El precio de la gasolina dispara la inflación en EEUU hasta el 3,3%, el peor dato en dos años

<p><strong>Donald Trump</strong> ganó las elecciones de noviembre de 2024 en gran medida por el coste de la vida. Su campaña estuvo muy marcada por las promesas migratorias y la guerra cultural, pero el eje central, lo que según las encuestas movilizó a más ciudadanos, fueron los<strong> precios</strong> y la sensación de que una nueva presidencia con Trump, un empresario que hablaba de bajar impuestos, sería mejor para la economía<strong>.</strong> Trump atacó una y otra vez a <strong>Joe Biden</strong> y su vicepresidenta: «La inflación está matando a este país. Es la peor inflación de la historia. <strong>Kamala Harris </strong>emitió el voto decisivo que provocó la peor inflación de la historia estadounidense, con un coste de 28.000 dólares para una familia estadounidense promedio», dijo en las semanas previas a la llamada a las urnas. Pero después de 14 meses de Gobierno, y sin posibilidad de culpar de ninguna manera a la herencia recibida, la inflación estadounidense ha repuntado hasta el <strong>3,3%, el peor dato en dos años</strong>, empujada principalmente, pero no sólo, por el <strong>precio de la gasolina</strong>.</p>

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 La Casa Blanca insiste en que Trump está «trabajando diligentemente para mitigarla», pero la confianza de los consumidores se hunde hasta mínimos  

Donald Trump ganó las elecciones de noviembre de 2024 en gran medida por el coste de la vida. Su campaña estuvo muy marcada por las promesas migratorias y la guerra cultural, pero el eje central, lo que según las encuestas movilizó a más ciudadanos, fueron los precios y la sensación de que una nueva presidencia con Trump, un empresario que hablaba de bajar impuestos, sería mejor para la economía. Trump atacó una y otra vez a Joe Biden y su vicepresidenta: «La inflación está matando a este país. Es la peor inflación de la historia. Kamala Harris emitió el voto decisivo que provocó la peor inflación de la historia estadounidense, con un coste de 28.000 dólares para una familia estadounidense promedio», dijo en las semanas previas a la llamada a las urnas. Pero después de 14 meses de Gobierno, y sin posibilidad de culpar de ninguna manera a la herencia recibida, la inflación estadounidense ha repuntado hasta el 3,3%, el peor dato en dos años, empujada principalmente, pero no sólo, por el precio de la gasolina.

La cifra no es ninguna sorpresa. Si los primeros ocho meses de la administración estuvieron marcados por las presiones inflacionistas derivadas del brutal muro proteccionista levantado con la mayor andanada arancelaria en un siglo, los últimos dos han estado definidos por la guerra en Irán y el impacto en el petróleo mundial. Los precios al consumidor aumentaron un 3,3% en marzo con respecto al año anterior, según los últimos datos del Departamento de Trabajo, casi un punto por encima de lo ocurrido febrero. La inflación subyacente, que no tiene en cuenta alimentos y energía por su volatilidad, subió un 2,6%.

La Casa Blanca insiste en que esto es sólo una perturbación a corto plazo, que estaba todo descontado y que el presidente Trump está «trabajando diligentemente para mitigarla»: «Mientras la administración garantiza el libre flujo de energía a través del estrecho de Ormuz, la economía estadounidense se mantiene en una trayectoria sólida gracias a la firme agenda de la administración en materia de oferta, que incluye recortes de impuestos, desregulación y abundancia de energía», ha señalado uno de los portavoces de Trump, Kush Desai. El propio presidente ha dicho varias veces estas semanas que un pequeño sufrimiento de los precios es algo que merece la pena a cambio de lograr los objetivos militares y eliminar el peligro nuclear iraní.

En el centro de la tormenta está precisamente el ataque a Irán, el cierre del Estrecho de Ormuz, la batería de decisiones que han lanzado el barril de crudo por encima de los 100 dólares y con máximos de hasta 130 estas semanas. Eso ha llevado a que los precios de la energía se elevaran hasta un 12,5% en tasa interanual. Los precios de la gasolina aumentaron un 18,9% y los del diésel un 44,2%, un dato dramático. En su discurso sobre el Estado de la Unión, en febrero y justo antes de ordenar los bombardeos, Trump presumió de lo bien que iban los precios y cómo el galón de gasolina (unos 3,8 litros) estaba en algunos estados ya por debajo de dos dólares. Según la AAA, la principal asociación del motor, los estadounidenses ahora pagan un 40 % más por la gasolina que a finales de febrero. La media nacional está en 4,15 dólares por galón, con algunos estados en torno a 4,5 dólares.

A partir de ahí, todo va en cascada. El coste de los servicios de transporte aumentó un 4,1%, pero también los fertilizantes y muchos componentes. Las empresas de servicios, los repartidores de entrega de comida a domicilio y las aerolíneas han añadido inmediatamente recargos para cubrir los costes propios. Los alimentos no han sufrido aún un repunte, pero los economistas temen que eso llegue con algo de decalaje. Igual que un posible frenazo en las decisiones de inversión de las empresas, o de la contratación.

En todo caso, las consecuencias van directas al bolsillo del ciudadano. Esa subida de 0,9 puntos porcentuales en marzo es el mayor incremento mensual desde el pico de la crisis de la primavera de 2022, tras la invasión rusa de Ucrania.

«En cuanto al crecimiento global, hemos revisado a la baja nuestra previsión para 2026 en 40 puntos básicos, hasta el 3,1 %, mientras que mantenemos la de 2027 en el 3,4 %. En cuanto a la inflación mundial, hemos revisado al alza nuestra previsión para 2026 en 90 puntos básicos, hasta el 3,3 %, y la de 2027 en 10, hasta el 2,5 %. Esta crisis de estanflación tendrá un impacto más rápido en la inflación que en el crecimiento, y esperamos que los tipos de política monetaria se endurezcan en promedio unos 30 pb con respecto a nuestras proyecciones anteriores», apuntan Claudio Irigoyen, Antonio Gabriel y economistas de Bank of America.

Entre la pandemia y la guerra, la inflación pasó del 0.6 al 9,2% entre 2020 y 2022. Desde ahí empezó a bajar poco a poco durante la presidencia de Biden y con la política restrictiva de la Reserva Federal. Cuando se celebraron las elecciones presidenciales estaba ya en el 2,7%, y cuando Trump juró el cargo, en el 3%. Aunque la subyacente no haya sufrido los mismos repuntes, el banco central estadounidense tiene ahora presiones adicionales, con la Casa Blanca exigiendo bajadas adicionales de tipos de interés y una mayoría amplia y casi unánime de su junta abogando por mantener el precio del dinero en los niveles actuales. De un lado, los precios elevados; de otro, crecimiento bajo y datos de empleo inestables. Un amago de estanflación, el fantasma perpetuo y más temido.

En las actas de la reunión de marzo del banco central, publicadas antes de ayer, se pudo ver cómo varios de los miembros de la junta de gobernadores se abrían a la posibilidad incluso de volver a subir los tipos de interés (tras tres bajadas seguidas en 2025 la Fed lleva dos reuniones sin moverse) si la inflación no se moderaba como se espera. El dato de hoy lo complica aún más.

Igualmente, la confianza del consumidor estadounidense ha caído en las últimas semanas a un mínimo histórico, lo que muestra la creciente preocupación por la inflación. El índice preliminar de confianza en abril se ha hundido hasta el 47,6 desde 53,3 en marzo, según datos de la Universidad de Michigan, publicados hoy también. No es sólo el desánimo por lo vivido hasta hoy, sino los malos presagios. Así, los consumidores esperan que los precios aumenten a una tasa anual del 4,8% durante el próximo año, un punto porcentual más que en marzo y en niveles que harían inevitable que la Fed tomara cartas en la dirección opuesta a la que exige Trump. Y justo cuando su elegido, Kevin Warsh, debe sustituir a Jerome Powell.

 Actualidad Económica

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