero puede conseguirse siempre. Ser pobre es tener que bajar la cabeza. Pasaron más de diez años hasta que Jules empezó a ser un empresario de éxito y pudo comprar esta propiedad fantástica, sí, pero que sería a lo sumo un ala del antiguo palacio. El cambio de casa fue algo más que una mudanza, y aunque los padres de Jules estaban demasiado vencidos para pensar en nada, Jules pensó en la venganza. Tenía el dinero, el poder que el dinero da, y además se marchaba. Barajó algunos planes y todos eran seguros y no podrían relacionarlo con él. –Pero una vez tienes miedo, una vez lo ves, lo sientes, se te mete dentro y te queda para siempre.La familia regresó a Manhattan sin tomar represalias y no se habló nunca más de Brooklyn ni de lo que allí había pasado. Pero por sus muecas, por sus gestos, alguien desde fuera podría pensar que son unos estirados, o unos idiotas, cuando todo lo que intentan, la mayor parte del tiempo sin éxito, es que no les consuma el terror de sus fantasmas. A veces parece que los ricos tienen cara de idiotas. Pero no es exacto. Lo que ves es el miedo. El miedo deformando la despreocupación, la abundancia. Y entonces les queda como una mueca y tú crees que parecen idiotas.Un rico, para serlo de verdad, ha de haber visto cómo caía el imperio. Cómo su familia es al fin vulnerable y el poder se vuelve humillación y las propiedades se desvanecen. De este espanto -terror, a veces- saca la consistencia, algo muy profundo que sólo él sabe de la especie humana.Pasé medio verano invitado, cuando ya escribía en ‘El Mundo’, en la propiedad de unos amigos de Pedrojota en Nueva York. El abuelo y creador de la riqueza familiar tenía más de 90 años, la mente muy clara, y correspondía a su hospitalidad sacándolo al jardín a pasear con su silla de ruedas. Íbamos hasta un banco que había al fondo, yo me sentaba y conversábamos cara a cara y él se hacía servir whisky.Es verdad que aquel señor tan fino, tan elegante, podía, apartado de su historia, parecer un poco atontado. Pero sus abuelos tuvieron un palacio en Madison, con tanto servicio que era imposible saberse el nombre de todos -aunque el joven Jules lo intentaba- y por una arriesgada inversión en una compañía canadiense de ferrocarriles, que parecía la más segura y fue la que quebró, se quedaron sin nada. El abuelo se suicidó, de su abuela se hicieron cargo sus padres y se fueron todos juntos y amontonados a vivir de alquiler a Brooklyn. «Bridge away», como dicen en Manhattan cuando quieren ofenderte.En Brooklyn fueron vecinos de un sirviente que, al parecer sin un motivo claro, fue despedido de la mansión y organizó a su pandilla para golpear y violar a la hermana mayor del pequeño Jules, que vivió para siempre con la imagen grabada de ella volviendo a casa, llorando y manchada de sangre.Todos sabían lo que pasó, nadie se atrevió a hacer nada para evitar nuevos ataques, los padres eran débiles y tenían empleos que no daban para más que para una muy escueta supervivencia. Jules recuerda esto como su mayor sensación de pobreza: ni Brooklyn ni la violación, sino que sus padres callaran. Sus padres, que habían sido su referente de rectitud y de fortaleza, de autoridad interna y de muro de contención contra el caos de fuera, bajaban la cabeza ante el crimen más atroz por miedo a unos sirvientes. –Ser pobre no es no comer o no tener una casa: esto es no tener dinero, y el dinero puede conseguirse siempre. Ser pobre es tener que bajar la cabeza. Pasaron más de diez años hasta que Jules empezó a ser un empresario de éxito y pudo comprar esta propiedad fantástica, sí, pero que sería a lo sumo un ala del antiguo palacio. El cambio de casa fue algo más que una mudanza, y aunque los padres de Jules estaban demasiado vencidos para pensar en nada, Jules pensó en la venganza. Tenía el dinero, el poder que el dinero da, y además se marchaba. Barajó algunos planes y todos eran seguros y no podrían relacionarlo con él. –Pero una vez tienes miedo, una vez lo ves, lo sientes, se te mete dentro y te queda para siempre.La familia regresó a Manhattan sin tomar represalias y no se habló nunca más de Brooklyn ni de lo que allí había pasado. Pero por sus muecas, por sus gestos, alguien desde fuera podría pensar que son unos estirados, o unos idiotas, cuando todo lo que intentan, la mayor parte del tiempo sin éxito, es que no les consuma el terror de sus fantasmas.  RSS de noticias de cultura

A veces parece que los ricos tienen cara de idiotas. Pero no es exacto. Lo que ves es el miedo. El miedo deformando la despreocupación, la abundancia. Y entonces les queda como una mueca y tú crees que parecen idiotas.

Un rico, para serlo de … verdad, ha de haber visto cómo caía el imperio. Cómo su familia es al fin vulnerable y el poder se vuelve humillación y las propiedades se desvanecen. De este espanto -terror, a veces- saca la consistencia, algo muy profundo que sólo él sabe de la especie humana.

 

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